Recuerdo a mamá en el mirador viéndote alejar por la calle, desesperada por tu desgarbado andar con los pies hacia dentro. Recuerdo a papá comentando lo extraño que resultaba que a los triunfadores de la Guerra Civil se les pasase por alto la inscripción que figuraba a los pies del Sant Jordi en el mosaico que coronaba la fachada de enfrente de la Casa de les Punxes: Sant patró de Catalunya, torneu-nos la llibertat. Recuerdo tu dormitorio en fachada, cursi pero regio, con un baño completo para ti sola. Recuerdo mi pequeño dormitorio, abierto a un exiguo patio interior que, estando en un segundo piso, no recibía apenas luz. También mi aseo minúsculo con váter y lavabito en el pasillo. Recuerdo el dormitorio de nuestros padres, que daba al patio de manzana, con un bello armario art déco recuperado del piso antiguo, armario que remontado —deconstruido se diría ahora— aproveché en el dormitorio de mamá en el ático que proyecté en el Paseo de la Bonanova. El amplísimo vestidor de mamá, en el centro de la fachada trasera, con tocador central y amplios armarios empotrados, todo lacado color marfil con motivos florales en el centro de los paneles. También nuestro cuarto de juegos, que acabó siendo el mío, ocupado por trenes eléctricos, aviones, banco de carpintero y otros cachivaches. Recuerdo la cocina económica, de carbón, que calentaba también un gran depósito de agua sanitaria. ¡Qué curioso, llamábamos económica a una cocina de carbón que hoy es un lujo para cuatro gourmets! Recuerdo el cuarto de costura, con una máquina de coser Singer con pies y pedal de fundición y una correa de transmisión de sección cilíndrica de cuero. Y el dormitorio de servicio, en el que apenas entré. Lo de la iniciación sexual con jóvenes del servicio doméstico, tan cara a otros autobiógrafos, es una experiencia que jamás imaginé. Recuerdo la biblioteca con todas las estanterías de madera repletas de libros, muchos de los cuales se arruinaron cuando se inundó una noche por un escape de agua en el piso superior. En aquella cálida estancia había una chimenea donde hacíamos fuego de tanto en tanto, pero que resultó preciosa en la histórica nevada de la Navidad de 1962, cuando nos quedamos sin electricidad ni gas durante muchas horas y toda la familia, incluyendo al perro, tuvo que refugiarse y dormir alrededor del hogar. Biblioteca que fue sede del nacimiento y de los primeros pasos de Editorial Lumen, donde recibimos a los autores y fotógrafos con los que creamos la ya mítica colección Palabra e Imagen. Recuerdo el tremendo frío que pasábamos, sobre todo al levantarnos. Como íbamos al Colegio Alemán y no dábamos clase por las tardes (ventaja fundamental en mi educación, pues me permitió, entre otras cosas, acudir a clase de dibujo en Llotja desde los doce años) empezábamos muy pronto, a las ocho de la mañana, lo que significaba que debíamos levantarnos a las siete, una hora antes de que el portero encendiese la caldera de la calefacción central y dos horas antes de que el piso estuviese medianamente atemperado. Desde entonces he odiado la calefacción central que, como todo tipo de colectivismo, solo da lugar a incomodidades y a batallas campales en asambleas de vecinos. Tales eran las discusiones sobre los criterios por los que debía regirse el encendido de la caldera central que al final se llegó a la cómica solución salomónica de que se pusiese en funcionamiento tal día del año y se apagase tal otro, hiciese la temperatura que hiciese. En ningún edificio proyectado por mí ha habido instalaciones de acondicionamiento térmico o de agua caliente centralizadas. Durante años los colectivistas defendieron que estas significaban un ahorro considerable para el conjunto de la sociedad, hasta que un estudio muy riguroso, realizado en Suecia, demostró que el consumo energético de las calefacciones centralizadas era un treinta por ciento superior al de las individualizadas. Parece bastante evidente que cuando la factura no la paga uno sino la comunidad se es menos estricto a la hora de abrir la ventana en vez de cerrar la llave del radiador, pero siempre habrá ilusos que crean que el egoísmo no es consustancial a los individuos sino producto de lo que los marcusianos de nuestra juventud llamaban «el sistema».
