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Al levantarse, Lucio pidió a Amal que le acompañase a la obra. Cuando llegaron, los obreros e ingenieros, especialmente Zayin, se vieron sorprendidos por su presencia y buscaban una explicación con la mirada. Amal iba ataviada con su habitual capucha y miraba a su alrededor con una curiosidad infinita; le hubiera gustado pasar desapercibida para introducirse en aquel mundo tantas veces imaginado.

Lucio le explicó que el agua podía pasar por tres posibles vías en función del tipo de terreno a sortear. En el caso de la tierra llana, con la canalización y manteniendo la pendiente había suficiente. Superar una montaña requería la construcción de un túnel y, en cambio, el vacío de terreno que dejaba un valle debía ser superado por la arquería, que siempre era la parte más vistosa e impresionante de la obra. El acueducto era tanto lo visible como lo oculto, aunque la mayor parte del acueducto de Segovia permanecía escondida: concretamente unas nueve millas de conducción canalizada frente a la media milla de conducción elevada, los arcos del agua.

El acueducto de Segovia no requería ninguna conducción por túneles, puesto que no había ninguna montaña que superar. Por el terreno llano, los canales debían hacer transcurrir el agua cubierta y de forma subterránea tanto para garantizar su calidad como su frescor.

—¿Qué revestimiento tienen las paredes de los canales? —preguntó Amal.

—Cal y cerámica molida. Es muy importante conocer la composición del agua y de la piedra, también hay que tener en cuenta las infinitas combinaciones que pueden hacer entre ellas: fango y suciedad, si queda estancada; erosión, si es demasiado rápida. El agua tiene una indómita fuerza oculta y te aseguro que puede limar y romper la piedra más gruesa. Igualmente, un exceso de cal es dañino porque puede cubrir los revestimientos de la piedra hasta hacer imposible su conducción. Los elementos sólidos en suspensión también son un peligro porque pueden colmatar el canal.

—Tres factores: la velocidad del agua, su naturaleza y el material de las paredes… —dijo Amal, enumerando cada factor con un dedo de la mano de forma lenta y solemne, como si estuviera intentando memorizarlo—. ¿Y cómo es el agua de Segovia?

—Parece pura y limpia, ya que los habitantes están en un estado de salud óptimo. No hay restos de cal evidentes en los diferentes lugares donde circula el agua. Tenemos suerte porque el agua es el único elemento que no controlamos.

Amal sonrió y Lucio pensó que, cuando sonreía con los ojos muy abiertos y llenos de emoción como si fuera una niña descubriendo el mundo, era la mujer más bella y a la vez más entrañable que jamás había visto.

—¿No es un acueducto desproporcionado para el tipo de ciudad que es Segovia y para el caudal que tiene que transportar? —dijo Amal como disparando una pregunta que hubiera estado mucho tiempo reteniendo.

—Sí, lo es. Pero no estoy llevando a cabo una obra funcional cuyo principal interés sea la economía de medios.

—¿Qué es, entonces?

—No sé qué será para los gobernantes, para el emperador. Tal vez para ellos sea un signo de supremacía, su último movimiento de invasión, una extravagancia más de una sociedad cada vez más lejana del espíritu apolíneo y armónico… No sé lo que es para ellos, ni lo sé, ni me importa. Pero para mí es un homenaje a lo mejor de Roma, a su espíritu de superación, a la creatividad, a la capacidad de haber heredado la arquitectura etrusca y griega, y superarla. También exalta la invención de las leyes, el deseo de expansión que, a diferencia de lo que comentaba Buntalos, tiene que ver con algo más que ocupar y explotar pueblos: está relacionado con lograr un mundo único y mejor, donde reine la paz y sea posible el arte. Es este espíritu, que tantas veces traicionamos, el que crea fuertes lazos entre los hombres e impulsa lo mejor de nosotros mismos. Estamos en un momento de transición: los antiguos indígenas pertenecían a antiguas colonias íberas y ahora todos nosotros seremos, simplemente, romanos. Llegará a haber emperadores de estas tierras, estoy seguro. Sentirnos un solo pueblo, cosmopolita y avanzado es el verdadero hito de Roma, un pueblo tolerante, respetuoso con las religiones e intrépido. No hay una sola Roma, yo no pertenezco a la Roma de la que hablaba el antiguo jefe de los arévacos. La pregunta tal vez sea cuál de las diferentes Romas nos sobrevivirá a todos. Las civilizaciones prósperas se parecen en la forma en que ejercen el poder y siempre pueden ser criticadas por episodios de crueldad y expolio. Cada pueblo desgraciado, en cambio, lo es a su manera. Cada pueblo vencido tiene su propia historia de un pasado esplendoroso, de una sociedad ecuánime y feliz. Pero es imposible comprobar hasta qué punto fueron tan justos y prósperos, porque siempre se trata de una civilización extinguida y la historia que proyectan de su pasado puede ser fruto más de la imaginación que de la realidad. Pero este pasado, siempre próspero y perdido, es imprescindible, porque es el único que sirve para resistir. Se trata de una historia capaz de conservar el espíritu de lucha para recuperar un antiguo poder que les fue arrebatado. Pero no olvidemos lo más importante: cada sociedad tiene poderosos y tiranos capaces de las peores injusticias. ¿Acaso no fueron estos los que Roma compró por cuatro cargos? Cuando el ser humano, alguna vez, logre una sociedad en la que los dirigentes tengan el mismo poder y la misma suerte que su pueblo, el mundo cambiará de destino. Mientras todo sea una lucha entre grupos sociales, los dirigentes seguirán en la cúspide de la pirámide, sin importarles qué piedra o metal, qué raza o pueblo está en la base.

