Oxfordshire
Cambiaron dos veces de taxi y vagaron por la campiña, en distintos autobuses, hasta que Ben se convenció de que no los seguía nadie. Al anochecer, se subieron a un autobús rojo de dos pisos, en el pueblo de Eynsham, que se dirigía a la ciudad. El piso de arriba estaba vacío y se sentaron al fondo, para poder vigilar la carretera a sus espaldas.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Leigh.
—Creo que ambos sabemos que la muerte de Oliver no fue un accidente. —Ben puso su mano sobre la de ella y la apretó suavemente mientras la miraba a los ojos—. Lo siento, casi preferiría que lo hubiese sido.
Ella asintió con tristeza.
—¿Qué estaría haciendo allí? ¿Qué pudo haber ocurrido? Tan solo estaba investigando para escribir un libro.
Él se frotó las sienes mientras se esforzaba en pensar.
—¿El juez de instrucción estableció la hora aproximada de la muerte?
—Murió a las diez y treinta y cuatro de la noche. ¿Por qué?
—Me parece demasiado exacto —dijo Ben—. Nadie puede determinar algo así con esa exactitud.
—El viejo reloj de cuerda de papá… —respondió ella—. Oliver siempre lo llevaba para acordarse de él. Se paró… —Le resultaba muy difícil hablar de ello—. Se paró cuando cayó al agua. —Se sorbió y apretó los dientes para contener el llanto, pero una lágrima se le escapó por el rabillo del ojo y ella se la limpió rápidamente.
—¿Quieres que dejemos de hablar de esto? —preguntó él.
—¿Tenemos otra opción?
—Así es como lo veo yo —dijo—: Oliver vio algo. No sabemos por qué ni dónde, únicamente sabemos que fue testigo de una especie de ritual de ejecución. De alguna manera, debieron de descubrirlo y lo persiguieron, pero les llevó un tiempo alcanzarlo; hay un espacio de más de una hora desde que presenció el crimen hasta el momento de su muerte.
Leigh asintió sin decir nada. Se limitó a limpiarse los ojos con un pañuelo.
—Creo que grabó el vídeo con un móvil —prosiguió Ben—. Supongamos que aún lo llevaba encima cuando lo atraparon. Supongamos que el vídeo seguía en el móvil. Debieron de pensar que habían destruido todas las pruebas.
—Y entonces vieron mi entrevista en televisión —dijo Leigh en tono grave. Él asintió.
—Habían pasado meses. Habían encubierto todas sus huellas. El caso estaba cerrado. Pero, de repente, surge una nueva amenaza: tú. Anunciaste que tenías todas las notas de la investigación que Oliver te había estado enviando, incluido el material que te mandó el mismo día en que murió, y que aún no habías abierto. ¿Y si te hubiera enviado, también, una copia de la prueba? Ahí fue cuando decidieron que tenían que ir a por ti.
Leigh no pudo aguantar más y rompió a llorar.
—Lo siento —dijo él—. Sé que esto es muy duro para ti. ¿Quieres que paremos?
—Lo único que quiero es averiguar qué demonios le ocurrió —dijo entre lágrimas—. Pero ¿qué podemos hacer? ¿Por dónde empezamos? Ni siquiera podemos ir a la policía.
Ben sacudió la cabeza.
—No vamos a hacer nada. Esto es demasiado peligroso para ti. Voy a llevarte a un sitio seguro y, después, trataré de rastrear los pasos de Oliver. Es la única forma que tenemos de resolver esto.
—¿Y adónde voy a ir?
—A mi casa.
—¿A tu casa?
—Sí, a mi casa. Está en Irlanda, muy apartada, en la costa oeste. Allí estarás a salvo. Alquilaré un coche y conduciremos hasta Escocia. Una vez allí, iremos en transbordador desde Stranraer hasta Irlanda del Norte y, después, cruzamos la frontera hasta llegar a Galway. De ese modo, evitaremos los controles de pasaportes. Nadie sabrá dónde estás.
Leigh había dejado de llorar y su mirada se había vuelto desafiante.
—¿Y, mientras tanto, tú te subes a un avión y te largas por tu cuenta?
—Algo así.
Ella negó con la cabeza.
—De ninguna manera, Ben. Bajo ningún concepto me voy a quedar sentada en una playa cualquiera de Irlanda mientras tú te marchas a Europa a seguir los pasos de Oliver por tu cuenta y riesgo. Te recuerdo que es de mi hermano de quien estamos hablando.
—¿Y qué pasaría si te digo que puedes venir conmigo? Ya has visto lo que ha ocurrido hoy. La gente te reconoce. No me puedo mover por ahí contigo. Estaré mejor trabajando solo y tú estarás mucho más segura.
—Te sorprenderías de lo que pueden hacer una bufanda y unas gafas de sol. Mantendré la cabeza agachada y no pronunciaré mi nombre.
—De todos modos, no puedes viajar con tu pasaporte. Es demasiado fácil de rastrear y, si hay alguien vinculado a la policía que esté implicado en todo esto, nos atraparán en cuanto pongas un pie en el continente.
—¿Qué puede tener que ver la policía con esto, Ben?
—Todavía no lo sé —respondió él.
Leigh reflexionó un momento, mirando los árboles desnudos que pasaban por la ventanilla. El autobús se sacudía y se balanceaba sobre los baches de la carretera. Sonrió para sí, como si hubiese encontrado una solución.
—¡Hay un modo de salir del país y entrar en Francia sin que nadie lo sepa!