SIN embargo, opté por tomar la autopista. El hombre del peaje rechazó mi tarjeta de crédito. Le pregunté de qué honrada profesión estaba haciendo novillos. Él contestó que pagara y me largase, y cogió mi último dinero en metálico. Aceleré, la potencia del motor me apretó suavemente contra el asiento. Kaminski se quitó las gafas y escupió de nuevo. Poco después se quedó dormido.
Su pecho subía y bajaba con regularidad, tenía la boca abierta, los cañones de su barba se percibían con nitidez; ambos llevábamos dos días sin afeitarnos. Empezó a roncar. Encendí la radio, un pianista de jazz interpretaba escalas cada vez más rápidas, los ronquidos de Kaminski aumentaron, subí el volumen. Era una suerte que durmiera ahora, esa tarde no iría a un hotel, regresaríamos inmediatamente. Le devolvería el coche a Elke y, si insistía mucho, cogería mis maletas y llevaría a Kaminski en tren a su casa. Tenía todo cuanto necesitaba. Sólo faltaba la escena central, el gran reencuentro con Therese en presencia de su amigo y biógrafo.
Apagué la radio. Las líneas discontinuas de la carretera salían raudas a nuestro encuentro, adelanté a dos camiones por la derecha. Todo eso, me decía, era su historia. Su vida, que ahora tocaba a su fin, y yo no formaba parte de ella. Sus ronquidos se interrumpieron un instante, como si hubiera leído mis pensamientos. Su vida. ¿Y la mía? Su historia. ¿Tenía yo una historia? Un Mercedes circulaba tan despacio que tuve que desviarme al arcén; toqué la bocina, me dirigí a la izquierda y le obligué a frenar.
—Pero a algún lugar tendré que ir.
¿Había pronunciado esa frase en voz alta? Negué con la cabeza. Pero sí, era cierto, a algún lugar tenía que ir, y algo tenía que hacer. Ese era el problema. Aplasté el cigarrillo. El eterno problema. El paisaje había cambiado: hacía mucho que ya no se veían colinas, hasta los pueblos y caminos habían desaparecido; me sentía como si retrocediésemos en el tiempo. Abandonamos la autopista, durante un rato atravesamos un bosque: troncos de árbol y las sombras entretejidas de las ramas. A continuación, comenzaron a sucederse los prados con ovejas.
¿Cuánto tiempo llevaba sin ver el mar? Noté, sorprendido, que me alegraba. Pisé el acelerador, alguien tocó el claxon. Kaminski se despertó sobresaltado, murmuró algo en francés y volvió a dormirse. Un hilo de saliva le colgaba de la comisura de la boca. Aparecieron casas de ladrillo rojo, y luego el cartel indicador del pueblo. Una mujer cruzaba, muy tiesa, la carretera. Me detuve, bajé la ventanilla y pregunté por el camino. Me indicó la dirección con un movimiento de cabeza. Kaminski despertó, sufrió un ataque de tos, y, respirando con dificultad, se limpió la boca y preguntó tranquilo:
—¿Hemos llegado?
Fuimos hasta la última calle de la localidad. Los números parecían desordenados, tuve que recorrerla dos veces de cabo a rabo hasta encontrar la casa. Detuve el coche.
Descendí. Se había levantado viento, hacía frío y, si no eran figuraciones mías, se olía la cercanía del mar.
—¿He estado aquí ya? —preguntó Kaminski.
—Creo que no.
Intentó levantarse presionando su bastón contra el suelo. Lanzó un gemido. Caminé alrededor del coche y le ayudé. Nunca lo había visto así: con la boca torcida, la frente cubierta de arrugas, parecía asustado, casi aterrorizado. Me arrodillé y le até los cordones de los zapatos. Él se pasó la lengua por los labios, sacó las gafas y se las puso con sumo cuidado.
—Por aquel entonces, creí que me moriría.
Lo miré sorprendido.
—Y habría sido lo mejor. Todo lo demás era falso. Continuar, comportarte como si todavía quedara algo. Como si no estuvieras muerto. Era tal como ella lo había descrito. Ella siempre fue más lista.
Abrí mi bolsa y hurgué dentro en busca del dictáfono.
