Capítulo 30

Cassia

Enfrente de los ángeles, hay una pintura muy distinta en la pared. Estaba tan absorta en ellos que no la he visto hasta ahora. Los demás duermen; incluso Ky está desmadejado cerca de la puerta donde ha insistido en hacer guardia.

Me levanto de la cama y trato de decidir qué representa la pintura. Tiene curvas, ángulos y formas, pero no sé qué es. No se parece a ninguno de los Cien Cuadros. En todos ellos figuran claramente personas, lugares, objetos. Al rato, oigo que Ky se mueve en el otro extremo de la habitación. Nos miramos por encima de las oscuras siluetas ovilladas de Indie y Eli. Sin hacer ruido, se levanta y se acerca.

—¿Ha dormido suficiente? —susurro.

—No —responde mientras se apoya en mí y cierra los ojos.

Cuando vuelve a abrirlos, no nos quedan palabras, ni tampoco aliento.

Miramos la pintura. Al cabo de un momento, pregunto:

—¿Es un cañón? —Pero, nada más decirlo, veo que podría ser otra cosa. Carne humana abierta en canal, una puesta de sol sobre un río.

—Amor —dice Ky por fin.

—¿Amor? —pregunto.

—Sí —responde.

—Amor —repito en voz baja, aún desconcertada.

—Pienso en el amor cuando la miro —dice Ky, en un intento de explicarse—. Es probable que tú pienses en otra cosa. Es como el Piloto de tu poema; todos piensan algo distinto cuando oyen su nombre.

—¿En qué piensas tú cuando oyes mi nombre? —pregunto.

—En muchas cosas —susurra Ky, y un río de escalofríos me recorre la piel—. En esto. En la Loma. En la Talla. En sitios en los que hemos estado juntos. —Se aparta. Percibo que me mira y contengo la respiración, porque sé cuánto es lo que ve—. En sitios en los que no hemos estado juntos —añade—, aún. —Su voz es apasionada cuando habla del futuro.

Los dos queremos movernos, salir. Indie y Eli aún duermen y no los despertamos; nos verán desde la ventana cuando lo hagan.

Este cañón que parecía tan yermo y seco tiene una cantidad sorprendente de vegetación, sobre todo cerca del río. Las limosas orillas están tapizadas de berros; el musgo adorna las piedras rojas del lecho; hay juncos verdes y grises, enredados unos con otros. Piso el hielo que bordea el río y éste se resquebraja, lo cual me recuerda la vez que rompí el vidrio del retal de mi vestido en el distrito. Cuando miro el lugar donde he apretado con el pie, veo que incluso el hielo roto es verde por debajo del blanco. El color es idéntico al del vestido que llevé en mi banquete de emparejamiento. No vi ninguna de estas plantas la primera vez que atravesé el cañón, tan absorta estaba en hallar algún rastro de Ky.

Lo observo mientras camina junto al río y reparo en la naturalidad de sus pasos, incluso cuando pisa tramos del sendero tapados por arenas movedizas. Me mira, se detiene y sonríe.

«Esta es tu tierra —pienso—. Te mueves de otra forma que en la Sociedad.» Todo lo referente al caserío parece apropiado para él: sus pinturas bellas e inusuales, su absoluta independencia.

Lo único que falta son personas que lo sigan. Solo nos tiene a nosotros.

—Ky —digo cuando llegamos a la hilera de árboles.

Él se detiene. Sus ojos son solo para mí, y sus labios han tocado los míos, me han rozado el cuello, las manos, la cara interna de las muñecas, todos los dedos de las manos. La noche que nos besamos bajo la fría luz de las estrellas y permanecimos uno en brazos del otro no tuve la sensación de que estuviéramos escamoteando tiempo a la Sociedad. Me pareció que era todo nuestro.

—Lo sé —dice.

Nos miramos a los ojos durante un rato más antes de agacharnos para pasar por debajo de las ramas. Los árboles tienen la corteza gris y agrietada y hay montones de hojas pardas en el suelo que susurran al ser arrastradas por el viento del cañón.

Cuando las hojas se desplazan, veo más piedras planas de color gris como la que Hunter colocó ayer sobre la tumba. Toco a Ky en el brazo.

—¿Son todos…?

—Sitios donde hay personas enterradas —responde—. Sí. Se llama cementerio.

—¿Por qué no las han enterrado más arriba?

