Más adelante, Caramon Majere consiguió convencerse a sí mismo de que no había disfrutado en absoluto de los momentos pasados en el interior del roble de la dríade. En el momento, sin embargo, se olvidó de todo y no tuvo conciencia más que del tacto de su piel, del olor de su cuerpo y del gusto de su boca, así como de los movimientos ondulantes del árbol y sus raíces a medida que los empujaba, a él y a Tessonda, hacia la tierra.
Luego, con un grito, cayó al vacío y aterrizó en suelo duro con estrépito de armas y armaduras. Tessonda descendió con delicadeza a su lado.
—¿Estás bien, amor mío? —preguntó preocupada.
Caramon yacía de lado, jadeando.
—Estoy bien, pero concédeme un momento de paz ¿quieres?
—Claro, querido —repuso Tessonda—. ¿Quieres que traiga una luz?
—Eso estaría muy bien —dijo Caramon. Estaba oscuro como boca de lobo. El aire era caliente y húmedo, y olía a tierra abonada.
Al cabo de un momento, se encendió un leve brillo azulado en la oscuridad. La dríade apareció ante él con una esfera de cristal en cada mano. En el interior de las esferas se movían incontables luciérnagas.
—Globos de luz —dijo irguiéndose.
Tessonda le dio una de las esferas. Las recordaba de hacía muchos años; iluminaban la arboleda del Señor del Bosque cuando él y sus amigos se presentaron ante ella durante la guerra.
El recuerdo del Señor del Bosque lo hizo volver al presente. Miró alrededor y vio que estaban en una estrecha caverna de tierra. Del techo y de las paredes se desprendían algunos terrones. También colgaban unas raicillas vellosas —las puntas de las extremidades inferiores del árbol de Tessonda— que le hacían cosquillas en la cara. No veía ninguna salida y se estremeció al pensar que estaba enterrado vivo.
—Tranquilízate —le dijo la dríade sonriendo—. No te pasará nada. Tus amigos están muy cerca. Sígueme.
Ante la mirada de Caramon, Tessonda se dirigió hacia una pared y la tierra se abrió ante ella formando un estrecho túnel. Entró en él y le hizo un gesto:
—¡Ven!
Caramon la siguió. El pasadizo se ensanchó haciéndose lo bastante grande para admitirlo y Caramon entró sosteniendo en alto el globo de luz. Habría avanzado unos diez pasos, cuando oyó un rumor a sus espaldas. Mirando hacia atrás, vio que la cámara que acababan de abandonar se derrumbaba en una lluvia de tierra. Tragó saliva y apretó el paso resuelto a no alejarse de la dríade.
Al poco, el pasadizo desembocó en una cámara más ancha y alta que la anterior. Entraron y el túnel quedó sellado tras ellos. Trephas y Gamaia los esperaban en la caverna. Tessonda fue corriendo junto a su hermana, y las dos se pusieron a susurrar entre risas. Caramon las miró azorado sabiendo que hablaban de él y del centauro, y luego se volvió a mirar al hombre-caballo. Trephas sostenía otro globo de luz y miraba a su alrededor, fascinado.
—¿Todavía no han aparecido los otros? —preguntó Caramon.
—No —repuso Trephas—. Ahora vendrán.
No tardó en abrirse otro pasillo en la pared del fondo, del que salieron Elirope y Dezra. Caramon observó que su hija estaba muy blanca, a excepción de dos pequeños puntos rosados en las mejillas. Ni siquiera miró a Elirope cuando la dríade fue a encontrarse con sus congéneres. Miró a su alrededor y preguntó:
—¿Dónde están Bor y Pallidice?
—Nos… —empezó a decir Caramon.
Antes de que pudiera acabar, una lluvia de tierra tamborileó sobre su casco de dragón. Miró hacia arriba haciendo visera con una mano.
—¡Atrás! —gritó Dezra tirándole del brazo para apartarlo.
Un instante después, Borlos emergió del techo y cayó hecho un rebujo en el mismo punto en que antes estaba Caramon. La lira marcó con un desapacible sonido el momento en que Borlos chocaba contra el suelo. La dríade descendió junto a él, le ofreció una mano y lo ayudó a levantarse.
Luego, Pallidice se fue a hablar con las otras dríades y, al cabo de un momento, las abrazó. Una tras otra, Tessonda, Gamaia y Elirope se fueron hacia las paredes de la cámara, entraron en los túneles que se abrieron frente a ellas y desaparecieron. Cuando se hubieron ido, Caramon se volvió hacia su hija con una sonrisa divertida en los labios.
—No quiero comentarios —gruñó ella.
