CAPÍTULO XXIII

Dos días más tarde, un sol pálido y difuso apareció entre las nubes por primera vez en varias semanas en Tandaris. Aunque demasiado débil para crear sombras, dio un nuevo aspecto a los edificios, resaltando los rojos y azules en medio del blanco y destacando mucho más el verde de los árboles. Tandaris era una ciudad construida para la luz y el calor, y los grises invernales no le hacían justicia. Había sido fundada antes de la guerra, cuando sólo había un cambio muy leve entre las cuatro estaciones, y los desperfectos que vimos al recorrerla tras salir de palacio eran testigo de lo poco preparada que estaba para soportar las tormentas.

Rodeamos un montón de escombros y ramas donde un naranjo había caído sobre el muro de un jardín. Un hombre de pie en el extremo superior del tronco cortaba las ramas con un hacha mientras otro sujeto más viejo de cabellos blancos y un muchacho sacaban las que ya estaban cortadas. Miraron con curiosidad la comitiva que formábamos, sin saludarnos, pero tampoco de forma hostil.

De una casa cercana llegaba el sonido de un martillo. Alguien había levantado una barrera frente a ella, tras la cual se veía una pila de tejas destrozadas.

—Tened cuidado al andar por ahí, podría caeros algo —advirtió alguien—. El techo todavía no está reparado.

—Gracias —respondió Persea, y agregó volviéndose hacia nosotros—: Nunca he visto tantos estragos. Mirad las casas. Me alegro de que no se viniese abajo toda la ciudad; habría sido catastrófico.

Persea tenía razón, pensé mientras llegábamos a un cruce. Todos los edificios mostraban desperfectos (cristales rotos en las ventanas, postigos quebrados o ausentes), mientras que calle arriba, en el cruce, podía verse otra montaña de escombros apilados con trabajo por unas cuantas personas.

—¿Qué le ha sucedido a Agathocles? —preguntó Persea cuando cogimos una calle que bajaba a la izquierda, pasando por una pequeña manzana con una taberna clausurada con tablones en la acera de enfrente. Un letrero roto colgaba aún de su soporte, torcido, y apenas se leía: Taberna Agathocles. Sobre la puerta de madera se veía el distintivo de la llama.

—Arrestado —dijo Laeas con seriedad—. Hace una semana. Es evidente que no vienes mucho por aquí.

—No es el camino más corto —se defendió Persea mientras la taberna se perdía de vista al doblar la esquina.

Vimos entonces señales de vida: tiendas abiertas, uno o dos toldos extendidos y más gente de la que yo había visto durante las tres semanas de mi estancia. El bullicio de la charla y el aroma de la fruta fresca y el pan recién horneado llenaban el aire de la mañana. Estábamos todavía a unas pocas calles de la plaza del mercado, una de las desventajas de alojarse en el palacio. En algún momento, antes de que se construyese el Aerolito, la ahora ruinosa y grande estatua, unos treinta metros más arriba, esa plaza había sido la fortaleza del pueblo, y sus murallas exteriores eran aún lo bastante gruesas para soportar un ataque de artillería.

Me pareció percibir una atmósfera tensa y expectante mientras avanzábamos a lo largo de la ancha y curvada calle que conducía a la plaza del mercado. No una sensación de inminente fatalidad, sino más bien como si la ciudad en sí estuviese conteniendo la respiración, esperando para saber si el mensaje de Sarhaddon conseguía de verdad poner fin al miedo.

—Olvidamos que lo que la gente desea sobre todo es continuar su vida con normalidad —comentó Persea mientras pasábamos frente a una madre llevando a seis o siete niños (algunos de ellos claramente no eran suyos) a través de un portal con el símbolo de las escuelas—. Por lo que respecta a ellos, la política debería ser inofensiva.

—Igual que la religión —intervino Telesta—. No existe ningún lugar en el mundo en el que la gente corriente tema tanto al Dominio como aquí.

—Yo no diría tanto. Hay sitios donde hay mucha inquietud, pero lo cierto es que aquí se encuentra el verdadero problema —repuso Persea—. Si empieza una nueva cruzada, Tandaris seguirá el camino de Poseidonis: todos serán masacrados o embarcados en dirección a Haleth para servir como esclavos. Ése es el motivo por el que le estamos dando una oportunidad a Sarhaddon.

—Todavía debemos negociar con Orosius.

