VEINTIUNO

VEINTIUNO

A pesar de lo dicho por Hamnir respecto a que las bandejas estarían colmadas, el banquete fue bastante pobre. Los enanos no podían, o no querían, fiarse de ningún alimento que hubieran tocado los orcos, ni usar las grandes cocinas hasta que se las hubiera fregado minuciosamente, así que tuvieron que arreglárselas con las provisiones que el ejército de Gorril había llevado desde el castillo Rodenheim. Por suerte, Hamnir y Gorril habían previsto esa situación y habían hecho cargar las carretas al máximo; no obstante, apenas bastaba.

En cambio, había abundancia de cerveza. Los enanos habían quedado asombrados al encontrar dos almacenes llenos de toneles intactos, una prueba más, si era necesaria, de que los orcos que habían tomado la fortaleza eran verdaderamente insólitos.

Se bebió en brindis sucesivos: por Hamnir, por Thorgig, por los supervivientes, por Gotrek; incluso Félix fue objeto de una cortés aclamación. Entre sus rugientes primos que bebían en abundancia, los supervivientes del clan Diamantista —los pocos que estaban lo bastante fuertes como para asistir— permanecían sentados en silencio, tomaban pequeños sorbos de cerveza, masticaban la comida y respondían con leves sonrisas a cada brindis. Tenían los ojos vidriosos y parecían incómodos en medio del alboroto.

Hamnir estaba sentado entre el noble Kirhaz y su viejo amigo, el ingeniero Birri Birrisson, ante la mesa del rey situada en un extremo del salón, y hacía todo lo posible por sonsacarles lo que había sucedido desde que los orcos habían invadido la fortaleza. Con independencia del aspecto que Birrisson tuviera antes, entonces parecía un esqueleto con gafas, con la lacia barba gris colgada de unas hundidas mejillas apergaminadas.

—Pero, Birri —dijo mientras el ingeniero se metía mecánicamente carne de cerdo en la boca con una mano temblorosa—, Gotrek informó de que el pasadizo del hangar de girocópteros estaba lleno de trampas nuevas construidas por enanos. Esas trampas mataron a Matrak, tu viejo colega, y a otros dos. ¿Estás seguro de que ningún enano colaboró en la construcción de esas trampas? ¿Tal vez uno de tus aprendices fue apresado y torturado? ¿Desapareció alguien?

Birri negó con la calva cabeza sin alzar la mirada.

—No se perdió ningún aprendiz. Al menos, no ninguno que no muriera. No, de nuestra fortaleza. —Frunció el ceño, y el tenedor se detuvo en el aire—. Yo soñé que colocaba trampas nuevas en ese pasadizo, pero… —Calló, con los ojos perdidos en el vacío.

—¿Un sueño? —preguntó Hamnir con los ojos muy abiertos—. ¿Qué clase de sueño?

Birri frunció otra vez el ceño durante un largo momento, y luego se encogió de hombros.

—Un sueño. Sólo fue un sueño.

Hamnir no pudo convencerlo de que dijera nada más al respecto.

El príncipe suspiró y sacudió la cabeza mientras volvía a llenar su jarra. Se inclinó hacia Gotrek.

—Aún están muy cansados a causa de las privaciones —le susurró al oído—. Esperaré hasta que se hayan recuperado.

—No están sólo cansados —gruñó Gotrek, que clavó su único ojo en Birri, que contemplaba plácidamente el vacío y había olvidado la comida—. Les pasa algo raro. Los enanos estamos hechos de un material más resistente.

—Incluso un enano puede debilitarse después de pasar hambre durante veinte días —observó Hamnir.

Gotrek gruñó con suspicacia, pero no dijo nada, y se limitó a vaciar otra jarra de cerveza.

Poco después los supervivientes del clan Diamantista comenzaron a dar cabezadas, soñolientos y confusos a causa de las cantidades de comida y cerveza a las que ya no estaban habituados. Fueron excusándose de uno en uno y de dos en dos, y regresaron a su fortaleza mientras los rescatadores brindaban por ellos cada vez. Cuando se marchó el último, los enanos restantes recobraron el ánimo y comenzaron a emborracharse de modo escandaloso.

«Es extraño —pensó Félix mientras observaba cómo Gotrek y Hamnir hacían chocar sus jarras— que los invitados de honor del banquete hayan sido un lastre para la celebración». La apática desdicha de los supervivientes había hecho que el ejército victorioso se sintiera incómodo y conservara las buenas maneras. Habían mantenido la voz baja y, cortésmente, habían establecido conversaciones con los supervivientes, pero entonces se habían marchado, la inhibición se había ido con ellos. Canciones de marcha de enanos estremecían el salón de banquetes, y en cada mesa se libraban acalorados pulsos y competiciones de fanfarronería.

