Mena se agarró a los aros de metal oxidado y apretó el trasero contra la arena. Así anclada ladeó la cabeza y miró hacia arriba a través de columnas de moluscos vivos. Se sentó, como hacía a menudo, en el suelo arenoso de la ensenada, a unos diez metros de la superficie, con el aliento rígidamente apretado dentro del cuerpo. Su pelo flotaba en zarcillos sinuosos alrededor de ella. En torno a ella se alzaba un inmenso bosque de sombras, cada una de ellas una cadena suspendida desde la superficie y anclada al suelo. Las ostras colgaban a millares de los eslabones. Una vez crecidas del todo, las criaturas tenían el tamaño de la cabeza de un niño. Aunque una gran parte de dicha masa estaba compuesta de caparazón, cada una de ellas podía alimentar a tres o cuatro comensales, tras haber sido hervida a fuego lento en salsa de leche de coco y servida con fideos transparentes. Eran una exquisitez alrededor de la cual el templo controlaba un monopolio. El mercado de la exportación de ostras negras llenaba las arcas del templo cada vez que los mercaderes flotantes pasaban por el archipiélago.
Los pulmones de Mena empezaron a arder. Se le hinchaban contra el pecho. Cada músculo hasta las puntas de los dedos de sus manos y sus pies se estremecía en señal de protesta, cada parte de ella gritaba con ira. Más allá de las ostras, el brillante azul turquesa del resplandor de la superficie realzaba el peso y el tamaño de los moluscos, como si el mundo de arriba fuese un lugar bendito de luz que ella sólo podía recuperar mediante la más peligrosa de las ascensiones. Abrió las manos y flotó libre. Mientras volaba hacia arriba en dirección a la luz exhaló una estela de burbujas precediéndola. Nunca estaba segura de si era por las mismas burbujas o si de alguna manera las ostras percibían su aproximación, pero una por una las criaturas fueron cerrando sus valvas abiertas, abriendo un paso para ella hasta la superficie. Los últimos instantes eran los peores, los más frenéticos, con la totalidad de su ser gritando para salir de su piel, seguro de que había aguantado demasiado rato sin respirar.
Llegó a la superficie con la boca convertida en un óvalo abierto. El aire la envolvió, al igual que hicieron la luz y el sonido y el movimiento, al igual que hizo la vida. Mena no podía explicar su necesidad de aquella extraña prueba, pero siempre la dejaba sintiéndose segura durante un tiempo de la pureza de su alma. Eso era una cosa que la preocupaba, especialmente en un día como éste, cuando miraría las caras de padres apenados y juraría que la muerte de un niño era una gran ayuda para todos ellos, un sacrificio necesario, y un regalo que cualquier padre desearía hacer.
Dejó la granja de ostras hacia el mediodía. Durante casi media hora fue por el laberinto de muelles y atracaderos flotantes que llenaba el creciente lunar de la no muy profunda ensenada. La porción de los muelles propiedad del templo era un dominio solitario en el que Mena pasaba horas. Pero una vez en el muelle comercial se adentró en una atareada muchedumbre de comerciantes y hombres de mar, pescadores y tejedores de redes. Discurrió entre puestos que ofrecían toda clase de alimentos: pescado y crustáceos, fruta de las plantaciones costeras y carne de la jungla procedente de las montañas del interior. Los vendedores anunciaban sus mercancías en el sonsonete lleno de cadencias propio del habla vumu. Mena fue a través de aquella parte moviéndose con un callado propósito, aceptando los saludos en voz baja que se le dirigían, las cabezas inclinadas respetuosamente, y las invocaciones dichas en forma de plegaria. Maeben sobre la tierra caminaba entre ellos. Normalmente eso alegraba a la gente, pero esta tarde había una trascendencia velada tras los ojos que la observaban.
Mientras iba por el último tramo de muelle hasta la orilla, Mena reparó en la inmovilidad de un marinero que se había detenido a mirarla. Estaba apoyado en la barandilla de una barcaza, una mano puesta en torno a una jarcia para mantener el equilibrio. Mena alzó la mirada hacia él justo lo suficiente para tomar nota de su torso sin camisa; su mandíbula angulosa pulcramente afeitada; ojos impasibles, y cabeza envuelta en tiras de tela blanca, los extremos de las cuales le colgaban hasta debajo de los hombros y se pegaban al sudor que había en su pecho. No era de Vumu, pero los marineros siempre eran una congregación políglota. En su porte no había nada de amable, así como tampoco de lascivo, pero su atento silencio puso un poco nerviosa a Mena. Aceleró el paso.
