63
—Son las 18.30 del jueves, 9 de junio, y esta es la duodécima reunión de la Operación Icono —anunció Grace—. Me alegra dar la bienvenida a nuestro equipo a Haydn Kelly —dijo, señalando al hombre que sonreía justo frente a él en la sala de conferencias del Centro de Investigaciones.
Kelly era un tipo robusto, de unos cuarenta y cinco años, con el cabello muy corto y un rostro afable y moreno. Iba vestido de un modo discreto pero elegante, con un bonito traje azul marino, camisa color crema y una corbata roja estampada.
Grace pasó la mirada por su equipo, que ya había aumentado hasta las treinta y seis personas, entre ellas el sargento Lance Skelton, encargado de recursos humanos para la investigación, dos técnicos en procesamiento de datos y dos criminólogos.
—Bueno, primero, un asunto de orden interno antes de empezar —dijo, con una gran sonrisa—. Me alegra mucho deciros que hemos descubierto al topo que ha estado filtrando información de nuestros casos graves durante el último año.
Al instante captó la atención de todos los presentes y se hizo el silencio, interrumpido únicamente por el sonido de un móvil. La agente Reeves se apresuró a silenciarlo.
—Es para mí una gran satisfacción y un alivio deciros que no es nadie de dentro del cuerpo. No es otro que nuestro buen amigo Kevin Spinella, del Argus.
—¿Spinella? —reaccionó el sargento Batchelor, asombrado—. Pero ¿cómo, jefe…? Pensaba que había un topo que le informaba. ¿Cómo lo hacía?
—Me había pinchado el teléfono. —Grace levantó la BlackBerry para que todos la vieran—. Lo hizo electrónicamente. Me instaló algún tipo de registrador de datos que grababa todas las llamadas que hacía o recibía, y todos mis mensajes de texto, e inmediatamente se los enviaba a su teléfono.
Varios miembros del equipo fruncían el ceño.
—Pero ¿cómo pudo acceder a tu BlackBerry para instalar el software, jefe? —preguntó Nicholl.
—No le hizo falta —respondió Grace—. Ray Packham, de la Unidad de Delitos Tecnológicos, me ha dicho que lo único que habrá necesitado hacer es colocarse a unos metros de mí. Yo tengo siempre la conexión bluetooth activada. Podría haberme cargado el programa desde su teléfono en cuestión de segundos.
—Pero esa sabandija es reportero, no un cerebrito informático, jefe —alegó la agente Exton.
—Habrá recurrido a algún amigo entendido —dijo Grace—. Supongo que ya lo encontraremos, sea quien sea. En este momento, Spinella está bajo custodia y están estudiando su teléfono. Pero necesito que la Unidad de Delitos Tecnológicos compruebe todos vuestros teléfonos, y os recomiendo que mantengáis el bluetooth desconectado siempre que no lo necesitéis.
—¿Y sabemos si el asunto ha llegado a instancias superiores del Argus, señor? —preguntó Dave Green.
—He hablado con el director, Michael Beard. Parecía asombrado de verdad, y me ha dicho que, si eso era así, el reportero estaba actuando por su cuenta y de un modo absolutamente impropio, ajeno a la política del periódico. He recibido un correo electrónico más tarde, unos minutos antes de venir aquí, en el que me dice que han suspendido a Spinella con efecto inmediato. Tengo la impresión de que actuaba solo: el director no le haría eso si hubiera contado con su aprobación.
—¿Y ahora qué será de él? —preguntó Potting.
—¿Cómo? ¿Es que te importa? —replicó Bella.
Branson se la quedó mirando, intrigado. Hasta la tarde anterior estaba convencido de que la chica no soportaba a aquel hombre. Ahora se daba cuenta de que eran más bien como un viejo matrimonio, de esos que discuten constantemente. Aún no se había hecho a la idea después de verlos juntos, y no se lo había contado a Grace. Los miró. Desde luego, Bella podría aspirar a alguien mucho mejor que Norman…
Como él.
Por otra parte, era consciente de que el fracaso de su relación con Ari demostraba lo poco que entendía a las mujeres.
—Creo que mentiría —prosiguió Grace— si dijera que me iba a quitar el sueño lo más mínimo el futuro de Kevin Spinella como periodista.
Una risita generalizada se extendió por la sala.
—¿Ya se han presentado cargos? —preguntó Exton.
—Sí, en su cuenta telefónica —apuntó Potting, con una risa, ajeno a las miradas de desaprobación.
Grace no le hizo ni caso.
—Sí. Con un poco de suerte, podría enfrentarse a una pena de entre tres y cinco años.
—Cuánto lo lamento —bromeó Nicholl, sarcástico.
