III

CADA año nuevo, Nissen Piczenik se sentía más descontento de su pacífica vida, sin que nadie lo hubiera notado en la pequeña ciudad de Progrody. Como todos los judíos, también el comerciante de corales iba dos veces al día, mañana y noche, a la sinagoga, festejaba los días de fiesta, ayunaba los días de ayuno, se ponía las filacterias y el manto de plegaria, balanceaba la parte superior del cuerpo, conversaba con la gente, hablaba de política, de la guerra ruso-japonesa, y en general de todo lo que aparecía en los periódicos y agitaba el mundo. Pero la nostalgia del mar, la patria de los corales, la llevaba en el corazón y, en los periódicos que llegaban a Progrody dos veces por semana, se hacía leer primero, porque él no podía descifrarlos, las posibles noticias marítimas. Lo mismo que de los corales, tenía del mar una idea muy especial. Sin duda sabía que había muchos mares en el mundo, pero el mar verdadero y auténtico era el que había que atravesar para ir a América.

Y ocurrió un día que Alexander Komrover, hijo del comerciante de fustanes, que se había incorporado a filas tres años antes siendo destinado a la Marina, volvió a casa con un breve permiso. Apenas se enteró el comerciante de corales del regreso del joven Komrover, se presentó enseguida en su casa y comenzó a interrogar al marinero sobre todos los secretos de los barcos, del agua y de los vientos. Mientras todo el mundo estaba convencido en Progrody de que el joven Komrover sólo se había dejado arrastrar a los peligrosos océanos a consecuencia de su estupidez, el comerciante de corales consideraba al marinero como un joven privilegiado, al que había correspondido el honor y la suerte de ser, en cierto modo, íntimo amigo de los corales, su pariente incluso. Y se veía a Nissen Piczenik, de cuarenta y cinco años, y a Komrover, de veintidós, pasear del brazo, durante horas, por la plaza del mercado de la pequeña ciudad. «¿Qué querrá de Komrover?», se preguntaba la gente. «¿Qué quiere realmente de mí?», se preguntaba también el joven.

Durante todo el permiso que el joven podía pasar en Progrody, el mercader de corales casi no se apartó de su lado. Al joven le parecían extrañas las preguntas del más viejo, como por ejemplo:

—¿Se puede ver con un catalejo el fondo del mar?

—No —dijo el marinero—, con el catalejo se ve sólo a distancia, pero no en profundidad.

—Cuando se es marinero —siguió preguntando Nissen Piczenik—, ¿se puede uno dejar caer al fondo del mar?

—No —dijo el joven Komrover—, cuando se ahoga uno sí que se hunde hasta el fondo del mar.

—¿Tampoco el capitán puede?

—Tampoco el capitán puede.

—¿Has visto algún buzo?

—A veces —dijo el marinero.

—¿Suben a veces los animales y las plantas del mar a la superficie?

—Sólo los peces y las ballenas, que, en realidad, no son peces.

—Dime —dijo Nissen Piczenik— qué aspecto tiene el mar.

—Está lleno de agua —dijo el marinero Komrover.

—¿Y es tan grande como un gran pedazo de tierra, por ejemplo una gran llanura sin casas?

—Tan grande… ¡y mucho más! —dijo el joven marinero—. Y es como usted dice: una gran llanura, y aquí o allá se ve alguna casa, pero es muy poco frecuente y no es una casa, sino un barco.

—¿Dónde has visto buzos?

—Nosotros los tenemos —dijo el joven— en la marina de guerra, buzos. Pero no bucean para pescar perlas, ostras ni corales. Es un ejercicio militar, por ejemplo para el caso de que un barco de guerra se hunda y haya que recuperar instrumentos o armas valiosos.

—¿Cuántos mares hay en el mundo?

—Eso no se lo puedo decir —respondió el marinero—. Desde luego lo hemos aprendido en las clases teóricas, pero no he prestado atención. Sólo conozco el Mar Báltico, el Mar Oriental, el Mar Negro y el gran océano.

—¿Qué mar es el más profundo?

—No lo sé.

—¿Dónde se encuentran más corales?

—Tampoco lo sé.

—Hum, hum —dijo el mercader de corales Piczenik—, es una lástima que no lo sepas.

