13

Milo y Bobby subieron al Jetta, pues Jack había pedido con antelación el derecho a conducir el Lamborghini. Jack era un conductor excepcionalmente veloz pero, con todo y con eso, el trayecto hasta la ciudad me pareció más largo que nunca.

Eran las dos de la mañana y la mayoría de bares y discotecas habían cerrado ya, por lo que nos fue fácil encontrar aparcamiento a una manzana escasa de V. Milo aparcó detrás de nosotros un minuto más tarde, lo que daba a entender que había circulado también a tope. Justo cuando estaba planteándome echarle un sermón sobre la importancia de conducir con prudencia, vi que se acercaba un vampiro.

Cuando te conviertes en vampiro te resulta muy fácil detectar a los de tu especie. El corazón de un vampiro late a un ritmo mucho más lento y de forma más silenciosa que el corazón humano.

El que se acercaba a nosotros era alto, delgado y pálido, y me hacía pensar un poco en el modo en que aparecería un vampiro en las películas de Tim Burton. La chica humana que lo acompañaba parecía en comparación más bajita y regordeta de lo que en realidad era. Su piel tenía un tono ceniciento y estaba llena de manchas, un síntoma que se asocia a una pérdida de sangre reciente, sus ojos estaban vidriosos y tenía las pupilas dilatadas.

Su acompañante a lo Tim Burton la sujetaba con cuidado para que la chica no diera un traspié o se desmayara allí mismo y, a pesar de que sonreía, había cierta brusquedad en su manera de tratarla. Como si estuviera conduciendo una vaca al matadero.

Me estremecí sin poder evitarlo y la chica me sonrió aturdida, los hoyuelos asomando en sus regordetas mejillas. No tendría más de dieciséis años, si es que llegaba, y me entraron ganas de arrancarla de los brazos de aquel vampiro. Pero él no estaría muy dispuesto a separarse de ella y, aun en el caso de que consiguiera alejarla de él, la chica no lo valoraría.

Además, la horrible verdad del asunto es que esa era su forma de vida. Mi forma de vida. Los vampiros necesitan beber sangre humana y, al menos de esta manera, ambos participan voluntariamente en el acto. Era, probablemente, la mejor de las soluciones que cabía esperar.

—Vamos —dijo Jack, posando su mano en mi espalda. Me vio seguirlos con la mirada y, a pesar de la compasión que pudiera despertarle la chica, sabía perfectamente que no podíamos hacer nada al respecto—. Deberíamos ir tirando.

—Sí, vamos. Tenemos que llegar antes de que Jane se marche —dijo Milo. Cogió a Bobby de la mano y echaron los dos a caminar por delante de nosotros.

Milo dobló una esquina de Hennepin Avenue y se adentró en una calle oscura. Las farolas más próximas estaban apagadas e imaginé que debía de ser lo habitual. A los vampiros les gustaba la oscuridad de la noche y por eso la puerta de acceso a la discoteca estaba escondida en la calle más oscura de Minneapolis.

Me fijé en que Bobby se agarraba a Milo con más fuerza, seguramente porque no veía por dónde iba y no le apetecía tropezar con nada. Jack y yo los seguíamos justo detrás, hasta que Milo se detuvo y nos miró antes de abrir una puerta completamente lisa sin ningún cartel.

En el interior había dos gorilas. Se trataba de un par de vampiros gigantescos que apenas nos miraron, aunque olisquearon a Bobby. Nos apretujamos entre ellos para acceder a un estrecho pasillo iluminado por una única bombilla de color rojo.

Al final del pasillo, un tramo de peldaños de cemento conducían a la mayor de las negruras. La única luz procedía de la bombilla roja de arriba. A mí me bastaba para ver el camino, pero Bobby descendió la escalera despacio y con cautela, cogido de la mano de Milo, que iba preparado para sujetarlo en caso de que tropezara.

Al abrir la puerta arriba, había captado el débil sonido de la música, un sonido que estoy segura de que Bobby sólo había empezado a oír una vez llegamos abajo. Empezamos a recorrer un pasillo que parecía no tener fin hasta que nos detuvimos delante de un par de puertas enormes.

Milo las abrió y nos recibió una luz azul que resultaba casi cegadora en contraste con la oscuridad del pasillo. Para los humanos que estaban allí dentro bailando era una discoteca más bien poco iluminada, pero para los vampiros era otra cosa.