—Le encantará estar en chirona —añadió Potting, que parecía lanzado—. ¡Allí seguro que encuentra información de primera mano!
—Muy gracioso, Norman —dijo Grace. Luego se giró hacia la jefa de prensa, Sue Fleet—. Tendrás que ponerte en contacto con el Argus e informarte de quién va a ser nuestra persona de contacto a partir de ahora.
—Sí, señor.
—Bueno, sigamos adelante. Entremos en materia. —Echó un vistazo a sus notas—. Glenn, ¿qué nos puedes contar de la autopsia de hoy?
—Esperamos tener los resultados del análisis de ADN de los cuatro miembros mañana, jefe. Pero estaban muy bien conservados, por lo que la patóloga Nadiuska de Sancha ha podido observar que encajan bastante bien con el torso. No ha encontrado nada bajo las uñas, restos de piel ni nada que indicara un forcejeo y que pudiera darnos el ADN del agresor.
—¿Qué hay de las huellas?
—Las tenemos todas, jefe.
—Bien.
—También tenemos plantares. —Las plantares eran las huellas de los dedos de los pies—. Indican que las manos, y por tanto también los brazos, probablemente correspondan al mismo cuerpo, pero no hay coincidencias con nuestra base de datos, así que eso no nos sirve para la identificación. —Se giró hacia el podólogo forense—. ¿Tienes algo que añadir sobre las piernas, Haydn?
—De momento —dijo Kelly— podemos decir que ambas piernas parecen pertenecer al mismo cuerpo; estoy todo lo seguro que se puede estar, pero espero que los análisis de ADN nos lo confirmen.
—De modo que lo único que nos falta es la cabeza, y tendremos el rompecabezas completo. «Constrúyase su propio cadáver», en entregas coleccionables —dijo Potting.
Se oyeron algunas risitas apagadas. Bella lo miró con cara de reproche.
—¿Qué hay de los desaparecidos, Norman? —preguntó Grace.
—Ahora mismo tenemos treinta y siete desaparecidos varones en los tres condados, que encajan con la edad y la constitución de la víctima. A las familias con las que hemos podido contactar les hemos pedido algún artículo del que pudiéramos obtener ADN. Hay cinco desaparecidos de los que no hemos podido encontrar familiares, y otros seis con familiares que no han podido proporcionarnos nada.
Grace le dio las gracias y se dirigió a Nicholl.
—Nick, ¿cómo llevas lo del listado de personas con acceso a la Stonery Farm?
—Prácticamente lo tenemos acabado, señor —dijo, girándose en dirección a la técnica en procesamiento de datos, Annalise Vineer—. Annalise ha creado una base de datos para que podamos cruzar referencias.
—Tenemos a todos los que han pasado por la granja en los últimos doce meses, o al menos los nombres que nos ha dado la familia Winter —dijo ella, echando la cabeza atrás para apartarse el flequillo de la frente—. Comerciales, amigos, profesionales… También estoy cruzando datos con la base nacional de la policía para ver si hay algún delincuente conocido.
—Buen trabajo —dijo Grace, volviendo a consultar sus notas—. Bueno, creo que tenemos algo nuevo con respecto al tejido del traje. —Miró a Branson.
—He tenido una larga conversación con una mujer muy amable de Dormeuil, el fabricante de la tela. Nos han confirmado que el tejido es suyo y, como era de esperar, que no es de los que más se venden. Un problema que tenemos (aunque podría ser mucho peor) es que una sastrería nueva, llamada Savile Style, compró una gran cantidad de esa tela hace tres años, y que hizo con ella más de novecientos trajes que distribuyó por todo el país y por el extranjero. Nos están preparando un listado de todas las tiendas que compraron esos trajes, y hay un par de ellas en Brighton. Dormeuil también nos va a pasar un listado de todos los sastres que compraron piezas de esta tela para confeccionar trajes a medida, como suelen hacer en Gresham Blake.
—Lo que necesitamos es conseguir los nombres que podamos de los individuos que se compraron un traje hecho con esa tela, y luego, Annalise, cruzar los nombres con los de la lista de visitantes a la Stonery Farm, a ver si de ahí sacamos algo. —Se giró hacia Bella—. ¿Alguna pista más de las llamadas de Crimewatch?
—No, señor —dijo ella—. Seguimos recibiendo llamadas, cuarenta y ocho en los últimos dos días, pero nada que sea significativo.
—Bueno, la huella. —Se giró hacia el jefe de la Unidad de Rastros Forenses—. David, ¿qué nos puedes decir hasta ahora?
