3

La palabra que aparecía en el tablero decía M-A-T-E-R-I-A-L.

Ivy se rió y colocó una I a continuación de la L; Janice estudió varias posibilidades y agregó una Z a la I. Ivy rápidamente completó la palabra con una A. Se rió triunfante y exclamó: ¡ya está!

Eran sólo las diez menos diez. La mañana parecía interminable.

Ivy acababa de poner una X bajo la E, comenzando una nueva palabra en sentido vertical, cuando sonó el teléfono. Janice agregó una P a la X; se levantó del suelo para contestarlo con un gruñido humorístico, y cruzó el largo y elegante salón. Probablemente sería Bill; a menudo llamaba al llegar a la oficina.

El teléfono estaba en una mesa baja, formando ángulo en un rincón con dos sofás tapizados de negro sobre los cuales había una serie de cojines en dos tonos de verde. Un gran florero lleno de hojas otoñales enmarcaba con matices marrones el rincón.

Cogió el teléfono cuando ya había sonado cuatro veces.

—Dígame.

No hubo respuesta.

—Dígame —repitió en voz más baja y en tono aprensivo.

Estaba a punto de colgar cuando finalmente escuchó una voz masculina, reposada, titubeante, que preguntó:

—Ella, ¿está bien?

Janice colgó violentamente.

Permaneció donde estaba, tratando de escapar de la oleada de pánico que amenazaba con envolverla. Era el hombre. Lo sabía. Había descubierto el número de teléfono a pesar de que no figuraba en la guía. De alguna manera lo había conseguido. Janice temblaba. ¡Contrólate, contrólate! ¡No debía permitir que Ivy la viera en ese estado!

Con una leve sonrisa rígida en la cara se sentó de nuevo para continuar jugando.

Ivy agregó una O bajo la P y preguntó sin demasiado interés:

—¿Quién llamaba?

—El Servicio Secreto —respondió Janice con una risa ligera y afectada.

Ivy dejó escapar una risilla sofocada. Sabía exactamente lo que su madre quería decir. Las llamadas telefónicas en las que no se oía a nadie al otro lado de la línea eran un suceso frecuente en las vidas de la mayoría de los habitantes de la ciudad. Ya fuera que estas llamadas se debieran a equivocaciones, travesuras infantiles o sirvieran de diversión para enfermos mentales, no había manera de contabilizarlas y mucho menos de impedirlas. Todo el mundo aprendía a vivir con esta molestia que formaba parte de lo cotidiano. Las llamaban Servicio Secreto como una manera de burlarse de este tipo de llamadas en las que nadie se identificaba al otro lado de la línea.

Justo en el momento en que Janice colocaba una R bajo la O, volvió a sonar el teléfono. Janice miró cómo Ivy agregaba una T. El teléfono siguió sonando. En el tablero quedó formada la palabra E-X-P-O-R-T-A-C-I-O antes de que Ivy preguntara:

—¿No vas a contestarlo?

—No —contestó Janice, obligándose a poner una nota alegre en su voz—. Prefiero jugar contigo que con el teléfono.

Ivy agregó una N con un murmullo de satisfacción.

El teléfono continuaba sonando.

—Creo que deberías contestar —dijo Ivy preocupada—. Puede ser papá.

Janice había pensado lo mismo. Podía imaginarse a Bill sentado detrás de su escritorio escuchando inquieto sonar y sonar el teléfono, preguntándose por qué no contestaba nadie.

Se puso rápidamente de pie y empezó a caminar hacia el aparato cuando éste dejó de llamar.

—Vaya —dijo Ivy apenada—. No has llegado a tiempo.

—Si era tu padre, volverá a llamar —dijo, inclinándose para tocar la frente de Ivy—. ¿Quieres tomar un vaso de leche con galletas?

—¡Sería fantástico!

A Janice se le derramó media botella de leche, se manchó toda ella y salpicó también el suelo de la cocina, cuando el teléfono volvió a sonar. Pero esta vez el sonido era corto y staccato, lo que indicaba que llamaban por el teléfono interno, que estaba colocado en el vestíbulo, cerca de la puerta de calle. Si era el hombre se negaría a hablar con él; podría hacerlo ya que todas las comunicaciones del teléfono interno con el exterior eran controladas por Dominick en su escritorio del vestíbulo central del edificio.

—¿Señora Templeton? —el acento tosco y familiar de Dominick le resultó agradablemente tranquilizador—. Le llama su esposo.

—Gracias, Dominick.

—¿Qué pasa? —fueron las primeras palabras de Bill—. Te he llamado dos veces. La primera estaba comunicando, la segunda no respondió nadie.

—No pasa nada —mintió—, aquí no sonó el teléfono. Tal vez te equivocaste de número.

Bill hizo un corto chasquido con la lengua aceptando la explicación y preguntó:

—¿Cómo está mi princesita?

—Bien. No tiene fiebre. Seguramente se trata de uno de esos malestares que se curan en un día.

—Bueno. No la dejes salir a la calle.

—Por ningún motivo —dijo Janice con un leve deje trágico en la voz.

—Puede que vuelva a casa temprano.

