Capítulo 16

Las palabras de Paolo calaron hondo dentro de la sala especial de autopsias, ninguno de los allí presentes esperaba una noticia de ese tipo. Parecía que el asesino tenía algo de prisa y ya había comenzado a matar de dos en dos.

—¿De verdad cree que ya hay otro cadáver inspector? —a voz del doctor Meazza era de incredulidad total—, no es algo propio de los asesinos en serie, el matar dos veces en un mismo día denota desesperación o rabia, todo esto acaba de empezar, no tiene sentido ninguna de esas dos opciones.

—Exactamente, pero estoy casi seguro al cien por cien. El asesino me ha demostrado que no comete errores así porque sí, que cada acto que realiza lo hace con la intención de decirnos algo. Nunca da un paso en falso y esa sangre está puesta ahí adrede.

—Pero un momento, pensemos una cosa, el asesino ha dejado los dos cadáveres encontrados a la vista de todo el mundo, ¿cómo es posible que este supuesto nuevo cadáver no lo haya encontrado nadie? No es el mismo modus operandi.

—Eso que me preguntas no sabría responderlo en estos momentos, pero tenemos que ponernos manos a la obra para encontrarlo cuanto antes. Hay que intentar, al menos, correr a la misma velocidad a la que él lo hace y si tuviese un pequeño descuido, alcanzarlo.

—Algo me dice que no va a ser tan fácil como dices, Paolo, este hijo de puta parece escurridizo —dijo el doctor agachando la cabeza y lamentándose con negaciones.

—Padre, por favor, acompáñeme arriba, a mi despacho. Vamos a sentarnos tranquilamente y a trabajar como nunca lo hemos hecho.

—¿De verdad piensa que podremos encontrar la clave de alguna manera, así, sin más? —preguntó bastante escéptico el padre Fimiani.

—Estoy totalmente convencido de eso —se giró de nuevo hacia la posición del médico forense—, gracias, doctor, nos marchamos, espero traerte lo antes posible el cuerpo que nos han dejado preparado para intentar evitar que se cometan más atrocidades.

—Yo también espero que así sea —dijo el doctor Meazza no muy convencido de sus propias palabras.

Tanto Paolo como el padre Fimiani se despidieron cordialmente del médico y salieron de nuevo al pasillo que les conducía al ascensor.

Paolo andaba expectante, sin tener nada claro, pero deseando poder sentarse tranquilamente para comenzar a reordenar sus ideas. Quizá unos minutos en silencio fuese justo lo que necesitaba para encontrar la ansiada solución al entuerto de la sangre desconocida.

Sabía que la muerte de Judas era clave, pero el lugar… ¿De qué lugar se trataba?

Estaba a menos de cinco metros del ascensor, en su cabeza recreaba visualmente cómo debía ser la próxima muerte, si el asesino era fiel, y no esperaba otra cosa pues hasta ahora lo estaba siendo, habría un cuerpo colgado de un árbol con una soga enlazada en el cuello. Un cuerpo… un árbol… una soga…

De repente y justo cuando se disponía a pulsar el botón del ascensor se detuvo en seco.

—¡Joder!, ¿cómo no se me había ocurrido? —dijo con los ojos muy abiertos.

El padre Fimiani lo miró como si de un demente se tratara. ¿Qué mosca le había picado al inspector?

—Sígame, ¡rápido!

Dicho esto dio media vuelta y comenzó a correr casi a tal velocidad que podría perfectamente haber establecido un nuevo récord mundial de los cien metros lisos. El padre Fimiani, casi que más por instinto que por su propia voluntad, comenzó a correr tras él.

Paolo se detuvo de nuevo en seco en la puerta de la sala de autopsias, la misma que acababa de abandonar hacía tan solo unos instantes.

Tecleó rápidamente el número de acceso.

Los nervios le impidieron acertar en la combinación correcta en un primer intento.

A la segunda sí que acertó.

Casi sin darle tiempo a llegar antes de que la puerta se cerrase de nuevo, el padre Fimiani entró tras de él sin saber todavía a qué se debía tanta urgencia por parte del inspector, ¿acaso había dado con la solución?

—¡Paolo! —exclamó el doctor algo alterado cuando vio entrar de nuevo al inspector con tanta prisa—, ¿pasa algo? Apenas hace un momento que saliste.

—Guido, perdona que haya entrado de esta manera tan estrambótica, ¿pero se han llevado ya las cuerdas que ataban al padre Melia a la cruz?

El doctor no pudo responder de primeras como le hubiese gustado, dudó unos instantes antes de contestar, como si su cerebro todavía estuviese procesando la frase pronunciada por el inspector.

—No, todavía no —dijo una vez pudo reaccionar—, no he tenido tiempo de examinarlas aún, las tengo ahí preparadas para proceder a la búsqueda de algún tejido epitelial que nos pueda acercar un poco más al asesino.

—Dámelas, rápido.

El doctor obedeció y las cogió de una pequeña bandeja de plástico que las contenía.

Antes de dárselas, el doctor se paró en seco para advertir a Paolo.

—Paolo, ponte unos guantes, ya conoces el procedimiento. No puedes manipularlas con tus manos desnudas, las contaminarás si así lo haces.

—Dámelas —Paolo alargó el brazo y le quitó las cuerdas de golpe al médico de las manos sin que este diera crédito a lo que veían sus ojos—, si hay algún problema, que hablen conmigo, esto es una carrera y unos segundos pueden ser vitales para evitar la muerte de otras personas.

Paolo comenzó a mirarlas detenidamente con todo el cuidado que podía, a pesar del ansia y las prisas por encontrar algo esclarecedor en ellas.

La cuerda, en comparación con otras que había visto en otros crímenes, no era demasiado gruesa, pero sí lo suficiente como para soportar todo el peso de un cuerpo humano sin que esta pudiese romperse. Estaba formada a su vez por varias cuerdas más pequeñas entrelazadas entre sí que daban una mayor consistencia a la misma.

Paolo comenzó a destrenzarlas.

—¿Qué espera encontrar, inspector? —dijo el sacerdote mientras miraba expectante como Paolo desliaba la cuerda con mucha maña.

—Judas murió ahorcado con una cuerda, si el asesino ya ha mezclado la escena de este crimen con la sangre de otro, estoy seguro de que ha mezclado más cosas para confirmarlo. La única cosa que podría coincidir entre ambos crímenes es la cuerda, la cuerda con la que Judas se ahorcó para quitarse la vida.

Fimiani sopesó las palabras del inspector, le sorprendió gratamente la capacidad de este último al relacionar conceptos sin una visible relación.

—Desde luego tiene su lógica pero…

—Aquí está, sabía que no me equivocaba —dijo Paolo interrumpiendo al sacerdote mientras miraba fijamente un trozo de papel blanco.

—Doctor, acércame unas pinzas que saque la nota sin tocarla.

—Vaya, ¿ahora sí te importa la contaminación de pruebas? —dijo mientras obedecía a Paolo.

—Perdona, Guido, entiéndeme, estoy algo nervioso, gracias por las pinzas —dijo mientras las cogía.

El inspector extrajo con sumo cuidado el trozo de papel del corazón de la cuerda.

Lo abrió con el mismo cuidado.

La nota decía bien claro dónde se encontraba el cadáver.

Bosco Romano, Jardines botánicos de Roma.