Mucho ocio
Por el camino, se me acercó un muchacho y empezó a hablarme; nos enzarzamos en una conversación y cuando quise recordar ya era hora de ir a comer. ¿Qué me diría y qué dejaría de decirme aquel muchacho? Lo que me dijo lo he olvidado, y lo que dejó de decirme se le olvidó a él.
Aquel muchacho sabía tanto de la tierra de Israel como el hijo de Pinjás Aryé sabía de periódicos. Sus conocimientos eran triviales, pero su voz les imprimía una tremenda importancia. Conocía también personalmente a la mayoría de los más importantes personajes de Israel, pues aunque él no había estado allí, tuvo ocasión de conocerlos en las conferencias y congresos celebrados en el extranjero. (Desde la destrucción de Jerusalén y el destierro de nuestro pueblo, la Diáspora sujeta bien a los hombres por los talones, y hasta los que consiguen instalarse en la tierra de Israel vuelven a salir de ella, pues sus pies no pueden permanecer quietos; la tierra de Israel es como el corazón, y los demás países, los pies. Si el hombre tiene tranquilo el corazón, sus pies permanecen quietos; si el corazón está desasosegado, sus pies no descansan).
Contemplo a mi acompañante. Se mantiene erguido, tiene la cara llena, los labios carnosos, los hombros anchos y las extremidades largas y fuertes, como un buen animal de tiro. Me alegro doblemente; por una parte, me satisface que queden en Szybuscz personas altas y vigorosas; por otra parte, me parece una suerte que sea sionista y pueda prestar sus fuerzas a la tierra de Israel.
—Consagre sus energías a la tierra de Israel —le digo.
Él me mira, sonriendo.
—¿Por qué no ha emigrado todavía? —le pregunté entonces.
—Antes hay que hacer muchas cosas —me respondió.
—¿Qué cosas son ésas?
—¿Quieres verlas? —me preguntó, abriendo su cartera.
Sacó trescientos memorándums (uno por cada día del año), doscientos cuarenta y ocho folletos (uno por cada miembro del cuerpo humano), seiscientos trece impresos (uno por cada Mandamiento que observamos) y novecientas noventa y nueve octavillas, sin contar periódicos y revistas de diferentes clases. Y, con palabras grandilocuentes, me explicó que viajaba de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, creando organizaciones, etcétera.
Para no separarme de él con demasiada brusquedad, le pregunté si solía visitar a los camaradas que vivían en el pueblo vecino y que estaban preparándose para emigrar.
—No tengo nada que ver con ellos —me respondió.
—¿Por qué no?
—Por varias razones. En primer lugar, no pertenecen a nuestra organización y, en segundo lugar…
Saqué el reloj y lo miré como el que tiene prisa y no puede perder tiempo. Él, al advertirlo, me preguntó:
—¿Cuándo irá a vernos?
—¿Con qué objeto?
—Con el de pronunciar una conferencia ante nuestros socios.
—¿Les faltan conferenciantes?
—No es eso; sin embargo…
—¿Y qué hace usted?
—Suelo hacer la presentación o digo unas palabras al final.
Vi acercarse a la señora Sara y dije a mi interlocutor:
—Discúlpeme, debo hablar con esa señora.
—¿Cuándo irá usted?
—¿Adónde?
—A dar la conferencia.
—Confeccione un programa a base de presentación y palabras finales exclusivamente.
Los modestos ojos de la señora Sara brillaban bajo un pañuelo nuevo. Grandes son los saddiquím aun después de su muerte. El libro de su abuelo, el Gran Rabino, al cabo de tantos años, le había proporcionado un pañuelo nuevo.
Me incliné ante ella y le pregunté cómo estaba. Durante toda mi vida, me he movido entre los grandes de este mundo y con frecuencia he olvidado inclinarme ante ellos. Pero al encontrarme frente a esta dama, mi cabeza se inclinó sola.
—¿Qué noticias tiene de allá? —me preguntó la señora Sara—. ¿Están contentos de que les haya mandado el libro?
No tuve valor para confesarle que no lo había enviado aún y me inventé una historia de un pionero y una pionera que se encontraban lejos del judaísmo, aunque no realmente lejos, pues en la tierra de Israel no hay quien obre mal, pero sí estaban lejos en espíritu. Cuando le llegó a la mujer la hora de dar a luz, el marido pidió el libro. Al principio, el director de la casa de Maternidad, un hombre muy astuto, fingió no querer dárselo. «¿Cómo voy a dejaros el libro a vosotros? Los que piensan como vosotros no deben ser personas gratas a su santo autor». El pionero se comprometió a cambiar de ideas y su esposa hizo lo propio, y entonces recibieron el libro en préstamo. Y es de suponer que han cumplido su promesa, pues las gentes de hoy hacen honor a su palabra.
