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El agua de la bahía brillaba como plata al sol del mediodía. Los patos moteaban su superficie y de vez en cuando algún pez brincaba fugazmente. La orilla occidental, a lo lejos, parecía una pelusa gris coronada de nubes.

En la orilla la hierba daba paso a la marisma. Él siempre se acercaba cuando la marea estaba baja, con su palo de cavar y su saco de piel.

Durante su larga vida había tenido muchos nombres, pero ahora sólo se le conocía por el que le habían dado sus víctimas: la Pantera.

De vez en cuando se detenía para sacar con el palo alguna almeja del barro, o para matar de un golpe a un cangrejo en los bajíos.

A su izquierda, el espartillo se extendía hacia el este como una vasta alfombra hasta dar paso a los lejanos árboles. A su derecha se veía la gran bahía Agua Salada. Su espíritu se mostraba misteriosamente silencioso ese día.

Su única compañía eran las aves. Las garzas y garcetas le observaban desde una distancia prudencial. Los chorlitos, revuelvepiedras y lavanderas se apartaban de su camino apresuradamente. Un puñado de gaviotas volaba en el cielo. El viejo abrió una almeja con la punta del palo y la arrojó a los pájaros. Sonrió al ver que uno atrapaba el bocado en el aire. Nunca se cansaba de contemplar su estilizada elegancia.

Por fin encontró el lugar que buscaba y se metió en el agua.

El frío le asaeteó las pantorrillas y las entumecidas rodillas. Los pececillos nadaban veloces en torno a él y agitaban la superficie. La imagen distorsionada del anciano se reflejaba en el agua. El cabello cano le caía en torno a los hombros. Llevaba un ajado taparrabo y una raída capa de tela roja hecha jirones. La piel, llena de manchas de la edad, flojeaba en sus brazos nervudos, las piernas y el vientre. Pero sus ojos seguían alerta. Su nariz, antes aguileña, había crecido y se curvaba sobre una boca plana.

Había llegado al banco de ostras, cuyos duros e irregulares caparazones se perfilaban en el limo. Las aguas eran allí menos profundas. La Pantera tanteó el fondo con el bastón y luego se agachó para recoger un puñado de ostras. Tras examinarlas, gruñó y las echó a la bolsa. La siguiente ostra tenía varios surcos. El viejo raspó el musgo del caparazón con el pulgar, decidió que los colores eran buenos y la guardó también.

Al cabo de unos minutos volvió a la orilla y se encaminó hacia el norte, en dirección a la pequeña lengua de tierra seca. Un estrecho sendero entre los nenúfares amarillos y las flores de la laguna atravesaba la marisma. El viejo se detuvo un momento para inspeccionar las cañamizas que había recogido antes.

El sendero llevaba a una ligera pendiente donde el barro daba paso a hierbas y arbustos y finalmente a una arboleda. Después de internarse entre los pinos y sasafrás llegó a un grupo de robles. Allí, en el punto más alto de la isla, se alzaba su tosca casa. La había construido en un pequeño claro cubierto en parte por las ramas de los robles, y consistía en un armazón en forma de cúpula cubierto con hierbas. Otras dos cabañas más pequeñas, una a cada lado, eran los santuarios de los dioses gemelos. Las entradas estaban cerradas con viejas cortinas de ante.

Delante del umbral se veían los restos de una pequeña hoguera. La Pantera dejó su saco con un suspiro junto a un tronco pulido medio enterrado en el suelo.

—Ya no soy el de antes —dijo, frotándose un hombro huesudo.

Al cabo de un momento entró en la casa. La cama de madera estaba cubierta de pieles, la mayoría de ellas perdían el poco pelo que les quedaba. En el centro de la sala otra hoguera apagada le miraba como un frío ojo negro. Del techo colgaban bolsas de red llenas de hierbas secas, maíz, nueces y semillas. Junto al lecho había un cuenco y al otro lado de la estancia, un puñado de flechas apoyadas contra la pared.

Sus ojos se iluminaron al ver la gran vasija. El borde estaba cuarteado, pero su superficie ondulada se veía debajo del hollín. El viejo frotó el interior del recipiente con el pulgar y salió para colocarlo junto a las cenizas humeantes. A continuación llenó su bolsa de agua en un pequeño manantial entre los árboles, a menos de dos tiros de distancia. Lavó una por una las almejas, ostras y cangrejos antes de meterlos en la vasija para luego cubrirlos con el resto de agua.

Se agachó gruñendo para soplar las ascuas, pero sin darse cuenta aspiró la ceniza y tuvo un acceso de tos.

La Pantera carraspeó y se echó a reír.

—¡Y me llaman hechicero!

Una vez saltaron las llamas, colocó tres piedras a modo de trípode y procedió a calentar la vasija. La superficie ondulada transmitía más calor al guiso.

De las bolsas de la casa sacó maíz, bellotas, hayucos y escaramujos para añadir a la cena. Ah, si tuviera un poco de calabaza… Era lo que más le gustaba. De sólo pensar en ella se le hacía la boca agua.

—Lo único peor que un estúpido es un estúpido viejo —masculló—. No, peor todavía es un estúpido viejo y chiflado, que es justo lo que tú eres, Pantera. —Se rascó la desgreñada cabeza—. Pero si yo estoy chiflado, ¿qué decir del resto del mundo? Pues que está todavía más chiflado. De no ser así, ¿qué estaría yo haciendo aquí? Huyendo de todo, claro. No, maldita sea. Estoy aquí buscando paz.

Se interrumpió, recordando el dolor, las voces en su cabeza y el día que había abandonado el mundo de los seres humanos.

—Siempre has sido un estúpido. No, viejo, en realidad sólo estás chiflado. —Se mordió el labio con sus dientes ennegrecidos—. Y compruebas que lo estás cuando te descubres respondiendo a tus propias preguntas.

En aquel paraje había visto el paso de las estaciones diez veces. En ese tiempo cualquiera debería tener respuestas. Miró el fuego con una mueca y se frotó las manos. ¿Acaso tenía respuestas él?

En ese momento dos cuervos se posaron en un roble y le miraron con ojos inquisitivos.

—¿Qué pasa?

Uno de los pájaros se volvió hacia el oeste, ahuecó las plumas y lanzó un graznido.

—No me digas.

Llevado por la curiosidad, la Pantera siguió el sendero hacia el extremo occidental de su islote, donde las olas habían formado una playa. Se detuvo en la linde de los árboles e intentó ver algo contra el resplandor del sol del atardecer.

Una joven remaba en una canoa, con tal sincronización que parecía no tener ninguna prisa. Al cabo de un momento pareció vacilar hasta que decidió dejar que la corriente arrastrara la embarcación.

La Pantera todavía tenía vista suficiente para darse cuenta de la expresión indecisa de la joven.

¿Qué? ¿Otra estúpida que viene por un hechizo de amor, o a que embruje a alguna rival? Menudos idiotas eran a veces los jóvenes. Como lo había sido él… hacía mucho tiempo.

El viejo esperó con paciencia.

La mujer finalmente hizo acopio de valor y hundió el remo en el agua para dirigir la canoa hacia el embarcadero.