—Me acaba de decir cómo lo ha hecho para venir hasta aquí. Ahora dígame por qué ha venido —dijo el capitán Tomkins.
Travis dio un puntapié a una retorta rota que rodó por el suelo, brillando como si atravesara una zona iluminada.
—Sólo por curiosidad, capitán.
Como vio que el policía no iba a conformarse con una respuesta tan simple, prosiguió:
—Mire, capitán. Yo estoy en el hospital cuando traen al viejo. Estoy allí cuando llega la muchacha y trata de matarlo. Hace diez años que vengo haciendo crónicas sobre política, a veces sobre crímenes. He entrevistado a famosos hombres de negocios. Durante diez largos años, alguien ha estado dándome órdenes. Ahora quiero arreglármelas solo. No tengo que dar cuentas a nadie. Por eso estoy aquí. Tengo tantos deseos de aclarar este asunto como usted.
El capitán atravesó la cocina y se dirigió al comedor.
—Quizás usted tenga razón, Travis. Pero todo su trabajo es inútil. Nada tiene que hacer aquí. Éste es un asunto que concierne a la policía.
—¿Cuándo llegó aquí, capitán?
El capitán se detuvo junto a uno de los cajones con libros. Levantó algunos y miró sus títulos. Los cambió a otro cajón que estaba vacío.
—Llegamos esta mañana temprano. Los muchachos fueron a recorrer el edificio. Los ficheros están vacíos, pero hay muchas impresiones digitales. Ya sabremos a quiénes pertenecen. Mi ayudante me avisó que usted estaba en el almacén y yo salí a la calle. Mac está afuera, en el coche patrulla. Debí haber esperado un poco para ver qué hacía usted. Mire qué título más raro —prosiguió el capitán, señalando un libro que tenía entre sus manos—: Die Neuen Vererbungsgesetze. Debe de ser alemán. Hay muchos en ese idioma. Quisiera saber qué significa todo esto.
—En una época estudié alemán —dijo Travis—, pero ya no recuerdo casi nada. ¿Qué hay en el piso de arriba?
—Alojamientos. Sólo han dejado algunas sillas, mesas y colchones. Suponemos que quienes vivían aquí se mudaron anoche. Quizá pensaron que al viejo le había atacado la peste y ellos tendrían que pagar el pato. Aquí hay otro título raro: Narco-análysis. A juzgar por los precios de estos libros, los que vivían aquí deben ser adinerados. Hay libros de fisiología, biología, algunos de botánica y unos pocos sobre electrónica. Este piso me recuerda la época de la implantación de la ley seca, cuando allanábamos una casita de aspecto inocente y nos encontrábamos con toda una destilería en la planta baja. Pero, ¿a qué se dedicaban aquí?
—Me gustaría saberlo —dijo Travis.
El capitán encendió su pipa.
—Venga —dijo, acercándose a la cocina—. Los cables eléctricos que provenían del exterior estaban unidos a una máquina que se hallaba colocada en este lugar. Por las marcas que ha dejado sobre el suelo puede deducirse que era pesada. Deben haber trabajado intensamente y con gran rapidez para sacar todas las cosas de aquí. Afuera hay huellas de un camión. Las estamos examinando.
Travis reparó en algo blanco que sobresalía de un cubo de basura. Se agachó y recogió una ficha. Se la guardó en el bolsillo sin que el capitán lo advirtiera. Luego observó que en la pared, cerca de la cocina, había algunos signos escritos.
—¿Sabe qué significa esto, capitán?
—Cosas de radio, me parece. Hilos, circuitos, lámparas… Se ve que trataron de borrarlo. Como no resultaba fácil, arrancaron el papel de la pared y en algunas partes consiguieron eliminar el diseño. Esto nos demuestra que podría ser importante averiguar el significado de estos diagramas. Esta tarde vendrá a echarles un vistazo una persona de la universidad.
El capitán volvió a entrar en la cocina y prosiguió:
—Sin duda se dedicaban a una actividad ilegal. De lo contrario, no se comprende la prisa que tuvieron en huir.
—Pero, ¿qué tendría que ver aquella jovencita con todo esto?
El capitán se volvió y miro a Travis.
—Muy linda, Travis, pero peligrosa. Yo no confiaría en una muchacha así, sea cual fuere el motivo que haya tenido para desembarazarse del viejo.
Continuó mirando a Travis, como si estudiara sus expresiones. Luego dijo:
—Tengo algo más para mostrarle.