En el lado opuesto de la sala había una barra con revestimiento metálico respaldada por una pared llena de bebidas alcohólicas destinadas a los humanos. La barra la atendían atractivos camareros vampiros. Los taburetes estaban ocupados en su totalidad y había cola de gente esperando a que le sirvieran una copa.

El techo de la sala era sorprendentemente alto para tratarse de un sótano. La música electrónica retumbaba en mis oídos, obliterando el sonido de los corazones de los humanos, lo cual era un alivio. Pero mitigar el olor era imposible. En la pista se apretujaban al menos quinientas personas que bailaban como posesas. Y todas olían deliciosamente a sangre y sudor. Jack me apretó la mano y me arrastró con él antes de que el deseo de sangre pudiera conmigo.

Los bailarines eran una combinación de perfección vampírica y humana, pues los matones filtraban a la gente para garantizar que sólo los ejemplares más atractivos tuvieran acceso al local. Todo el mundo era bello y delicioso. Por lo que a Bobby se refiere, parecía únicamente embelesado con los vampiros. Me habría gustado enfadarme con él por su actitud, pero los humanos me resultaban cautivadores.

—Seguramente estará en la otra sala —dijo Milo, inclinándose hacia nosotros. No levantó en absoluto la voz, pero lo oí perfectamente por encima del eco del club.

Milo rodeó a Bobby por la cintura y sorteó la multitud. Jack me miró para asegurarse de que me las apañaría para cruzar la pista con éxito. Para ello no me quedaría más remedio que abrirme paso a empujones entre un montón de gente y ser físicamente capaz de soportar su veloz latido a mi alrededor, pero algún día debía aprender a tener fuerza de voluntad. Tragué saliva, moví la cabeza en un gesto afirmativo y echamos a andar siguiendo la estela de Milo.

Todo el mundo estaba acalorado con el baile, y yo sentía el calor que irradiaban sus cuerpos. Jack caminaba con decisión entre la gente, apartándola expresamente con pocos modales. No era una persona amenazadora, pero era fuerte, y nos abrían paso sólo con su presencia. Contener la sed seguía resultándome difícil. Y no alcanzaba a comprender cómo se lo había hecho Milo para controlarse del modo en que lo había hecho cuando estuvimos en un club al cabo de tan poco tiempo de su transformación.

Cruzamos la sala de punta a punta y llegamos a un lugar donde la intensidad de las luces azules empezaba a amortiguarse y una puerta daba acceso a la sala siguiente, iluminada cálidamente con tenues luces rojas. Milo nos esperaba en la puerta, Bobby pegado a su lado, con la cabeza apoyada en el hombro de mi hermano.

Pero justo antes de llegar a donde estaban, oí algo que me resultó perturbadoramente familiar. Jack y Milo no se habían dado cuenta, pero yo me detuve en seco. Era un sonido dulce y frágil a la vez, como una campanilla… de helio. Me aparté de Jack e inspeccioné el gentío en busca de una cabellera morada.

La última vez que habíamos estado en la discoteca de vampiros, me habían presentado a una pareja, Lucian y Violet, que se habían propuesto capturarme. Peter se encargó de Lucian, pero ella consiguió escapar. Violet mostraba, de hecho, menos interés por hacerse conmigo, pero al igual que su novio, era una verdadera caricatura del vampirismo. Llevaba el pelo teñido de color morado, los ojos exageradamente delineados de negro y se había puesto fundas en los dientes para que sus colmillos pareciesen más pronunciados.

—¿Qué pasa? —me preguntó Jack al ver que examinaba con atención la pista de baile.

—No lo sé —dije, negando con la cabeza. Estaba segura de haber oído la inconfundible risa de Violet, pero no conseguía verla por ningún lado.

Y a punto estaba de dejarlo correr cuando me llamó la atención una chica que estaba junto a la barra. Su melena rubia le llegaba hasta la cintura y brillaba como la seda bajo las luces azuladas. Cuando echó la cabeza hacia atrás y rio la gracia que acababa de decirle un tipo que andaba borracho, me estremecí. Era la risa de Violet.

Miró distraídamente por encima del hombro, sus rarísimos ojos morados se toparon con los míos, y pestañeó asustada al reconocerme. Había cambiado el lápiz de ojos negro por otro más sutil que la hacía más bonita y más joven, más inocente. Al ser una vampira parecía que tuviese diecinueve o veinte años, pero había algo en sus ojos que me invitaba a pensar que era más joven aún.

—¿Violet? —dije, pero ella apartó en seguida la vista, tapándose la cara con el pelo.