—Esa carta apareció ahí una mañana. Así de simple.
Mi pulgar rozó la tecla de grabación y la presionó hacia abajo.
—Y la casa estaba vacía. Usted nunca ha conocido algo parecido.
¿Grabaría el aparato dentro de la bolsa?
—¿Por qué cree que nunca he conocido algo parecido?
—Uno piensa que tiene una vida por delante. Y de repente todo se desvanece. El arte no significa nada. Todo es una ilusión. Y lo sabes, pero tienes que continuar.
—Entremos —dije.
Era una casa como las demás: dos pisos, un tejado puntiagudo, contraventanas, un jardincito delantero. No se veía el sol, por el cielo cruzaban nubes translúcidas. Observé preocupado a Kaminski, que respiraba pesadamente. Llamé al timbre.
Esperamos. Las mandíbulas de Kaminski se movían, su mano acariciaba la empuñadura de su bastón. ¿Y si no había nadie en la casa? Con eso no contaba. Llamé otra vez.
Y otra.
Un señor mayor y algo corpulento abrió la puerta. Tenía espesos cabellos blancos y nariz bulbosa, y llevaba una chaqueta de punto dada de sí. Miré a Kaminski, pero no pronunció una sola palabra. Inclinado hacia delante, apoyado en el bastón, con la cabeza baja, parecía estar escuchando algo.
—A lo mejor nos hemos equivocado de dirección —apunté—. Buscamos a la señora Lessing.
El caballero gordo no contestó. Frunció el ceño y me miró primero a mí, luego a Kaminski, y de nuevo a mí, como si esperase una explicación.
—¿No vive aquí? —pregunté.
—Sabe que venimos —explicó Kaminski.
—Eso no es del todo cierto —dije.
Kaminski se volvió despacio hacia mí.
—Hablamos, sí —informé—, pero no estoy seguro de haberlo dejado claro. Quiero decir que… en lo fundamental estábamos de acuerdo, pero…
—Lléveme al coche.
—¡No lo dirá en serio!
—Lléveme al coche.
Nunca había hablado en ese tono. Abrí la boca y volví a cerrarla.
—¡Pero entren ustedes! —dijo el señor mayor—. ¿Son amigos de Theschen?
—Podría decirse así —respondí—. ¿Theschen?
—Yo soy Holm. Theschen y yo somos… bueno, digamos que aliados. Nos hemos unido para pasar el ocaso de la vida juntos —se echó a reír—. Theschen está dentro.
Kaminski, cogido a mi brazo, parecía negarse a dar un paso. Tiré suavemente de él en dirección a la puerta. Su bastón golpeaba el suelo a cada paso con un tintineo.
—Adelante —decía Holm—. ¡Dejen aquí sus cosas!
Vacilé, pero no teníamos nada que dejar. Un vestíbulo estrecho con una alfombra de colores y un felpudo con la inscripción Bienvenidos. De un perchero con tres ganchos colgaba media docena de chaquetas de punto, en el suelo había zapatos colocados en fila. Un óleo mostraba una salida de sol con un conejo travieso saltando por encima de un seto de flores. Saqué el dictáfono y lo deslicé en el bolsillo de mi americana sin que me vieran.
—¡Síganme! —dijo Holm y nos precedió entrando en el salón—. ¡Theschen, adivina! —giró la cabeza hacia nosotros—. Perdón, ¿cómo han dicho que se llamaban?
Esperé, pero Kaminski callaba.
—Él es Manuel Kaminski.
—Te conoce de antes —explicó Holm—. ¿Te acuerdas?
Un cuarto luminoso con grandes ventanas. Cortinas con estampado de flores, papeles pintados a rayas, una mesa de comedor redonda, un aparador tras cuyo cristal se apilaban platos de porcelana, un televisor delante del sofá, sillón y mesita baja, en la pared un teléfono, al lado la fotografía de un matrimonio entrado en años y una reproducción de El nacimiento de Venus de Botticelli. En el sillón, se sentaba una anciana. Tenía la cara redonda, cubierta de arrugas y arruguitas, sus cabellos formaban una bola blanca. Llevaba una chaqueta de lana rosa con una flor bordada en la pechera, falda de cuadros y zapatillas de felpa. Apagó el televisor y nos miró con expresión inquisitiva.