Lo que yo le dijera no importa. ¿Qué importancia pueden tener las palabras que uno se inventa? Lo importante son las palabras de la señora Sara, que dijo:
—Estoy segura de que el libro de aquel santo varón llevará a muchos corazones por el camino del bien.
De regreso al hotel, me decía a mí mismo: «Tendré que mandar el libro, para que la buena señora no se entere de que me invento historias».
—¿Tiene papel grueso y cordel? —pregunté a Krolka.
—Cordel, sí; pero sobres, no. Teníamos un sobre grueso; pero el señor extendió las pasas encima, para hacer el vino de Pascua.
Salí a comprarme papel.
Faltaba poco para la oración de la tarde y el rabino había salido a pasear. Llevaba las manos a la espalda y el bastón arrastrando.
—¿Se encontró con mi hijo? —me preguntó.
—Sí; me encontré con él.
—Ya sabía que se habían visto —me dijo—; pero me refería al encuentro espiritual. ¿Qué le parece? ¿Verdad que es un gran escritor?
—No he leído nada suyo —respondí.
—Si no lee usted sus artículos, ¿quién va a leerlos? Nosotros sólo leemos el Talmud. ¿Para quién escribe, entonces?
—Quizá para el pueblo —aventuré.
—La gente del pueblo haría mejor en aprender primero La vida de los hombres o el extracto de la Mesa preparada y entonces sabrían lo que se les exige. ¿Por qué no se deja ver por mi casa?
Le prometí ir a verle.
—¿Cuándo?
—Mañana.
Que Dios me perdone, pero no cumplí mi promesa.
Anochecía ya cuando me separé del rabino. Se ocultó el sol y la luna no salió. Antes, a estas horas, solían salir a pasear los jóvenes, chicos y chicas, y un hombre que llevaba al hombro una escalera de mano iba de un extremo al otro de la ciudad encendiendo los faroles; los chicos miraban a las chicas a los ojos y ellas bajaban la cabeza; en la calle había un gran bullicio, pues todos se querían y se alegraban de verse. Y tenían motivos para alegrarse, pues daba gusto verlos e iban bien vestidos. Ahora que los faroles están rotos, el petróleo escasea, el hombre de la escalera de mano ha desaparecido y el empedrado deja mucho que desear, casi no se ve a nadie por la calle. Me pregunto si en estos momentos habrá alguien más, aparte de Ignaz y de mí.
Al verme, murmuró con su voz gangosa:
—Maos…
—Cambia usted sus costumbres, Ignaz —le dije—. Cierto día empezó a decir Maos en lugar de Peniendze y ahora ha dejado ya de decir Peniendze.
—¿De qué me serviría decir Peniendze si nadie me da nada? Nosotros tenemos un refrán que viene a decir, más o menos: «¿De qué me sirve ser polaco, si no me dejan entrar a ver al príncipe?».
Yo me dije para mis adentros: «Éste es Ignaz, al que todos acusan de falsedad. Veamos lo que hay de cierto en ello».
—¿Qué opina de la gente de nuestra ciudad? —le pregunté.
—Que todos son unos mendigos —me respondió él, y, mirando la moneda que yo acababa de darle, añadió—: Créame, señor, ésta es la primera moneda que me han dado esta mañana. Voy a comprarme pan.
—¿Y quién le unta el pan? —pregunté—. ¿El abad?
—El hambre —respondió Ignaz.
—Pues que le aproveche.
Me fui a mi hotel y cené.
Volvía a estar allí el anciano que había sido dueño de muchos campos en el pueblo y de muchas casas en la ciudad y que de todas sus riquezas no conservaba más que deudas, y sus acreedores le exigían el pago. Dos veces había tenido ya que jurar sobre la Biblia ante un tribunal y ahora querían hacerle jurar otra vez.
Levanto la vista de la llave y miro al anciano. Tiene delante un vaso de té que la patrona le ha servido por compasión. A pesar de que el té está ya frío, el anciano sopla en el vaso de vez en cuando. A su lado se sienta un hombre que no conozco y que le dice:
—Vivía aquí un talmudista al que cada vez que obligaban a prestar juramento lo hacía como el que cumple un Mandamiento y se lavaba las manos diciendo: «Estoy dispuesto a cumplir el Mandamiento y a jurar la verdad».
El anciano bebió un sorbo de té y respondió:
—Ése prestó juramento conforme es debido, pues querían sacarle dinero que no les pertenecía; pero yo sé que estoy en deuda y al prestar juramento de que no lo tengo es como si jurase en vano, pues todo el mundo lo sabe.
—Entonces, ¿qué piensa hacer? —le preguntó su interlocutor.
—Sólo puedo confiar en mi Padre Celestial —dijo el anciano, levantando las manos—. Espero que se lleve mi alma antes de que llegue el momento.
El otro lanzó un suspiro y murmuró:
—El Altísimo, alabado sea, se mostró compasivo con sus criaturas al concederles la muerte.
Los dos suspiraron y lloraron.