En los pisos del Paseo de la Bonanova ocurrió algo realmente inefable. En las reuniones de vecinos (solo he asistido a una en casi medio siglo) eran feroces las peleas sobre el empleo del agua caliente, que se compartía, mientras que el agua fría era independiente y cada cual pagaba la suya. Los vecinos se acusaban unos a otros de usar siempre agua caliente y si la necesitaban fría dejar que se enfriara. Y nos dieron una encuesta a la que debíamos responder. Entre otras treinta cuestiones se preguntaba: «¿Con qué frecuencia se duchan los ocupantes? En caso de bañarse, ¿dejan que el agua rebase la bañera y se desperdicie? ¿Usan agua caliente o fría cuando tienen que hervir algo?». Pero lo más gracioso fue que uno de los vecinos añadió: «Las cifras se ven aumentadas porque ha sido preciso bañar al bebé dos veces».
Independientemente de lo arbitrario del sistema de nuestra calefacción central, y sin adentrarnos en el espinoso tema del calentamiento global, creo que estarás de acuerdo conmigo en que aquellos inviernos eran francamente más fríos que los actuales. Recuerdo perfectamente la diversión de quebrar el hielo de los charcos camino del tranvía 23 que subía por Mayor de Gracia o de la estación de Provenza del tren de Sarriá que nos acercaban al colegio. Charcos helados en pleno Ensanche, aunque sea de buena mañana —horas en las que reconozco ya no suelo pasear—, creo que ahora se deben de dar muy pocos.
Bueno, estos recuerdos de nuestra casa en la calle Rosellón son aproximados, ya que mamá siempre tuvo mal de piedra, o sea la obsesión de hacer obras, de desplazar un tabique, de abrir una puerta. Menos mal que la vivienda era de alquiler, como todas en aquella época, ya que la posibilidad de propiedad horizontal aún no existía, y para cualquier obra se necesitaba el visto bueno de la propiedad, porque de no ser así mamá no hubiese parado de modificar la planta. La verdad es que sabía leer un plano arquitectónico y era capaz de imaginar un espacio. Cuando tío Luis proyectó las viviendas en un terreno de avenida Hospital Militar que había pertenecido a una clínica de papá —edificio donde acabamos residiendo, tú en una vivienda y yo en la adquirida por el padre de Beatriz, y en cuya planta baja se ubicaron las oficinas de Lumen que proyecté con Lluís—, mamá, estudiando los planos, propuso unas modificaciones de planta de lo más acertadas. En la casa de Rosellón acabé viviendo yo con Anna, de la que me había enamorado locamente, pudiendo liberar a Beatriz de nuestra presencia en su vivienda donde convivíamos, revueltos, con Gonzalo Herralde, amante a la sazón de Beatriz. Nuestros padres se fueron a vivir al ático del Paseo de la Bonanova y el piso quedó libre con un alquiler congelado de precio ridículo. En dos habitaciones, las que habían sido dormitorio y vestidor de nuestros padres, pasé unos años apasionantes con Anna, y en la biblioteca instalamos con Beatriz la primera oficina de Tusquets Editor. Ahora me doy cuenta de que nunca utilizamos el resto de la amplísima vivienda, ni siquiera la cocina. Comíamos habitualmente contigo en casa de nuestros padres y cenábamos siempre fuera, habitualmente en el Flash Flash. Esto duró hasta que el propietario se dio cuenta de que nuestros padres habían desaparecido del piso y envió un notario a casa a comprobarlo. Entonces amenazó con un desmesurado aumento de alquiler o con desahuciarnos, por lo que tuvimos que buscar una alternativa que afortunadamente encontramos en la misma manzana, en el espléndido edificio de la época racionalista de Duran Reynals —otro arquitecto que cambió de estilo, aunque siempre fue excelente— en Lauria esquina Córcega. En aquellos estupendos interiores pinté casi todos los cuadros de Anna.