Lo condujo hacia la parte posterior de la cocina, donde se encontraba la puerta que llevaba al sótano. Bajaron las escaleras.
En el sótano el desorden era mucho más impresionante que en la planta baja. Desparramados por el suelo se veían fragmentos de cajas rotas y libros. Junto a la abertura de la salamandra se amontonaban restos de cosas que habían sido rápidamente quemadas.
—¿Ha visto aquel rincón? —preguntó el capitán Tomkins, señalando uno de los lugares más sucios y oscuros del sótano.
—Ahí no hay nada —replicó Travis.
—Exactamente. Ahora no hay nada. ¿Sabe lo que había cuando llegamos esta mañana?
—¿Cómo diablos podría saberlo?
—Muy bien, no se impaciente. No es ése mi propósito…, aunque no sé por qué estoy perdiendo el tiempo contándole estas cosas.
—Prosiga. ¿Qué había ahí?
—Un hombre muerto.
—¿Quién era?
—Un vagabundo. Se llamaba Chester Grimes. Lo encerramos en varias ocasiones. Pasó con regularidad por el tribunal de faltas, y estuvo uno o dos meses en la cárcel, por vagancia. Siempre estaba borracho. No podemos imaginarnos cómo se mezcló con esta gente.
—Eso no es raro, ¿verdad? El tipo coge una curda y la duerme aquí…, sólo que éste es su último sueño. Quizá los que vivían aquí ni siquiera se fijaron en él y no tuvieron más remedio que dejarlo cuando empezaron la mudanza.
El capitán movió la cabeza.
—Usted no comprende. Posiblemente no me he expresado con claridad. Ese individuo tenía la piel de un color gris oscuro y se estaba volviendo negra. Estaba cubierto de manchas rojas, y alrededor del cuello y en el pecho tenía grandes ampollas. ¿Le recuerda a alguien?
Travis respiró profundamente.
—¡Al otro!
—Exactamente. Chester Grimes. Domicilio desconocido. Hacía dos o tres meses que no lo veíamos. Sus huellas digitales eran tan irreconocibles como las del viejo del hospital, a causa de cierto proceso que se produjo en su piel. No obstante, pudieron identificarlo. El sargento de la sección de identificación tuvo que trabajar bastante. Este hombre y el viejo del hospital parecen haber servido como conejos de Indias en algún terrible experimento. Al principio, creí que eran ellos mismos los que estaban experimentando, pero, sin duda, Grimes era incapaz de eso. Además, siempre estaba demasiado borracho. Recuerde que el viejo del hospital gritaba incesantemente y pedía que no volvieran a llevárselo.
—Podía haber estado mal de la cabeza.
Ambos se sobresaltaron al oír el ruido de vidrios rotos encima de sus cabezas. El capitán subió apresuradamente las escaleras. Travis iba detrás de él.
No encontraron a nadie arriba y tampoco vieron nada extraño puesto que el piso ya estaba sembrado de vidrios rotos. Pero el capitán advirtió que los cristales de la ventana también se habían quebrado. Se acercó para observar mejor y en ese momento tuvo que arrojarse al suelo, pues se desprendieron de la ventana nuevos fragmentos de vidrio.
Al mismo tiempo se oyó un golpe seco en la pared y Travis, que también se había arrodillado, percibió un agujero redondo y negro en la superficie empapelada.
—Viene de allí —dijo el capitán, señalando con la cabeza en dirección al depósito que quedaba junto al terreno baldío—. Vi que se asomaba una persona y hacía fuego. ¿Dónde diablos estará Mac?
Como respondiendo a su pregunta, se abrió la puerta posterior y apareció el ayudante revólver en mano.
—Guarda ese condenado trasto y agáchate, Mac —dijo el capitán Tomkins—. Los disparos vienen del edificio de al lado. Vuelve al automóvil y comunícate con la jefatura. Yo saldré por delante.
El capitán dejó la pipa y se arrastró por el suelo hasta el vestíbulo. Travis le seguía y, juntos, se abrieron paso a través de los restos diseminados por el suelo hacia la puerta de la calle. Salieron al exterior.
Travis estaba maravillado del temple del capitán de policía, quien, sin vacilar, sacó su revólver y echó a correr por la acera en dirección al otro edificio. A Travis no le agradaba la idea de convertirse en blanco de las balas, pero una vez que comenzó a correr detrás del capitán ya no se atrevió a detenerse.
