Las cámaras de los tres helicópteros de observación captaron el desastre en primer plano y a color. El general Garrison y su equipo miraban las pantallas en el Centro de Operaciones. Vieron avanzar al Black Hawk de Wolcott lentamente, una sacudida y una humareda cerca del rotor de cola, la caída del Súper Seis Uno con unas rotaciones violentas y dos giros lentos en dirección de las agujas del reloj con el morro hacia arriba hasta que la parte inferior chocó contra el tejado de una casa de piedra y se estrelló de frente con mucha violencia. El impacto hizo que los rotores principales se rompieran y saltaran por los aires. El casco del Black Hawk acabó tumbado de lado contra el muro de una estrecha calle en medio de una nube de polvo.
Como todo transcurrió en un breve intervalo de tiempo, nadie pudo considerar las implicaciones del accidente, pero la sensación tenebrosa de que todo estaba perdido que invadió a los oficiales pendientes de la pantalla iba más allá de la inmediata suerte de los hombres que iban a bordo.
Habían perdido la iniciativa. La única forma de recuperarla consistía en intensificar la fuerza en el lugar del suceso, pero ello requería tiempo y maniobras, lo cual significaba bajas. Ya había bajas en el helicóptero derribado. No había tiempo para reflexionar sobre las causas o las consecuencias. Si la aeronave de Elvis había caído incendiada, lo único que podía hacer el general por el momento era evacuar a todo el mundo con los prisioneros tal como estaba planeado y montar una segunda misión para recoger los cuerpos y asegurarse de que el helicóptero quedaba destruido por completo, porque había objetos delicados que el Ejército no quería que cayesen en manos de nadie.
Pero al ver que los hombres salían trepando de lo que quedaba y que la improvisada batalla proseguía en sus inmediaciones, Garrison casi saltó de alegría. Los siguientes pasos formaban parte de una contingencia ensayada con anterioridad. Otro Black Hawk iba a ocupar el lugar del Súper Seis Uno en la zona del blanco, y la aeronave del CSAR se acercaría para desembarcar a su equipo. Quince hombres tendrían por misión prestar asistencia médica de emergencia y proteger a los supervivientes de la catástrofe, pero no podrían entretenerse mucho pues se estaban acercando al lugar del suceso montones de somalíes procedentes de todas las direcciones. Para controlar la situación iban a hacer falta todos los hombres que había en tierra. La misión había sido proyectada con la velocidad como imperativo básico: llegar rápidamente, marcharse rápidamente. Ahora estaban atrapados. Toda la tropa que estaba en el edificio objetivo del asalto y en el convoy iba a tener que luchar para abrirse camino hasta el lugar del suceso. Tenían que moverse deprisa, antes que las fuerzas de Aidid llegaran allí y los cercaran. En caso de que esto ocurriera, no habría esperanza ni para los supervivientes del accidente ni para el equipo del CSAR. La Fuerza Delta y los Rangers eran lo mejor que podía ofrecer el Ejército. Había llegado el momento de ser puestos a prueba.
Resultaba fácil imaginar que cualquier otra fuerza compuesta de ciento cincuenta hombres atrapados en una ciudad hostil y sitiados por un populacho fuertemente armado habría tenido muy pocas posibilidades de sobrevivir. Estaban en el ojo del huracán. Los observatorios aéreos mostraban neumáticos en llamas que lanzaban negras columnas de humo por todo el perímetro de la zona en contienda. Varios miles de somalíes armados se dirigían en tropel hacia aquellas estelas procedentes de todas direcciones, motorizados y a pie. Levantaban barricadas, cavaban trincheras en las calles, y armaban trampas para los vehículos estadounidenses en un intento de sitiarlos. Las calles que rodeaban al objetivo y al lugar del suceso ya estaban atestadas. El círculo se cerraba.
Se ordenó a las tropas de la 10.a División de Montaña de la ciudad que se movilizaran de inmediato. Se preveía una buena lucha armada.