En el piso de la calle Rosellón viví toda mi juventud. Entré siendo una niña y salí para casarme. Al irme —supongo que no me importaba, porque estaba enamorada y además porque ni se me ocurría que el lugar donde uno habitaba tuviera que ser para siempre, y me temo que tampoco estaba muy segura de que el matrimonio, pese al enamoramiento inicial, fuera a durar eternamente— abandonaría el Ensanche en una especie de doloroso exilio. (Barcelona es mi ciudad y me gusta. Me cuesta entender que muchos de nuestros amigos la encuentren inhabitable y se trasladen a Madrid). Un exilio que duraría casi medio siglo, porque he tenido que ser una vieja de más de setenta años para regresar por fin. No exactamente al punto del Ensanche que prefiero, pero muy cerca.
Casi todos los días paso caminando a los pies de las ventanas del aula donde daba la clase de Griego un curita inefable, que pasaba lista y suspendía a los que hacían novillos, pero al que no había que escuchar, de modo que yo y María Ángeles, la primera chica que conocí en la universidad, pasábamos la hora escribiendo e intercambiando poemas, y en esta misma aula teníamos clase de Filosofía con Valverde, del que estábamos todas medio enamoradas, porque era joven y guapo y poeta, y además era de izquierdas, y tenía una voz de terciopelo oscuro, un poco rota, y unas manos maravillosas.
Paso, pues, casi todos los días debajo de estas ventanas —¡qué frío hacía en el interior, Dios mío, a primeras horas de la mañana!—, y pocos metros después cruzo ante la puerta por la que entrábamos en el ala del edificio ocupada por la facultad de Letras. Y es muy importante, ¿sabes? Pienso que por esto y por otras pequeñeces similares he regresado por fin a vivir aquí.
A vivir y a morir aquí. O en mi pisito de la calle Muntaner, o al lado de la mar. ¡No permitáis, hermanito, ni mis hijos ni tú (aunque sé la pereza que dan estas cosas, me fío más de ti que de mis hijos) que me internen en un hospital! No quiero un final feo y sórdido. Y después ¡evitad todo tipo de homenaje y sobre todo que alguien haga un discurso o, aun peor, ose recitar un poema! O juro por todos los dioses en los que no creo que acudiré todas las noches, con la mortaja y las cadenas de rigor, a tirarles de los pies a los insensatos (palabra esta que no puedo escribir ni pronunciar sin recordar a Antonio Vilanova, uno de los profesores más queridos, que desempeñaría más tarde un impagable papel en la futura editorial), incluidos tú y mis hijos por felones y traicioneros, en caso de no cumplir lo acordado. O sea que, si como dijiste públicamente me amas y me temes (que alguien, y tú menos que nadie, pueda temerme me llena de estupor), vete poniendo las pilas.
Pero quería hablar de mi traslado, del de toda la familia, a Rosellón. No había, como dices, comparación ni en la calidad del edificio ni en la zona. Sin embargo, seguíamos en el Ensanche, a unos treinta metros de la Diagonal y a dos travesías del Paseo de Gracia. Podía ir andando a cines, teatros, tiendas, y a la universidad. Además, mi habitación era la mejor de la casa, porque mamá, por temor al ruido de la calle, prefirió ocupar la parte de atrás. Realmente, en este caso salí enormemente beneficiada del reparto. Creo que se debió al criterio de que yo era chica y era la mayor.
Lo increíble era el contenido de mi habitación: una cama y un armario isabelinos, que procedían del dormitorio de soltera de mamá y que desde niña me anunciaron lo que reservaban para mí; un tocador —gran espejo y faldas de tul blanco— que podría haber pertenecido a Scarlett O’Hara; una farola de iglesia, como las que se llevan en las procesiones, daba luz para leer acostada; una mesilla de noche redonda, de bronce y mármol, que parecía de casino o de bar elegante, y una lámpara de cristal, con lágrimas que derivaban del marrón al beige pálido colgada del techo. Mamá podía tener buen gusto y estar dotada para el diseño y la arquitectura, pero aquel dormitorio, tal vez debido en parte a las ideas del Decoradoret, era delirante. ¡Ah!, en mi baño había una barra de ballet, para que hiciera ejercicios (recibí clases de flamenco y de danza clásica, y me gustaba), o para que las malditas puntas de mis jodidos pies no se torcieran siempre hacia dentro (no dio resultado, ahora lo hago tanto que en ocasiones tropieza el uno con el otro, y cualquier día me pego un batacazo).