Una vez en el templo se vistió con todos los aderezos de su apariencia como Maeben: garras sujetas a los dedos; capas de túnicas de plumas; el tocado erizado hacia arriba que coronaba su impresionante, flamígera apariencia. Mientras sentía las manos que trabajaban en torno a ella esperó percibir cómo la presencia divina animaba su forma, ponía palabras en ella, se servía de su lengua para hablar con ella, y formaba en su mente la resolución de la creencia absoluta. Por el momento, sin embargo, la diosa parecía negarse a entrar en ella precisamente cuando más se la necesitaba. Maeben mantuvo su silencio, y Mena tuvo que encargarse de responder por ella como mejor pudiera.
Al principio Mena se había tenido por deficiente. El sacerdote mayor le aseguró que la diosa sólo la estaba poniendo a prueba, dura ama que era. Era una mera cuestión de tiempo, había dicho, hasta que Maeben cobrara vida realmente dentro de ella en todos los momentos, no sólo durante el frenesí de las ceremonias. Aunque eso no había sucedido aún, Mena se había ido sintiendo cada vez más cómoda con su papel. Todos los que había en torno a ella parecían inconmovibles en su creencia, y normalmente eso bastaba para alentarla. Hoy era diferente, sin embargo, y no podía evitar temer la reunión que la aguardaba.
Poco después de vestirse se acomodó en un asiento que parecía un trono en la antesala del templo. El sumo sacerdote de la orden de Maeben, Vaminee, estaba de pie junto a ella. Era de piel oscura. Su tez era tan suave como para no traicionar ningún indicio evidente de la edad que tenía, aunque Mena sabía que llevaba más de cuarenta años ocupando su cargo. Llevaba una túnica cuya fina tela caía de sus hombros en diáfanos pliegues, y permanecía tan inmóvil que hubiera podido ser una estatua. No era la primera vez que esperaban a que empezara una reunión similar. De hecho, habían compartido aquel mismo silencio tres veces durante los últimos años.
Una joven pareja entró, flanqueada por sacerdotes menores. Con la cabeza baja y las manos extendidas ante ellos con las palmas vueltas hacia arriba, se aproximaron lentamente. Mena no pudo evitar notar lo pequeños que parecían. ¿No eran más que niños ellos mismos? ¿Cómo podían haber traído al mundo —y ahora perdido— un hijo? Se arrodillaron al pie del estrado.
Sin ninguna ceremonia, Vaminee preguntó:
—¿Quiénes sois? ¿De qué lugar? ¿Qué circunstancia?
El padre respondió con una voz estridente, ahogada por la emoción. Eran de tierra adentro, explicó. Vivían en un pueblecito en las montañas. Él cazaba pájaros por las plumas que se utilizaban en las ceremonias del templo; ella tejía fibras de palma para cestas y otros artículos que enviaban al mercado en Galat. Su hija, Ria, había sido una niña muy buena, de carita redonda como su madre, tímida cuando estaba con otros niños. La habían querido más que a la propia vida. Él habría dado su alma en vez de la de la niña sin un instante de vacilación. No podía entender por qué…
—Tienes otro hijo —dijo Vaminee—. Un chico que es gemelo de la niña. Da gracias por eso.
—Y tuvimos otros más —dijo el padre, preocupado porque se entendiera el sentido de sus palabras—. Nuestros hijos llegaron los tres a la vez. Perdimos a nuestro primero con la ofrenda del extranjero. Se llevaron a nuestro Tan. Entonces ¿por qué iría Maeben a castigarnos de nuevo?
«Oh —pensó Mena—, ya habían dado un niño a la Cuota. ¡Ahora han perdido a un segundo!»
Vaminee no se conmovió.
—Tres niños dentro de un solo útero es un botín demasiado rico para que pueda pasar desapercibido. Pero cuéntanos exactamente qué le sucedió a la pequeña.
La labor de responder a ese requerimiento recayó sobre la madre. Ella poco mostraba de las emociones visibles en su esposo. Su voz era como sus ojos, inexpresiva y cansada, como si hubiera ido más allá de la pena y se hubiese encontrado en otro lugar. Estaba yendo por el borde de un risco con su hija, dijo. Ria se había quedado un poco rezagada por detrás de ella, pero conocía bien el sendero. Podía oírla cantar, repitiendo una y otra vez unos sencillos versos. En un momento dado la canción cesó. Simplemente cortada a mitad de una frase. La madre volvió la mirada hacia el sitio donde debería haber estado su hija, pero estaba vacío. Cuando alzó la mirada hacia el cielo, vio las piernas de su hija. Las vio colgando como del cielo mismo. Y entonces vio el desplegarse de las alas que se la llevaban. Y entonces las oyó batir.
Sus ojos se posaron en Mena por un breve instante, antes de inclinarse hacia el suelo enfrente de ella.
—Entonces es cuando sé que Maeben la ha robado.
—Maeben no roba nada —dijo Vaminee—. Aquello que toma pasa a ser suyo en cuanto lo toca.
—Yo había pensado —dijo la madre, levantando la vista que Ria era mía. Salió de…
La voz de Vaminee se elevó para cortarla.