—Orosius se encuentra en Selerian Alastre. Allí está la Inquisición. Si Sarhaddon es fiel a su palabra…

—¿Entonces qué? —preguntó Mauriz—. ¿Qué es lo que hará exactamente? Si se arrepienten y se unen a él en oración, deberíamos considerar que todo irá bien, ¿no es así?

—Como te habrás dado cuenta, Sarhaddon nos está ofreciendo una amnistía —dijo Laeas, frenando su enojo probablemente, pues sabía que era la última ocasión en que tenía que enfrentarse a Mauriz—. Se trata de su asunto, y él lo organiza. —¿Y habéis pensado qué sucederá si tiene éxito? Eso os dejará solos, os quitará el apoyo popular. Está bien, permitamos que apague el fuego de la Inquisición, pero no nos quedemos inmóviles pensando que todo irá bien de forma mágica, porque eso no sucederá. ¿Habéis considerado el poder que obtendrá si tiene éxito?

—Así se había comportado Mauriz durante la audiencia de Sarhaddon, aturdiendo de tal modo al virrey que en un momento le dijo que callara o se marchase. Por algún motivo, Mauriz rechazaba incluso la idea de la propuesta de Sarhaddon.

Pero Mauriz tenía parte de razón. Palatina se había anticipado a ello y, a lo largo de los dos días de discusiones, no conseguimos estar de acuerdo en nada salvo en el hecho de que yo debía hablar con Ravenna tan pronto como pudiera. Aún no habíamos recibido ninguna respuesta del mensajero y yo temía que ella hubiese vuelto a llamarlo tras enterarse de que habíamos aceptado los términos de Sarhaddon. La idea de cooperar con el Dominio era repugnante, pero ¿qué otras salidas nos quedaban? El Aeón podría echar abajo uno de los pilares del poder del Dominio. Ahora, ¿tendría eso alguna importancia con una población calmada por las prédicas de Sarhaddon?

Si es que de verdad resultaban tranquilizadoras. Aquel día sería la primera ocasión en que dirigiría a la gente uno de sus discursos. Sarhaddon y uno de los sabios instructores que él citaba alternaría las oraciones religiosas con muestras de fervor y lógica. ¿Llevaba realmente un mensaje de reconciliación? Y si así era, ¿se trataba de un mensaje sincero o sólo de meras palabras?

Recordé entonces lo que me había dicho Ravenna aquella terrible noche en las celdas subterráneas del palacio de mi padre: «El Dominio ha mantenido su poder durante doscientos años. Sus integrantes han cambiado la historia, se han instalado en él como nadie lo había hecho antes. Se hicieron guerras santas, lo sé. Pero en todo este tiempo sólo se ha producido una insurrección genuina, en el Archipiélago, hace veinticinco años, porque nombraron a un primado demasiado intransigente. Nunca habían sido populares allí, pero la vida continuaba normalmente. A la gente no le importaba mientras el Dominio se limitase a negociar con los gobernantes. Pero no fue eso lo que pasó en la cruzada, pues entonces éste pretendió darle una lección a la población. Ése es el motivo por el que sus representantes son tan odiados».

Ahora el camino giraba totalmente, discurriendo de nuevo paralelo a la pendiente para lograr un descenso más agradable que el que hubiese requerido un recorrido más directo. Había allí más tiendas y, hacia la izquierda, en un espacio entre dos edificios, un estrecho patio pavimentado, con bancos y una balaustrada que llegaba hasta la cúpula del edificio contiguo. El suelo estaba lleno de las hojas caídas de los dos árboles que había, ambos intactos, después de la tormenta. Se podía ver el mar más allá de las barandas de piedra.

La niebla de la mañana se había aclarado y, por primera vez, el azul superaba al gris, abriendo la visión del mar a un horizonte distante, que nunca había visto allí. El mar estaba picado por pequeñas olas, pero sin que llegasen a formarse capas de espuma en la superficie; no había tanto viento en este remanso entre tormentas.

Me percaté de que los demás me habían dejado atrás. Pero Laeas volvió la mirada y se detuvo, siempre feliz de tener una excusa para alejarse de Mauriz.

—¿Hermoso, verdad? —me dijo—. Deberías verlo en verano. Tiene colores increíbles, como los de la Ciudadela. Hay poca profundidad en muchos sitios, y pueden verse los bancos de arena.