Félix sabía adonde llevaría todo aquello. Lo había visto antes. Era una tradición de los enanos beber hasta caer en el sopor después de una gran victoria, y parecía que ésa no sería una excepción. Ya había enanos desplomados en las sillas que roncaban con las jarras aún aferradas en el puño. Los que habían hecho el viaje con Hamnir estaban cayendo con mayor rapidez que el resto, ya que toda la marcha, excavación y lucha de los días pasados se hacían notar cuando, por fin, tenían la oportunidad de relajarse.

Gotrek farfullaba y se apoyaba pesadamente en un codo mientras hablaba con Hamnir ante la mesa de la tarima. Narin y Galin, sentados con sus respectivos clanes a las largas mesas, estaban ambos profundamente dormidos, con la cabeza echada hacia atrás, y roncaban sonoramente. También Félix se caía de sueño, y los párpados le pesaron cada vez más y más, hasta que también él se desplomó en la silla, inconsciente.

* * *

La cabeza de Félix se alzó bruscamente de la mesa. Parpadeó al mirar a su alrededor con ojos soñolientos, tan aturdido por el sueño y la cerveza que, por un momento, no tuvo ni idea de dónde estaba. «En el salón de banquetes», recordó. Estaba oscuro, el fuego del enorme hogar se había extinguido hasta ser ascuas rojas, y las llamas de lámparas y velas vacilaban a punto de apagarse. Pero ¿qué lo había despertado? No veía movimiento alguno en el salón. Los enanos que lo rodeaban roncaban suavemente, con la cabeza sobre la mesa y la barba metida en charcos de cerveza, salsa de carne y sopa.

De repente, una extraña sensación de pavor le inundó el corazón y, por un instante, temió estar sufriendo una repetición de la pesadilla que había tenido en las minas; tal vez, se pondría a apuñalar, de un momento a otro, a Gotrek, Hamnir y el resto de los enanos dormidos. Pero no, no sentía ningún impulso homicida, sólo miedo.

Entonces, volvió a oírlo; era un alarido que resonó desde la cocina. Era eso lo que lo había despertado. Alguien había gritado. En torno a él, los enanos bufaron y mascullaron al verse perturbado su sueño. Jaeger miró hacia las puertas de la cocina. El corredor que comunicaba con ella estaba brillantemente iluminado por luz de lámpara. Allí no había nada, y sin embargo, sí que lo había: una sombra vacilante. Una enana regordeta entró por la puerta, lamentándose y dando traspiés, y cayó entre dos de las largas mesas. Tenía la espalda abierta como un melón. Félix le veía la columna vertebral.

Le dio a Gotrek un fuerte codazo.

—¡Gotrek!

El Matador no se movió.

Por todo el salón, los enanos se estaban despertando; mascullaban y maldecían en la oscuridad.

—¿Qué ha sido eso?

—¿Quién está gritando?

—¡Ay, mi cabeza!

—¡Parad ese maldito ruido!

Hamnir levantó la cabeza, murmuró con impaciencia, y luego la dejó caer otra vez; su frente chocó contra la mesa con un golpe sordo.

Había más sombras que se movían al otro lado de la puerta de la cocina; enormes formas negras corrían acompañadas por ásperos sonidos de rascado.

Un enano que estaba cerca de la puerta se levantó desmañadamente de la silla y retrocedió con paso inestable, al mismo tiempo que señalaba con un dedo.

—¡Losh orcosh! —farfulló—. ¡Losh orcosh!

—¿Qué pasha, mushasho? —murmuró otro que estaba más lejos de la puerta—. No sheash tonto. Losh orcosh están muertosh.

Félix vio a Narin que, entre sus primos, parpadeaba y se frotaba la cara. Al otro lado del salón, Galin continuaba profundamente dormido.

—¿Orcos? —masculló Hamnir, que volvió a erguirse en la silla, balanceándose. Sus ojos parpadearon y se abrieron—. ¿Dónde…? —Se le hinchó el pecho y se lanzó hacia un lado para vomitar por encima del reposabrazos de la silla.

—¡Gotrek! —gritó Félix mientras sacudía al Matador.

