Capítulo 8

La noche se convirtió en día, y no me moví hasta que el propietario del hotel llamó a la puerta, pidiendo más dinero o que me fuese. A través de un pequeño hueco de la puerta, le pasé el dinero y volví a la cama.

Hice lo mismo durante días. Había un cierto sentido de paso del tiempo cuando me levantaba tambaleándome al baño. No tenía energías como para ducharme, y de todas formas aquel no era el tipo de sitio donde te ponen botecitos de champú. Ni siquiera había un espejo, solo unos cuantos enganches de plástico enmarcando un rectángulo vacío sobre el lavabo. Ni la luz de la luna ni la del sol pasaban a través de la ventana, llevaba la cuenta de las veces que vino al dueño. Vino tres veces a pedir dinero.

Durante aquellos días, pensaba en mi madre y lloraba hasta que me tapaba con la mano para calmarme. La tormenta en mi interior me azotó, amenazando con hundirme, y me hundí. Me encogí en una pequeña bola, sin querer hablar, sin querer comer. Parte de mí quería quedarse allí tumbada y desaparecer. Las lágrimas hacía ya tiempo que se me habían acabado y, simplemente, estaba allí tirada, buscando una salida. Parecía que se avecinaba un enorme vacío. Le di la bienvenida, adentrándome en él, hundiéndome en sus profundidades sin sentido hasta que el dueño vino al cuarto día.

Esta vez me habló después de darle el dinero.

—¿Necesitas algo, chica?

Me quedé mirándole a través del hueco. Era un tío mayor, quizá cuarentón. Solía llevar la misma camiseta a rayas todos los días, pero parecía aseado.

Miró por el pasillo, pasándose una mano por el pelo que ya le raleaba.

—¿Hay alguien a quien pueda llamar por ti?

No tenía a nadie.

—Bueno, si necesitas algo, simplemente llama al mostrador —se alejó, tomando mi silencio como respuesta—. Pregunta por Fred. Soy yo.

—Fred —repetí despacio, sonando como una idiota.

Fred se paró, moviendo la cabeza. Cuando volvió a mirarme, nuestros ojos se cruzaron.

—No sé en qué lío te has metido, chica, pero eres demasiado joven para estar en un sitio como este. Vete a casa. Vuelve a donde perteneces.

Vi a Fred irse y cerré la puerta con pestillo. Me di la vuelta lentamente y me quedé mirando a la cama —a la pala—. Me hormiguearon los dedos.

Vuelve a donde perteneces.

Ya no pertenecía a ningún sitio. Mamá ya no estaba y…

Me aparté de la puerta, acercándome a la cama. Cogí la pala y pasé los dedos por los afilados bordes. Vuelve a donde perteneces. Solo había un sitio al que pertenecía, y no era hecha un ovillo en una cama de un motel mierdoso en el lado malo de Miami.

Ir al Covenant.

Un cosquilleo recorrió mi cuello. ¿El Covenant? ¿Podría volver después de tres años, sin saber siquiera por qué nos fuimos? Mamá actuó como si no fuese seguro, pero siempre lo asocié a su paranoia. ¿Me permitirían volver sin mi madre? ¿Me castigarían por huir con ella y no delatarla? ¿Estaba destinada a convertirme en lo que había evitado todos esos años, o cuando fui ante el Consejo y le pegué una patada a una vieja?

Podrían haberme forzado a la servidumbre.

Todas las opciones eran mejores que ser aplastada por un daimon, mejor que meter el rabo entre las piernas y darme por vencida. Nunca me había rendido por nada en toda mi vida. No podía empezar ahora, no cuando mi vida realmente dependía en no perder la cabeza.

Y por cómo estaba la cama y cómo olía yo, la estaba perdiendo oficialmente.

¿Qué diría mi madre si pudiese verme? Dudo que sugiriese el Covenant, pero no querría que me diese por vencida. Hacerlo sería deshonrar todo lo que ella simbolizaba, y a su amor.

No podía rendirme.