—¿Son ésas las islas Ilahi? —pregunté señalando un arco de formas negras de poca altura en la distancia, con aspecto casi plano, pese a que suponía que tenían colinas—. Creo que pasamos junto a ellas de camino hacia aquí.

—Sí. La más grande a la izquierda es Lesath, luego Poros y Chosros, Ixander, Iuvros y Peschata. No recuerdo el nombre de las más pequeñas, como ese grupo de tres en el medio… ¡Ah sí, son las islas Aetianas!

—¿Aetianas? ¿Por el emperador?

—Así es. Varios funcionarios imperiales colocaron allí un monumento en su honor por alguna razón. Me han dicho que existe otro grupo de islas llamadas Tiberianas dentro de Desolación, exactamente sobre el ecuador. Alguien construyó allí un faro dedicado a Tiberius.

—¿Por qué en Desolación? —pregunté intrigado. «¿Por qué? ¿Por qué se tomaría nadie la molestia de construir un faro tan lejos de cualquier recorrido marítimo?». Y en especial un faro cuyo mantenimiento nadie podía asegurar—. No tengo ni idea —respondió Laeas alzando los hombros. Luego frunció el ceño como si estuviese recordando algo— «Los que mantienen los ojos sobre la tierra nunca contemplarán la belleza de las estrellas. Caminan en su luz sin verlas, oyen su música sin escucharla». Se supone que eso dice parte de la inscripción. Ha quedado en mi memoria porque se trata de un texto realmente extraño. Hay dos líneas más. Algo acerca de un espejo del cielo y el infierno, pero no las recuerdo con exactitud. —¡Avanzad! —gritaba alguien un poco más adelante. Permanecimos quietos otro minuto, luego fuimos con cierta reticencia en busca de los demás. «¿Por qué esos dos monumentos?, me pregunté. ¿Con qué objeto construirían funcionarios oficiales monumentos en islas desiertas? Y lo que era más peculiar, ¿por qué uno de ellos estaría dedicado a Tiberius?». Los demás nos esperaban en una curva, ante una parte de la muralla que había entre un café y un telar. Nada más unirnos a ellos reemprendimos el camino y apareció ante nuestros ojos lo que debía de ser la plaza del mercado. Nos aproximábamos por uno de los lados, ligeramente por encima del nivel de la plaza. Lo primero que nos llamó la atención fue lo atestada que estaba: era un mar de cabellos negros y colores brillantes con unos pocos espacios libres alrededor de los árboles y las estatuas, aunque había gente incluso en la base de éstas y balanceándose en las ramas más bajas de los árboles. Se oía un murmullo contenido y era patente la atención y la espera concentradas en la plataforma del orador, aún vacía frente a la impactante agora rodeada de columnas—. ¡No imaginaba que hubiese tanta gente aquí! —declaró Persea mientras descendíamos, perdiendo de vista la plaza en sí tras las filas de gente apostada a los lados de la calle—. Mirad las caras de la gente de las ventanas. No creo haber visto nunca tanta expectación.

Todas las ventanas alrededor de la plaza estaban también abarrotadas, como si se tratase de la fiesta nacional. Pero había demasiada seriedad en el ambiente para confundirlo, y se respiraba incertidumbre. Se habían congregado allí con la esperanza de que se tratase de un nuevo comienzo, pero nadie estaba seguro. Tras los amenazantes muros del templo en el extremo lejano de la plaza había todavía decenas de sacri, por no mencionar a los inquisidores y sus prisioneros.

—Nos quedaremos aquí para ver qué sucede —le dijo Persea a Mauriz y Telesta cuando llegamos a la plaza, deteniéndonos al borde de la multitud—. Laeas os acompañará y luego volverá junto a nosotros.

Les dijimos adiós sin especial calidez, y por una vez Mauriz dejó pasar la oportunidad de capitalizar la ocasión. Quizá sintió que ya había dejado clara su postura. Entonces Persea nos condujo a lo largo de la pared trasera de la plaza y a continuación descendimos por un pasaje estrecho y casi imperceptible cubierto de plantas, que llevaba a cuatro puertas muy ornamentadas. Una de ellas pertenecía a la casa de un «amigo» de Persea, que nos permitiría presenciar el acto desde uno de sus balcones, alejados de la multitud en caso de que hubiese algún inconveniente.

