C. J. C., un peligro

Aquel verano había venido muy caluroso y me refugié en el Parador de mi pueblo. Me gustaba que los Paradores Nacionales fuesen todos iguales: las maderas olorosas a cera reciente, las camareras cortadas por el mismo patrón, incluido el ligero bozo en el labio, y aquella calma que te dejaba soñar que eras poderoso y te habías retirado en Yuste.

—Un señor ha preguntado por usted —me llamaron de la recepción—, es don Camilo José Cela, y que lo espera paseando por el jardín.

El descanso muy seguido produce estrés, y pensé que no me venía mal aquella aparición de Camilo. Sobre todo, cuando supe que iba de camino y que al día siguiente se habría perdido de vista, y es que Camilo pasaba por todas partes como un meteoro de consecuencias imprevisibles. Nada más llegar —lo supe luego—, había ensayado dos o tres colchones para elegir habitación, hasta que apareció la gobernanta y cortó muy finamente, que no quedaban más habitaciones disponibles en toda la casa.

Yo estimaba la amistad de Cela, y creo que a mí, precisamente, me trataba con predilección, pero me daba apuro cuando se ponía borde. Todo el mundo se lo perdonaba, o es que todos le temían: «Son las cosas de don Camilo». La primera vez que nos vimos fue en su retiro dorado de Mallorca. Estaba reciente su ingreso en la Academia y a las autoridades de la isla las tenía en un puño con el protocolo que se debía a su condición excelentísima. Gobernaba la vida cultural de su feudo, lo presidía todo. Camilo estuvo hospitalario y cordial, consagrado a los colegas que participábamos en toda una semana de agasajos, y siempre, eso sí, dirigiendo él el cotarro. Todo fue bien hasta que apareció César González Ruano, maquinando para ser el centro de las reuniones. Ganó el gallego de Padrón. Camilo debió de hartarse y arreció en sus boutades y escatologías, algún cuesco incluido. Una noche llegó tarde a la cena del grupo y un camarero novato, sin reconocer al personaje, le dijo que la cocina estaba cerrada. El académico convocó al jefe de comedor, al jefe de cocina, al director del hotel, y éste amonestó al insolente. Camilo se dio por satisfecho pero al final ordenó que perdonasen al rapaz como le pedía el poeta García Nieto.

—Lo hago porque Pepe es mi compadre, que le saqué de pila a una hija —dijo por no perder autoridad. Y a todos nos pareció que al excelentísimo se le quitaba un peso de encima.

El Parador de mi pueblo está situado frente a una vega feraz y la vista tiene al fondo un castillo sabiamente emplazado en medio de una orgía de frutales. El escritor que más tarde sería Nobel estaba embelesado en la contemplación del espectáculo, embellecido aún más por la luz indecisa de un sol que se resistía al apaga y vámonos. Me acerqué y él, como si nos hubiéramos visto el día anterior. Lo suyo es que «entre amigos no hay que andar con mariconadas». Ni siquiera nos dimos la mano.

—Cuando tuviste aquel bache de salud —me dijo directamente– te escribí diciendo que con un berciano no se acaba así como así. ¡Y con estas vitaminas para el alma! —señalando el paisaje.

—Pues habrá que pensar en las vitaminas para el cuerpo —y lo invité en el centro de la villa, en un mesón famoso por sus abundancias casi obscenas.

Haciendo tiempo para la cena lo llevé por la calle de los escudos. Entramos en la bodega que llaman El Senado, donde siempre hay cortesía con el forastero, y la hubo con mi invitado, pero sin desmelenarse. Lo recibieron como si fuera un asiduo cualquiera. Solo Ninguén, que estaba bebiendo y recitando sus improvisaciones de versolari berciano, hizo una pausa y una pregunta:

—Usted es don Camilo, ¿no es verdad?, el que sale en los anuncios de la televisión.

—Salgo donde me sale: ¿sabe usted de dónde?

Todos entendimos que de los cojones, pero Gelo el bodeguero estaba sirviendo una nueva ronda de su vino tinto y honrado, que centelleaba en los vasos gruesos de cristal tallado, y la tertulia se dio a sus principios fundamentales, cosechas, mujeres, habladurías locales.

Camilo andaba un poco mosca cuando salimos del antro. En la plaza Mayor la librería estaba abierta y Camilo se detuvo en el escaparate. Allí estaban los Gil y Carrasco, los Ramón Carnicer, varios poemarios de Ramón González Alegre y el primero del joven poeta Mestre, mis poesías y cuentos. Entramos y Camilo le riñó al librero porque no había expuesta ninguna obra suya. El soltero de la librería, lento y abúlico, fue a la trastienda y vino y echó sobre el mostrador tres o cuatro títulos, empezando por el Oficio de Tinieblas 5, duro de roer.

—No se venden —informó lacónico.

Me quedé sobrecogido, esperando el estallido del consagrado.

—¡Pues ponlos en el escaparate, coño! —tuteó don Camilo José Cela.

—¿Y cuál quieres que te ponga? —correspondió el otro al tratamiento.

—¡Todos!

El librero, con infinita pereza, dijo que iba a cerrar, yo conozco sus pensamientos y traduje «Mañana será otro día». Ni mañana ni ningún otro día en todo el largo verano cumplió. Tú vigila, me dijo Camilo, y si no pone los libros le dices a ese mamón que he de volver y le rompo los morros.

Bueno, pues a dos pasos de la librería está el restaurante abundoso, una vieja empresa familiar. Fue entrar y acercársenos el miembro de la familia que servía en el comedor, reconoció al novelista, con naturalidad le dijo lo que por aquí se dice, «Nos alegramos», y al darnos mesa se ocupó de que Camilo, con su corpulencia considerable, tuviera el sitio más cómodo. O sea, que él y los demás del servicio se desvivieron por la visita ilustre e inesperada.

El lugar olía a gloria. Camilo estaba simpático y feliz. Yo respiraba tranquilo. Fue lástima que la situación se enturbiara a lo tonto, ocurrió mediada la cena. Pepín era el patriarca del clan, el genio oculto de la cocina, también el más menudo y humilde de la familia. Se acercó a nuestra mesa restregándose las manos en el delantal blanco y limpísimo y decía con inocencia: «¡Cuánto honor, don Camilo, cuánto honor!», acuclillado, casi arrodillado junto a la estatura imponente del prócer.

Camilo estaba ocupado con una fuente de truchas recientes del Burbia y al fin se fijó en aquella figura insignificante, y sacó su vozarrón:

—¡Levanta de ahí que che pego una hostia!

Yo iba a consolar a mi paisano, a decirle que eran cosas de don Camilo, pero ocurrió algo inesperado. Pepín empezó a erguirse con dignidad, y resultó que Pepín tenía una talla lucida, y en la mirada una personalidad que no se le conocía.

—Espero que todo esté a gusto de los señores —aunque a mí me trataba habitualmente de tú, como la mayoría de los de mi pueblo. Lo dijo en tono profesional, sin dejar de ser cortés pero sin pizca de servilismo o adulación.

Con Camilo se pasa bien, su compañía suele ser una fiesta, pero si eres propenso puede subirte la tensión.

—Ésta es una ciudad extraña, hay tipos muy literarios y de buena gana me quedaba unos días —me dijo cuando volvíamos a casa, o sea a la fonda, o sea al Parador. En el mostrador de recepción el académico dio instrucciones para su marcha en la mañana siguiente. Yo me aseguré de que habían anotado bien, y pedí que por Dios no fueran a olvidarse de despertarlo a la hora indicada.