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Las ruinas de Ankatavaka

La suave brisa marina le trajo a Tanis el olor a salitre. Se acercaban al estrecho de Algoni. Y a Ankatavaka. De manera instintiva, el semielfo se inclinó sobre su montura esforzándose por atisbar alguna señal del pueblo asentado más allá del bosque por el que cabalgaban. Se preguntó si sería la misma floresta en la que había acampado el ejército humano antes de iniciar el ataque contra las barricadas elfas. Su padre había sido uno de aquellos soldados.

Tanis se obligó a apartar esa idea de su mente. No quería acordarse de su progenitor. Acarició con gesto ausente el cuello sudoroso del toro que trotaba entre los árboles; poco después encontraron lo que era apenas un simulacro de camino reconquistado de nuevo por la naturaleza.

—¿Cuándo estuviste aquí por última vez? —preguntó a Clotnik, que se había quedado rezagado.

El enano masculló una maldición; Tanis lo oyó apartar una rama que le cerraba el paso.

—Han pasado por lo menos sesenta años. La inundación ocurrió hace treinta y ocho años. ¿Recuerdas aquel invierno en el que llovía casi a diario? —respondió Clotnik.

—Desde luego. Me hallaba con mi amigo Flint. —El semielfo se echo a reír—. Cruzábamos el desierto de Taladas cuando comenzaron las lluvias. A las pocas horas la llanura se había inundado. Para sobrevivir, tuvimos que agarrarnos a un skrit que flotaba ahogado. ¿Te has pasado alguna vez tres días aferrado al cadáver de uno de esos escarabajos gigantes que miden dos metros?

—Me complace decir que no —respondió el enano, en tanto apartaba otra rama.

Los dos amigos guardaron silencio. A través de los árboles, Tanis divisó el campo abierto; más allá de la pradera se alzaban los muros desmoronados de Ankatavaka. Señaló con el dedo en aquella dirección.

—Sí, lo veo —exclamó Clotnik. Luego agregó apesadumbrado—. Da pena encontrarlo en esas condiciones.

Incluso desde lejos, el asentamiento ofrecía una imagen decadente, de pueblo muerto. Continuaron adelante y cruzaron la pradera. El terreno era llano, con una monotonía rota únicamente por un solitario tocón. Tanis cambió de dirección para pasar junto al tronco mientras los recuerdos acudían a su mente. Al llegar a él, se asomó y comprobó con satisfacción que estaba hueco.

La puerta principal se alzaba frente a los dos amigos. Estaba abierta, permitiendo el acceso de cualquiera a las calles de la población. No obstante, para entrar no era preciso utilizar el portón. Lo que fueran en el pasado unas sólidas defensas se habían convertido en un confuso montón de murallas desmoronadas que semejaban ruinas arcaicas.

En el mismo momento en que los dos amigos cruzaban la puerta, sopló una ráfaga de viento a sus espaldas que levantó una nube de polvo; Tanis tuvo la sensación de que los transportaba a otro tiempo. Dondequiera que mirase, imaginaba el pueblo tal y como lo recordaba. Veía a los elfos encaramados a las barricadas. Escuchaba los vítores que se alzaron cuando el conjuro de lluvia de Kishpa refrenó al ejército humano el primer día de asedio. Al volver la vista hacia el sur, revivió la batalla sostenida en lo alto del parapeto.

Recordó la flecha salida de la nada que le había salvado la vida, y, al otear al otro lado de la plaza, divisó el edificio desde el que había sido disparada. Brandella había vivido allí mucho tiempo atrás, en una amplia habitación del segundo piso; pero sólo en la memoria de Kishpa. Quería verlo con sus propios ojos.

La casa de dos plantas se inclinaba hacia un lado al haberse desplomado una de las paredes. Daba la impresión de que toda la estructura estuviera a punto de derrumbarse. Con todo, condujo a su cabalgadura hacia el edificio, desmontó y se encaminó a la puerta.

—¿Adónde vas? —preguntó Clotnik, encaramado a lomos de su toro.

—Voy a entrar.

—Es demasiado peligroso —le advirtió el malabarista.

—No te inquietes —respondió con despreocupación—. Tendré cuidado.