Persea llegó junto a la puerta y llamó con el picaporte, pero pasó un tiempo hasta que oímos pasos en el interior y se abrió la puerta. Un hombre un poco mayor que Laeas nos dio la bienvenida con la familiaridad de una vieja amistad y nos guió a lo largo de una amplia escalera circular. Era una casa lujosa, similar a la de Hamílcar en Taneth aunque con una decoración menos ostentosa, pues su propietario era un nativo del Archipiélago y no un entendido en arte.

—¿De quién es esta casa? —le susurré a Persea mientras nuestro guía se distrajo un momento con alguien que apareció en el salón.

—Ah, ¿no te lo había dicho? Es de Alidrisi, presidente del clan Kalessos, que vive en la zona oriental de Qalathar.

Alidrisi, ¿de qué me sonaba ese nombre? No tuve tiempo de pensarlo, pues pronto nos condujeron a un espacioso salón de altos techos que comunicaba con los balcones, donde ya había unas siete personas.

—Persea y sus amigos, primo —dijo el guía, y los demás desviaron su atención de la plaza.

—Encantado de conoceros —dijo uno de ellos, entrando al salón. Luego pidió que colocasen más botellas en la mesa del centro—. Por favor, bebed algo. Soy Alidrisi Kalessos.

Era sorprendentemente alto y moreno; podría haber nacido en el sur del Archipiélago. Calculé que tendría la edad de Hamilcar oquizá fuese un poco más mayor, rondaría los treinta y cinco. —Mis amigos Palatina Canteni y Cathan Tauro— dijo Persea presentándonos. Alidrisi alzó las cejas y observó de forma fugaz a Palatina, luego me estudió a mí. Su expresión era escrutadora, y cambió en un instante de la cortesía a una perturbadora intensidad. —No sabía que os conocería tan pronto— dijo abruptamente —. No os imaginaba así. Persea le lanzó una mirada inquisitiva.

—Servios algo de beber, nos uniremos en el balcón con vosotros en un minuto —declaró dejando de mirar a Persea uno o dos segundos.

Una mujer vestida con la túnica de los oceanógrafos que estaba en el balcón le ofreció a Persea una botella y yo recordé de repente. Alidrisi, una de las seis o siete personas de Qalathar que conocían la verdadera identidad de Ravenna. Eso implicaba que había estado en contacto con ella, no cabía duda.

—¿Cómo está ella? —le pregunté cuando los demás cogieron sus bebidas y ya no podían oírnos. Todo eso me hacía sentir un poco incómodo—. ¿Quién? —repuso Alidrisi cambiando de pronto de expresión. Volvía a ser el amable anfitrión, disimulando el furor de sus ojos marrones—. Ya sabes —respondí con precaución.

—Me dijo que no eras de fiar. No estoy obligado a contártelo.

—Ella dijo que no se podía confiar en mí —repetí, para comprobar si lo había entendido bien—. Exacto. —¿Cómo está?— insistí. —Tienes que haberla visto en las últimas semanas, si no antes. ¿Vino por aquí tras desembarcar? —Tu arrogante presunción no es bienvenida. No tengo ningún motivo para responder a tus preguntas ni a las de nadie—. Sí que lo tienes —espeté sumido en una mezcla de furia y esperanza por haberme topado de forma tan inesperada con alguien que veía a Ravenna—. Recibes así en público a un absoluto desconocido y luego niegas de pronto todo cuanto acabas de decir. No estoy preguntando dónde está o cuáles son sus planes. Ni siquiera si la estás tratando como ella merece o sólo como a un títere, igual que los demás. ¿Cómo se encuentra?

—Tan bien como puede esperarse, teniendo en cuenta lo que está sucediendo aquí —respondió escuetamente—. Indigno de confianza no es lo primero que a uno le viene a la mente al conocerte. Grosero, quizá. Y eso que la conozco de toda la vida.

—Fuiste a visitarla a la Ciudadela, ¿verdad? —disparé como si estuviese borracho o hablando con un enemigo, sorprendido de mi propia actitud—. Tengo la impresión de que conoce mejor al virrey.

Sentí entonces un inexplicable odio hacia Alidrisi, una necesidad urgente de golpearlo, de zarandearlo por todo el salón con mi magia.

Pero me obligué a detenerme, a contener la frase que tenía en la punta de la lengua. ¿Por qué me estaba ocurriendo aquello?

—Lord presidente —declaré respirando profundamente—, le pido disculpas por mi comportamiento. He sido imperdonablemente maleducado.