Las sombras entraron en el salón de banquetes, seguidas por los seres que las proyectaban. Los enanos se quedaron mirando fijamente —la mayoría estaban medio dormidos y completamente borrachos—, mientras una docena de orcos entraba por la puerta de la cocina, arrastrando las descomunales cuchillas y las hachas. Al primer orco le faltaba un brazo. El siguiente tenía tres saetas de ballesta clavadas en el pecho. Otro se arrastraba por el suelo con las manos, porque ya no tenía piernas. Las cabezas de los orcos se inclinaban en ángulos antinaturales, y sus ojos estaban fijos a media distancia, vacuos e inexpresivos. Sus movimientos eran lentos y rígidos. Una puerta lateral se abrió bruscamente y entraron más, tan desmañados como los del primer grupo.

Un enano se levantó con paso vacilante de la mesa más cercana a la puerta y se detuvo en el camino de la procesión de orcos.

—Grimnir —dijo señalándolos—. Son…

El orco que iba en cabeza balanceó el hacha descuidadamente, como si tuviera intención de arrojarla, y el enano borracho cayó con la parte superior de la cabeza abierta, como un huevo duro. Por todo el salón, los enanos comenzaron a rugir y manotear torpemente en busca de las armas, con movimientos que el sopor ebrio hacía tan desmañados como los de los orcos. Más orcos entraron por la arcada del salón de banquetes, una lenta marea de monstruos de movimientos espasmódicos que se extendía cada vez más. Las puertas estaban atestadas de ellos.

Hamnir se irguió al mismo tiempo que se limpiaba la boca y miraba a su alrededor.

—¿Qué…, qué es esto? ¿Todavía estoy soñando?

—No es ningún sueño, príncipe —dijo Félix—. ¡Gotrek! ¡Despierta!

La cabeza de Gotrek se alzó bruscamente, con la barba sucia de migajas.

—¿Qué? —farfulló—. ¿Quién es?

—Pero los orcos están muertos —murmuró Gorril mientras contemplaba la escena, parpadeando, desde la izquierda de Hamnir—. ¿Cómo pueden…?

—¿Orcos? —Gotrek echó un vistazo con el ceño fruncido y eructó—. ¿Dónde? ¿Dónde están?

Hamnir se levantó de un salto, y la silla se estrelló contra el suelo cuando, con un brinco algo inestable, se subió a la mesa.

—¡En formación, hermanos! ¡En formación! ¡Capitanes, reunid a vuestros soldados! ¡De prisa! —Su voz se perdió en el coro de confusos gritos que resonó en el salón.

Gotrek se levantó de manera brusca y estuvo a punto de caerse.

—¿Qué orcos? Encended una antorcha. No veo.

Un barbalarga cargó contra uno de los orcos y le clavó el hacha en la caja torácica. El orco se balanceó bajo la fuerza del golpe, pero no manifestó dolor alguno. Alzó la maza y aplastó el cráneo del viejo enano. Aún tenía el hacha clavada en las costillas.

Los enanos bramaron ante ese horror, y por todo el salón, cargaron contra los orcos para asestarles tajos con ebrio frenesí. Las extremidades de los monstruos salían girando por el aire, sus huesos se partían, pero los orcos continuaban adelante. Con manos cercenadas e intestinos arrastrando detrás de ellos, con el torso hendido por hachas y destrozado por martillos, continuaban adelante. Asestaban golpes espasmódicos con las armas. Cortarles las piernas sólo los hacía más lentos. Entonces, se ponían a manotear para coger y morder las piernas y los pies de los enanos.

Los enanos caían con el cráneo o el pecho hendidos, con los brazos cortados y el vientre abierto. Por todo el salón, luchaban de uno en uno o de dos en dos contra los orcos, que los empujaban hacia el centro desde todos lados. Algunos murieron antes de despertar. Félix vio que Narin le cortaba a un orco el antebrazo a la altura del codo, y luego se agachaba cuando el orco lo acometía con el muñón. Al otro lado del salón, Galin retrocedía ante un orco que tenía cuatro heridas de bala en el pecho y el cuello.

—¡Formad! ¡Formad! —gritó Hamnir—. ¡Formad, o estamos perdidos!

—¡Encended las luces! —rugió Gotrek—. ¡No encuentro el hacha!

Félix miró al Matador.

—Gotrek, tienes el parche sobre el ojo equivocado.

Gotrek gruñó y se manoteó la cara.

—Bueno, ¿quién me ha hecho esta broma estúpida? —Se deslizó el parche sobre la cuenca vacía y parpadeó al contemplar el caos que reinaba en el salón—. ¡Por los huevos de Grimnir! —jadeó—. ¿Qué infierno es éste?

—Los orcos —replicó Félix con voz apagada—. Han regresado de entre los muertos.