Sin embargo, tuvo que remontar una escalera desvencijada que apenas soportaba su peso. Cuando alcanzó el rellano, encontró la puerta de la casa de Brandella sostenida por un único gozne. La empujó y penetró en la estancia; el cuarto estaba despojado de muebles, faltaba una de las paredes y parte del techo se había derrumbado. El vasto mural que había decorado el hogar de la tejedora estaba tan deslucido por el viento, la lluvia y el sol, que las imágenes apenas resultaban discernibles; todas, salvo una. En uno de los rincones, a media altura, contempló una pintura de colores sorprendentemente vivos. Representaba a un hombre situado de espaldas, con el rostro oculto al espectador. Dentro de su cuerpo flotaba la imagen de una mujer, cuyo semblante quedaba también encubierto. El semielfo alargó la mano para tocarlo. Cuando la retiró, sus dedos estaban manchados de pintura. La sorpresa le hizo abrir los ojos de par en par. ¿Estaba todavía fresca? ¿O era que soltaba color simplemente porque el mural estaba expuesto al húmedo aire marino? ¿Y por qué ésta pintura en particular resultaba visible en tanto que el resto casi se había borrado? Si la memoria no le fallaba, la cama de la mujer estaba colocada contra esta pared. Quizá quienquiera que hubiese vivido allí con posterioridad también había situado el lecho en el mismo lugar y ello había protegido la pintura. O, tal vez, se había pintado expresamente para él, para este momento. Por ella.

Un crujido captó su atención. Al momento se produjo un estruendo y una nube de polvo subió al segundo piso.

—¡Tanis! ¿Te encuentras bien? —gritó Clotnik desde la calle.

Se asomó al balcón.

—¡Mejor que nunca! —respondió.

—El edificio se viene abajo. ¡Sal de ahí cuanto antes!

—Ahora mismo.

Sin más, el semielfo se dirigió presuroso a la puerta con intención de abandonar la casa…, sólo que, varios peldaños de la parte central de la escalera habían desparecido.

El tramo de escalones había cedido y se había derrumbado. Tanis torció el gesto. Salir de allí no iba a resultarle tan fácil como había imaginado. Pero no había otro camino.

Ir despacio, poniendo todo el peso de su cuerpo en cada peldaño, sería un error. Tenía que descender a la carrera, salvar el hueco de un salto y esperar que al caer sobre la otra mitad de la escalera, ésta aguantara el impacto y no se desmoronara.

El semielfo respiró hondo y después se lanzó en tromba escaleras abajo, a una velocidad suicida, salvando los peldaños de tres en tres. Al llegar al tramo roto, saltó sobre el vacío que se abría a sus pies y aterrizó en la sección inferior de la escalera sobre un solo pie. La estructura emitió un crujido ominoso.

Tanis rebotó contra la pared de la derecha. El impulso que llevaba lo lanzó escaleras abajo en tanto que se esforzaba por mantener el equilibrio. Ni él ni los escalones aguantaron de pie. El semielfo se propinó un golpe fuerte con los últimos peldaños y rodó sobre sí mismo. Salió dando tumbos a la calle seguido por una espesa polvareda, en el mismo instante en que la escalera se desplomaba a sus espaldas.

Clotnik descendió de su montura de un salto y corrió hacia el semielfo, que lo tranquilizó con un ademán.

—Estoy bien —dijo—. Sólo necesito un momento para recobrar el aliento.

El semblante del enano reflejaba un cúmulo de emociones: preocupación, temor, enojo. Cuando habló, su voz sonó como el chasquido de ramas secas.

—¡Sólo porque éste sea un pueblo fantasma no es razón suficiente para que te mates! ¡Ten más cuidado!

—De acuerdo, lo haré —prometió Tanis entre jadeos.

Mientras el semielfo respiraba entre resuellos, el enano deambuló solo en busca de sus propios recuerdos; después de todo, había crecido en Ankatavaka. Sin embargo, no bien había llegado al centro de la plaza cuando hizo un alto, levantó la vista y sonrió.

Poco después Tanis se reunía con él.

—¿Qué miras con tanta atención? —le preguntó.

—Esta estatua —contestó Clotnik con un deje nostálgico—. Recuerdo cuándo se erigió. Acababa de regresar del barco y me había enterado de la muerte de mi padre. Toda mi vida había cambiado. Ni siquiera sabía quién era esta persona —dijo, señalando la estatua de piedra que había resistido el embate de los años y las inclemencias del tiempo.

Tanis levantó la vista y una expresión de sorpresa se dibujó en su semblante. ¡Era Alfeñique! Allí estaba el hombrecillo, con la espada enarbolada en una mano y la cabeza envuelta en unos vendajes próximos a deshacerse. Debajo, en el pedestal, una inscripción rezaba: «En memoria del Gran Scowarr. Llegó como un forastero. Partió como un héroe».