—Disculpas aceptadas —dijo tras un momento. Luego sonrió con una calidez que se reflejó en sus ojos. Pero en su rostro permanecía una expresión de ligera preocupación—. También yo me disculpo por recibirte de este modo. Con frecuencia me acusan de no tener tacto, algo que no favorece en absoluto al representante de un clan.

Me resultaba difícil creer que ese hombre fuese de hecho un presidente de clan. Quizá en Thetia pudiese serlo alguien así, pero no en Qalathar.

—Está preocupada —me informó—, en realidad casi deprimida. No ha sido un regreso a casa demasiado feliz y tampoco la alegra lo de hoy. Y no, no la estamos tratando como a un títere, lo único que hacemos es mantenerla en lugar seguro.

—¿Le desagrada el plan de Sarhaddon o es sólo que desconfía del Dominio?

—Fue a ti a quien convenció de todo esto, ¿verdad? —preguntó, ahora con expresión cautelosa. Ese hombre era tan voluble que me desestabilizaba a cada instante.

—Fue un compañero de aventuras hace tiempo. Soy el único de nosotros a quien conoce.

—¿Y confías en él pese a lo que te hizo?

—¿Ella está al tanto de su versión de lo ocurrido? —Sí, pero no está convencida en absoluto. Ni tampoco lo estoy yo ni nadie de estas tierras. Tú provienes de un sitio donde el Dominio es racional, apenas una parte de la vida, donde no tortura ni juzga ni quema como hace aquí. Aquí… nunca han intentado nada semejante, y es casi seguro que se trata de un nuevo engaño.

—Si tiene éxito, no habrá cruzada. Lachazzar ganará fama y ahorrará dinero.

—A Lachazzar no le interesa el dinero —afirmó Alidrisi en un repentino rapto de odio, otra faceta de su temperamento—. Desea alimentar los fuegos del infierno, llevar las llamas mucho más alto que cualquiera de sus antecesores. Si se elevan hasta chamuscar la superficie del mundo, mucho mejor. Será una advertencia. A Lachazzar no le interesa vencer con diplomacia. —¿No nos conviene correr el riesgo? Todos saben que Lachazzar quiere una cruzada, y nadie desea que eso suceda. Si Sarhaddon nos da una oportunidad de detenerla, ¿no es mejor aprovechar esa posibilidad?— pregunté sin saber con seguridad por qué me había involucrado en semejante discusión. Pero Alidrisi no era un hombre fácil de ignorar, y resultaba difícil quitármelo de encima. Además, no hacía mucho tiempo que había hablado con Ravenna. Me encontraba de pronto tan angustiosamente cerca… Era necesario que me comunicase con ella de algún modo.

—Me parece que los odios están demasiado enraizados —opinó Alidrisi mientras señalaba con una mano por la ventana a una multitud invisible pero muy audible—. Sarhaddon los sermoneará con dulces palabras y luego atacará. Tenemos que averiguar cómo lo hará.

—Debió de notar entonces el escepticismo en mi mirada, pues añadió:

—Parece haberte convencido, lo que me sorprende. Confiar en un supuesto amigo que estaba preparado para ejecutarte parece… peligroso. El Dominio ha roto todas y cada una de las promesas que ha hecho y traicionará a quien sea si así obtiene más poder. Los reyes y los emperadores lo hacen constantemente, aunque no pretenden que sea la voluntad de dios.

—Sí, pero Qalathar no puede derrotar al Dominio. ¿Acaso al

Guien ha pensado en un modo de lograrlo o sólo vais de una crisis a otra intentando contener su avance?

—¿Insinúas que somos un pueblo vencido? —dijo recuperando su expresión más sombría.

Levanté las manos tratando de aplacarlo. Parecía tan propenso a la calma como a la ira, aunque no lo conocía. —No más que Océanus— aclaré. —Pero no podríais protegeros si se produce una nueva cruzada.

Alidrisi se relajó un poco, pero seguía pareciendo preocupado y tardó un minuto en responder.

—Mantengo esta conversación muy a menudo, y nunca consigo responder a esa pregunta. Carecemos de una autoridad central, con excepción del virrey.

Considerando su gesto de disgusto, concluí que no tenía un concepto demasiado bueno de Sagantha.

—Pero la faraona será sólo un instrumento del Dominio, ¿no es así? Sin ejército, sin flota, sin poder protegerla de los magos.

