La multitud estaba cada vez más inquieta esperando al jeddak, pero yo estaba más que encantado por esta demora, ya que acortaba el tiempo que tenía que esperar antes de lograr la invisibilidad.
Parecía ahora que todo estaba felizmente arreglado; y cuando vi retornar a Rojas al salón del trono y me sonrió brevemente, me convencí de que casi la última de mis preocupaciones había desaparecido. En realidad, sólo restaba una duda en mi mente, y era qué iba a suceder cuando hubiera matado a Motus. Ptantus se enfurecería sin duda; y, siendo un tirano con las reacciones de un tirano, podía ordenar que me matasen inmediatamente. Anticipándome a esto, sin embargo, había decidido echar a correr hacia el patio más cercano; y, si había transcurrido el tiempo suficiente desde que tomara la esfera, sólo tenía que salir al aire libre para eludirlos. Y, una vez invisible y en uno de los patios, sabía que podía escapar.
De repente resonaron las trompetas, y la muchedumbre se retiró a ambos lados del salón del trono. Entonces, precedido por las trompetas, Ptantus y su jeddara entraron en el salón acompañados por una escolta de cortesanos magníficamente ataviados.
Eché una mirada al gran reloj de la pared. Era la octava zode en punto, lo que es equivalente a las 10.48 de la noche en tiempo terrestre. Hacia la medianoche, Llana de Gathol habría logrado la invisibilidad… si Rojas le había dado la esfera. Ésa era la cuestión. Pero presentía que Rojas no me había fallado. Creía firmemente que había cumplido su misión.
La pareja real atravesó lentamente el salón hacia la tarima y se sentó en su trono, tras lo cual los nobles y sus mujeres buscaron sus sitios en los bancos.
Motus había aparecido por alguna parte; y él, el noble que lo acompañaba, mi guardián y yo quedamos solos en la arena. Entonces apareció un quinto hombre, que descubrí más tarde que era lo que podría llamarse el arbitro. Nos convocó, y los cinco avanzamos y nos detuvimos ante el trono.
—Traigo ante ti al noble Motus —dijo, dirigiéndose a Ptantus— y a Dotar Sojat, sultán de Swat, que van a luchar a muerte con espadas largas.
El jeddak asintió.
—Que luchen, pues —dijo— y cuida de que luchen limpiamente —añadió, mirándome directamente a mí.
—Supongo que Motus no va a luchar limpio —dije—, pero no me importa. Lo mataré de todas formas.
El arbitro casi se puso fuera de sí de embarazo.
—¡Silencio, esclavo! —exclamó.
Llevaba una espada extra que me tendió, y luego indicó que cruzásemos las espadas.
En vez de adherirse a esta honorable costumbre, Motus se tiró a por mi corazón.
—Eso fue algo poco juicioso, Motus —le dije, mientras desviaba su golpe—, te voy a hacer sufrir un poco más por ello.
—¡Silencio, esclavo! —me ordenó el arbitro.
—Cállate tú, calot —le repliqué— y quítate de mi camino. No se supone que tenga que luchar con dos hombres a la vez —arañé a Motus en el pecho diestro y le hice sangre—. Pero me dará lo mismo si desenvainas tú también.
Motus vino a por mí otra vez, pero ahora estaba avisado. Era un buen espadachín.
—Tienes toda la cara negra e hinchada, Motus —me burlé—. Parece como si alguien te hubiera golpeado, que es justamente lo que se merece cualquier hijo de calot que le de una patada a un ciego.
—¡Silencio! —vociferó el arbitro.
Al principio combatí a la defensiva, con un ojo puesto en el gran reloj. Había transcurrido más de medía hora desde que tomara la esfera de invisibilidad, y planeé dejar con vida a Motus otra media hora, para asegurarme de que era ya invisible antes de acabar con él.
Luchando a la defensiva, obligué a Motus a realizar todo el trabajo; y esquivando repetidamente sus golpes más violentos, dejándolos deslizarse por mi hoja de forma que tuviera que saltar atrás rápidamente, lo sometí a una considerable tensión nerviosa, así como a un gran desgaste físico, de forma que pronto el sudor chorreaba por todo su cuerpo. Y, entonces, comencé a tocarlo aquí y allí; y la sangre se mezcló con el sudor hasta convertirlo en un espectáculo lamentable, aunque aún no había recibido ninguna herida seria.
La multitud estaba, en casi toda su totalidad, de parte de Motus; es decir, todos los que gritaban. Yo sabía que al menos dos deseaban que yo ganase, e imaginaba que había muchos otros a los que Motus no les caía bien, pero que no se atrevían a animar a un extranjero y esclavo.
—Estás cansándote, Motus —le dije—. ¿No sería mejor que acabaras conmigo antes de estar totalmente exhausto?
—Acabaré contigo inmediatamente, esclavo —replicó él—. En cuanto te detengas y luches.
—Aún no es la hora de matarte, Motus —le dije, echando una ojeada al reloj—. Cuando la aguja señale la octava zode y once xates, te mataré.
—¡Silencio! —aulló el arbitro.
—¿Qué dice el esclavo? —preguntó Ptantus en tono estentóreo.
—Digo —le contesté—, que mataré a Motus exactamente a las ocho zodes, once xates. Observa el reloj; Ptantus, porque en este instante tú perderás tu apuesta y Motus su vida.
—Silencio —ordenó el jeddak.
—Y ahora, Motus —susurré—, voy a mostrarte lo fácilmente que puedo matarte cuando llegue la hora —y, acabando de hablar, lo desarmé y envié su espada repiqueteando a través del pavimento.
