Capítulo 3

Viendo al chico tirado en la arena, me di cuenta de que echaba de menos pelear, especialmente el subidón de adrenalina y aquella sensación de «Maldita sea, soy genial» que venía tras derribar a alguien. Pero, de nuevo, pelear con mortales no tenía ni punto de comparación con pelear con los míos o contra las cosas que mi entrenamiento me preparaba para matar. Aquello no me supuso esfuerzo alguno. Si él hubiese sido también mestizo, quizá hubiese sido yo la pringada con la boca llena de arena.

—Dios mío —susurró Matt dando un salto atrás.

Miré hacia arriba, esperando ver en él una mirada de asombro y sorpresa. Quizá incluso una señal de aprobación con el pulgar. Nada, no obtuve nada. En el Covenant me hubiesen aplaudido. Pero olvidaba que ya no estaba en el Covenant.

La mirada asombrada de Stimpy fue de su amigo a mí y rápidamente se transformó en una mirada furiosa.

—¿Te comportas como un hombre? Más te vale que aguantes como un hombre, zorra.

—Oh —sonreí mientras me situaba frente él—. Que empiece la partida.

Con la ventaja de su corpulencia, Stimpy se abalanzó contra mí. Pero no lo habían entrenado para pelear desde los siete años y no tenía mi fuerza y ni mi velocidad, literalmente divinas. Lanzó su gordo puño hacia mi cara y me giré, levantando la pierna y estampándole mi pie descalzo en el estómago. Stimpy se dobló sobre sí mismo, mientras lanzaba las manos intentando agarrarme los brazos. Di un paso hacia él, agarrándole yo los brazos y echándole hacia abajo mientras levantaba la pierna. Su mandíbula rebotó en mi rodilla y le solté, viendo como caía en la arena con un gemido.

Ren se incorporó, escupiendo sangre. Se balanceó e intentó darme un puñetazo. Estaba bastante lejos y podría haberlo esquivado fácilmente. Diablos, podría haberme quedado quieta y ni siquiera me habría rozado, pero estaba en racha.

Le agarré el puño, deslizando mi mano sobre su brazo.

—No está bien pegarle a una chica —me di la vuelta usando su peso para desestabilizarlo.

Salió por encima de mi hombro, dando de nuevo con la cara en la arena.

Stimpy se levantó y se tambaleó hacia su amigo tumbado.

—Vamos tío. Levántate.

—¿Necesitas ayuda? —me ofrecí con una sonrisa dulce.

Los dos chavales huyeron por la playa, mirando atrás por encima del hombro como si esperasen que les fuese a saltar sobre la espalda. Les miré hasta que desaparecieron por la cala, sonriéndome a mí misma.

Me di la vuelta hacia Matt, con el viento moviéndome el pelo. Me sentí viva por primera vez en… bueno, años. Aún estoy que lo parto. Después de tanto tiempo todavía puedo hacerlo. Mi emoción y confianza se desvanecieron en el momento en que pude ver bien la cara de Matt.

Parecía aterrado.

—¿Cómo…? —se aclaró la garganta—. ¿Por qué lo has hecho?

—¿Que por qué? —repetí confusa—. Yo lo veo bastante claro. Esos tíos son unos capullos.

—Sí, son unos capullos. Todo el mundo lo sabe, pero no tenías por qué darles una paliza —Matt se quedó mirándome, con los ojos como platos—. Es que… es que no puedo creer que lo hayas hecho.

—Te estaban molestando —me puse las manos en la cintura, importándome poco que el viento hiciese que el pelo me diese en la cara—. ¿Por qué actúas como si fuese un bicho raro?

—Solo me habían tocado, Álex.

Para mí era razón suficiente, pero parecía no serlo para Matt.

—Ren me agarró. Lo siento, pero no lo soporto.

Matt se quedó mirándome.

Me mordí la lengua para no soltar la ristra de palabras malsonantes que tenía en mente.

—Vale. Quizá no debería haberlo hecho. ¿Podemos, simplemente, olvidarlo?

—No —se frotó el cuello por detrás—. Ha sido demasiado raro para mí. Lo siento, Álex, pero ha sido… una locura.

Mi, ya de por sí débil, capacidad para contener la ira comenzaba a flaquear.

—Ah, ¿quieres que la próxima vez que me quede quieta y les deje que te partan la cara y abusen de mí?

—¡Tu reacción ha sido desproporcionada! ¡No iban a partirme la cara ni a abusar de ti! Y no va a haber una próxima vez. No me gusta la violencia —Matt negó con la cabeza y se dio la vuelta, alejándose de mí, arrastrando los pies por la arena, dejándome allí plantada.

—¿Pero qué demonios? —farfullé, y luego grité alto—. ¡Me da igual! ¡Vete a salvar delfines o algo!

Se giró.

—¡Ballenas, Álex, ballenas! Eso es lo que quiero salvar.

Dejé caer los brazos.

—¿Qué hay de malo en salvar delfines?