—Si has supuesto siquiera por un segundo que colaborará con los sacerdotes, te has equivocado por completo.

—Sé que no lo hará —comenté con suavidad, tratando de ignorar esa nueva insinuación de que yo no era digno de confianza. Alidrisi parecía haber adivinado lo que yo sentía por Ravenna y por algún motivo eso le molestaba, así que no perdía la oportunidad de atacarme—. Todos deseamos que regrese como una heroína conquistadora y expulse al Dominio sólo con encararse a él, restableciendo la libertad y la paz y todo eso. Muy bien, ella es más que capaz de lograrlo. Pero ¿cómo?

—Existen aliados esperando recibir motivación suficiente.

—¿Dispuestos a asumir el riesgo de las prohibiciones, del aislamiento? La gente sólo obedece al Dominio porque se supone que habla en nombre de Ranthas. El Dominio es el único que puede detener las tormentas y brindarnos el fuego. Y eso basta incluso sin los sacri ni los haletitas.

—¿De modo que debemos rendirnos y aceptar la derrota, intentar llegar a un acuerdo? ¿Es eso lo que estás diciendo?, ¿que nunca seremos capaces de derrotarlos de ningún otro modo y que si les suplicamos lo suficiente nos concederán una independencia simbólica? Eso estará bien para la gente de Océanus; es probable que tú no hayas visto jamás a un sacri hasta hace uno o dos años. Persea y el resto de nosotros hemos crecido viéndolos todos los

Días, sabiendo que poseen el poder de decidir sobre nuestra vida y nuestra muerte. ¿Crees que dejarán ese poder de forma tan sencilla como afirma Sarhaddon?

—No, tienes razón. Yo no los he tenido delante hasta hace poco. Pero ¿acaso eso me descalifica para poder enfrentarme a ellos? El Dominio destruyó también mi hogar, mi tierra natal, sólo que allí no emplearon el fuego y la espada.

A mis oídos sonaba falso llamar hogar a Thetia, y también me parecía pomposo de mi parte. Thetia no era mi hogar, sino sólo el sitio donde había nacido, y, por otra parte, no me sentía thetiano. —Una destrucción de lo más agradable, ¿verdad?— comentó Alidrisi con acidez. —Fiestas, noches de música y danza, ópera… No puedes culpar al Dominio: tu propia gente comenzó a volverse perezosa en cuanto dejaron de tener contra quien luchar. El Dominio es sólo un chivo expiatorio muy conveniente. —¿Y quién es vuestro chivo expiatorio?— protesté, sintiendo que la ira volvía a apoderarse de mí, y aunque no me correspondía a mí decir tal cosa. —Os habéis preparado durante veinticuatro años para este día y no habéis conseguido nada. La faraona no tiene ahora más posibilidades de asumir el trono que las que tenía cuando acabó la cruzada. Esas alianzas de las que hablas nunca se han concretado, la patética flota que poseíais se perdió en el momento mismo en que aparecieron los inquisidores y tenéis tan poco poder como siempre. De todos modos, pese a eso, os oponéis a esta oportunidad incluso antes de oírla. Me detuve de pronto, con la espantosa sensación de haber roto el tenue hilo que me unía a Ravenna. Observé a Alidrisi con nerviosismo. ¿Por qué tenía que ser precisamente ese hombre? Aún tenía otro contacto, ¿o quizá éste era el definitivo y lo había echado a perder? ¡Por Thetis! ¿Por qué había abierto la boca?

—¿Vas a cubrirte de gloria si el plan funciona? —preguntó con amenazadora calma—. Lo digo porque fuiste la primera persona a la que le comunicó su propuesta.

—¿Has sido condenado a muerte en alguna ocasión, Alidrisi? Como tú dices, toda Qalathar ha sufrido esa condena, pero Sarhaddon os está concediendo la posibilidad de apelarla. ¿Permanecerás aquí si comienza la cruzada, sufriendo con el resto de la isla? —No reconozco la autoridad de ese tribunal. Ninguno de nosotros la reconoce. Ni yo, ni Persea, ni Laeas, ni toda esa gente que ves allí abajo. Mientras el Dominio no sea eliminado, destruido, aniquilado, aquí no existirá justicia alguna. Todo lo que podemos obtener con esto es la suspensión de la sentencia. Sí, tenemos un plan alternativo que no contempla responder a sus peticiones. Que es exactamente lo que tú has hecho, permitirle al Dominio tomar de nuevo la iniciativa y distraernos mientras se prepara para la siguiente jugada. No pienso seguir su plan. Y no lo hará tampoco ninguno de nosotros, comenzando por la propia faraona a la que dices querer. O eres un iluso o tan estúpido y loco como el resto de tu raza. Tú escoges, pero no la involucres en esto. Alidrisi me dio la espalda deliberadamente, cogió su copa y regresó al balcón más lejano, donde comenzó a conversar con dos personas que estaban allí. Yo lo miré un instante, mordiéndome el labio con fuerza. Tenía la sartén por el mango y definitivamente me había puesto en mi sitio.

