Capítulo XIII

Momentos de tensión

Fatty llegó a los jardines de «Tally-Ho» mucho más tarde de lo previsto. Aquella noche sus padres no se acostaron hasta las once y diez y el muchacho tuvo que aguardar a que lo hicieran, completamente vestido. En aquella ocasión no iba disfrazado porque no intentaba abordar a nadie si podía evitarlo.

Llevaba su abrigo más grueso y una gorra encasquetada en la cabeza sobre su espesa cabellera. En un momento dado, cuchicheó a «Buster» que no metiese ruido. El pequeño «scottie» mirábale con pesar. Sabía que Fatty se proponía salir sin él y esto le apenaba tanto, que ni siquiera meneó la cola cuando Fatty le hizo la última caricia.

La noche era un juego de luz y sombras. Cuando la luna surgía de detrás de una gran nube, la calle se iluminaba como a plena luz del día. Pero cuando se ocultaba tras una nueva cortina nubosa, resultaba difícil ver sin servirse de una linterna. Fatty caminaba quedamente, amparado en la sombra de los árboles, atento a otras posibles pisadas.

No encontró a nadie absolutamente. Al parecer, todo el mundo habíase acostado temprano en Peterswood aquella noche.

Una vez a la orilla del río, el chico recorrió el sendero en dirección al portillo de los jardines de «Tally-Ho», absteniéndose de entrar por los portillos anteriores para no llamar la atención, pues era posible que Goon anduviese también por allí vigilando.

«Aunque, en realidad, no creo en ese informe de Maidenhead —pensó Fatty—. En primer lugar, sería una necedad por parte de los Lorenzo regresar tan pronto; en segundo, caso de que lo “hicieran”, a buen seguro se disfrazarían para no ser reconocidos».

El muchacho franqueó el portillo. La casita de los Larkin aparecía en la más completa oscuridad. Reinaba profundo silencio. Recordando que sin duda Ern estaba de guardia en la casa del árbol, Fatty se detuvo debajo de un arbusto para emitir su señal.

—¡Hu! —ululó con la nota exacta—. ¡Hu, hu, hu «hu»!

La respuesta de Ern desde el árbol no se hizo esperar:

—¡Hu! ¡Hu, hu, hu, hu, «hu»!

El son era tan parecido a la ululación de una lechuza, que Fatty dio un cabezazo de aprobación. ¡Ern era un as!

Quedamente, el muchacho encaminóse a la casa grande, envuelta en la más corpulenta oscuridad. ¡Pensar que hubiera sido tan excitante ver en ella algún destello de luz indicador de que alguien andaba por allí! Pero todo era oscuridad y silencio en la desierta casa.

Ern volvió a ulular. Entonces, antes de que Fatty pudiera responder, sucediéronse dos nuevas ululaciones.

¿Qué hacía Ern? De pronto, Fatty rióse para sus adentros. ¡Aquella vez eran lechuzas de verdad! A éstas les encantaba salir de caza en las noches de luna como aquélla.

No obstante, el chico decidió responder con otra ululación, por si acaso «era» Ern. E introduciendo los pulgares en la boca, emitió un largo y trémulo gorjeo.

Inmediatamente llegó la respuesta en forma de apremiante ululación. ¿«Sería» Ern? Era imposible determinar exactamente su procedencia. ¿Acaso Ern intentaba enviarle algún mensaje, alguna advertencia?

Fatty resolvió permanecer un rato bajo un frondoso arbusto y aguardar tranquilamente. La noche estaba tan silenciosa que sin duda percibiría algún rumor si alguien andaba por los alrededores.

Así, pues, Fatty permaneció absolutamente inmóvil, con el oído atento. Por espacio de cinco minutos, no oyó nada en absoluto, ni siquiera una ululación.

De improviso, parecióle oír un quedo crujido como si alguien estuviese andando cautelosamente sobre el césped helado. ¡Con extrema cautela!

Fatty contuvo el aliento. ¿Sería uno de los Lorenzo? ¿Habría acudido alguno de ellos a buscar algo a la casa? Seguramente, tenían llaves. Una vez más, Fatty se inmovilizó. La luna salió de detrás de una nube y todo quedó súbitamente iluminado. El muchacho agazapóse en el arbusto, lanzando una mirada circular por si aparecía alguien.

El rumor de pasos había cesado ya. No se veía nada sospechoso. La luna ocultóse de nuevo tras una nube, esta vez muy grande, con lo cual era de esperar que la oscuridad se prolongase unos minutos.