—Theschen no oye muy bien —explicó Holm—. ¡Amigos! ¡De antes! ¡Kaminski! ¿Te acuerdas?
Ella, todavía sonriendo, levantó los ojos al techo.
—Por supuesto —al asentir, su peinado se balanceó—. De la empresa de Bruno.
—¡Kaminski! —gritó Holm.
Kaminski me agarraba el brazo con tanta fuerza que me hacía daño.
—Dios mío —musitó ella—. ¿Tú?
—Sí —contestó él.
Durante unos segundos, reinó el silencio. Las manos de la anciana, diminutas y como de madera, acariciaban el mando a distancia.
—Y yo soy Sebastian Zöllner. Llamamos por teléfono. Le dije a usted que tarde o temprano…
—¿Os apetece un poco de bizcocho?
—¿Qué?
—Antes hay que preparar café. Pero, ¡sentaos!
—Muy amable —contesté.
Intenté guiar a Kaminski hasta uno de los sillones, pero no se movió.
—He oído que has llegado a ser famoso.
—Tú lo vaticinaste.
—¿Que yo…? Dios mío, sentaos. Hace tanto tiempo.
Señaló, sin estirar un dedo, los asientos libres. Lo intenté de nuevo. Kaminski permaneció inmóvil.
—¿Y cuándo se conocieron ustedes? —preguntó Holm—. Debió de ser hace mucho tiempo, Theschen jamás había contado una palabra. Ella ha vivido mucho —la anciana soltó una risa contenida—. ¡Sí, es lícito decirlo, no es necesario que te pongas colorada! Dos matrimonios, cuatro hijos, siete nietos. ¿Eso es algo, no?
—Sí —respondí—, desde luego.
—Me pone nerviosa veros de pie —dijo la anciana—. Es incómodo. No tienes buen aspecto, Miguel, siéntate.
—¡Manuel!
—Bien, bien. Siéntate.
Lo empujé hacia el sofá con todas mis fuerzas, trastabilló hacia delante, se agarró al respaldo y se sentó. Me acomodé a su lado.
—Primero unas cuantas preguntas —dije—. Desearía que me contara usted…
Sonó el teléfono. Ella levantó el auricular, gritó «¡No!» y colgó.
—Son los niños de la vecindad —explicó Holm—. Llaman disimulando la voz y creen que no nos damos cuenta. ¡Pero se han colado!
—¡Se han colado! —ella soltó una risa aguda.
Holm salió. Esperé: ¿Cuál de ellos hablaría primero? Kaminski permanecía sentado, inclinado hacia delante, mientras Therese toqueteaba la solapa de su chaqueta sin perder la sonrisa; una vez asintió en silencio como si le hubiera pasado por la cabeza algún pensamiento interesante. Holm regresó con una bandeja: platos, tenedores, un bizcocho plano de color parduzco. Lo cortó y me dio un trozo. Estaba seco como el polvo, era difícil de masticar y casi imposible de tragar.
—Bueno —dije con una tosecita—, ¿qué hizo usted después de marcharse?
—¿De marcharse? —preguntó ella.
—De marcharse —aseveró él.
La anciana sonrió absorta.
—Usted desapareció de repente.
—Eso es muy típico de Theschen —comentó Holm.
—Cogí el tren —contestó ella despacio—, y me dirigí al norte. Trabajé de secretaria. Me sentía muy sola. Mi jefe se llamaba Sombach, dictaba siempre muy deprisa y yo tenía que corregir sus faltas de ortografía. Entonces conocí a Uwe. Nos casamos a los dos meses —contempló sus manos nudosas, en cuyo dorso sobresalía una red de venas azules. Por un momento su sonrisa se desvaneció y su mirada se tornó más dura—. ¿Recuerdas todavía a ese compositor atroz?
Observé a Kaminski, pero éste no parecía saber a quién se refería ella. Los rasgos de la mujer se alisaron y recuperó la sonrisa.
—Te has olvidado del café.
—¡Recórcholis! —exclamó Holm.
