Durante muchos días vagó a través de los hambrientos bosques, a través de las frías planicies cubiertas de matorrales enanos y arena, y vagó a lo largo de las lozanas márgenes de las corrientes que fluían hasta las grandes aguas. Siempre hambriento.
Le parecía que siempre tuvo hambre.
A veces tenía algo para comer, sí, pero siempre era algo pequeño. Una de las pequeñas cosas con pezuñas, una de las pequeñas cosas con tres dedos. Todas demasiado pequeñas. Ninguna de ellas era suficiente para poner un breve coto al monstruoso apetito que tenía.
¡Y corrían tan rápido las pequeñas cosas! Las veía, y su enorme boca jadeaba al correr, haciendo temblar el suelo en dirección a ellas, pero éstas se escurrían entre los árboles como pequeños rayos peludos. En su frenética lucha por alcanzarlas, arrancaba los arbustos que se interponían en su camino, pero siempre llegaba tarde.
Llegaba tarde para devorar las diminutas piernas que corrían más velozmente que sus poderosos miembros. Las veloces patitas daban cien pasos por cada uno suyo. Aun en campo abierto, donde no había árboles entre los cuales escabullirse, no podía atraparlas.
Cien años de hambre.
Él, el Tiranosaurio Rex, rey de todo lo viviente, la más poderosa y combativa maquinaria de carne que produjera el mundo, era capaz de matar a cualquier cosa que le hiciera frente. Pero nadie le hacía frente, todos corrían.
Las cosas pequeñas, corrían. Algunas de ellas, volaban. Otras trepaban a los árboles y se columpiaban de rama en rama tan rápidamente como él podía correr en el suelo, hasta que llegaban a un árbol lo suficientemente alto como para quedar fuera del alcance de sus veinticinco pies de altura y lo suficientemente grueso como para que no pudiera desenraizarlo, y permanecían allí colgados a diez pies de sus grandes quijadas, burlándose mientras él rugía en su famélica rabia.
Hambriento, siempre hambriento.
Un centenar de años de no-lo-suficiente. El último de su raza, y sin nadie que le hiciera frente para luchar y llenar su estómago cuando lo hubiera matado.
Su piel grisácea colgaba en pliegues fofos, quebradizos, cobijando malamente en sus entrañas su siempre presente dolor y agonía de hambre.
Su memoria era corta, pero vagamente recordaba que no siempre fue así. Alguna vez fue más joven y batalló terriblemente contra cosas que se defendían luchando. Ya entonces eran escasas y difíciles de encontrar, pero ocasionalmente las hallaba. Y las mataba.
La cosa con la armadura y los terribles picos en la espalda, que trataba de rodar encima de sus adversarios para cortarlos en dos. Y la otra con los tres enormes cuernos apuntando hacia adelante y la gran cresta de hueso sólido.
Existían otros más parecidos a él. Algunos eran muchas veces mayores en talla, pero él los mataba con facilidad. Los más grandes tenían cabezas pequeñas y bocas breves, y comían hojas de los árboles y las plantas del suelo.
Sí, en aquellos días había gigantes sobre la Tierra. Algunos de ellos proporcionaban comidas satisfactorias. Eran cosas que se podían matar y que llenaban para poder yacer somnoliento durante días enteros. Y comer nuevamente si las cosas de alas coriáceas, con las largas hileras de dientes, no terminaban con el gargantuesco festín, mientras dormía.
Pero, si lo hacían, no importaba. Aún podía buscar, y luchar, y matar nuevamente para aplacar el hambre, o por el puro gusto de luchar y matar si no se tenía hambre. Él mató a todos: a los cornudos, a los armados con pesadas planchas, a los monstruosos. A todo lo que caminaba o se arrastraba. Sus flancos estaban encallecidos y totalmente marcados por las cicatrices de viejas batallas.
Había gigantes en aquellos días. Ahora existían cosas pequeñas. Las cosas que corrían, volaban y trepaban. No podían luchar.
Corrían tan rápido que conseguían moverse en círculos a su alrededor. Siempre, casi siempre, fuera del alcance de sus dientes encorvados, puntiagudos, que medían seis pulgadas de largo y que podrían —aunque rara vez tuvieran ya oportunidad de hacerlo— destrozar, de un solo mordisco, a una de las pequeñas cosas peludas, mientras la sangre caliente se escurría a lo largo de la escamosa piel de su cuello.
Sí, podía alcanzar a alguno de ellos, de cuando en cuando. Pero no tan a menudo y no los suficientes como para satisfacer el hambre monstruosa del Tiranosaurio Rex, rey de los reptiles de presa. Ahora, un rey sin reino.