Llegaron al edificio, el cual ostentaba un cartel que decía: «MORRIS NÚMERO 3». El capitán Tomkins intentó abrir la puerta, que se encontraba al nivel de la acera, pero estaba cerrada. Entonces, rompió el vidrio de la ventana con la culata de su revólver, introdujo el brazo y abrió la puerta.
Poco después, estaban dentro de la casa y subían las escaleras.
—Los disparos provenían del primer piso —dijo el capitán, mientras subía los escalones de dos en dos.
Parecía indudable que arriba les esperaba alguien dispuesto a atacarles. El respeto que Travis sentía por el valor del capitán se acrecentó cuando vio que llegaba al final de la escalera, abría la puerta y entraba sin vacilar.
Travis, como siempre, le siguió. Encontró al capitán de pie en el centro de una gran habitación. No había nadie más. La ventana estaba abierta.
—No han dejado absolutamente nada —dijo el capitán, recorriendo el suelo con la mirada.
Travis estaba mirando por la ventana cuando advirtió que por una de las ventanas de la casa que acababan de dejar salía un brillo rojizo. Un instante después, se produjo una explosión seguida de una densa humareda. No tuvo ni tiempo de contar lo que había visto al capitán, quien en el mismo momento descubrió también que el edificio comenzaba a incendiarse.
—¡Malditos! —murmuró el capitán—. Nos quitaron de en medio.
Bajaron apresuradamente las escaleras y atravesaron el terreno baldío hasta llegar junto al coche patrulla.
—Ya he avisado a la jefatura —dijo Mac al capitán, mientras salía del coche—. Están en camino. Iba a ver qué hacían ustedes en esa otra casa, cuando oí la explosión. Entré en el automóvil y llamé por radio a Joe para decirle que avisara a los bomberos.
—Será mejor que nos vayamos de aquí con el coche —dijo el capitán Tomkins—. Vamos, Travis.
Subieron los tres al coche y retrocedieron hasta la avenida. Vieron entonces que comenzaban a llegar los bomberos y numerosos vehículos policiales.
—Jefatura llamando al coche número veintidós —se oyó decir por la radio—. ¿Qué sucede allí?
—Yo contestaré —dijo el capitán Tomkins tomando el micrófono—. Habla Tomkins. El laboratorio donde encontramos a Grimes esta mañana está convertido en una gran hoguera. Hace un momento estábamos allí, pero salimos después de oír unos disparos que provenían de un edificio vecino. Alguien debe haberse introducido para provocar el fuego. No me explico cómo no lo vimos.
—Seguramente había allí algo que no querían que descubriéramos —dijo más tarde el capitán—. Bueno, Travis, creo que volveré a la oficina. ¿Usted va hacia el centro o prefiere quedarse a pescar algún otro trabajito de detective? Si son ésas sus ambiciones, puede ingresar por un año en la policía. Pero seguramente no podrá pasar el examen físico.
—Gracias por el cumplido, capitán. No, prefiero quedarme por aquí, si usted no se opone.
El capitán esperó a que bajara y luego partió a toda velocidad. Travis se mezcló con la multitud que presenciaba el incendio frente al edificio. Era evidente que los bomberos no podrían evitar su destrucción. Muchos de ellos estaban ocupados en proteger con sus mangueras los terrenos y los edificios limítrofes. Ya se había desplomado el techo y las paredes se inclinaban, formando un precario ángulo mientras las llamas las devoraban.
Si la casa ocultaba algún secreto, éste se había perdido irremisiblemente. Travis advirtió que había varios fotógrafos en el lugar; dos de ellos eran del «Star». Estaban tan ocupados que no le vieron. Le invadió un siniestro placer al reflexionar que era la primera vez en muchos años que podía contemplar un suceso sin necesidad de informar sobre él. Consideró esta circunstancia como un buen augurio para su año de vacaciones.
Pero, en realidad, no era tarea fácil comenzar así aquel año. ¿Cómo podía andar vagando en torno a un misterio que tenía desconcertada a la misma policía? Mientras miraba el incendio, recordaba la repulsión que le inspiraron siempre los entremetidos y los curiosos, atraídos morbosamente por sucesos sensacionales y sangrientos. Detestaba tener que estar presente para informar a un periódico y nunca pudo comprender cómo una persona en sus cabales podía abrirse paso entre una multitud para llegar junto a un muerto o a un moribundo. Sin duda, estos acontecimientos actuaban como un imán. Atraían a ciertos individuos como si fueran moscas.