—¿La conoces? —dijo Jack, mirándola de manera inquisitiva. Había coincidido un momento con ella cuando su aspecto era completamente distinto, de ahí que no la reconociera.

—Creo que es Violet. —Eché a caminar hacia ella, pero Jack me sujetó por el brazo.

—Espera, espera. ¿Es la chica que intentó darte caza? ¿Y por qué quieres hablar con ella? ¿Piensas…? —Su rostro se ensombreció—. ¿Qué vas a hacer?

—No lo sé. Hablar con ella. —Hice un movimiento negativo con la cabeza, incapaz de explicarme.

—¿Qué sucede? —preguntó Milo. Estaba en el umbral de la puerta, rodeando con el brazo a su novio. No había visto a Violet, y mejor que siguiera así, pues temía que se abalanzara sobre ella con mucha más fiereza que yo.

—Vuelvo en seguida —dije, y corrí hacia Violet antes de que pudiera esconderse o escapar de mí. Jack me siguió, pero en ningún caso intentó detenerme.

Violet se levantó de repente y dejó al borracho que estaba hablando con ella a media frase, sin darle explicaciones. Sé que debería estar enfadada. Había estado a punto de matarnos a Milo, a Jane y a mí, pero no buscaba venganza. Simplemente quería hablar con ella.

—Hola, Violet. —Le bloqueé el camino y se quedó mirándome con los ojos abiertos de par en par. Su antigua petulancia se había esfumado por completo, un hecho que a buen seguro tenía que ver con la muerte de su novio.

—No sé qué quieres, pero… —Se interrumpió, y sus ojos se centraron ahora en Jack—. No quiero problemas.

—Tampoco yo. —Miré a Jack para asegurarme de que no la miraba con ojos de odio. Jack tenía siempre una expresión tan sincera que le resultaba difícil parecer amenazador a menos que estuviese cabreadísimo de verdad.

—Y entonces ¿qué quieres? —dijo Violet, tratando de hacerse la fuerte y de mostrarse enfadada aunque, sin la confianza necesaria para respaldar su postura, más bien parecía una niña quejumbrosa.

—No lo sé —dije, mordiéndome el labio—. ¿Qué querías tú de mí antes cuando me acechabas de aquel modo?

—No quería nada de ti —respondió Violet—. Quiero decir que, al principio, fui detrás de ti en plan de broma, porque parecías muy sabrosa… —Bajó la vista—. Pero Lucian no quería dejar correr el asunto. Supongo que le gustaba la idea de robarte a otro vampiro.

—Pues él ya no está y ella se ha convertido en vampira. Todo solucionado —se interpuso Jack, con una desmañada sonrisa.

—¿Cuántos años tienes? —le pregunté, ignorando a Jack.

—No sé qué importancia puede tener eso ahora —dijo Violet, aunque estaba aturullada—. Cuando hice el cambio tenía catorce, y de eso hará ya un par de años. Mira, no fue idea mía. —Le cayó a los ojos un mechón de pelo rubio y me miró, como si me retara a desafiarla—. Ni lo de ir a por ti, ni lo de convertirme en vampira. Todo fue cosa de Lucian. Pensaba que todo esto era una fantasía, e hizo que alguien lo transformara a él y después, estúpidamente, hice que me convirtiera a mí. Pero ahora él está muerto. Y yo ya paso. De modo que… —Pestañeó para que no me diera cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas—. ¿Hemos acabado?

—Sí, claro —dije, asintiendo, incapaz de pensar un motivo para continuar hablando con ella.

Violet pasó por mi lado y desapareció en la pista. Incluso después de todo lo que me había hecho pasar, sentía una extraña tristeza por ella. Tan poderosa y tan joven, pero aun así, confusa y sola. Era una niña tonta y la situación le venía grande.

—¿Estás bien? —me preguntó Jack, tocándome el brazo.

—Sí. —Recordé entonces que no estábamos allí para hacer las paces con mis enemigos. Jane estaba en el local, seguramente donando sangre, mientras nosotros perdíamos el tiempo hablando—. Lo siento. Vamos.

—¿Quién era esa chica con la que estabas hablando? —me preguntó Milo cuando nos reunimos de nuevo con ellos. Bobby estiró el cuello para fisgonear.

—Nadie. ¿Dónde está Jane? —le pregunté yo.

—Todavía no la he visto, os estábamos esperando —dijo Milo, mirándome con exasperación. Pasé por su lado y entré en la sala contigua.

