Allá va un sucedido que se dio en Cataluña, en Barcelona, muy al principio de la democracia, en el año 1978. Un hecho que levantó tremenda polvareda a cuenta del enterramiento y los restos de Francesc Maciá, el que fue primer presidente de la Generalitat con la Segunda República. El asunto no dejó en muy buen lugar a Josep Tarradellas, presidente de la Generalitat en la recién estrenada democracia. Ésta es la historia de un muerto que no estaba donde se creía que estaba pero que al final apareció donde no debería haber aparecido.
Las absurdas circunstancias de las idas y venidas del difunto Maciá fueron desveladas por el diario El País entre diciembre de 1978 y octubre de 1979.
Francesc Maciá murió en 1933, pero casi al final de la Guerra Civil, en enero de 1939, para evitar una posible profanación por parte de los golpistas, Tarradellas ordenó el traslado de los restos a una tumba de otra familia, de tal suerte que Maciá quedó en el anonimato. De este traslado secreto apenas tuvieron noticia diez personas, y entre ellas no estaba la familia. Todo el que a partir del año 1939 rindió homenaje a Maciá lo hizo ante un nicho vacío.
Pasaron muchos años y, con Tarradellas en el exilio, entonces sí, la familia de Francesc Maciá supo del cambio de tumba. No les sentó bien, porque deberían haber sido los primeros informados. Y otro detalle: aprovechando el traslado, Tarradellas cogió sin permiso el corazón de Maciá, guardado en un frasco de cristal en la tumba, y se lo llevó.
Al corazón de Maciá le tocó vivir un exilio innecesario sin comerlo ni beberlo, alejado de su familia y de Cataluña. Durante unos años, el órgano estuvo depositado en una caja de seguridad de un banco de Francia, con tan mala suerte que el frasco se derramó, perdió líquido, seguramente porque estaría tumbado, y puso perdida la caja de abajo. El contenido echó a perder unos documentos y Tarradellas tuvo que indemnizar al perjudicado.
Llegamos a 1977, y entre lo primerito que hizo Tarradellas, al día siguiente de su retorno a Cataluña, fue rendir homenaje en la tumba de Francesc Maciá en el cementerio de Montjuic, aún sabiendo que no estaba allí. La familia también siguió acudiendo a los actos ante la tumba falsa, pero cada vez que pasaban por el nicho donde estaba oculto el político, se detenían con disimulo para rendir el verdadero homenaje ante los restos.
La historia de la ocultación acabó saltando a la prensa en 1978, y la familia vio el cielo abierto para pedir que de una vez por todas se devolvieran los restos a la sepultura original y se abandonara tanto secretismo. Tarradellas, mientras, callado como un muerto.
Pero llegó el momento de abrir la tumba escondida de Maciá para trasladarlo a donde en realidad debería estar. Otro chasco. Francesc Maciá no estaba.
Y vino el segundo mosqueo con Tarradellas. Porque él era el único que sabía que los restos nunca se cambiaron de lugar. Había difundido una falsedad. Maciá no se había movido de su tumba original y la familia, en cambio, creía estar homenajeando un nicho vacío. Este cabreo fue más gordo que el anterior, porque durante años estuvieron acercándose a la tumba prestada en donde les habían dicho que en realidad estaba el político y teniendo que disimular el sentimiento. En fin, un lío innecesario que todo el mundo le echó en cara a Tarradellas.
Y por cierto, el corazón lo devolvió a la familia en 1979 y ahora está con quien tiene que estar, con Francesc Maciá. Que por algo es suyo.