—De hecho tenemos cinco huellas procedentes del escenario, jefe. Tres de ellas corresponden a zonas de la orilla frente a los lugares donde se encontraron alguno de los miembros, lo que hace pensar que puedan corresponder a quien lo hiciera. La marca tiene más de un centímetro de profundidad, lo que significa, casi sin lugar a dudas, que se trata de algún tipo de bota. Es difícil precisar la talla, pues a veces los fabricantes de botas usan la misma suela para varias tallas y el ajuste se hace con la pieza de arriba. Pero parece más bien pequeña. Probablemente un cuarenta y dos.
—¿Nos puedes dar alguna indicación de la altura del sujeto a partir de eso, Haydn? —preguntó Grace, mirando al podólogo forense con interés.
—La verdad es que no; hay demasiadas variables. Algunos expertos dirían que el rango de altura probable para un hombre con ese pie sería de entre 1,65 y 1,75. Pero eso sería haciendo una serie de presuposiciones, por ejemplo que llevara un calzado de la talla adecuada para él. La gente suele llevar una talla más de bota que de zapato y, si se trata de un tipo listo, es posible que llevara botas con relleno para que no podamos calcular su envergadura. O si realmente ha querido dejar pistas falsas, ha podido incluso comprarse unas plantillas para poder calzarse unas botas más grandes y enmascarar sus huellas.
—Bueno —dijo Branson—, entonces suponiendo que el tiparraco no calce un cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco, y se haya estrujado los pies para meterlos en estas botas, lo que le causaría muchos problemas para caminar, ¿sería razonable suponer que buscamos a alguien de 1,73 o 1,74 de alto como mucho?
—Sería razonable, pero no seguro —respondió Kelly—. No puedo deciros que eliminéis de la investigación a todo el que mida más de eso.
—Haydn —intervino Grace—, me gustaría que nos explicaras una de las técnicas que aplicas, que podría llegar a ser relevante en una fase posterior de la investigación. ¿Es cierto que podrías reconocer a la persona que dejó estas huellas con solo verle caminar y estudiando su forma de andar?
—La forma de andar es tan distintiva como las huellas dactilares —dijo Kelly—, y se divide en dos fases: la de apoyo y la de balanceo. En la de apoyo, el talón de la persona contacta con el suelo y el peso corporal se transfiere por todo el pie en el momento en que los dedos de los pies se separan del suelo: técnicamente esto se llama contacto del talón, apoyo y despegue. La fase de balanceo empieza en cuanto los dedos de los pies se separan del suelo, la pierna va hacia delante, y acaba en el momento en que el talón vuelve a contactar con el suelo. Eso es incuestionable. La forma en que actúan el pie, la pierna y el resto del cuerpo para conseguirlo, en cambio, es diferente en cada individuo. Además, una pierna puede tener una postura (o una forma) particular. En algunos casos, eso resulta bastante evidente.
El teléfono de Grace, que estaba en modo silencio, vibró. En la pantalla ponía INTERNACIONAL.
Excusándose, se apartó de la mesa y salió al pasillo, respondiendo al tiempo que caminaba.
—Superintendente Grace.
Al otro lado de la línea oyó una voz con acento estadounidense que reconoció de su conversación del lunes. El hombre le había parecido serio y conciso entonces, y también ahora:
—Señor, soy el inspector Myman, de la policía de Los Ángeles.
—Me alegro de oírle. ¿Cómo está?
—Estamos bien. Tenemos una información para usted. Hemos detenido a un sospechoso por el asesinato de Marla Henson, la ayudante personal de Gaia Lafayette.
—¿De verdad? ¡Fantástico! —respondió Grace, muy animado.
—Pensé que debía saberlo enseguida; quizá quieran reducir las medidas de protección sobre ella.
—¿Están seguros de que es el asesino?
—Oh, sí, de eso no hay duda. En su casa tenía una pistola que coincide con el análisis balístico, el ordenador con los dos correos electrónicos que había enviado antes, y un montón de recortes de periódico sobre Gaia con unas extrañas palabras y símbolos escritos por encima. Está como una cabra, pero prácticamente lo ha admitido.
—¿Qué motivo tenía? ¿Simplemente la odiaba, y ya está?
—Vive con una mujer que parece que hizo algunos papeles como secundaria hace unos años. De esas hay muchas en esta ciudad. Ahora trabaja de camarera en un pequeño local de Santa Mónica. Parece que al tipo le parecía injusto que le hubieran dado el papel a Gaia y no a su chica, así que, en su estupidez, debió de pensar que si eliminaba a Gaia le darían el papel a ella.
—Es muy buena noticia que lo hayan pillado.
—A medida que avance el caso le mantendré informado.
—Se lo agradeceré.
—Cuente con ello.