Un fuerte murmullo se elevó de la audiencia, ya que, bajo las reglas de un duelo de esta naturaleza, yo era ahora libre de atravesarle el corazón a Motus; pero, en vez de ello, apoyé la punta de mi espada en el suelo y me volví hacia el arbitro.
—Vete a buscar la espada de Motus y devuélvesela.
Motus temblaba ligeramente. Sus rodillas se agitaban, aunque casi imperceptiblemente. Supe entonces lo que ya había sospechado antes: Motus era un cobarde.
Mientras el arbitro recuperaba la espada de Motus, una pequeña oleada de aplausos recorrió los bancos. Pero Ptantus se limitó a fruncir el ceño con más firmeza; me temo que yo no le caía muy bien.
Cuando Motus tuvo la espada, vino a por mí furiosamente. Yo sabía perfectamente lo que tenía en la cabeza: iba a acabar conmigo de inmediato. Lo desarmé otra vez, y otra vez bajé mi espada, mientras el arbitro corría a por la otra sin esperar que se lo indicara.
Ahora Motus era más cauteloso. Noté que intentaba conducirme hacia un determinado lugar. Y me di cuenta entonces de que el arbitro no estaba dentro de mi campo de visión, y una rápida ojeada me reveló que se encontraba directamente detrás de mí; no fue mi intuición la que me avisó lo que pensaba hacer, puesto que, ya había presenciado aquel truco con anterioridad por parte de un espadachín sin escrúpulos y su cómplice. Escuché algunas protestas de entre el público; ninguna persona honorable puede presenciar tal tropelía sin manifestar su desaprobación.
Cuando Motus atacase, esperando obligarme a retroceder, el arbitro estaría «accidentalmente» pegado a mi espalda; yo tropezaría con él, y Motus me tendría a su merced. Es un truco despreciable, y Ptantus debía haberlo visto venir, pero no hizo nada para evitarlo.
Escudriñé los ojos de Motus y ellos me telegrafiaron sus intenciones un instante antes de que se tirara a fondo, con todo su peso tras él. Yo me había agazapado ligeramente, anticipándome, y mis músculos terráqueos me apartaron velozmente a un lado, y la espada de Motus se hundió hasta la empuñadura en el cuerpo del arbitro.
Durante un momento el pandemóniun reinó en el salón del Trono. Toda la audiencia se puso en pie, y se escucharon vítores y protestas, y algo me dijo que los vítores eran para mí y las protestas para Motus y el arbitro.
Motus era un hombre terriblemente trastornado y aturdido cuando desclavó su hoja del cuerpo del muerto, pero ahora no le concedí respiro. Fui a por él ansiosamente, aunque aún no para matarlo. Le abrí un profundo corte en su hinchada mandíbula.
—No vas a ser un cadáver de buena apariencia, Motus —dije— y, antes de que acabe contigo, vas a empeorar mucho más.
—¡Calot! —gruñó, abalanzándose sobre mí lanzando violentos tajos y estocadas.
Paré todos sus golpes, tejiendo una red de acero alrededor de él, y cada vez que fallaba, le hice sangre en algún nuevo punto de su cuerpo.
—Te quedan tres xates de vida, Motus —dije—. Será mejor que los aproveches.
Se lanzó sobre mí como un loco; pero yo salté a un lado y, mientras se volvía, le corté una de sus orejas tan limpiamente como pudiera haberlo hecho un cirujano. Pensé que iba a desvanecerse, porque sus rodillas parecieron ceder, y vaciló durante un momento.
Esperé que recobrara el control de sí mismo, y luego fui a «trabajarlo» de nuevo. Intenté grabar mis iniciales en su pecho, pero por aquel entonces no quedaba allí ningún sitio lo bastante grande; de cintura para arriba parecía una bandeja de hamburguesas crudas.
El suelo estaba cubierto con su sangre y, cuando se abalanzó furiosamente sobre mí una vez más, se resbaló y cayó. Se quedó allí tendido, esperando sin duda que yo acabaría entonces con él, en lugar de ello, dije:
—Aún te queda un xat y medio de vida, Motus.
Se puso de pie, vacilante, e intentó lanzarse sobre mí profiriendo imprecaciones. Creo que por entonces Motus ya se había vuelto bastante loco de terror. No sentía simpatía hacia él: era una rata, y ahora luchaba como una rata acorralada.
—El suelo está demasiado resbaladizo aquí —le dije—. Vayamos hacia el trono del jeddak, estoy seguro de que le gustará presenciar el final.
Lo hice maniobrar hacia la posición adecuada y luego lo obligué a retroceder hasta que estuvimos directamente delante de Ptantus.
Es muy raro que yo castigue a un hombre como castigué a Motus; pero yo opinaba que se lo merecía, y era el denunciante, fiscal, juez y jurado; y era también el verdugo.
Motus estaba ahora farfullando y efectuando fútiles amagos con su hoja. Ptantus me contemplaba, y la audiencia estaba en tensión, conteniendo el aliento. Vi a muchos echar rápidos vistazos al reloj.
—Un tal más, Motus —dije.
Un tal es aproximadamente las ocho décimas partes de un segundo terrestre.
En ese instante, Motus se volvió de improviso y corrió gritando hacia la gran puerta del salón del trono; y de nuevo la audiencia se puso de pie, protestando y gritando:
—¡Cobarde!
El combate era a muerte y Ptantus había apostado a que yo no mataría a Motus. Si no lo hacía, mucho me temía que Ptantus reclamaría el dinero; así que lo arriesgué todo en un arte que había practicado a menudo para mi propia diversión. Alcé mi mano armada por detrás de mi hombro derecho y luego la proyecté con todas mis fuerzas, soltando primero la hoja de la espada. La espada voló como una flecha, y atravesó el cuerpo de Motus por debajo del hombro izquierdo a la octava zode y once xates en punto.