—No se moleste —le dije.
—Quien nada desea, ya está servido —sentenció él sin levantarse.
—Tuvimos dos hijos, María y Heinrich. Pero ya los conoces.
—¿Cómo voy a conocerlos? —preguntó Kaminski.
—Uwe tuvo un accidente de coche. Alguien le embistió de frente, un borracho, murió en el acto. No sufrió.
—Eso es importante —dijo Kaminski en voz baja.
—Es lo más importante de todo. Cuando me enteré, pensé que yo moriría también.
—Por mucho que diga, tiene muchísimo aguante —reconoció Holm.
—Dos años después, me casé con Bruno. De él son Eva y Lore. Lore vive ahí enfrente, en la calle paralela a ésta. Tenéis que ir todo derecho, coger la tercera calle a la izquierda, luego torcer de nuevo a la izquierda, y habréis llegado.
—¿Adónde? —pregunté.
—A casa de Lore —durante unos segundos, se hizo el silencio y nos miramos desconcertados—. ¿No queríais ir allí? —sonó el teléfono, descolgó, gritó—: ¡No! —y colgó.
Kaminski cruzó las manos, su bastón cayó al suelo.
—¿A qué se dedica usted? —quiso saber Holm.
—Es artista —respondió ella.
—¡Ah! —Holm enarcó las cejas.
—Es famoso. No deberías leer solamente la sección de deportes del periódico. Era muy bueno.
—De eso hace una eternidad —dijo Kaminski.
—Esos espejos —repuso ella—. Tan inquietantes. La primera vez que hiciste algo que no…
—Lo que me irrita —intervino Holm—, son esos cuadros en los que no se distingue nada. Pero usted no pintará esas cosas, ¿eh?
Antes de que pudiera oponerme, me sirvió otro trozo de bizcocho en el plato; por poco se cae al suelo, las migas llovieron sobre mi regazo. Él, por su parte, refirió Holm, se había dedicado a elaborar productos de herboristería, una pequeña fábrica: gel de ducha, tés, crema contra las agujetas. Hoy apenas había algo comparable, había que aceptarlo, la decadencia está en la naturaleza de las cosas.
—¡En la naturaleza de las cosas! —exclamó—. ¿Seguro que no quieren café?
—Nunca he dejado de pensar en ti —afirmó Kaminski.
—Ha pasado tanto tiempo —repuso ella.
—Me he preguntado… —de repente enmudeció.
—¿Decías?
—Nada. Tienes razón. Hace ya mucho tiempo.
—¿Pero qué? —preguntó Holm—. ¡Ahora tiene que decirlo!
—¿Te acuerdas de tu carta?
—¿Qué les sucede en realidad a tus ojos? —preguntó la anciana—. Eres un artista. ¿Te hace eso las cosas difíciles?
—¡Que si te acuerdas de tu carta!
Me agaché, recogí el bastón y se lo puse en la mano.
—Cómo voy a acordarme, con lo joven que era…
—¿Y?
En el rostro femenino se dibujó una expresión meditabunda.
—Yo lo ignoraba.
—Algo sabías.
—Eso mismo pienso yo —terció Holm—. Siempre que le pregunto a Theschen…
—¡Cierre la boca! —vociferé.
Él inspiró y se me quedó mirando de hito en hito.
—No, Manuel. De veras, ya no me acuerdo.
Las comisuras de su boca se elevaron, su frente se alisó, giraba el mando a distancia entre sus manos sin doblar los dedos.
—Ustedes no saben lo mejor de la historia —dijo Holm—. Era el setenta y cinco cumpleaños de Theschen y todos estaban presentes: hijos, nietos, todos juntos al fin. No faltaba nadie. Y cuando cantaron For she’s a jolly good fellow, justo en ese momento, delante de la enorme tarta…
—Setenta y cinco velas —dijo ella.
—Tantas, no, no había sitio. ¿Saben ustedes lo que dijo?
—¡Eran setenta y cinco!
—Tenemos que marcharnos —dijo Kaminski.
—¿Saben ustedes lo que dijo? —el timbre de la puerta repiqueteó—. ¿Quién será? —Holm se levantó y se encaminó al vestíbulo. Luego se le oyó hablar deprisa y animadamente con alguien.