—¡Baja los ojos! Olvidas dónde estás. Piensas que tu pena te pertenece únicamente a ti. ¡Pues te equivocas! La pena pertenece a Maeben. Lo que sientes no es más que una porción de lo que soporta ella. Es como un solo grano de arena de todas las playas de Vumu. Maeben se llevó a tu niña para que le hiciera compañía en Uvumal. Un día lo entenderás como un regalo… a la niña y también a ti. ¿No es así, Furiosa?
Esa pregunta era el signo que había temido Mena, la señal de que ahora tenía que entrar en el cruce de palabras. Se levantó y fue hacia ellos con los brazos extendidos a cada lado, las alas alzadas como en preparación para el vuelo. Su rostro estaba todo lo inmóvil que era capaz de mantenerlo, aunque por dentro su mente se debatía frenéticamente para encontrar las palabras adecuadas con que justificar los actos de una deidad enfurecida. Siguió sin tenerlas. Sintió la monstruosidad picuda de su máscara. Una punzada de vergüenza la desgarró por dentro.
Se detuvo ante los dos campesinos, que ya habían pegado sus frentes al suelo. Vio el tatuaje en el brazo del hombre, las vértebras que empujaban a través de la delgada piel de la espalda de la mujer. Cómo quería ella a aquella gente… ¡a todo el pueblo de Vumu! Amaba su aspecto, el olor de su piel y la forma que asumían sus bocas en la risa, la callada gracia con la que se movían. Los dos que tenía ante ella, en ese momento, representaban a todos los que vivían bajo la tiranía de la diosa a la cual encarnaba. Esperó que no levantaran la vista hacia ella. No tenían que hacerlo. Podían limitarse a seguir con la cabeza baja y escuchar mientras ella justificaba las acciones de Maeben. Sólo tenía que decir unas cuantas frases, sólo lo suficiente para recordarles que Maeben no responde ante nadie, que aún está furiosa por el desaire de que la hizo objeto la humanidad. No había nada por lo que ella tuviera que pedir disculpas, y posteriormente aquellos dos —se le había enseñado— le agradecerían que hubiera mostrado tamaña entereza ante su pena.
Pero las palabras que se le escaparon finalmente de los labios la sorprendieron. No las pronunció en vumu. Utilizó la lengua en la que soñaba a veces, la lengua de su ya medio olvidada niñez. Dijo que lo sentía por ellos. No podía aspirar a entender su tristeza. Si pudiera deshacerlo, lo haría. Les devolvería a su niña de carita redonda. De verdad que lo haría.
—Pero no puedo —dijo—. Ahora Maeben cuida de vuestra hija. Vosotros, sin embargo, deberíais querer el doble a vuestro hijo. Habéis dado a la diosa. Ahora vuestras vidas estarán bendecidas y vuestro hijo siempre será una alegría para vosotros.
Mientras salía de la cámara más tarde, Mena se preguntó qué le habría hecho el sacerdote si entendiera la lengua en la que había hablado ella. Bastante grave era ya que le hubiera oído hablar la otra lengua. Probablemente la castigaría por ello más tarde, pero eso nunca la asustaba tanto como pensaba el sacerdote. A veces mientras él hablaba, Mena se imaginaba a sí misma dibujando la vieja espada marah con la que había llegado a la isla y cortándole la cabeza. Veía claramente cómo lo haría, llegando al extremo de imaginar lo más sangriento del acto. La sorprendía que sus pensamientos pudieran llegar a tomar un giro tan violento, pero eso quizá sólo fuese un resultado de haber vivido tanto tiempo como una representante de la ira de Maeben.
Se preguntó si su discurso le había hecho algún bien a la pareja. Para ellos sus palabras habrían sido una mera jerigonza, sin duda. Quizá no había sido más que un acto de cobardía, una confesión incompleta. ¿Por qué siempre se sentía atraída hacia aquella otra lengua cuando tenía que afrontar los momentos más difíciles?
Continuaba absorta en esos mismos pensamientos aquella noche cuando salió del edificio principal del templo y se encaminó a sus aposentos privados. Llevaba una sencilla camisola para protegerse de las brisas marinas. Sus pies descalzos iban sobre la arena apretujada, el sendero ante ella iluminado por las estrellas que lo volvían gris como el hueso, circundado a cada lado por un seto de arbustos. Se sabía el camino de memoria y nunca llevaba consigo una luz.
De pronto se quedó inmóvil a mitad de un paso, creyendo haber oído algo; un susurro, tal vez, algún sonido fuera de lugar y que ya se había desvanecido. Pero no había nada excepto el cuasi silencio, el canto de un insecto entre la espesura y el rápido correteo de un roedor alarmado por la repentina inmovilidad de Mena, un perro que ladraba en la ciudad y algunas voces provenientes del templo: eso era todo. Cuanto más escuchaba, más dudaba que hubiera habido un sonido a tomar en cuenta. Casi se había tranquilizado a sí misma con esa idea, cuando hubo un rumor en el arbusto detrás de ella.