Al borde de la pequeña ciudad, donde las casitas de Progrody se hacían cada vez más miserables hasta que por fin desaparecían del todo y comenzaba la carretera ancha y corcovada de la estación, estaba la taberna de Podgorzev, una casa de mala fama, frecuentada por aldeanos, jornaleros, soldados, muchachas ligeras y mozos sinvergüenzas. Un día se vio entrar allí al comerciante de corales Piczenik con el marinero Komrover. Les sirvieron un hidromiel rojo oscuro y guisantes salados. «¡Bebe, chaval! ¡Bebe y come, chaval!», dijo paternalmente Nissen Piczenik al marinero. Éste bebió y comió con diligencia porque, por joven que fuera, había aprendido en los puertos algunas cosas, y después del hidromiel le sirvieron un mal vino ácido y, después del vino, un aguardiente de noventa grados. Mientras se bebía el hidromiel, estaba tan taciturno que el mercader de corales tuvo miedo de no volver a saber de aquel marinero más cosas del agua, porque sus conocimientos se hubieran, sencillamente, agotado. Sin embargo, después del vino, el pequeño Komrover comenzó a conversar con el tabernero Podgorzev y, cuando llegó el aguardiente de noventa grados, se puso a cantar a voz en grito una cancioncilla tras otra, como un auténtico marinero. «¿Eres de nuestra querida ciudad?», le preguntó el tabernero. «Claro, soy hijo de vuestra ciudad… de mi… de nuestra querida ciudad», dijo el marinero, exactamente como si no fuera hijo del cachazudo judío Komrover sino por completo un hijo de aldeano. Algunos haraganes y vagabundos se sentaron a la mesa junto a Nissen Piczenik y el marinero, y el joven, cuando vio que tenía público, se sintió poseído de una inusitada dignidad, de una dignidad como había creído que sólo podían tener los oficiales de Marina. Y animó a la gente: «¡Preguntadme, hijitos, preguntadme lo que queráis! Os puedo responder a todo. Mirad a mi querido tío, ya lo conocéis, es el mejor comerciante de corales de todo el Gobernorado, ¡a él le he contado ya muchas cosas!». Nissen Piczenik asintió. Y como no se sentía cómodo en aquella compañía extraña, bebía un hidromiel tras otro. Poco a poco, todos aquellos rostros sospechosos, que sólo había visto siempre a través del tragaluz de su puerta, le parecieron tan humanos como el suyo. Sin embargo, como la cautela y la desconfianza estaban profundamente arraigadas en su pecho, salió al patio y escondió la bolsita con las monedas de plata dentro de su gorra, conservando sólo sueltas en el bolsillo algunas monedas. Satisfecho por su ocurrencia y por la tranquilizadora presión que ejercía la bolsita bajo la gorra sobre su cráneo, volvió a la mesa. Sin embargo, se confesó que, realmente, no sabía por qué ni para qué estaba allí en la taberna con el marinero y sus sospechosos amigos. Había pasado toda su vida de forma ordenada y discreta, y su secreto amor a los corales y a su patria, el océano, no lo había revelado nunca a nadie hasta la llegada del marinero y, en realidad, hasta aquel momento. Y ocurrió algo más que asustó a Nissen Piczenik sobremanera. Él, que no estaba acostumbrado en absoluto a pensar con imágenes, se figuró en ese momento que su nostalgia secreta del agua y de todo lo que vivía y sucedía sobre ella y bajo ella llegaba de repente a la superficie de su propia vida, como si, a veces, un animal precioso y raro, acostumbrado a vivir en el fondo del mar, subiera a la superficie por razones desconocidas. Probablemente el desacostumbrado hidromiel y la fantasía del comerciante de corales, fecundada por los relatos del marinero, habían despertado esa imagen en él. Pero se asustó y se admiró de tener tales ideas disparatadas, y más aún de que, de repente, fuera capaz de sentarse a una mesa de taberna en compañía licenciosa.