El rumor de pasos sobre el escarchado césped dejóse oír una vez más. Fatty se enderezó. Sí, estaba seguro de que procedía del otro lado de la esquina formada por la casa. Alguien hallábase allí de pie o avanzando paso a paso.

Una sonora ululación sonó tan cerca de su cabeza, que el chico dio un violento respingo. Aquella vez «era» una lechuza de verdad, pues Fatty vio la oscura sombra de sus alas, pese a no percibir el menor son del vuelo del ave.

El leve crujido volvió a sonar. Sin duda, había alguien esperando allí, de pie sobre el césped y la escarcha, moviendo de cuando en cuando los pies. ¿Quién sería?

—Debo averiguarlo —se dijo Fatty—. Si «es» Lorenzo, lo mejor que puedo hacer es ir corriendo a telefonear al superintendente Jenks. Por supuesto que no es Goon. En tal caso, oiría su resuello. En cambio, ese individuo no hace ruido, aparte del tenue crujido sobre el césped.

Como la luna seguía detrás de la nube, Fatty decidió echar una ojeada al hombre, quienquiera que fuese, para lo cual alejóse quedamente del arbusto, felicitándose de que el césped no estuviera tan helado en aquel lado de la casa.

De repente, pisó unas hojas muertas produciendo el consiguiente susurro. Fatty se detuvo. ¿Habría percibido el ruido el desconocido? Al presente, hallábase ya muy cerca de la esquina y, tras avanzar unos pasos, hizo acopio de valor para atisbar desde allí.

Cautelosamente, asomó la cabeza por la esquina, y, muy confusamente, entrevió una figura apostada junto a las ventanas de la villa «Tally-Ho». Dicha figura permanecía absolutamente inmóvil. Fatty no pudo columbrar ningún detalle, salvo que el hombre en cuestión parecía muy alto, lo cual demostraba que no era el rollizo y achaparrado señor Goon.

Fatty notó que se le aceleraba el ritmo del corazón. ¿Quién era aquel sujeto? En su excitación, buscó a tientas su linterna, dispuesto a enfocar con ella la cara del desconocido y echar luego a correr a carrera tendida para telefonear a la policía.

¡Habíase olvidado de la luna! Y, en el preciso momento en que se disponía a encender la linterna, el luminoso satélite surgió de detrás de la nube, inundando al punto de luz el lugar.

Súbitamente, Fatty encontróse cara a cara con un alto policía cubierto con un casco de reglamento, que, mirándole asombrado, llevóse el pito a los labios, al tiempo que daba un paso hacia él.

—No pasa nada —balbuceó Fatty—. He venido a…

Entonces, como por arte de encantamiento, apareció el señor Goon de detrás de la glorieta, donde por lo visto estaba escondido.

Al ver a Fatty, quedóse boquiabierto, pero, reaccionando al punto, avanzó hacia él, encolerizado, en tanto profería:

—¿Tú? ¿Conque tú otra vez, eh? ¿Es que no voy a poder librarme nunca de ti, so entrometido? ¡Apuesto a que tú has sido el autor de todas esas ululaciones de lechuza! ¿Qué haces aquí? Se lo contaré al jefe. ¡Así aprenderás a no entorpecer la acción de la Ley, ni a despistar a los policías que están de guardia!

—No sabía que estuviera usted de guardia, señor Goon —disculpóse Fatty—. Siento haberle molestado. Le aseguro que he sufrido una confusión.

El otro policía mirábale, estupefacto. ¿Quién era aquel muchacho?

—¿Cómo te llamas? —inquirió, sacándose una libreta.

—¡Yo sé cómo se llama! —rugió Goon, furiosamente—. ¡He oído su nombre tantas veces, que me lo sé de memoria! Se llama Federico Trotteville, y esta vez va a pagármelas todas juntas. ¡Deténgale por intrusión en una finca privada, agente!

—Aguarda un momento —repuso el otro policía—. ¿De veras es Federico Trotteville? Tengo entendido que es amigo del jefe, ¿no? En este caso, no pienso «detenerle», Goon. ¡Hágalo usted, si quiere!

—Haga usted lo que le digo —insistió Goon, perdiendo los estribos—. ¿Quién se figura usted que es, dándome órdenes? ¡Es usted el que está bajo «mis» órdenes esta noche, agente Johns!