—Necesitaban esa tierra para los vivos.

—Pero los libros —objeto—. Los guardan muy arriba y los libros no viven.

—Los libros continúan siendo útiles para los vivos —dice Ky en voz baja—. Pero los cadáveres no. Si un cementerio se inunda, no se destruye nada que ya no estuviera perdido. La biblioteca es otra cosa.

Me agacho para mirar las piedras planas. Los lugares donde yacen las personas están señalados de distintas formas. Nombres, fechas. A veces, un verso.

—¿Qué es este escrito? —pregunto.

—Se llama epitafio —responde Ky.

—¿Quién lo elige?

—Depende. A veces, si la persona sabe que va a morir, lo elige ella. A menudo, son los que se quedan los que tienen que elegir algo que se ajuste a la vida de la persona.

—Es triste —digo—. Pero hermoso.

Ky enarca las cejas y me apresuro a explicarme.

—Las muertes no son hermosas —digo—. Me refiero al concepto de epitafio. En la Sociedad, cuando morimos, son los funcionarios los que deciden qué queda de nosotros, qué debe constar en nuestra historia. —Aun así, vuelvo a arrepentirme de no haber visto la microficha de mi abuelo más a fondo antes de marcharme. Aunque, por otra parte, mi abuelo sí decidió qué quedaba de él en lo que respectaba a su conservación: nada.

—¿Fabricaban piedras como estas en el pueblo de tu familia? —pregunto a Ky y, nada más hacerlo, querría retractarme, querría no haberle preguntado aún por esa parte de su historia.

Él me mira.

—Para mis padres, no —responde—. No hubo tiempo.

—Ky —digo, pero él se aparta y echa a andar junto a otra hilera de piedras planas. Tengo frío en la mano ahora que no está envuelta en la suya.

No debería haber dicho nada. Aparte de mi abuelo, las personas que he visto muertas no eran seres queridos. Tengo la sensación de haberme asomado al borde de un cañón largo y oscuro por el que no he tenido que caminar.

Mientras ando entre las piedras planas, con cuidado de no pisarlas, veo que la Sociedad y Hunter tienen razón con respecto a la esperanza de vida en estas tierras. Pocos de los difuntos han vivido ochenta años. Y hay más niños sepultados, aparte de la niña que ha enterrado Hunter.

—Han muerto muchos niños —digo en voz alta. Abrigaba la esperanza de que la niña de ayer fuera una excepción.

—También muere gente joven en la Sociedad —aduce Ky—. Acuérdate de Matthew.

—Matthew —repito y, al oír su nombre, recuerdo súbitamente a Matthew, lo recuerdo de verdad. Por primera vez en muchos años, lo llamo por su nombre en mi memoria, no solo «el primer hijo de los Markham», el que murió en una inusitada tragedia a manos de un anómalo.

«Matthew.» Nos llevaba cuatro años a Xander y a mí; los suficientes para que fuera intocable, inalcanzable. Era un chico simpático que nos saludaba por la calle, pero nos llevaba años de ventaja. Ya tenía sus pastillas y estudiaba en un centro de segunda enseñanza. El chico que recuerdo, ahora que me han devuelto su nombre, se parecía lo suficiente a Ky para ser su primo; pero era más alto, más corpulento, menos rápido y ágil.

«Matthew.» Casi fue como si su nombre muriera con él, como si nombrar el vacío lo hubiera hecho más real.

—Pero no tanta —digo—. Solo él.

—Él es el único que tú recuerdas.

—¿Ha habido más? —pregunto, sorprendida.

Me vuelvo al oír un ruido detrás de nosotros; son Eli e Indie, cerrando la puerta de la casa que hemos tomado prestada. Eli nos saluda con la mano y yo le respondo. Ya es de día; Hunter no tardará en llegar.

Miro la piedra que ayer colocó sobre la tumba y pongo la mano en el nombre grabado. Sarah. Vivió poco. Murió a los cinco años. Hay algo escrito debajo de las fechas y me estremezco al darme cuenta de que parece el verso de un poema:

DE PRONTO POR JUNIO UN VIENTO CON DEDOS AVANZA

Cojo la mano a Ky, con todas mis fuerzas. Para que el frío que nos envuelve no trate de robármelo con sus dedos voraces, sus manos que se llevan cosas de épocas que deberían haber sido primavera.