Hannah se quedó sin respiración y empezó a retroceder.
Pero al entrar la luz del vestíbulo en la habitación, se dio cuenta de que en realidad no estaba mirando la espeluznante figura.
Estaba mirando un suéter oscuro de manga larga que ella misma había dejado sobre uno de los pilares de los pies de la cama.
Hannah se agarró al marco de la puerta. No sabía si reír o llorar.
—¡Vaya nochecita! —exclamó en voz alta.
Encendió la luz del techo y, después de entrar, cerró la puerta. Todavía temblando, se dirigió a la cama y quitó el suéter del pilar.
Se desvistió rápidamente, tirando la ropa al suelo, y luego se puso el camisón. Tenía muchas ganas de dormir, así que se metió en la cama sin perder un minuto.
Pero no podía dejar de darle vueltas a todo lo que había sucedido. Era incapaz de evitar que su mente reprodujera una y otra vez aquellas imágenes aterradoras.
Las sombras proyectadas por las ramas de los árboles que había en el jardín delantero se movían en el techo. Por lo general, a Hannah le resultaba relajante este baile silencioso. Sin embargo, esa noche las sombras móviles la asustaban porque le recordaban la amenazadora figura oscura que la había llamado por su nombre.
Intentó pensar en Danny, aunque no consiguió mitigar su preocupación; todo lo contrario.
«Danny es un fantasma. Danny es un fantasma.»
La frase resonaba una y otra vez en su mente.
«Tiene que haber mentido cuando hablaba de su madre —decidió Hannah—. Se inventó esa historia de la sordera porque no quiere que deduzca que ella también es un fantasma.»
Preguntas y más preguntas.
Preguntas a las que no podía dar respuesta.
«Si Danny es un fantasma, ¿qué está haciendo aquí? ¿Por qué se ha mudado a la casa de al lado?
»¿Por qué va con Alan y Fred? ¿Son fantasmas también?
»¿Por eso no los he visto nunca en la escuela o en la ciudad? ¿Por eso nunca he visto a ninguno de ellos? ¿Es que son todos fantasmas?»
Hannah cerró los ojos, intentando borrar de su mente todas las preguntas que se acababa de hacer. Pero no podía dejar de pensar en Danny y… en la oscura figura fantasmagórica.
«¿Por qué me ha dicho la figura negra que me alejase de Danny? ¿Es que intenta impedirme que demuestre que Danny es un fantasma?»
Al final, Hannah se quedó dormida. Pero incluso dormida, los pensamientos inquietantes no dejaban de perseguirla.
La negra figura llena de nervios apareció en sus sueños. En uno de ellos, Hannah estaba en una cueva gris cuando, de pronto, un fuego empezó a arder a lo lejos, en la entrada de la cueva.
La figura espectral tenía los ojos rojos y más brillantes que el propio fuego, y cada vez se acercaba más a Hannah.
Y cuando se aproximó lo suficiente para que ésta extendiese un brazo y la tocase, se levantó y se partió en dos, sin mover los brazos, rectos como palos.
Con manos de ébano y dedos como huesos, la figura fantasmagórica tiró de la zona oscura donde debía estar el rostro y… debajo apareció la cara de Danny.
Danny la miraba maliciosamente con ojos rojos y refulgentes que penetraban en los de Hannah, y… entonces Hannah se despertó jadeante.
«No —pensó mirando por la ventana. Empezaba a amanecer—. No, Danny no es la sombra negra.
»Es imposible.
»No es Danny.
»No puede ser Danny. Es un sueño sin sentido.»
Hannah se sentó en la cama. Las sábanas estaban húmedas por el sudor, y el aire de la habitación se había tornado denso y desagradable.
Apartó la ropa de cama con ambos pies y luego los posó en el suelo.
Después de la larga noche llena de pesadillas, sólo había una cosa que supiera con certeza: tenía que hablar con Danny.
No podía pasar otra noche como aquélla.
Tenía que descubrir la verdad.
A la mañana siguiente, después del desayuno, vio a Danny en el jardín de atrás dando patadas a un balón de fútbol. Abrió la puerta de la cocina y salió corriendo en su busca. La puerta mosquitera se cerró de golpe detrás de ella con gran estruendo.
—Eh, Danny… —gritó—. ¿Eres un fantasma?