—¿Por qué no viniste nunca? —preguntó ella.
—Dominik dijo que estabas muerta.
—¿Dominik? —pregunté—. Pero si usted dijo que no lo conocía.
Kaminski frunció el ceño, Therese me miró sorprendida, ambos parecían haberse olvidado de mi presencia.
—¿Hizo eso? —preguntó la anciana—. ¿Por qué?
Kaminski no contestó.
—Yo era joven —dijo la anciana—. El comportamiento del ser humano es extraño. Yo era otra persona.
—Eras tú.
—Y tú eras distinto. Más alto y… tenías tanta fuerza. Tanta energía… Cuando estaba mucho tiempo contigo, la cabeza me daba vueltas —suspiró—. Ser joven es una enfermedad.
—La fiebre de la razón.
—La Rochefoucauld —ella rio en voz baja.
Kaminski sonrió un momento. Se inclinó hacia delante y murmuró algo en francés.
Ella sonrió.
—No, Manuel, no para mí. En el fondo, todo comenzó después.
Durante unos segundos, reinó el silencio.
—¿Y qué es lo que dijiste en tu cumpleaños? —preguntó él con voz ronca.
—¡Ojalá lo supiera!
Holm regresó.
—No ha querido entrar, dice que prefiere esperar. ¿Les apetece un café?
—Ya es tarde —dijo Kaminski.
—Muy tarde —añadí.
—¡Pero si acaban de llegar!
—Podríamos ver juntos la televisión —ofreció ella—. Enseguida pondrán El juego de los millones.
—Köhler es un buen presentador —afirmó Holm.
—He leído que se va a casar —comentó ella.
Kaminski se inclinó hacia delante y me tendió la mano. Le ayudé a levantarse. Me pareció que quería decir algo; esperé, pero guardó silencio. Se agarraba a mi brazo sin fuerza, de un modo casi imperceptible. Noté el ronroneo del dictáfono en mi chaqueta, casi lo había olvidado; seguía en marcha. Lo apagué.
—¿Suelen venir a menudo por aquí? —inquirió Holm—. Tienen que volver, ¿verdad Theschen?
—Entonces te presentaré a Lore. Y a sus hijos, Moritz y Lothar. Viven en la calle paralela a ésta.
—Muy bien —dijo Kaminski.
—¿A qué tipo de arte se dedica usted en realidad? —preguntó Holm.
Fuimos al vestíbulo. Holm abrió la puerta de entrada. Me volví, Therese nos había seguido.
—Buen viaje, Miguel —dijo cruzando los brazos—. Buen viaje.
Salimos atravesando el jardín delantero. La calle estaba vacía, salvo por una mujer que caminaba despacio de arriba abajo. Me di cuenta de que la mano de Kaminski temblaba.
—Conduzca con cuidado —dijo Holm mientras cerraba la puerta.
Kaminski se detuvo y alzó hasta su rostro la otra mano, la que sostenía el bastón.
—Lo siento —musité.
No era capaz de mirarle. Había refrescado, me abroché la americana. Kaminski se apoyaba pesadamente en mi brazo.
—Manuel —dije.
No contestó. La mujer que esperaba en la calle se volvió y vino hacia nosotros. Llevaba un abrigo negro y su cabello revoloteaba al viento. De la sorpresa, solté a Kaminski.
—¿Por qué no has entrado? —preguntó Kaminski.
No parecía sorprendido.
—Me ha dicho que terminaríais en seguida. Así que no he querido prolongar la situación —Miriam me miró—. Y ahora, ¡déme las llaves del coche!
—¿Qué?
—Yo devolveré el vehículo. He mantenido una larga conversación telefónica con su propietaria. Le comunico que si causa el menor problema interpondrá una denuncia por robo.
—¡Esto no ha sido un robo!
—Mientras tanto han encontrado el otro coche, el nuestro. En el aparcamiento de un área de servicio, con una carta de agradecimiento de lo más cortés. ¿La quiere?
—¡No!