La luz era de un tono rojizo apagado, el tipo de iluminación que resultaba más agradable a los ojos de los vampiros. Era una sala más pequeña que la anterior y decorada más como una cafetería que como una discoteca. Había mullidos cojines y una barra pequeña en un rincón donde servían copas, aunque, en este caso, sólo del grupo AB.

En la sala había numerosas puertas que daban paso a oscuros pasillos y, pese a que jamás había entrado en ninguna de aquellas habitaciones, conocía perfectamente su función. Había vampiros que querían privacidad para relacionarse con las prostitutas de sangre, mientras que otros se tumbaban en los sofás y bebían abiertamente de los donantes humanos.

Realicé una rápida inspección de la sala y comprobé que Jane no estaba allí. Conocía su corazón y su olor casi tan bien como los de Jack y Milo, y sabía que no estaba presente. Me volví hacia Milo, que había llegado a la misma conclusión.

—Antes estaba aquí —dijo Milo.

—Con un tío —añadió Bobby.

Jack dio una vuelta por la sala para mirar con más detalle, por si se nos había pasado algo por alto. Me había demorado demasiado para arreglarme, o mirando entre la gente en la otra sala, o hablando de tonterías con Violet. Había perdido el tiempo cuando debería haber ido directa al grano. Seguía conservando su número de teléfono, pero desde que me había convertido en vampira, Jane no respondía mis llamadas.

—¡Alice! ¡Veo que por fin lo hizo! —ronroneó una voz, y vi a una vampira que se levantaba de un sofá y se dirigía hacia mí. Había dejado a una chica tendida entre los cojines, con un hilillo de sangre secándose en su cuello. La chica gimoteó y empezó a palpar el espacio vacío que acababa de dejar Olivia.

Con una melena negra que le llegaba por debajo de las rodillas, Olivia poseía una belleza atemporal, pero debía de tener más de cuarenta años en el momento de realizar el cambio, un proceso que seguramente fue hace mucho, muchísimo tiempo. Iba vestida de cuero negro de la cabeza a los pies y yo jamás había logrado comprender cómo era capaz de moverse con aquello.

Aunque no puede decirse exactamente que fuéramos viejas amigas, Olivia fue la vampira que me rescató de manos de Lucian y Violet. Bajo su vaporosa sonrisa había mucha sabiduría, y pese a moverse despacio y con dificultad como una yonqui de edad avanzada, seguía poseyendo el instinto asesino de un vampiro.

—¿Qué? —Intenté devolverle la sonrisa, pero estaba demasiado frustrada por ser incapaz de encontrar a Jane.

—Que al final el chico te convirtió —dijo Olivia, y extendió el brazo para acariciarme las mejillas. Tenía los ojos vidriosos, pero su voz era grave y sorprendentemente seductora—. Y eres una criatura exquisita.

—Gracias —respondí con inseguridad. Jack apareció a mi lado en aquel preciso momento.

—Tal vez puedas ayudarnos —dijo Milo, que se aproximó también y arrastró tras él a Bobby, a quien Olivia miró con desdén. Su interés no iba más allá de las chicas humanas o, seguramente, de las chicas en general—. Estamos buscando a una chica, una amiga de Alice.

—Creemos que es una prostituta de sangre —dije—. Es alta y delgada, y muy guapa, parece una modelo. Tiene el pelo oscuro y lo lleva corto, y siempre viste impecablemente. Se llama Jane y creo que anda metida en un grave problema.

—Si es la chica que pienso, sí, está metida en un grave problema —dijo Olivia muy seria. Se mordió el labio y señaló en dirección al pasillo—. Viene por este local con más frecuencia de la que debería y hará cosa de una hora se ha marchado por allí en compañía de un vampiro.

—Gracias —le dije con una sonrisa, y seguí la dirección que acababa de indicarme.

El pasillo estaba oscuro como boca de lobo, pero distinguía los perfiles de las puertas. Olía a sangre y oía por todas partes latidos irregulares y gemidos de placer. Me esforcé en concentrarme para no pensar en ello. Tenía que encontrar a Jane sin ceder a mi sensación de sed.

Jack iba unos pasos por delante de mí, prestando atención para ver si la oía. Bobby, detrás de mí, se quejaba sin cesar de la falta de luz y Milo intentaba tranquilizarlo.

Pero antes incluso de oírla, escuché su sensual gemido. Por desgracia, había oído aquel gemido muchas más veces de las que me correspondía durante mis muchos años de amistad con Jane. Sin pensarlo un instante, abrí la puerta y una figura se abalanzó sobre mí.