—Espléndido. Llámame más tarde para confirmármelo —dijo Janice tratando de poner punto final a la conversación.

—¿Por qué no llamas a Carole y le preguntas si pueden cenar con nosotros mañana por la noche?

—De acuerdo.

Hubo una pausa. Luego Bill prosiguió:

—¿Hay alguna novedad ahí?

—No. Ninguna —respondió Janice mientras se preguntaba por qué Bill no se decidía a colgar de una vez.

El teléfono del living sonó de nuevo. Su sonido distante y estridente hizo que cada nervio de su cuerpo se encogiera en protesta. Se escuchó farfullar con voz entrecortada:

—Tengo que colgar, Bill. Está sonando el teléfono.

—Contéstalo, te esperaré.

Janice colgó bruscamente y se precipitó por el vestíbulo en dirección al living. Cuando llegó, Ivy ya había tomado el aparato. La oyó decir mientras sonreía con un deje de tristeza:

—Bien, gracias. Adiós.

Luego colgó, depositando con delicadeza el teléfono en su sitio.

El corazón de Janice latía furiosamente mientras avanzaba. Consiguió que su voz sonara indiferente cuando preguntó quién había llamado.

—Un hombre —respondió Ivy.

—¿Dijo su nombre?

—No.

—Seguramente se había equivocado de número.

—No lo creo porque me llamó Ivy.

Janice se sorprendió de su autodominio al oírse comentar despreocupadamente:

—Tal vez era algún profesor. Aunque tú no lo creas se preocupan por sus alumnos.

—Apuesto a que era el señor Soames —Ivy lanzó una carcajada—. Siempre anda preguntando a las chicas cómo se sienten. El otro día se lo preguntó a Bettina ¡y ella ni siquiera estaba enferma!

Janice recordó de pronto que Bill esperaba en el teléfono interno. Dijo:

—¿Por qué no subes y te acuestas un rato? Tu padre me está esperando en el otro teléfono.

—¿Y la leche y mis galletas?

—Yo te las subiré. Vete ahora, corre.

Ivy se dirigió sin mucho entusiasmo hacia la escalera.

—¿Quién llamaba? —preguntó Bill.

—Uno de los profesores que quería saber cómo se encontraba Ivy —contestó Janice sin siquiera detenerse a pensar en lo que estaba diciendo.

—Oh. ¿Qué profesor?

—El señor Soames.

Más tarde, mientras Ivy dormía, Janice analizó sus reacciones y revisó cada momento de la horrible situación que estaba viviendo, y se preguntó por qué no había contado sencillamente la verdad a Bill. No pudo encontrar una razón satisfactoria, aparte de un deseo vago y absurdo de preservar la paz y tranquilidad del fin de semana que se aproximaba. Sí, eso era. Intentaba proteger su fin de semana para poder saborear, tal vez por última vez, la ternura de sentirlos cerca antes de que el hacha descendiera, como estaba segura de que inevitablemente ocurriría.

Intentaba conseguir un poco más de tiempo.

El taxi dejó a Bill frente al parque de la calle Cincuenta y dos, a un paso del supermercado Gristede. Luego de echar una rápida mirada a los alrededores cruzó el amplio boulevard y entró en la tienda.

Caminó por los estrechos pasillos llenando el reluciente carrito metálico con latas, cajas, paquetes de judías, sopas, kraut, tocino, salchichas, leche, diversas clases de pan y bollos, cacahuetes, patatas fritas, tartas envasadas y helados. Compró provisiones como para llenar una despensa.

En la sección de verduras seleccionó tres lechugas y seis tomates que, descubrió horrorizado, se vendían a un dólar y cinco centavos el medio kilo.

Al tomar el pasillo que llevaba a la carnicería creyó ver la huidiza silueta de un hombre que desaparecía precipitadamente por el extremo opuesto. Impulsado por la inquietud, hizo rodar el carrito a toda velocidad por el pasillo. Jadeando, giró en el extremo esperando encontrarse con Patillas que huía en dirección a la puerta de salida; pero lo único que vio fue un par de ancianas que le miraron con disimulada alarma. Bill les sonrió burlón y dirigió el carrito hacia la carnicería; compró tres filetes, tres kilos de solomillo para asado y una docena de finísimas chuletas de cerdo.

En la caja hizo un cheque por ochenta y un dólares y cincuenta centavos mientras metían su compra dentro de tres grandes bolsas de papel. Había pensado caminar las cinco manzanas hasta su casa, pero las bolsas estaban muy llenas, y resultaron demasiado pesadas. Pidió que le prestaran el carrito para llevarlas, diciendo que lo devolvería más tarde, pero se lo negaron cortésmente. Iba a tener que buscar un taxi en alguna parte.

Le autorizaron amablemente a dejar las verduras en el supermercado, lo que le permitió ir a toda prisa al Mayflower Hotel, que quedaba cerca. Después de diez minutos de espera apareció un taxi a dejar un pasajero.

Eran las cuatro y cuarto cuando Bill entró en el ascensor del señorial y antiguo edificio acompañado por Mario, el portero, que cargaba con las dos bolsas más pesadas.

El fin de semana había comenzado.