En mis paseos de exploración por el nuevo barrio —a los que podía dedicar mucho tiempo porque ya habíamos vuelto del veraneo en Playa de Aro, pero no había empezado todavía el curso escolar— descubrí varias pastelerías y un bar que tenía muy buen aspecto y donde se veía casi siempre grupos de jóvenes, o parejas, o gente de gesto grave discutiendo en torno a grandes mesas. Pero, en aquellos momentos, los pasteles no desempeñaban un papel importante en mi vida (unos años después, sin embargo, al volver yo de una larga estancia en Suiza y regresar con diez kilos de más, mamá, que me esperaba en la estación, tuvo un ataque de pánico —¡aquello era peor, mucho peor, que andar con los pies hacia dentro o no interesarse por la ropa!, ¡tener una hija gorda rebasaba sus peores expectativas de futuro!, ¡y también las mías!— y caímos en una situación terrible que duró años, porque en aquellos tiempos no se iba al psiquiatra sin motivos graves, y no parecía que en nuestro caso los hubiera, pero ahora sí sé que en torno a estos motivos había cristalizado el conflicto con mamá, que estaba yo gravemente enferma y que, si en alguna ocasión he necesitado la ayuda de un profesional, fue entonces), y no iba, claro está, de bares, ni sabía que aquel tenía cierto renombre —era y es el Bauma— y cierto carácter, y que allí tendrían lugar muchas de mis citas futuras.
Así pues, en aquellas exploraciones iniciales ni las pastelerías ni el Bauma me impresionaron demasiado. Pero hubo algo que sí me impresionó, que me hizo dar saltos de alegría y me reconcilió con las desventajas del piso nuevo: muy cerca, a poco más de una manzana, había una librería. Era como peregrinar por el desierto, establecer el campamento en un lugar desconocido, al azar, y descubrir con el amanecer que tienes, justo al lado, una fuente. Para mí una librería era una necesidad primordial. Y sigue siéndolo, pues, a pesar de que por motivos inexplicables he dejado hace meses de leer, en mi deambular alrededor del piso nuevo hago un concienzudo examen de las librerías, muchas de mi época de estudiante; otras, posteriores; varias, desaparecidas.
La librería que descubrí cerca de la casa de Rosellón (todavía ahora, cada vez que cruzo por delante, la busco con la mirada, pero hace ya mucho que desapareció, y tiene forzosamente que hacer mucho que los dueños murieron), era además mi tipo de librería favorito: un negocio pequeño, familiar, con textos clásicos, de teatro, de poesía, de narrativa, casi siempre en ediciones de bolsillo y no demasiado caras. Una librería donde podías devolver lo que, mirado en casa con mayor detenimiento, decidías que no te interesaba; una librería a la que no acudías únicamente para comprar, sino para pasar un rato, rebuscando novedades en los estantes o hablando con el librero, un antiguo maestro, chiflado por la literatura, que había elegido para su establecimiento un nombre con resonancias romanas y marineras: Trirreme.
En la librería Trirreme, revolviendo a conciencia los estantes a la busca y captura de un ejemplar que se hubiera escabullido hasta allí, mientras una señora hablaba con el librero, surgió el nombre de Elena Fortún. Es muy probable que tú no la hayas leído nunca, porque en aquellos tiempos había libros para niños y libros para niñas, y entre nosotras Elena era una de nuestras preferidas. Recuerdo una colección que se llamaba «Lecturas para la niña que se hace mujer». La leí entera, claro, porque leía todo lo que caía en mis manos. En cierta ocasión me quedé sin lectura en Playa de Aro, y no les quedaba ninguno de los títulos que se vendían allí. Ante esa situación desesperada conté las páginas que me quedaban por leer —por suerte se trataba de un libro muy largo— y las repartí entre los días que nos restaban de veraneo. No hice ningún día trampa, pero acabé exangüe, como tras una cura de alcoholismo o de una adicción desconocida. Nadie hubiera imaginado que esta dependencia desmesurada podía desvanecerse un día, pero eso es lo que ha ocurrido. Y no he hecho ningún esfuerzo por seguir leyendo. La vejez es una larga sucesión de pérdidas y no voy a intentar detenerlas.
