Bodecker giró por el camino de tierra que llevaba a la antigua casa de los Russell, con el coche patrulla bamboleándose suavemente sobre los baches. Amartilló su pistola y la dejó en el asiento. Pasó lentamente por encima de los frágiles arbolitos y las matas altas de hierba carnicera y por fin se detuvo a unos cincuenta metros de donde había estado la casa. Pudo distinguir a duras penas el borde superior de los cimientos asomando sobre el sorgo de Alepo. Lo poco que quedaba del cobertizo estaba a otros cincuenta metros a la izquierda. Tal vez compraría aquella propiedad cuando se acabara aquel puto jaleo, pensó. Podía construir otra casa y plantar un huerto. Que Matthews se quedara con el puto puesto de sheriff. A Florence le gustaría. Aquella mujer vivía preocupada.
Metió la mano debajo del asiento, sacó la botella y dio un trago. También tendría que hacer algo con Tater, pero eso no podía ser muy difícil.
Y, sin embargo, el chaval de los Russell podía ser exactamente lo que él necesitaba para ganar otras elecciones. Alguien capaz de matar a un predicador por tirarse a alguna chavalita debía de tener un tornillo flojo, daba igual lo que le hubiera dicho aquel palurdo de sheriff de Virginia Occidental. No costaría nada hacer que aquel bruto pareciera un maníaco calculador; y la gente siempre votaba a los héroes. Dio otro trago de la botella y la guardó debajo del asiento.
—De esas cosas es mejor preocuparse después —dijo Bodecker en voz alta. Ahora mismo tenía un trabajo entre manos. Aunque no se volviera a presentar al cargo, no soportaba la idea de que alguien supiera la verdad sobre Sandy. Ni siquiera podía expresar con palabras lo que le había visto hacer en algunas de aquellas fotos.
Una vez fuera del coche, guardó el revólver en la guantera y cogió la escopeta de la parte de atrás. Tiró el sombrero al asiento de delante. Tenía el estómago revuelto por la resaca y se encontraba fatal. Le quitó el seguro a la escopeta y echó a andar lentamente por el camino que llevaba a la casa. Se detuvo varias veces para escuchar y reanudar su marcha. No se oía nada más que el canto de unos pocos pájaros. Al llegar al cobertizo se quedó a su sombra, mirando los restos de la casa. Se relamió y deseó beberse otra copa. Una avispa voló cerca de su cabeza y él la abatió con la mano y la aplastó con el tacón. Al cabo de unos minutos, echó a andar por el campo, sin apartarse de la línea de los árboles. Cruzó por entre algodoncillos resecos, ortigas y bardanas. Intentó acordarse de hasta dónde había seguido al chaval aquella noche antes de encontrarse con el sendero que llevaba al sitio en que se había desangrado su padre. Volvió a mirar hacia el cobertizo, pero no se acordaba. Tendría que haberse traído a Howser, pensó. A aquel cabrón le encantaba la caza.
Ya estaba empezando a pensar que se había pasado de largo cuando encontró unas hierbas pisoteadas. Notó que se le aceleraba un poco el corazón y se secó el sudor de los ojos. Se agachó, miró el bosque que se extendía más allá de la maleza y las hierbas y vio que el contorno del antiguo sendero de ciervos estaba solamente a un par de metros. Echó otro vistazo por encima del hombro y vio tres cuervos negros que volaban bajo sobre el campo, graznando. Agachó la cabeza para pasar bajo unas zarzamoras, dio unos pocos pasos y ya estaba en el sendero. Respiró hondo y se puso a bajar lentamente la colina, con el arma lista para disparar. Notaba que por dentro estaba temblando de miedo y emoción, igual que cuando había matado a aquellos dos hombres para Tater. Confiaba en que este de ahora fuera igual de fácil.