—No ha salido bien —observó Palatina apareciendo detrás de mí—. Apostaría a que se opone al plan de Sarhaddon.

—Se opone a todo —dije, furioso, incapaz ya de contener la rabia—. Cree que es una maniobra de distracción mientras el Dominio se prepara para la cruzada, y nunca aceptará otra cosa que su derrota total. Por supuesto que no tiene la menor idea de cómo lograrlo, pero está convencido de que no soy lo bastante digno para hablar con Ravenna. Ha dicho que ella está bastante triste, lo que no me sorprende si la rodean personas como él.

—Tace, tace! —dijo Palatina mirando a su alrededor con preocupación—. Hay mucha gente escuchando.

—Siempre hay mucha gente escuchando —añadí, pero esta vez en voz muy baja. Las últimas palabras de Alidrisi me habían alarmado. Sonaba como si mantuvieran a Ravenna bajo su control. Pero, en ese caso, ¿para qué me diría que estaba alicaída? ¿Habría sido maldad deliberada?

—Recuerdo que ella me dijo en una ocasión que era un títere de los juegos de poder de los nobles —advirtió Palatina—. Creo que ahora la comprendo. Sagantha no es así, me parece que de veras se preocupa por ella, pero Alidrisi parece considerarla… una posesión. No pude oír lo que decías, pero VI su expresión. Puedo entender su preocupación, pero, según me ha dicho Persea, Alidrisi es una de las personas más poderosas de Qalathar, y no sería una buena idea que fuese nuestro enemigo.

—Me pareció que asumía ese papel nada más oír mi nombre.

—Sí, creo que así fue. Espera un minuto —me pidió Palatina y regresó a la ventana. Allí apartó a Persea del resto y le preguntó algo. Ella pareció perpleja, le dio una larga respuesta, y luego Palatina volvió junto a mí—. Persea dice que Alidrisi es una persona bastante transparente, lo que significa que seguramente no le caes bien. Debe de ser por algo que ha dicho Ravenna. —¿Crees que conoce mi origen familiar?— ¿Lo mencionó?

Pensé un momento y luego negué con la cabeza, bastante seguro de que no había hecho ninguna referencia.

—Sabe que soy thetiano y despotricó contra Thetia en una ocasión, pero no habló de mi familia.

—Entonces es que no lo sabe y piensa que eres un joven de Océanus bastante irrelevante, que, por algún motivo, nació en Thetia. Si Ravenna hablase de ti con cariño o algo más, se preocuparían. Quizá deseen utilizar a Ravenna para comprar ayuda.

—¿Comprar ayuda? —Me llevó un tiempo comprender qué quería decir—. Es una costumbre bárbara, lo sé. Es probable que se haga en Océanus. Aquí resulta impensable.

—Pero la mayor parte de los sitios donde podrían obtener ayuda son repúblicas como Taneth y Cambress. Las conexiones familiares no son suficientes allí; ni siquiera les agrada que sus líderes sean parientes de la realeza.

—Eso es lo que me inquieta —afirmó Palatina, volviéndose un poco para observar a Alidrisi, que seguía en el balcón dándonos la espalda—. ¿Podrías resumirme más o menos lo que te dijo? Le conté todo lo que pude recordar. Ella me escuchó inmóvil. —Da la sensación de que no tiene realmente ningún plan, pero no podemos darlo por sentado. Podría ser mucho más sutil de lo que pensamos.

—¿Y por qué te preocupa?

Fuera, el ruido de la multitud cesó de súbito, y la gente dejó de hablar en el balcón. Un profundo silencio lo invadió todo.

—Las alianzas matrimoniales tienden a forjarse en el infierno —susurró Palatina—. Al menos, eso es lo que cree la mayoría de thetianos. Los que no son en absoluto de allí.