Elena Fortún era para mí un ídolo total. La figura central de las historias, Celia, un personaje único. En raras ocasiones, en España jamás, podía existir algo parecido. Nadie me había hecho reír tanto ni me había emocionado tanto. Supe por el librero que pocas horas antes había estado en la tienda, que había adquirido un montón de libros, que pesaban mucho y se los iban a llevar a su casa. Anoté la dirección, corrí a nuestra casa, me puse el vestido que acababa de terminar Sofía, cogí un ejemplar de Celia, compré unas rosas en la floristería de la esquina, y allí estaba yo, con el corazón desbocado y en la boca las palabras que traía ya aprendidas.
Has hablado a menudo de mi timidez, que ha sido realmente atroz y me ha hecho pasarlo mal, muy mal, por meras tonterías y por la que he pagado un precio elevado. Pero quiero señalar dos cosas. Primera, no sé qué les ocurrirá a otros, pero en mí, hace ya mucho tiempo, la timidez ha desaparecido, solo quedan restos, restos que no son mayores que los que arrastramos todos los humanos. Segunda, pueden producirse en los tímidos, incluso en los más tímidos, unos arrebatos insospechados, en ocasiones de una insensatez y una audacia que superan en mucho lo previsible.
Bueno, yo no era peligrosa ni necesitaba un tratamiento médico (o quizá sí me hubiera resultado útil ir a la consulta de un psiquiatra, pero no para tratar el tema concreto de la timidez). ¿No era chocante que me supusiera un esfuerzo recorrer el pasillo de un teatro entre el público sentado en las butacas, y me dirigiera impávida al domicilio particular de un escritor o un actor o un bailarín para que me devolviera, firmado por él, el libro o el álbum de autógrafos?
Elena Fortún me dedicó con palabras muy cariñosas el libro y me invitó a volver a visitarla. A partir de aquel día se estableció una costumbre. Cada quince o veinte días yo la telefoneaba y fijábamos día y hora de la próxima entrevista. Sentadas junto a la ventana, ante una taza de té y unas pastas, hablábamos de todo, incluidos temas que jamás se tocaron en mi casa. Yo no había conocido nunca a una mujer como ella. Me contó que en su tiempo apenas había mujeres en la universidad, de hecho solo tres, y que en los descansos entre clase y clase el bedel las encerraba en su garita para que no pudieran intimar con los muchachos. Hubo, pues, en España, mujeres independientes, politizadas, capaces de asumir compromisos, dedicadas a abrirse paso en el campo profesional. A raíz de nuestra Guerra Civil, Elena y su familia (entendí que estaba casada y que tenía dos hijos varones) se habían exiliado en Argentina. Allí había publicado ella sus libros, se había hecho famosa. Me habló mucho del peronismo, sobre todo del complejo personaje de Evita. Y, aparte del amor por los libros, compartimos algo muy profundo: el amor por los animales y el horror ante el trato que les daban los humanos.
Pasaron meses y yo era una niña, aunque esto no justifica mi comportamiento. La verdad es que fui perdiendo interés por aquella anciana recluida en una habitación de alquiler, en una ciudad donde no parecía tener amigos. No parecía tampoco que sus hijos asumieran ningún papel en aquella historia. Tardé mucho más de lo habitual en ponerme en contacto con ella. Y me contestó con un tarjetón, contándome que había estado muy enferma y que había atribuido mi silencio a que mis padres, temerosos de un contagio, no me habían permitido visitarla. En cualquier caso, quedaba claro que su dolencia no era peligrosa. Yo contesté inmediatamente, también por carta, que no había sabido que estaba enferma, que mis padres tampoco y que jamás se les hubiera ocurrido intervenir ni poner trabas a que nos viéramos. Le telefonearía en cuanto terminara unos exámenes y reanudaríamos enseguida nuestros encuentros, tan valiosos para mí.
Pero ni existían tales exámenes ni, pese a pensar hacerlo, le telefoneé ni le escribí. Tiempo después supe que se había trasladado a Madrid, donde tenía buenos amigos, y que había muerto allí.
