110. Los hombrecillos verdes que no existían

En 1967, Jocelyn Bell era una estudiante de investigación en Cambridge y su supervisor era el astrónomo Anthony Hewish. En esa época estaba interesado en los cuásares (fuentes de radio cuasi estelares), fuentes muy intensas de emisión de radio y otras radiaciones descubiertas en 1963. Eran, y en cierta medida lo siguen siendo, misteriosos, pero ahora se cree que son agujeros negros —objetos tan masivos que colapsan hacia dentro y, debido a la densidad de la materia en su interior, atrapan la radiación electromagnética como exige la Teoría de la Relatividad General—. Puesto que en efecto son fuentes puntuales de radiación, resplandecen como cualquier estrella debido a las fluctuaciones en la atmósfera terrestre que desvían la radiación hacia uno y otro lado antes de que llegue al telescopio.

Hewish pensaba que la magnitud del parpadeo de la radioonda daría una medida del tamaño del objeto. Ideó una estructura de detectores de radio, dispersos en un área de más de cuatro acres, que podría medir diferencias de intensidad (centelleos) sobre períodos de tiempo de fracciones de segundo. Mientras hacía estas medidas, Jocelyn Bell experimentaba con los períodos de tiempo y quedó sorprendida cuando, al examinar una mañana la cinta de registro, encontró que la fuente cuásar que estaba observando daba lugar a un pulso de intensidad cada 1,34 segundos. Su primera conjetura fue que una señal procedente de alguna máquina se estaba imponiendo a las señales de radio; pero luego se dio cuenta de que la fuente cuásar, con su extraña periodicidad, entraba en el campo de visión del telescopio cada 23 horas y 56 minutos, el período de rotación de la Tierra con respecto a las estrellas [107]. ¿Por qué iba a acomodarse un dispositivo de fabricación humana a un ciclo de 24 horas? Por otra parte, los radiotelescopios se acomodaban al tiempo sidéreo, pero no pudo detectarse ninguna emisión de ningún objeto próximo. ¿Qué podría estar enviando pulsos desde el vacío con una regularidad de una fracción en diez millones? ¿No serían señales de inteligencias extraterrestres? En consecuencia la fuente se designó por LGM1 (de Little Green Men, hombrecillos verdes).

Pero esta sorprendente conclusión sólo resistió unos días. Quedó descartada cuando Jocelyn Bell, continuando la investigación, encontró otras tres fuentes de radiación pulsante en partes diferentes del cielo. Fueron otros dos astrónomos, Thomas Gold y Franco Pacini, quienes dieron con una explicación: los púlsares, como ahora se les llama, eran estrellas de neutrones en rotación; minúsculas estrellas muertas, hechas de neutrones, muy concentradas, productos de la implosión de una estrella moribunda que se enfría rápidamente. De sólo unos diez kilómetros de diámetro, podían rotar con períodos del orden de un segundo, expulsando radiación como el haz giratorio de un faro. Más tarde se descubrió que la rotación de los púlsares se frena a medida que envejecen, y la tasa de disminución puede utilizarse para calcular el tiempo en que se formaron. Y lo que es más sorprendente, la edad de un púlsar en una nebulosa (Cangrejo) se estimó en unos mil años, y una explosión (una supernova, como se denomina) en la nebulosa del Cangrejo ya fue registrada por astrónomos chinos y japoneses en 1054 d. C.

El descubrimiento del primer púlsar aseguró un premio Nobel para Anthony Hewish en 1974, pero no para Jocelyn Bell que era quien había hecho las observaciones originales. Esto fue denunciado por algunos —el astrónomo Fred Hoyle entre otros— como un escándalo (aunque no era esta la opinión de la generosa Jocelyn Bell Burnell).

La historia del descubrimiento de los púlsares ha sido narrada a menudo. Un buen resumen y explicación aparece en el libro de David Leverington, A History of Astronomy from 1890 to the Present (Springer-Verlag, Londres, 1995).