—Vamos —dijo Pallidice. Se dirigió hacia una pared y abrió otro pasillo—. Por aquí se va al reino del barón Guithern.
Siguieron a la dríade por el túnel. Primero entró Dezra y luego Trephas. Caramon lo siguió, mirando a Borlos, que iba detrás de él con una sonrisa perezosa en los labios.
—Parece que lo pasas bien —dijo Caramon.
Borlos asintió sin dejar de sonreír.
—Digamos que podría acostumbrarme a esto.
***
No había manera de calcular la distancia que habían atravesado, la dirección que habían seguido o la duración del viaje. Pasaron horas, o quizá días. Sin la referencia del cielo, era difícil establecerlo.
En ningún momento veían más allá de diez pasos por delante o veinte por detrás. Pallidice iba delante, abriendo la tierra; después de pasar el último, el pasillo se derrumbaba. Las paredes cambiaban poco: tierra negra y rica, perfumada, con vetas de arcilla y guijarros, y tiernas raíces que colgaban del techo. De vez en cuando, el túnel subía o bajaba, torcía hacia uno u otro lado. Pallidice marcaba un paso rápido y constante. Los otros procuraban mantenerse cerca, temerosos de que el camino se cerrara sin esperarlos y los enterrara vivos.
—¿Cómo sabes a qué lugar lleva el túnel? —preguntó Caramon.
Pallidice lo miró desconcertada, pero enseguida comprendió y se le iluminó el rostro.
—Claro… Vosotros estáis acostumbrados a viajar por caminos. Nosotros lo hacemos de otra manera. No sé adónde lleva el túnel porque «no» hay ningún túnel, del tipo que tú dices, por lo menos. Más bien, deseo ir al reino del barón Guithern y la tierra se abre para llevarme allí.
Siguieron avanzando en silencio, durante horas o días. Poco a poco, empezó a hacer más frío y las paredes eran cada vez más rocosas. Cuando finalmente se detuvieron, el suelo era más roca que tierra, el aire estaba tan helado que el aliento se congelaba al salir, formando plumas de hielo que brillaban extrañamente al resplandor de los globos de luz. El túnel se acababa delante de Pallidice, en una pared de roca maciza. Presionó con sus dos delicadas manos y la pared cedió, abriéndose a una caverna de roca.
Enseguida comprobaron que la caverna no estaba vacía. Un gran número de enormes globos de luz la iluminaban, y las ascuas de los braseros calentaban la estancia. En el suelo, rodeada de cojines, había una manta de lana blanca, sobre la que habían dispuesto un suculento banquete; había fruteros llenos de manzanas y bayas, hogazas de pan y quesos enteros, una cesta con hierba verde, dos hermosos frascos de plata y cuatro copas de oro. Junto a unas toallas limpias, estaban dispuestas cuatro palanganas de cobre, llenas de agua hasta arriba.
—¡Por el Abismo…! —exclamó Caramon.
—Nada de Abismos —replicó Pallidice—. Estamos en la entrada del reino de las hadas. Podéis descansar aquí; lavaos, comed y bebed mientras yo me adelanto a hablar con los duendes.
Entró en la caverna e hizo una señal para que la siguieran. Hicieron lo que les decía y la puerta de piedra se cerró tras ellos, tan herméticamente que no se percibía la más leve grieta que marcara los límites. No había ninguna otra salida; por lo menos, ellos no la veían.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera? —preguntó Borlos, nervioso.
—No tengas miedo, amor mío —contestó Pallidice—. No te ocurrirá nada malo. Si te hubiera deseado algún mal, podría haberte enterrado vivo en cualquier momento del trayecto entre mi roble y este lugar.
—Bueno, es un consuelo —dijo Dezra con una risita amarga.
Borlos y Caramon se estremecieron.
—Nos volveremos a encontrar, amor mío —prometió la dríade abrazando a Borlos—. No me olvides mientras estoy fuera.
—No creo que eso pueda ocurrir —dijo Borlos, aturdido.
Entre risas, Pallidice avanzó hasta la pared de la caverna opuesta al lugar por donde habían entrado. Tocó la piedra y se abrió otro pasillo. Entró y se volvió hacia los demás. Les dijo adiós con la mano, mandó un beso a Borlos y luego la roca se cerró con un estruendo que reverberó en la sala. La dríade se había ido.
—¿Y ahora qué? —preguntó Dezra.
El estómago de Caramon rugió con vehemencia y Borlos soltó una carcajada.
—Bien dicho, grandullón —dijo el bardo sentándose en uno de los mullidos cojines—. Probemos estos exquisitos manjares, ¿no os parece?