El hambre espantosa le quemaba por dentro. Lo perseguía ahora que recorría la selva, abriéndose paso entre los árboles, como si fueran briznas de pasto de las planicies.
Y siempre por delante la presa escurridiza de pasos pequeños, el rápido repiquetear de las pezuñas al correr, correr…
La selva del Eoceno rebosaba de vida. Pero de vida ágil que en su rapidez y pequeñez burlaba al carnicero.
Era una vida que no luchaba haciéndole frente con ensordecedores rugidos que sacudieran la Tierra, tras brotar la sangre de los miembros destrozados. Esta era la vida que se escurría, que no luchaba para vencer o morir.
Ni siquiera en los humeantes pantanos. Las resbaladizas cosas que se deslizaban entre el agua enfangada, también eran rápidas. Nadaban como relámpagos, se retorcían, se ocultaban en los putrefactos troncos huecos y cuando se rompían éstos ya no estaban allí.
Oscurecía y un acerbo dolor lo atravesaba al dar cada paso, en su debilidad. Su hambre provenía de cien años atrás, y esto era lo peor de todo. Porque no se trataba de una debilidad que lo hiciera detenerse; era algo que lo hacía continuar cuando cada paso constituía un esfuerzo.
En lo alto de un árbol, algo que colgaba de una rama gritaba:
—¡Yahh! ¡Yahh! ¡Yahh! —burlona y monótonamente, y un trozo de rama rota se abatió para golpear inofensivamente su gruesa piel. Lesa majestad. Por un momento se fortaleció con la esperanza de que algo se decidía a luchar.
Se revolvió y lanzó una dentellada a la rama que lo golpeara, haciéndola astillas. Se irguió en toda su altura y aulló un desafío a la pequeña cosa en el gran árbol. Pero ésta no bajó; continuó su ¡Yahh! ¡Yahh! y permaneció en la protección de la cobardía.
Él se lanzó contra el tronco del árbol, pero tenía dos metros de espesor y no pudo sacudirlo siquiera. Lo rodeó un par de veces, rugiendo su impotencia antes de proseguir su camino.
Ante él había una pequeña cosa gris, una bola de piel. Trató de darle un mordisco, pero ya no estaba allí cuando sus mandíbulas se cerraron en el vacío. Sólo vio un borroso movimiento gris que se perdió en las sombras antes de que él pudiera iniciar dar un solo paso.
Continuó su penosa jornada, rodeado de cosas que corrían a su alrededor o que permanecían en burlona espera para desaparecer cuando tratase de alcanzarlas.
Sus pasos eran más lentos, sus músculos respondían pesadamente.
Al despuntar el alba, llegó al arroyo.
Resultó un esfuerzo alcanzarlo, pero llegó e inclinó su gran cabeza para beber, y lo hizo copiosamente. El mordiente dolor de su estómago se alivió momentáneamente, para aplacarse después. Bebió más.
Y lenta, poderosamente, se hundió en el suelo fangoso. No cayó, pero sus piernas cedieron poco a poco, y allí se quedó, con el sol inclemente sobre los ojos, incapaz de moverse. El dolor de su estómago se extendía ahora por todo su cuerpo, pero embotado, lo sintió más como una debilidad doliente que como una agonía.
El sol se levantó y volvió a descender lentamente.
Apenas podía ver, y había cosas aladas que volaban describiendo círculos en lo alto. Cosas que barrían el cielo con circunferencias perezosas y cobardes. Eran comida, pero no bajarían a pelear.
Y cuando oscureció lo suficiente, vinieron otras cosas. Un círculo de ojos a un metro de altura, y ladridos excitados. Y algún aullido ocasional. Cosas pequeñas, comida que no lucharía para ser devorada.
Círculo de ojos. Alas contra el cielo iluminado por la luna.
Comida a su alrededor, pero comida veloz que corría sobre sus relampagueantes extremidades en el momento en que oían o veían algún enemigo, y cuyos ojos y oídos eran demasiado agudos para dejar de ver y escuchar.
Yacía con la cabeza casi en el borde del agua. Al amanecer, cuando el rojo sol se situó nuevamente sobre sus ojos, se las arregló para arrastrar su poderosa mole hacia adelante y poder beber de nuevo. Bebió ávidamente; un estremecimiento convulsivo lo sacudió y después quedó muy quieto, con la cabeza en el agua.
Y las cosas aladas empezaron a volar en círculos cada vez más bajos.