Mena giró en redondo para ver cómo la forma de un hombre pasaba a quedar silueteada ante sus ojos. Tenía que haber estado escondido entre los arbustos hasta después de que hubiera pasado ella. Era más alto que ningún vumu en el pueblo. Tenía que ser un isleño llegado de fuera, un marinero o un incursor, alguien que pretendía hacerle daño. ¿Por qué otra razón iba a sorprenderla en la oscuridad, sola? Mena calculó la distancia hasta el pueblo y consideró sus perspectivas de pasar corriendo a su lado y volver al recinto. Podía gritar. Si lo hacía, ¿de cuánto tiempo dispondría antes de que alguien llegara hasta ella? Apretó los puños, sintiendo la agudeza de sus uñas contra la carne, sintiendo la calma de pulso acelerado que ella entendía como ira. En ese momento se sintió más la diosa de lo que se había sentido antes, cuando había llevado sus galas.
—¿Mena? Eres tú, ¿verdad?
Ella lo entendió sin dificultad, y por un instante reparó en que su acento realmente no era propio de la isla. Pero entonces entendió algo más. El hombre no le había hablado en vumu. Había hablado… había hablado la otra lengua. Mena reconoció las palabras y supo su significado en el mismo momento en que percibía la extrañeza de oírlas pronunciadas por otra persona. La había llamado por su nombre, algo que pocos conocían en la isla. Por un instante temió haberse buscado la desgracia. Quizá la diosa la aborrecía por haber hablado en aquella lengua extranjera. Quizás aquel hombre que se había dirigido a ella en realidad era un demonio venido allí para castigarla.
—¿Qué quieres? —preguntó, hablando deliberadamente en vumu—. No tengo conmigo nada que puedas llevarte, así que déjame. Sirvo a la diosa. Su ira es devastadora.
—Eso he oído decir —murmuró él—. Pero no pareces ningún águila marina gigante que se lleva a los niños. No, desde luego que no tienes ese aspecto. —El hombre dio un paso adelante. Mena retrocedió, y él levantó la mano para tranquilizarla. Entonces hubo un ruido en el recinto. Cuando el desconocido ladeó la cabeza, la luz que cayó sobre su perfil fue lo bastante intensa para que Mena reconociera al marinero que la había mirado aquella mañana. Por alguna razón, eso la desconcertó más que la asustó—. Hablas vumu igual que una nativa, pero no lo eres, ¿verdad? Dime que no estoy equivocado. Eres Mena Akaran, del Árbol de Acacia.
Mena negó con la cabeza y dijo varias veces «Soy Maeben en la Tierra», pero no lo bastante alto para interrumpirlo.
—Tu hermano era Aliver. Tu hermana, Corinn. Dariel era el más joven. Tu padre era Leodan.
—¿Qué es lo que quieres? —le espetó ella, en absoluto una pregunta sino un súbito grito que le salió disparado del pecho, una necesidad de silenciarlo porque los nombres que estaba diciendo él y la lengua que estaba hablando con tanta calma a ella le llegaban sin que trajeran consigo calma ninguna.
—Tú me conoces, Mena. Yo era el compañero de tu hermano, de su mismo grupo de adiestramiento. Mi padre era Althenos. Llevaba los registros para tu padre en la biblioteca del palacio. Bailé contigo cuando tenías diez años. ¿Recuerdas? Te me pusiste encima del empeine y me causaste dolores sin cuento. Di que me recuerdas. Por favor, Mena.
Durante todo aquel discurso fue acercándose a ella. Aunque la luz no mejoró, la nueva proximidad hizo que sus facciones quedaran más visibles. Mena sólo podía recordar parcialmente las cosas que dijo él. Corrían y se empujaban dentro de su mente, discutiendo con la imposibilidad de que aquel hombre estuviera plantado allí diciendo cosas semejantes. Y sin embargo ella conocía su cara. Reconoció al chico que había sido antaño en sus ojos, enormes aún en su cara, tranquilizadores y con un amplio espacio entre ambos. Ahora sus labios se hallaban separados, pero la visión interna de Mena recordaba el aspecto que habían tenido cuando sonreía, la manera en que el regocijo le transformaba las facciones.
—Princesa —dijo el hombre, poniéndose de rodillas—. Había renunciado a la esperanza… Decidme quién sois y que no me he confundido.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella, su voz mucho más calmada de lo que se sentía realmente. Podía ver la luz de las estrellas reflejada en los ojos de él. Entonces vio que algo cambiaba en ellos y comprendió que acababan de llenarse de lágrimas.
—Melio —dijo él.