A partir de aquel momento Matt me ignoró y, dos minutos más tarde, lamenté haberle gritado aquello. Lo adelanté rápidamente para recuperar mis sandalias y bolso, pero lo hice dignamente. Ni un solo comentario despectivo ni una palabrota se escapó de mis labios sellados.

Un grupo de chavales levantaron la mirada, pero ninguno dijo nada. Los pocos amigos que tenía en el colegio eran los amigos de Matt, y a ellos también les gustaba salvar ballenas. No es que haya nada malo en salvar ballenas, pero algunos de ellos tiraban las botellas de cerveza y las anillas de plástico al océano. Un tanto hipócrita, ¿no?

Matt simplemente no lo entendía. Siendo una mestiza, la violencia formaba parte de mí, estaba arraigada en mi sangre desde mi nacimiento y entrenada en cada músculo de mi cuerpo. No significaba que fuese a ponerme a pegar a la gente sin una buena razón, pero desde luego me defendería. Siempre.

El camino hasta casa fue un asco.

Tenía arena entre los dedos de los pies, en el pelo y por todo el vestido. La piel me escocía por todas partes y todo era un maldito asco. Echando la vista atrás, podía admitir que quizá mi reacción fue un poquito exagerada. Ren y Stimpy no habían sido especialmente amenazadores. Podía haberlo dejado pasar. O haber actuado como una chica normal y dejar que Matt controlase la situación.

Pero no lo hice.

Nunca lo había hecho. Ahora todo se iba al garete. Matt volvería al colegio el lunes y le contaría a todo el mundo como me puse en plan Xena con aquellos capullos. Yo tendría que contárselo a mi madre, y ella alucinaría. Quizá ella insistiría en volver a mudarnos. De hecho, no me importaría; no había manera de que pudiese volver al colegio y encontrarme con aquellos chavales después de que Matt les contase lo ocurrido. Ni siquiera me importaba que el colegio acabase en unas pocas semanas. Tampoco me hacía mucha gracia el enorme nido de víboras en que se iba a convertir todo.

Y sabía que me lo merecía.

Apretando el bolsito, aceleré el paso. Normalmente las luces de neón de las discotecas y los sonidos de la feria de al lado me ponían de buen humor, pero aquella noche no. Quería pegarme un puñetazo en la cara.

Vivíamos a tres bloques de la playa, en un bungalow de dos plantas que mi madre le alquiló a un viejo que olía a sardinas. Era bastante viejo, pero tenía dos pequeños cuartos de baño. Punto a favor —no teníamos que compartirlo—. No estaba exactamente en el barrio más seguro, pero no es que un vecindario de dudosa reputación nos fuese a asustar a mi madre o a mí.

Podíamos con mortales malos.

Suspiré mientras me abría hueco por el aún abarrotado paseo marítimo. Allí la vida nocturna era una pasada. Igual que los carnets falsos y los cuerpos superbronceados y superdelgados. En Miami todo el mundo tenía el mismo aspecto, lo mismo sucedía en mi hogar —mi verdadero hogar— donde tuve una meta en la vida, una obligación que cumplir.

Y ahora no era más que una perdedora.

En tres años había vivido en cuatro ciudades diferentes y había estado en cuatro institutos. Siempre elegíamos ciudades grandes en las que desaparecer y siempre vivíamos cerca del agua. Llamábamos muy poco la atención y, cuando lo hacíamos, huíamos. Ni una sola vez me dijo mi madre la razón, ni una sola explicación. Después del primer año, dejé de enfadarme cada vez que no me decía por qué había venido a mi cuarto de noche y me había dicho que nos teníamos que marchar. La verdad es que me di por vencida, dejé de preguntar y tratar de descubrirlo. A veces la odiaba por ello, pero era mi madre, y allá donde iba, iba yo.

En el aire se notaba la humedad, el cielo se oscureció rápidamente hasta que ya no se veía brillar ninguna estrella. Crucé la calle y abrí de una patada la valla baja de hierro forjado que rodeaba nuestro pequeño trocito de hierba. Me estremecí con el chirrido que hizo al abrirse pasando sobre las losas de arenisca del suelo.

Me paré delante de la puerta, mirando hacia arriba mientras buscaba la llave por mi bolso.

—Mierda —murmuré mientras paseaba los ojos por el jardín. Flores y hierbas crecían como locas, saliéndose de sus macetas de cerámica y trepando por las verjas oxidadas. Las macetas vacías que amontoné hacía unas semanas se habían volcado. Aquella tarde debía haber limpiado la terraza.

La mañana siguiente, mamá tendría muchas razones para enfadarse.

Suspirando, saqué la llave y la metí en la cerradura. Ya había abierto la puerta a la mitad, agradeciendo que no hubiese crujido y chirriado como lo hacía el resto de la casa, cuando noté una sensación muy extraña.

Unos dedos helados recorrieron mi espalda arriba y abajo. Todos los pelillos de mi cuerpo se erizaron cuando tuve la acertada sensación de ser observada.