La tormenta en mi interior se calmó y el plan comenzó a forjarse. El Covenant más cercano estaba en Nashville, Tennessee. No sabía exactamente dónde, pero la ciudad estaría abarrotada de Centinelas y Guardias. Podíamos sentirnos los unos a los otros —el éter siempre nos delataba, más fuerte en los puros, más sutil en los mestizos—. Tenía que encontrar un transporte, porque no iba yo a mover el culo e ir andando hasta Tennessee. Aún tenía dinero suficiente para comprar un billete y subir en uno de esos autobuses en los que en condiciones normales ni siquiera consideraría montarme. La estación de la ciudad cerró hacía años y la parada de autobús interurbano más cercana estaba en el aeropuerto.

Había toda una caminata para llegar hasta allí.

Miré hacia el baño. Por la ventana no entraba luz. Era otra vez de noche. Al día siguiente por la mañana podría coger un taxi al aeropuerto y coger uno de aquellos buses. Me senté, casi sonriendo.

Tenía un plan, uno loco que podría acabar saliéndome por la culata, pero era mejor que rendirme y no hacer nada. Un plan ya era algo, y me dio esperanzas.

Después de esperar hasta el amanecer, cogí un taxi al aeropuerto y me quedé por la casi vacía terminal de autobuses. La única compañía que tenía era la de un anciano hombre negro que estaba limpiando los duros asientos de plástico, y las ratas que correteaban por los pasillos más oscuros.

No eran muy habladores.

Subí las piernas al asiento, meciendo la pala en mi regazo mientras me esforzaba por estar alerta. Tras haberme sumido en el vacío de la nada durante días, seguía queriendo meterme en mi pijama favorito y hacerme un ovillo en la cama de mi madre. Si no fuese porque el menor ruido me hacía saltar del asiento, me hubiese caído dormida de la silla.

Cuando el sol comenzó a salir por las ventanas, un puñado de personas ya estaban esperando el autobús.

Todo el mundo me evitaba, probablemente porque parecía un pingajo. La ducha del motel ni siquiera funcionó, y mi rápido enjuague en el lavabo no incluyó jabón ni champú. Levantándome despacio, esperé a que todo el mundo se pusiese en fila y miré aquella ropa que había llevado tantos días. Las rodillas de los vaqueros estaban rotas y los bordes deshilachados estaban teñidos de rojo. Me dio un agudo pinchazo en el estómago.

Recomponiéndome, trepé las escaleras del autobús y miré brevemente al conductor a los ojos. Justo en ese momento, deseé no haberlo hecho. Con una mata de pelo blanco en la cabeza y unas bifocales plantadas en su sonrosada nariz, el conductor parecía aún más viejo que el señor que estaba limpiando las sillas. Incluso tenía una pegatina del IMSERSO en el parasol y llevaba tirantes. ¿Tirantes?

Dioses, existía la posibilidad de que Papá Noel se quedase dormido al volante y fuésemos a morir todos.

Arrastrando los pies, elegí un hueco en el medio y me senté al lado de la ventana. Por suerte, el bus no estaba ni medio lleno y, por eso, el olor corporal que solía estar asociado a aquel tipo de buses estaba por debajo de la media.

Creo que yo era la única que aspestaba.

Y tanto que lo hacía. Una señora unos cuantos asientos por delante se dio la vuelta, arrugando la nariz. Cuando sus ojos se posaron en mí, aparté la mirada rápidamente.

A pesar de que mi cuestionable higiene era el menor de mis problemas, me puse colorada de la vergüenza. ¿Cómo en un momento así podía llegar a preocuparme por mi aspecto o mi olor? No debía, pero lo hice. No quería ser la chica apestosa del autobús. La vergüenza me recordó otro horrible momento de mi vida.

Tenía trece años y acababa de empezar una clase de entrenamiento ofensivo en el Covenant. Recuerdo que estaba emocionada por hacer algo que no fuese correr y practicar técnicas de bloqueo. Caleb Nicolo —mi mejor amigo y un tío estupendo— y yo nos habíamos pasado todo el inicio de la primera clase empujándonos por todo y comportándonos como monos drogados.

Cuando estábamos juntos éramos un tanto… incontrolables.