Cogió a su padre del brazo, abrí el coche y ella le ayudó a subir al asiento trasero. Él gemía en voz baja, sus labios se movían mudos. Ella cerró la puerta de un portazo. Nervioso, saqué la cajetilla de cigarrillos. Sólo quedaba uno.
—Me voy a permitir cargar en su cuenta mi billete de avión y el viaje en taxi hasta aquí. Le prometo que será caro.
El viento alborotaba sus cabellos, tenía las uñas comidas casi hasta su nacimiento. La amenaza no hizo mella en mí. Ya no tenía nada, así que nada podía arrebatarme.
—No he hecho nada incorrecto.
—Claro que no —se apoyó en el techo del coche—. Este es un anciano incapacitado por su hija, ¿verdad? Nadie le había dicho que su amor de juventud aún vive. Y usted sólo pretendía ayudarle, claro.
Me encogí de hombros. En el coche, la cabeza de Kaminski avanzaba y retrocedía, sus labios se movían.
—Así es.
—¿Y cómo cree que conozco esta dirección?
La miré confundido.
—Lo sé desde hace mucho. Vine a visitarla hace ya diez años. Ella me entregó las cartas de él, y yo las rompí.
—¿Que hizo qué?
—Él lo quiso así. Siempre supimos que tarde o temprano llegaría alguien como usted.
Retrocedí otro paso hasta notar en la espalda la valla del jardín.
—En realidad, no le apetecía volver a verla. Pero desde la operación se volvió un sentimental. Nos lo rogó a todos nosotros, a mí, a Bogovic, a Clure, a todos sus conocidos. Ya no tiene demasiados. Nosotros quisimos ahorrárselo. Usted debió de decir algo que le recordó la idea de nuevo.
—¿Qué quería ahorrarle? ¿Encontrar a esa estúpida anciana? ¿Y a ese idiota?
—Ese idiota es un hombre inteligente. Supongo que se esforzó por salvar la situación. Usted no sabe con qué facilidad y ganas llora Manuel. Usted no sabe lo espantoso que habría podido resultarle. Y esa anciana se libró de él hace mucho tiempo. Llevaba una existencia en la que él carecía de importancia —ella frunció el ceño—. Es algo que muchos no han conseguido.
—Manuel está débil y enfermo. Ya no manipula a nadie.
—¿No? Cuando mencionó lo de la cárcel, no pude contener la risa. Entonces supe que usted estaba en sus manos, al igual que todos nosotros. ¿Acaso no le indujo a robar dos coches y a llevarlo de viaje por media Europa?
Me quité el cigarrillo de los labios.
—Por última vez, yo no he…
—¿Le habló del contrato?
—¿Qué contrato?
Cuando giró la cabeza, reparé por primera vez en el parecido con su padre.
—Creo que él se llama Behring. Hans…
—¿Bahring?
Ella asintió.
—Hans Bahring.
Me aferré la valla del jardín. Una punta de metal se me clavó en la mano.
—Una serie de artículos en una revista especializada. Sobre Richard Rieming, Matisse y el París de la época de posguerra. Recuerdos de Picasso, Cocteau y Giacometti. Manuel se pasó horas hablando con él.
Tiré el cigarrillo sin haberlo encendido. Agarré la valla con más fuerza, con toda la fuerza de que fui capaz.
—Pero eso no significa que usted haya registrado nuestra casa en vano.
Solté la valla, por mi mano corría un fino reguero de sangre.
—Quizá deberíamos habérselo dicho antes. Pero a usted le queda el resto: su infancia, el largo tiempo pasado en las montañas. Toda su obra tardía.
—No tiene obra tardía.
—Cierto —confirmó ella, como si no se le hubiera ocurrido hasta entonces—. En ese caso será un libro delgado.
Me esforzaba por respirar acompasadamente. Miré hacia el coche: las mandíbulas de Kaminski se movían, sus manos aferraban el bastón.
—¿Adónde se dirige ahora? —mi voz me parecía llegar desde muy lejos.
—Estoy buscando un hotel —respondió la mujer—. Se ha…
—…perdido la siesta.
Miriam asintió.
—Y mañana regresaremos. Devolveré el coche, luego cogeremos el tren. Porque él…
—…no viaja en avión.