Esa admiración y ese espanto, sin embargo, se producían como bajo la superficie de su conciencia. Entre tanto, oía muy bien, con placer apasionado, los fabulosos relatos del marinero Komrover. «¿En qué barco sirves ?», preguntaron a éste sus compañeros de mesa. Él reflexionó un momento… su barco llevaba el nombre de un conocido almirante del siglo XIX, pero ese nombre le pareció en aquel instante tan corriente como el suyo propio y Komrover estaba decidido a causar una gran impresión… de forma que dijo: «Mi crucero se llama el Mamita Catalina. ¿Y sabéis quién era ella? Naturalmente que no lo sabéis… y por eso os lo voy a decir. Bueno, pues Catalina era la mujer más bella y más rica de toda Rusia, y por eso el Zar se casó con ella un día en el Kremlin, en Moscú, y se la llevó enseguida en trineo —hacía una helada de 40 grados— con un tiro de seis caballos, directamente a Zarskoie Selo. Y detrás de él iba todo su séquito en trineo… y eran tantos que toda la carretera estuvo atascada durante tres días y tres noches. Una semana después de aquella magnífica boda llegó al puerto de Petersburgo el violento e injusto Rey de Suecia, con sus ridículos barcuchos de madera, en los que, sin embargo, había muchos soldados —porque en tierra los suecos son muy valientes—, y aquel sueco quería nada menos que conquistar toda Rusia. Sin embargo, la Zarina Catalina subió inmediatamente a un barco, precisamente el crucero en que yo sirvo, y disparó con sus propias manos contra los estúpidos barcuchos del rey sueco, que se hundieron. Y a él le tiró un cinturón salvavidas, cogiéndolo luego prisionero. Hizo que le sacaran los ojos, se los comió, y de esa forma se volvió más inteligente aún de lo que era. Al rey sin ojos, sin embargo, lo envió a Siberia».

—Eh, eh —dijo entonces un tunante, rascándose la nuca—, ni con la mejor voluntad puedo creerme todo eso.

—Si dices eso otra vez —replicó el marinero Komrover— ofenderás a la Marina imperial rusa, y tendré que matarte con mi arma. Has de saber que he aprendido toda esa historia en nuestra clase de teórica, y que su propia señoría ilustrísima, nuestro capitán Voroshenko, nos la ha contado.

Bebieron más hidromiel y varios aguardientes, y el comerciante de corales Nissen Piczenik pagó. También él había bebido algo, aunque no tanto como los otros. Pero cuando salió a la calle, del brazo del joven marinero Komrover, le pareció que el centro de la calle era un río, las olas subían y bajaban y las escasas farolas de petróleo eran faros, y que tenía que mantenerse muy pegado a la orilla para no caer al agua. El joven se balanceaba terriblemente. Durante toda su vida, casi desde la infancia, Nissen Piczenik había rezado cada noche las plegarias prescritas, la que se debe rezar en el crepúsculo y la que saluda la llegada de la oscuridad. Aquel día, por primera vez, omitió las dos. Desde el cielo, las estrellas le enviaban destellos llenos de reproches, y él no se atrevía a levantar la vista. En casa lo esperaban su mujer y su cena habitual: rábano con pepinos y cebollas, y una rebanada de pan con manteca, un vaso de kvas y té caliente. Se avergonzaba más de sí que de los otros. De cuando en cuando, mientras iba así, con el pesado y tambaleante joven del brazo, le parecía encontrarse consigo mismo: el comerciante de corales Nissen Piczenik con el comerciante de corales Nissen Piczenik… y el uno se reía del otro. De cualquier modo, evitó encontrarse además con otras personas. Eso lo consiguió. Acompañó a casa al joven Komrover, lo hizo entrar en el cuarto en que se sentaban los ancianos Komrover, y les dijo: «No os enfadéis con él, hemos estado en la taberna y ha bebido un poco».

—Vos, Nissen Piczenik, el comerciante de corales, ¿habéis estado con él en la taberna? —le preguntó el viejo Komrover.

—¡Sí, yo! —dijo Piczenik—. ¡Buenas noches…! —Y se fue a casa. Todavía estaban todas las bellas ensartadoras sentadas a las cuatro largas mesas, cantando y pescando corales con finas agujas en sus delicadas manos.

—Dame enseguida el té —dijo Nissen Piczenik a su mujer—, tengo que trabajar.

Y se bebió el té a sorbos y, mientras sus calientes dedos se hundían en los montones de corales todavía sin clasificar, su pobre corazón vagaba por los caminos amplios y resonantes del poderoso océano.

Y dentro de su cráneo ardía y resonaba. Sin embargo, se quitó sensatamente la gorra, sacó la bolsita de dinero y volvió a esconderla en su pecho.