Esto no significaba que Travis no pudiera gozar con el espectáculo de un gran incendio. Los incendios eran muy diferentes. Una vez que el fuego ha comenzado, se inicia una especie de juego. Los bomberos juegan en el equipo opuesto al de las llamas. Por lo general, los bomberos vencen rápidamente, puesto que están equipados para apagar científicamente el fuego. Pero en este caso, una vez que el viejo edificio comenzó a arder, los bomberos sólo pudieron dedicarse a defender del incendio a los edificios vecinos. Además, parecía que alguien hubiera colocado una sustancia muy inflamable en su interior, a juzgar por la forma en que se quemaron las ventanas —con gran desprendimiento de humo y producción de llamas— en el momento en que Travis y el capitán se hallaban en el almacén.
Echó un vistazo a la multitud. Algunos estaban transfigurados, otros abrían la boca, otros miraban con fascinación… También había quienes permanecían impasibles.
Travis pensó que quizá el promotor del incendio estuviera mezclado entre los observadores. Pero recordó que fue una mujer la que trató de matar al anciano… al primer anciano. Tal vez ella provocó el incendio para ocultar… ¿qué? ¿Un piso salpicado de escombros? ¿Un diagrama dibujado en la pared? ¿Una caja llena de libros de texto y unas marcas en el suelo que delataban la existencia de una máquina?
Estos pensamientos le hicieron recordar la ficha que había recogido en el cubo de basura. La cogió para mirarla. Decía:
TURNER ROSALEE. Dept. 32. Avenida Prospect 1917 | |||||||
Normal N.° R | Serie N.° 17 432 | ||||||
12-2-30 | Union City 13 | ||||||
Empleo: Higgins Development Co. | |||||||
232 Drexler Drive, U. C. |
Se preguntaba si esa ficha pertenecía a aquella muchacha. Por el momento, sólo era una pieza más del rompecabezas. Pero, al menos, era algo definido. Podría buscarla. O tal vez sería más conveniente romper la ficha y olvidar todo este asunto. Finalmente, se guardó la cartulina en el bolsillo.
El fuego comenzaba a disminuir bajo la acción del agua a presión. Algunos mirones, satisfechos por el éxito de los bomberos, se alejaban. Entre ellos iba Travis.
Mientras caminaba, trataba de reconstruir todo el asunto. Tenía que tomar una decisión. Si insistía en descubrir el misterio por sus propios medios, quizás iría a parar al departamento de policía. El capitán Tomkins ya le había insinuado que ellos no podían perder el tiempo con un periodista…, un periodista holgazán que quería entremeterse en el asunto.
¿Qué papel desempeñaba Travis en todo aquello? Fue una mera coincidencia que se encontrara en el hospital en el momento en que traían al anciano. Su curiosidad le hizo seguir a la joven y descubrir el atentado. Si no la hubiera seguido, quizás ella habría realizado su tarea sin que nadie lo advirtiera.
Deseaba desesperadamente encontrarse a sí mismo durante aquel año. «Descubrir un misterio como éste no es encontrarse a sí mismo —pensó—. Armar un rompecabezas no es hacer frente a los problemas de la vida. Por el contrario, es una evasión.» ¿Debía entonces evadirse y dedicarse a investigar el misterio?
Caminaba meneando la cabeza. Al cruzar la calle, una mujer pasó por su lado; en su rostro se dibujó un gesto de compasión. Decidió que no se mezclaría en el asunto. «Si hay gente que anda con jeringas llenas de estricnina y se dedica a quemar edificios, peor para ellos.» Travis quería deshacerse de esta preocupación.
«Tal vez debiera largarme de esta ciudad —pensó—. Hacia Chicago o Nueva York… O quizás a las playas de Florida y tratar de organizar mi vida. Pero no puedo irme inmediatamente. Debo prestar declaración como testigo en el caso de la muerte del viejo.»
Cuando llegó a su apartamento ya estaba decidido. El capitán Tomkins podía quedar a cargo del caso después del interrogatorio. Y aunque estuviese mezclada aquella muchacha, él pensaba retirarse.
Se sirvió un coñac, conectó la radio y sintonizó un programa de música bailable, se acomodó en un mullido sillón y acercó una silla para apoyar en ella los pies.