Muy oportunamente, la luna volvió a ocultarse tras otra espesa nube, momento que Fatty aprovechó para escabullirse. De hecho, la idea de ser detenido no le hacía ni pizca de gracia. ¿Cómo se le habría ocurrido meterse en las garras de Goon? ¡Ahora comprendía por qué Ern había prodigado las ululaciones en aquel tono tan apremiante! ¡A buen seguro, había visto merodear a Goon y al otro policía por el jardín, a la luz de la luna!

Tras franquear el portillo posterior, Fatty echó a correr a su casa, reflexionando sobre el mejor partido a tomar. ¿Telefonearía al superintendente para informarle de su desdichado encuentro con Goon y su compañero? Probablemente, el jefe comprendería que lo único que intentaba Fatty era colaborar.

Pensándolo bien, tal vez sería preferible dejarlo para la mañana siguiente. Por entonces, Goon habríase apaciguado un poco y él podría ir a verle a su casa para disculparse por su intromisión. ¡Al policía le encantaba que le presentaran excusas!

Por consiguiente, en vez de telefonear, Fatty fue a acostarse, acallando el entusiasta recibimiento de «Buster». A poco, oyó ulular a una lechuza y arrebujóse en las sábanas, con una sonrisa. ¡Pobre Goon! ¡Cómo debía de haberse aturdido con todas aquellas ululaciones emitidas por el aterrado Ern!

Por su parte, Ern seguía en lo alto del árbol, desde donde dominaba perfectamente el jardín vecino cuando asomaba la luna entre las nubes. A la sazón, todo aparecía tan claro como a plena luz del día, pese a la negrura de las sombras.

Ern tiritaba no ya de frío, sino más bien de pánico y excitación. Había descubierto a Goon y a su compañero alrededor de las once, antes de aparecer Fatty, gracias al reflejó de la luz de la luna en sus cascos. Saltaba a la vista que uno de ellos era su tío, por lo bajo y rechoncho. Al otro Ern no lo conocía.

El chico les vio andar alrededor de la casa, atisbando a través de todas las ventanas y tentando las puertas. Luego, ambos desaparecieron. ¿Esperaban a los Lorenzo? ¿Se proponían esconderse para acecharles?

¡Lo malo era que Fatty no lo sabía y a lo mejor tropezaba con ellos! Ern fue presa de tal pánico y temblor, que la casita del árbol trepidó bajo sus pies.

¿Qué hacer? ¿Bajar del árbol y tratar de reunirse con Fatty para advertirle? No. En realidad, no sabía por dónde pasaría Fatty, si por el portillo del río o por los portillos anteriores. ¡Se exponía a no encontrarle!

Otra solución era permanecer en el árbol en espera de que viniese Fatty, y entonces advertirle por medio de una serie de ululaciones. Pero ¿«vería» a su amigo? ¡Si a la luna le daba por esconderse detrás de una nube, no podría ver a nadie!

Por último, el tembloroso Ern decidió que lo mejor era aguardar a que acudiese Fatty, momento que aprovecharía para ulular con toda su alma.

Efectivamente, el muchacho avistó a Fatty sin esfuerzo en el momento en que éste entraba furtivamente en el jardín. ¡No cabía duda de que su atalaya era excelente! Ern ululó… y Fatty le respondió. Entonces, el pobre Ern volvióse a mirar a Goon y al otro policía, apostados en una esquina de la casa. Por cierto, ¿a dónde había ido el señor Goon? ¡Ah, sí! ¡A ocultarse detrás de la glorieta! Ern ululó con gran apremio, pero, casi sin transición, advirtió que, inesperadamente, pasaba volando una sorprendida lechuza, ululando, a su vez. Ern amenazóla con el puño. ¡Aquel pajarraco echaría por tierra todos sus planes, pues, al presente, Fatty no podría distinguir una ululación de la otra!

A poco, Ern presenció el encuentro de Fatty con Goon y el otro policía, sin acertar a oír más que un murmullo de voces. En su intento por ver lo que sucedía, casi se le salieron los ojos de las órbitas. ¡Oh, Fatty, Fatty! ¿Por qué no huía? Sin darse cuenta, Ern repetía en voz alta estas palabras una y otra vez.

De pronto, la luna ocultóse tras una nube… y cuando volvió a aparecer… ¡albricias!… Ern vio correr una sombra por el sendero de la orilla, en tanto los dos policías buscaban al desaparecido Fatty por doquier.

Con un profundo suspiro de alivio, Ern recostóse en el interior de la casita, vencido por la fatiga y la gran agitación.

Pero la noche no había terminado aún. ¡Le esperaban nuevas emociones!