—Es una locura —dijo Gorril—. No hay nada que los detenga. ¡Son imposibles de matar!

—Eso ya lo veremos —replicó Gotrek, y sacó el hacha de debajo de la mesa.

Hamnir recogió el maltrecho cuerno de guerra de Karak-Hirn y tocó a reunión. Ya no tenía el sonido puro de antes. Parecía el rebuzno de un burro, pero era potente. Los enanos se volvieron a mirarlo.

—¡Formad! —gritó—. ¡Capitanes, reunid vuestras compañías! ¡Nobles, llamad a vuestros enanos! ¡Formad en cuadro!

El toque del cuerno y las órdenes tuvieron un efecto casi mágico en los enanos. Mientras Hamnir, Gotrek, Félix y Gorril saltaban de la mesa de la tarima y corrían por el salón de banquetes hacia donde los orcos eran más numerosos, los clanes y compañías se reunieron en torno a sus caudillos y se situaron en filas, de espaldas al centro del salón, en imperfecta formación de cuadro. Las compañías derribaban mesas para formar barricadas, y acataban y defendían como un solo enano. Hamnir, Gotrek y los otros se unieron a los hermanos de clan de Gorril en la zona donde la lucha era más violenta. Félix se encontró junto a Galin, que aún tenía la cara roja de borrachera, y maldecía como todo un barco de marineros. Narin se reunió con ellos poco después. Tenía un corte sobre un ojo y una herida de bordes irregulares en los nudillos. Los enanos les asestaban tajos vacilantes pero incesantes a los orcos de ojos muertos.

No bastaba.

Aunque habían formado con una organización tan practicada que ya casi era instintiva, los enanos aún estaban demasiado borrachos y cansados para resistir contra un enemigo que no sentía dolor, y al que la más grave de las heridas sólo lo volvía más lento. La orden de Hamnir había retrasado la masacre, pero no la había impedido. Ni uno solo de los orcos había caído, y los enanos morían en masa.

Gotrek cortó las piernas de un orco por las rodillas, pero la criatura continuó adelante con los muñones. El Matador maldijo y dio un salto atrás, al mismo tiempo que le lanzaba un tajo a los brazos.

—Tenemos que retroceder —dijo Hamnir mientras le asestaba golpes ineficaces a un orco sin ojos. La voz del príncipe estaba tensa de pánico—. ¡No podemos resistir aquí!

—¿Retroceder adonde? —preguntó Gorril—. Dejamos orcos muertos por toda la fortaleza. ¡Si todos son como éstos, no tenemos adonde huir!

—Podríamos abandonar la fortaleza —sugirió Galin.

—¡No! —contestó Hamnir—. Eso no puede ser; no, después de todo lo que hemos pasado para recuperarla.

—Entonces, ¿qué? —preguntó Narin.

—¡La fortaleza del clan Diamantista! —gritó Hamnir, al fin—. La puerta aún está entera. Nos retiraremos allí hasta que podamos recuperarnos y decidir qué hacer.

—Sí —asintió Gorril—. Buena idea.

Hamnir retrocedió de la primera línea y volvió a tocar el cuerno de guerra.

—¡Retirada! ¡Retirada! —gritó—. Haced correr la voz. ¡Retirada a la fortaleza del clan Diamantista! ¡A través de la cocina hasta la escalera, y arriba!

Las compañías de enanos comenzaron a retirarse de manera ordenada, y se abrieron paso por entre los orcos en dirección a la mesa de la tarima y las puertas de las cocinas.

El orco sin piernas aferró a Gotrek por los tobillos cuando intentaba seguir a Hamnir. El Matador tropezó y estuvo a punto de caer. Le dio una patada en la cara.

—¡Maldita cosa! ¡Muérete!

El orco no se inmutó siquiera por la patada de Gotrek, y le lanzó una dentellada a las rodillas con la colmilluda boca. Gotrek maldijo y lo decapitó. El monstruo se desplomó en el suelo, con las extremidades inmóviles, al fin.

—Se ha quedado quieto —dijo Gotrek, que miró al orco con desorbitados ojos de borracho.

—¡Cuidado!

Félix arrastró a Gotrek hacia atrás, y el hacha de un orco erró el cuello del Matador por poco. Gotrek se zafó de la mano de Félix y decapitó también a ese orco, que a su vez se desplomó como un saco vacío.

Hamnir rió, aún borracho.

—¡Lo has logrado, Gurnisson! Has encontrado la manera.

—¡Ja! —replicó Gotrek, vagamente—. Lo sabía desde el principio.