Yo había aprendido dos cosas (ambas inútiles por igual): que la vejez afrontada en soledad puede ser terrible, y que yo —tan compasiva, tan generosa, tan solidaria— era capaz de rehuir a toda costa la enfermedad, el sufrimiento, la decadencia y la muerte de los demás, sobre todo si se trataba de seres muy queridos.
Muy, muy cerca de nuestra casa estaba la iglesia de los Carmelitas, y resultaba cómodo, porque los domingos y fiestas de guardar seguíamos yendo a misa con «la señorita de los domingos», que me contaba historias románticas, en ocasiones con un gustillo amargo —que tú no escuchabas, porque ya entonces te merecían el calificativo de cursiladas— y me enseñaba a recitar a Bécquer, a Rubén Darío, a Amado Nervo, a Campoamor. En aquella iglesia tuvieron lugar sucesos para mí importantes. A la hora de nuestra misa daba siempre el sermón el mismo sacerdote. Y sospecho que debía de ser famoso, como lo era nuestro tío en la iglesia de la Concepción. Las dos iglesias no estaban muy lejanas una de la otra y, salvo a primeras horas de la mañana, compartían el mismo tipo de burguesía acomodada y convencional, la nuestra. Pero los sermones de monseñor Tusquets eran celebrados por su elegancia, por su ingenio, por su amenidad, por su nivel cultural, mientras que los del carmelita lo eran por su contundencia y su agresividad apocalíptica, casi brutal. Al parecer, a unos clientes les cuadraba el mimo y a otros les iba la marcha. Supongo que tú ni lo recuerdas. Tuviste la suerte de que te pasaran por encima, sin contaminarte, cosas que a mí me marcaron.
Nuestro cura no usaba nunca el modo impersonal, estaba lo bastante claro que se refería a nosotros, a los que estábamos sentados allí, en los bancos de su iglesia. «Vosotros», decía. Y contaba que una señora había ido a preguntarle un día por qué razón sus bebés no podían andar desnudos, si el Niño Jesús lo estaba en muchas esculturas y cuadros. «Ah», tronaba el sacerdote. «¿No sabes por qué? ¡Yo te lo diré! ¡Pues porque la Virgen María no los tuvo, no los concibió, como lo has hecho tú! ¿Verdad que no?». Y de ahí se desprendía que aquella señora y todas las mujeres que en el mundo han sido (menos la Virgen María) han hecho algo feo, algo sucio, que mancilla el cuerpecito de sus bebés y les priva del derecho a la desnudez. Todas éramos —eso lo pienso ahora, entonces no entendía nada— unas guarras. Y toda relación carnal, con amor o sin amor, con matrimonio o sin matrimonio, nos envilecía.
La mayor parte de las arengas que recuerdo trataban de sexo, pero al menos una no. Versó sobre lo que había sucedido el 18 de julio del 36, cuando las hordas rojas atacaron las iglesias. Y después de describir morosamente, morbosamente, todos los horrores (sí, Oscar, tienes razón, los hubo, muchos y horribles, tan bestias como los franquistas), a grito pelado, con los ojos desorbitados: «Y ¿dónde estabais vosotros? Decidme, ¿dónde estabais vosotros mientras nos torturaban, nos asesinaban, violaban a las religiosas, destruían imágenes sagradas, quemaban templos, dónde estabais vosotros?». Y pensé que no habían estado allí, que deberían haber estado y no estuvieron, pero recordé que los dos hermanos pequeños de nuestro padre sí lo hicieron, sí cogieron el fusil y se lanzaron a la calle, a defender aquello en lo que creían, y en lo que creían por igual monseñor Tusquets y el jesuita apocalíptico y todo el mundo, y recordé que el 19 de julio estaban ambos muertos, aunque se los dio como desaparecidos. Era extraño, o a mí me lo parecía, que nunca se hablara de ellos, que ni siquiera se los citara en las conversaciones. ¿Por qué lo hacían? Era como matarlos dos veces.
Algunos sermones los entendí mal, o no los entendí en absoluto, o no me interesaron, pero otros me impresionaron de veras y los he mantenido vivos hasta hoy, mientras se metamorfoseaba, lo reconozco, no solo la opinión que me merecen sino incluso su recuerdo.