El instructor Banks, un mestizo anciano que había sido herido durante su trabajo como Centinela, nos estaba dando la clase. Nos informó de que íbamos a practicar placajes y me emparejó con un chico llamado Nick. El instructor Banks nos enseñó varias veces cómo hacerlo correctamente, advirtiéndonos de que: «Tiene que hacerse así. Si no, podrías romperle el cuello a alguien, y eso no es lo que voy a enseñar hoy».

Parecía muy fácil, y siendo una pequeña mocosa fardona como era, realmente no había prestado mucha atención. Le dije a Caleb, «lo tengo pilladísimo». Chocamos como dos idiotas y volvimos con nuestros compañeros.

Nick hizo el placaje perfecto, barriéndome con la pierna mientras mantenía el control de mis brazos. El instructor Banks le elogió. Cuando me tocó a mí, Nick sonrió y esperó. A mitad de la maniobra, se me resbaló el brazo de Nick y cayó sobre el cuello.

Eso no fue algo bueno.

Al ver que no se levantaba enseguida y que empezaba a gimotear y a retorcerse, supe que había calculado muy mal mis posibilidades. Nick estuvo en la enfermería durante una semana y después me llamaron «martillo pilón» durante un montón de meses.

Hasta la actualidad, nunca había pasado tanta vergüenza en mi vida. No estaba segura de qué humillación fue peor, fallar frente a mis compañeros o el oler como calcetines sudados olvidados en la cesta de la ropa sucia.

Suspirando, miré el itinerario de mi viaje. Tenía dos escalas: una en Orlando y otra en Atlanta. Por suerte en uno de esos lugares habría un sitio en el que podría lavarme un poco mejor y comprar algo de comida. Quizá también hubiese conductores que no estuviesen cerca de su fecha de caducidad.

Miré a los demás pasajeros, calmando un bostezo con la mano. Definitivamente no había daimons en el autobús; me imaginé que despreciarían el transporte público. Y —hasta donde sabía— no vi ningún asesino en serie que pareciese un abusador de chicas. Saqué la pala y la metí entre yo y el asiento. Me quedé frita bastante rápido y me desperté unas horas después, con el cuello todo dolorido.

Unas cuantas personas en el autobús tenían unas almohadas por las que habría dado un brazo. No dejé de moverme en el asiento hasta encontrar una posición en la que no me sintiese encajada, así que no me di cuenta de que tenía compañía hasta que levanté la mirada.

La mujer que antes olfateó el aire estaba en los asientos del otro lado del pasillo. Le miré el pelo cuidadosamente peinado y los pantalones apretados color caqui, sin estar muy segura de qué debía pensar de ella. ¿Había apestado todo el autobús?

Sonriendo levemente, sacó la mano de detrás de la espalda y sostuvo un paquete de galletas delante de mí. Era de esas con mantequilla de cacahuete por dentro que venían de seis en seis. Mi estómago rugió. Pestañeé despacio, confusa.

Sacudió la cabeza, y me percaté de la cruz que colgaba de una cadena de oro alrededor de su cuello.

—Pensé que… quizá tienes hambre.

El orgullo me golpeó en el pecho. La mujer pensaba que era una niña sin techo. Espera. Era una sin techo. Me tragué el nudo que tenía en la garganta.

La mano de la mujer tembló mientras la retiraba.

—No tienes que cogerlo. Si cambias de…

—Espere —dije con voz ronca, asombrándome por el sonido de mi propia voz. Me aclaré la garganta mientras sentía arder las mejillas—. Lo cogeré. Gra… Gracias.

Mis dedos parecían sucios al lado de los suyos, a pesar de habérmelos frotado bien en el baño del motel. Volví a agradecérselo, pero ya había vuelto a su sitio. Me quedé mirando el paquete de galletas, sintiendo una tensión en el pecho y la mandíbula. Una vez leí en algún sitio que eso era síntoma de un ataque al corazón, pero dudé de que fuese lo que me pasaba a mí.

Cerrando los ojos, rasgué el paquete, comí tan rápido que no pude ni saborear nada. Y luego, de nuevo, me fue difícil saborear lo primero que comí en días porque las lágrimas me cerraban la garganta.