«Esto es vida —se dijo—. Seguiré así hasta hartarme, hasta que encuentre lo que quiero hacer. Nada de Cline ni de otros directores. Ni pensar en Hal Cable… Pero Hal es un buen chico. Pero no tendría que acostumbrarme a salir con él constantemente y trasnochar en su compañía. Entonces, ¿qué hará? Su inseparable amigo Gibson Travis se va por un año. Sí, señor, durante un año no existirán Dutch McCoy, ni el capitán Tomkins, ni las innumerables personas que conozco, desde el alcalde para abajo.»
Fue a la cocina y se sirvió otro coñac. Al volver a su habitación se detuvo para contemplar su figura en el gran espejo del guardarropa abierto de par en par.
—Mírate —se dijo, levantando la copa y bebiendo un trago.
Más de un metro ochenta de estatura. Cabello negro. Las muchachas admiraban su pelo y él se lo cuidaba bastante. Ojos negros… No, no eran realmente negros sino que parecían serlo desde lejos; eran una mezcla de marrón y azul oscuro con algunas manchitas negras. Buena contextura. Estaba orgulloso de su físico, que le había prestado tan buenos servicios durante la época de estudiante. Carreras, fútbol… No, pensó que no podía quejarse de su cuerpo. Pero el cerebro… En su rostro se esbozó una sonrisa. Fue a sentarse nuevamente en el sillón.
Tras haber bebido unos cuantos tragos se sentía estupendamente bien. Salió a pasear y cuando volvió a su casa ya no recordaba a los dos viejos, ni a la muchacha de la jeringa, ni a la casa incendiada.
El timbre del teléfono le despertó de un hermoso sueño: se hallaba gozando de las delicias del sol en una playa desierta. Pero estaba acostumbrado a esos despertares bruscos. Se puso al teléfono.
—Hola.
—¿Travis? —preguntó una voz ronca.
—Sí.
—Cline al habla.
—Ya lo sé. Hace diez años que vengo escuchando tu voz. ¿Qué diablos quieres? ¿Acaso no podéis hacer el periódico sin mí?
Sofocó un bostezo.
—Estamos trabajando mejor desde que te fuiste.
—Entonces, ¿por qué me molestas?
—La noticia eres tú, querido.
—¿Ah, sí? ¡Maldición!
—Escucha, Travis. Elmer Sedges irá a tu casa inmediatamente. Esperaba que te pusieras al teléfono para salir volando. ¿Estas preparado para un reportaje, compañero?
—Te equivocas, Cline. Cuando Elmer llegue, ya me habré ido.
—Oye, Travis, por favor. Según el jefe Riley, tú luchaste con una muchacha que intentaba matar al viejo, en el hospital.
—Sin comentarios.
La voz de Cline parecía más nerviosa.
—Espera un minuto, Travis. Si la policía no tiene inconveniente en hablar, no veo por qué habrías de tenerlo tú. Sé razonable. Esta es la oportunidad que necesitabas para aparecer legítimamente en el periódico.
—No antes de que me saquen una fotografía.
—¿Quieres una fotografía? ¿Crees que bromeo?
—No, me imagino que no bromeas. Pero oye, Cline, he decidido no meterme en el asunto.
—Pero figuras en la lista de testigos de O'Brien.
—Me limitaré a prestar declaración. Luego pienso irme de aquí. Hace un minuto soñaba que estaba tumbado en una playa, tomando el sol.
—Seguramente, andas detrás de alguien con faldas. Te conozco bastante bien.
—Vete al diablo.
—No te ofendas. ¿Qué sabes de este asunto? Los muchachos que fueron a ver el incendio me dijeron que tú estabas también. ¿Qué hacías, entonces?
Travis se preguntaba si la policía habría informado a Cline acerca de la relación que existía entre el incendio y el viejo del hospital.
—Fui porque me gusta seguir a los coches de los bomberos —replico Travis.
—Es imposible sacarte nada, ¿eh? Déjate de bromas. ¿Qué piensas de todo esto?
—¿Esperas que te dé mi opinión? Pierdes el tiempo.
—Muy bien, hombre inteligente. Quizá tú seas el próximo.
—¿Quizás yo sea el próximo? ¡Qué cosas dices! Aquel tipo podía ser mi padre.
—¿A quién te refieres?
—Al viejo del hospital.
—Bravo, Travis, suelta las noticias.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que aquel tipo era el primero, ¿no?
—¡Ah! Entonces estabas enterado solamente del caso de Chester Grimes, ¿verdad?
—De Chester Grimes y de otros tres…
—Un momento, Cline. Yo no sé nada acerca de esos tres.