—Triste consuelo para los oprimidos, que quienes los sometan sean los suyos… Pero tienes razón: no varía mucho el destino de los miserables. Una de las grandezas de Roma es su tolerancia hacia todas las creencias… ¿Crees que en la secta del Sol se podría encontrar el asesino de tu maestro?

—Sí, lo creo. Creo que pueden haberlo matado por pura superstición, porque consideran que los avances arquitectónicos van contra su religión o que el progreso atenta contra la obra de su dios, o qué sé yo… No pretendo encontrar razones: el fanatismo no las necesita para matar. Fíjate en ti y recuerda el momento en que te conocí. Hay algo que sí tengo muy claro: los sectarios son verdaderamente peligrosos y tendré que extremar los cuidados. Pero no hemos venido a hablar de ellos, ni de los que más sufren. Estás aquí para hablar de arquitectura.

—Entonces… —dijo Amal incorporándose y adoptando un aire más resolutivo—. Explícame los canales y las diferentes fases de su construcción.

Lucio se pasó buena parte de la mañana explicándole que los canales están bajo la superficie, que primero se excava una zanja, conservando cuidadosamente la tierra acumulada a un lado y otro, porque es la que se utilizará para tapar el canal. Si el suelo de la excavación es blando, se acostumbra poner una base de piedras gruesas de cimentación para que el canal no se apoye directamente en el terreno. Estas piedras se llenan de mortero y de hormigón para crear un pavimento perfectamente plano, pues será la base de los muros laterales. Estos se construyen gracias a una guía vertical de madera para lograr una pared perfecta de piedras y de mortero hasta crear dos muros paralelos que sostendrán la bóveda.

En este punto, Amal hizo la siguiente observación:

—Ya que tienes una cavidad perfecta entre la pared de la zanja y el encofrado de madera, ¿no sería más rápido y efectivo que, en vez de hacer una pared piedra a piedra formando hiladas, vertieras el hormigón directamente en su cavidad, en el intradós?

Lucio se quedó un momento pensando… Y mandó llamar a Zayin.

—Dime… —inquirió este al llegar, con una actitud como si estuviera secretamente ofendido.

—¿Habéis empezado a hacer los muros de los canales?

—Sí, Lucio, tal y como indicaste. Estamos tallando finamente unas piedras, formando las hiladas… Es un proceso lento porque es minucioso, pero es una verdadera obra de arte. Ya verás el tramo que hemos construido.

—Amal me ha dado una idea estupenda: no haremos los muros del canal con piedras, sino directamente con hormigón, simplificaremos la construcción del canal enormemente y reduciremos mucho el tiempo de ejecución: menos gasto, menos tiempo y la misma funcionalidad.

—No creo que una mujer sin conocimientos de ingeniería hidráulica pueda opinar sobre la construcción, y menos aún que pueda cambiar el proceso de una obra.

—No estamos hablando de lo que una mujer puede hacer o no, sino de una idea que es magnífica, proceda de quien proceda.

—¿No fuiste precisamente tú quien dijo que quería llevar a cabo una obra no solo funcional, sino también bella?

—Sí, pero me refería a la obra que emerge, a la visible, no a la que está enterrada.

Lucio se apartó unos pasos de Amal e hizo una señal a Zayin para que se acercara.

—Te agradezco tu implicación, pero no cuestiones mis órdenes.

Sin esperar respuesta, Lucio regresó al lado de la chica y pasearon por la construcción. Todas las miradas convergían en su silueta y la seguían de reojo. Amal intentó ignorar tanta expectación callada y observó los diferentes bloques de granito que tenían diferentes marcas y se interesó por ellas.

—Son las marcas lapidarias —dijo Lucio—. Es la forma de inventariar y comercializar cada pieza. Muchas de las marcas son antiguas y pertenecen a diferentes caballerías, porque muchos canteros también tienen caballos. Cuando llegué a Segovia, las marcas ya estaban todas definidas: había veinte marcas establecidas.

Lucio de pronto se quedó inmóvil, como petrificado por una idea.

—Escucha, Amal. Puede que no todas las marcas lapidarias sean de antiguas canteras. Tal vez Arístides diseñara algunas marcas propias. Digo «tal vez» porque algunos de estos signos pueden ser un mensaje directo de Arístides.

Amal, con la misma emoción contenida, contestó:

—Déjame investigarlo. Descubriré si el signo de cada cantera forma parte de una antigua marca de familia, de una antigua caballería, o si se trata de un signo nuevo propuesto por Arístides. Haré todo lo posible para averiguar si el maestro quiso decirnos algo con estas señales grabadas en la piedra. Déjame ayudarte.

Lucio se limitó a asentir. Su mente estaba aún dilucidando las posibilidades reales que había de que Arístides le hubiera dejado una pista marcada en los sillares, a la vista de todos, creada para transmitirle un mensaje personal y directo.