Antes se lavaron, utilizando las toallas y el agua. Andar entre la tierra los había dejado cubiertos de mugre. En cuanto se hubieron lavado la cara y las manos, se dispusieron a comer. La comida era suculenta; había pan caliente y aromatizado con hierbas, queso tierno relleno de frutos secos y fruta dulce y de carne firme. Trephas devoró la hierba con deleite. Una de las jarras estaba llena de aguamiel fermentada y la otra, de leche; Caramon se sirvió de la segunda mientras Borlos bebía una detrás de otra dos copas de aromático vino de miel.
Dezra no tocó nada. Se sentó en uno de los cojines, con la espalda recta y la espada en el regazo.
—¿No comes nada? —preguntó Caramon con un trozo de pan en la boca.
—Estar encerrada en una cueva sin salida no me despierta el apetito precisamente —explicó.
—Pues al mío no le ha hecho ningún efecto.
—¿Hay algo que se lo haga? —replicó ella.
Antes de que su padre pudiera contestarle, se levantó y se fue hacia la pared de la caverna y se puso a inspeccionarla, buscando en vano grietas que pudieran señalar la presencia de una puerta. A su espalda continuaban los ruidos del banquete.
Al cabo de un rato, oyó tintinear las guarniciones de guerra de Trephas y el ruido de los cascos contra el suelo de piedra le dijo que se acercaba. Se envaró.
—Dezra —la llamó—, ¿os preocupa algo?
—¿Quieres decir aparte de que nos haya encerrado aquí esa ramera de los árboles? —dijo frunciendo el ceño—. Pues sí, hay bastantes cosas que no me gustan. Por ejemplo, la manera que tienes de hablar.
—¿Mi manera de hablar? —repitió el centauro, confuso—. ¿Qué os incomoda en ella?
—Precisamente eso —le espetó rodeándolo—. Todas esas tonterías de vos, os, vuestro… Me ponen frenética.
—Es una simple cuestión de cortesía —repuso él levantando las cejas—. Lo utilizamos con todo el mundo, excepto con los más íntimos: entre marido y mujer, o entre padre e hijo, aunque también en esos casos, sólo en privado. No sería apropiado trataros de tú.
—¡Al Abismo con lo apropiado! —gritó ella pero enseguida se calló al ver que Borlos y Caramon la miraban. Esperó a que el bardo y su padre volvieran a la comida y a la bebida—. A esa dríade la has tratado de «tú».
—¿Pallidice? —preguntó Trephas y se rió—. Nos citamos algunas veces cuando no era más que un potro y me acostumbré a llamarla así. Cuando mi padre se enteró de que había estado tonteando con una dríade… —De pronto se interrumpió y frunció el ceño.
Dezra se puso tensa.
—¿Qué ocurre? —Apartó a Trephas de un empujón, miró hacia la manta y se quedó estupefacta.
Caramon y Borlos estaban tendidos en el suelo, inmóviles. El bardo se había acurrucado de lado, sin soltar la copa; el aguamiel se había derramado en el suelo. Caramon estaba echado panza arriba, con la boca abierta y los ojos cerrados.
—Oh, mierda —gruñó Dezra.
Hizo a un lado a Trephas y corrió junto a su padre. Se agachó y puso la oreja sobre su pecho. Al cabo de un momento, suspiró aliviada.
—Todavía vive.
—El bardo también —corroboró Trephas, inclinado sobre Borlos—. ¿Qué les puede haber ocurrido?
—¿A ti qué te parece? —barbotó Dezra.
—¿La comida? —preguntó Trephas abriendo mucho los ojos.
—Y la bebida probablemente también. —Se quedó un momento mirando a Caramon y luego levantó la mirada hacia Trephas—. ¿Has comido mucho tú?
El centauro no contestó. La barba le cayó sobre el pecho y, ante la mirada de Dezra, se derrumbó al suelo y de poco aplasta a Borlos. Enseguida empezó a roncar.
—Ya veo que sí —se contestó ella misma. Se sentó e hizo un esfuerzo por pensar—. Mataré a esa dríade cuando vuelva —murmuró—. Le apretaré el cuello a esa furcia verde con mis propias…
Antes de que pudiera acabar la frasease le abrió la boca en un irresistible bostezo. Se tambaleó, aturdida, notando que se apoderaba de ella una especie de modorra.
—Pero si yo no he comido nada —murmuró mirando a su alrededor—. ¿Cómo…?
Lo supo en el mismo momento en que su vista tropezó con las ascuas de los braseros. Los carbones estaban impregnados de droga. Había tardado más en hacerle efecto pero pronto no podría resistirse al sueño que le había entrado. Se dejó caer sobre su padre dormido y apoyó la cabeza en su pancera.
—¡Maldita sea! —musitó antes de dormirse.