—¿Cómo es posible? Entonces te pondré al tanto. Hay tres doctores que informaron sobre casos semejantes al del viejo y al de Grimes. Todos se quejaban de vértigos, fiebre y una sensación de abatimiento. Nada raro, ya que podría tratarse de gripe o muchas otras cosas. Pero los médicos no pudieron dar un diagnóstico. Esta mañana han llevado a los tres al hospital. Allí son cuidadosamente observados.
—Creo que estás desorbitando las cosas, Cline. A partir de ahora, cualquiera que enferme y los médicos no puedan diagnosticar su mal… ¡Ya está! Es el mismo mal que se manifestó por primera vez en el anciano.
—Espera, aún no he terminado. Después de efectuadas las autopsias de los cadáveres del viejo y de Chester Grimes, el departamento de Salud Pública ha intervenido en el asunto. Médicos expertos han examinado los restos y varias universidades piensan enviar especialistas. El departamento de Salud Pública advirtió a los facultativos sobre la posibilidad de que se haya difundido entre nosotros una nueva enfermedad, una especie de plaga… Una plaga negra.
—Por el amor de Dios, yo…
—Tranquilízate. Escucha: esas tres personas, cuya piel estaba inflamada, fueron llevadas al hospital… ¿Te he dicho ya algo sobre la piel? Bueno, prosigo. Los colocaron en un pabellón especial en el Unión City Hospital, para evitar el contagio. Según los últimos informes de esta mañana, a pesar de los cuidados de los médicos y de las transfusiones, la piel de los tres ha adquirido un color levemente grisáceo.
Travis emitió un silbido de sorpresa.
—Acabas de referirte a esta mañana. ¿Acaso ya es de día?
—¿Por qué no miras por la ventana?
—No alcanzo a verla desde aquí. Pasé una mala noche.
—Ya veo dónde vas a ir a parar con tu año de permiso. Bueno, para que lo sepas, ya son las diez de la mañana.
—Gracias. ¿Por qué no me das esos nombres? Los tres están en el hospital… Quizá conozca a alguno de ellos.
—No lo creo. Espera un momento.
Al otro lado de la línea se oyó un susurro. Luego surgió de nuevo la voz de Cline.
—Aquí están. Son Tony Sansona, calle Willard, uno, tres, uno, uno; Jeb (supongo que es Jebedías…, tenemos que comprobar ese nombre) Tobías, avenida Ridgeway, dos, uno, uno, dos, y Matías Kronansky, calle Leland, siete, uno, uno.
Travis anotó los nombres.
—Oye, Travis, no seas malo y quédate a esperar a Elmer.
—Al diablo con Elmer. Si en verdad hay una plaga, éste es el mejor momento para irme de la ciudad.
—¡No te irás en un momento así!
—Quizá no lo haga, Cline. Pero no me culpes si no estoy aquí cuando llegue Elmer. Se me acaba de ocurrir algo. Tengo que trabajar…
—Cuéntame algo.
—Llamaré por teléfono si descubro algo interesante.
Colgó el receptor.
Plaga. La muerte negra. A Travis no le parecía posible. ¿No era ésa una enfermedad transmitida por las ratas en épocas pasadas? Seguramente, con las modernas cañerías, sistemas de alcantarillado y la higiene actual… No, tenía que ser algo distinto. Quizás algo que se fabricaba en el edificio incendiado. Tal vez las personas que originaron la plaga, o lo que fuera, habían prendido fuego al edificio pensando que de ese modo destruirían los gérmenes. ¡Pero era demasiado tarde! La plaga ya se había extendido…, y un hombre llamado Gibson Travis y un oficial de policía, el capitán Tomkins, sin olvidar a Mac, el chófer, y todos los que se acercaron al edificio, podían estar contaminados.
El pánico se apoderó de Travis. Tenía que cuidarse. ¡Diablos!, no estaba enfermo… todavía.
De pronto, recordó su decisión de abandonar el esclarecimiento del misterio. Pensó en que era curioso cómo las cosas adquieren diferente aspecto a la luz del día. ¿Cómo había expresado Shakespeare este pensamiento? «Así la firmeza de una resolución puede debilitarse con la pálida sombra de un pensamiento…»
Pensó que si era capaz de realizar algo útil durante su año de excedencia, debía dedicarse a esclarecer el caso del anciano del hospital, el de Chester Grimes y el de las otras tres personas que se hallaban enfermas.
—Lo primero que debo hacer —decidió— es ir a la oficina de impuestos y averiguar un dato muy importante.