Ella sonrió. Cuando le devolví la mirada, comprendí que envidiaba a Therese. Que nunca había vivido más vida que la de él, que también ella carecía de historia. Como yo.
—Sus medicinas están en la guantera.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó Miriam—. Parece usted otro.
—¿Otro?
Ella asintió.
—¿Puedo despedirme de él?
Miriam retrocedió y se apoyó en la valla del jardín. Abrí la portezuela del conductor. Seguían temblándome las rodillas, me hizo bien sentarme en el coche. Cerré la puerta para que ella no pudiera oírnos.
—Quiero ir al mar —dijo Kaminski.
—Usted ha hablado con Bahring.
—¿Se llama así?
—No me contó una palabra de ello.
—Un joven amable. Muy culto. ¿Es importante?
Asentí.
—Quiero ir al mar.
—Y yo quiero despedirme de usted.
—¿No viene con nosotros?
—Me parece que no.
—Esto le sorprenderá. Pero le aprecio a usted.
No supe qué responder. Me sorprendió de veras.
—¿Todavía conserva la llave del coche?
—¿Por qué?
Su rostro se arrugó, su nariz parecía muy delgada y dibujada con nitidez.
—Ella no me llevará al mar.
—¿Y?
—Nunca he estado en el mar.
—¡Imposible!
—De pequeño no hubo ocasión. Más tarde no me interesó. En Niza sólo deseaba ver a Matisse. Pensaba que tendría tiempo de sobra. Ahora no me llevará. Ese es el castigo.
Miré hacia Miriam. Apoyada en la valla, nos observaba con impaciencia. Saqué la llave del bolsillo con cautela.
—¿Está usted seguro? —pregunté.
—Totalmente.
—¿De veras?
Asintió. Esperé unos segundos. A continuación, apreté el botón de bloqueo y las cuatro puertas se cerraron con un clic. Introduje la llave en la cerradura y arranqué el motor. Miriam saltó hacia delante y agarró la manilla de la puerta. Mientras nos poníamos en marcha, tiró de ella. Cuando aceleré, golpeó el cristal de la ventanilla con el puño, sus labios pronunciaron una palabra que no entendí, corrió a nuestro lado unos metros, y después, ya por el retrovisor, la vi detenerse mientras dejaba caer los brazos y nos seguía con la mirada. De pronto me dio tanta pena que se me pasó por la cabeza parar.
—¡No se detenga! —ordenó Kaminski.
La calle se estiraba, las casas pasaban, ya habíamos salido del pueblo. Comenzaban los prados. Estábamos en pleno campo.
—Ella sabe adonde nos dirigimos —me advirtió—. Cogerá un taxi y nos seguirá.
—¿Por qué no me contó nada de Bahring?
—Sólo quiso hablar de París y del pobre Richard. A usted le queda todo lo demás. Con eso es suficiente.
—No, no es suficiente.
La carretera describió una amplia curva, a lo lejos divisé el arco artificial de un dique. Me acerqué al borde de la carretera y detuve el coche.
—¿Qué ocurre? —preguntó Kaminski.
—Un momento —dije mientras me apeaba.
A nuestras espaldas se perfilaban las casas del pueblo, ante nosotros se alzaba el dique. Abrí los brazos. Olía a algas, el viento era muy fuerte. Así pues, no me haría famoso. No publicaría ningún libro, ni obtendría otro empleo, ni con Eugen Manz ni en ninguna otra empresa. Ya no tenía casa, ni dinero. No sabía adonde ir. Respiré hondo. ¿Por qué me sentía tan liviano?
Monté de nuevo y reanudé la marcha. Kaminski se enderezaba las gafas.
—¿Sabe cuántas veces me he imaginado esta visita?
—El juego de los millones —musité—. Bruno y Uwe. El señor Holm y sus productos de herboristería.
—Y esa salida del sol…
Asentí y evoqué la escena: el salón, las alfombras, la charla de Holm, el rostro amable de la anciana, el cuadro del vestíbulo.
—Un momento. ¿Cómo es posible que lo conozca? —¿Qué?
—Me ha entendido perfectamente. ¿Cómo conoce ese cuadro?
—Ay, Sebastian.