—¡La cabeza! —gritó Hamnir a lo largo de la línea de combate—. ¡Si cortáis la cabeza, el cuerpo muere! ¡Haced correr la voz!

—Príncipe —dijo Gorril con ansiedad—. ¡Anula la orden de retirada! ¡Podemos acabar con ellos!

—No —replicó Hamnir—. Estamos demasiado cansados…, demasiado borrachos. Moriríamos en el intento. Primero, tenemos que recuperarnos.

El recorrido hasta la fortaleza intacta fue una pesadilla. Aunque sabían cómo detenerlos, los orcos eran difíciles de matar, y en cada cruce de corredores y salón abierto, más orcos emergían de la oscuridad en una marea verde grisácea y atacaban a los enanos por los flancos. Al fin, con los orcos rodeándolos por todas partes, los enanos llegaron a las grandes puertas de la fortaleza del clan Diamantista.

Una vez más, Hamnir tocó el código de los mineros en la puerta con el hacha y, una vez más, esperaron mientras los enanos contenían lo mejor posible a la masa de orcos.

—Malditos sean —dijo Gorril cuando habían pasado cinco minutos y habían muerto muchos valientes enanos—. ¿Dónde están?

—Sin duda, duermen profundamente —dijo Hamnir—; con la barriga llena y al fin sin miedo. —Volvió a golpear la puerta.

Pasado un rato, oyeron un toque de respuesta, y las puertas se abrieron lentamente. Hamnir hizo retroceder a las compañías de una en una, las cuales se retiraron ordenadamente hacia el interior de la fortaleza, hasta que quedaron sólo él, Félix, Gotrek y Gorril con sus hermanos de clan luchando contra una muralla de orcos imparables y de mirada fija.

—¡Ahora! ¡Atrás al mismo tiempo! —gritó Hamnir, y luego—: ¡Las puertas! ¡Cerrad las puertas!

Los enanos retrocedieron con rapidez —las filas estaban aún perfectamente formadas— mientras las puertas se cerraban. Los orcos avanzaron con la intención de seguirlos, pero las puertas se cerraron inexorablemente y redujeron a pasta a un puñado de orcos que se encontraban en medio. Gotrek, Félix y los muchachos de Gorril decapitaron a unos pocos que lograron entrar, el mecanismo de cierre encajó en su sitio y todo quedó en silencio.

Hamnir se recostó contra la pared para recobrar el aliento, y luego se irguió con cansancio y se volvió hacia los enanos que formaban en el corredor débilmente iluminado, todos los que quedaban del ejército que, unas tres semanas antes, se había reunido para ayudarlo a recuperar Karak-Hirn. Las batallas contra los orcos vivos y los resucitados habían reducido el número de efectivos a menos de la mitad.

—Habéis luchado bien, primos —dijo Hamnir entre jadeos—. Ahora, vamos a abusar de la hospitalidad de nuestros hermanos recientemente rescatados. Debemos descansar antes de volver a la lucha.

Los enanos se apartaron y giraron sobre sí mismos para dejar que Hamnir, Gorril, Félix y Gotrek encabezaran la marcha por el corredor hacia el salón central de la fortaleza. Galin y Narin los acompañaron, ya que se habían habituado a ir con Hamnir.

Félix se sobresaltó cuando entraron en la enorme estancia. El noble Kirhaz, Ferga y los demás supervivientes estaban formados como un ejército en el centro del salón, y los observaban con mirada fija. Estaban todos armados, incluso las mujeres, aunque sólo fuera con tenazas para el fuego y rodillos de amasar.

Hamnir cuadró los hombros y los saludó, emocionado por el espectáculo.

—Es un acto muy valiente, primos —dijo—, acudir en nuestra ayuda cuando vosotros mismos os halláis en semejante apuro, pero no hay necesidad. Por el momento, estamos a salvo, y cuando hayamos dormido y nos hayamos recuperado, nos encargaremos de la amenaza que hay dentro de la fortaleza.

Los supervivientes no dijeron nada, ni tampoco se movieron, sino que se quedaron donde estaban, con la mirada fija, sin parpadear.

—¿Kirhaz? —dijo Hamnir con incertidumbre—. ¿Birri? ¿Estáis bien? ¿Tenéis habitaciones para que podamos descansar?

Kirhaz alzó la ballesta, que tembló en sus manos arrugadas. Disparó con poca puntería, y la saeta golpeó una espinilla de Hamnir.

—Vosotros amenazáis al Durmiente —dijo Birri—. Debéis morir.