Hay algo más que tuvo lugar en aquella iglesia. No sé si he comentado alguna vez contigo hasta qué punto me torturó, desde los diez años hasta casi los veinte, la práctica de la confesión. Tanto sufrimiento inútil es algo que nunca he perdonado. Me pregunto cuántos pacientes atenderán psiquiatras y psicoanalistas por culpa de unas represiones y amenazas que de niño no acabas de entender y de las que luego jamás te liberas. No puedo ni quiero mantener ante la Iglesia Católica una postura neutral. No se trata de discusiones teóricas, ni de que no tenga cualquier hijo de vecino derecho a apuntarse a un credo o a otro, ni se trata tampoco de una cuestión que no me haya afectado personalmente. El daño que le atribuyo afectó a toda la humanidad, y lo sigue haciendo. Pero mi inquina más intensa no obedece a los horrores de la Inquisición, sino a las noches terribles pasadas en vela para no dejar que se esfumase, si caía dormida, mi decisión de confesarme a la mañana siguiente; a los sudores y el sofoco que sentía al afrontar la humillación y sobre todo la vergüenza de contarle a un desconocido parte de mi intimidad; al miedo, siempre fugaz pero siempre presente, de que nuestros padres pudieran ir al infierno.
He dicho antes que mi religiosidad era la habitual, y es cierto. Mis compañeras pasaban por las mismas angustias, y esto no nos impedía pensar en muchas otras cosas y ser felices la mayor parte del tiempo.
Me confesaba a veces en la iglesia de los jesuitas, porque en ocasiones se me hacía más fácil exponer mis culpas ante un completo desconocido que ante un cura del colegio que me conocía al dedillo y con el que me cruzaba en las escaleras o coincidía en la mesa del comedor. Y allí tuvieron lugar mis dos primeros desencuentros con el clero. Uno de los confesores se negó a darme la absolución (y la amenaza parecía aterradora) si no prometía dejar de llevar, ni una sola vez, pantalones. Me negué en redondo. Y él se negó en redondo a transigir ni un poco. De modo que salí del confesionario poco menos que excomulgada. No recuerdo ya cómo, un curita más sensato resolvió el conflicto.
En el otro caso, no se produjo un conflicto manifiesto. Yo recibí la absolución y me aparté del confesionario sin preguntas ni protestas. Preferí callar. Me daba miedo decirle al cura que no le entendía. Después de un largo interrogatorio sobre el sexo —tema que en aquel entonces, aún era yo muy niña, no me preocupaba en exceso— me hizo una pregunta que me dejó perpleja. «Pero tú, cuando sientes eso, ¿dónde lo sientes? ¿Arriba o abajo?». Entendí que «abajo» indicaba el sexo, pero ¿y el «arriba»? ¿El corazón, el pecho, la boca, la cabeza? Todavía no lo tengo claro. De todos modos, en aquellos tiempos, creo, pese a estar siempre enamorada, no sentía nada en ninguna parte. Lenta que es una.
Realmente somos y fuimos diferentes. El trauma de la confesión o de vivir en pecado, si se dio, me duró muy poco: hasta que comencé a masturbarme. La primera vez que me masturbé fue contemplando un cómic de aventuras donde la novia del héroe vestía un jersey muy ajustado. Al verme eyacular —experiencia de la que extrañamente aún no había oído hablar— me asusté un poco, pero fue tan excitante que no dudé en repetir con asiduidad. Una masturbación memorable tuvo lugar mientras acariciaba el soberbio seno de la reproducción en terracotta de la Afrodita de Fréjus que teníamos en el recibidor. Otras estuvieron inspiradas por La mujer y el monstruo, película de serie B que me dejó patidifuso en su momento y cuyo oscuro erotismo (en inglés se llama Creature from the Black Lagoon) no me defrauda cuando la vuelvo a ver. En concreto, la escena de la heroína, una sensualísima Julia Adams, nadando perfecto crol con su ajustado traje de baño blanco, mientras el monstruo la sigue disciplinado bajo las aguas, es de lo más erótico que se ha filmado nunca (con permiso de madre e hija bailando frente al sosias de Bob Fosse en All That Jazz). Mis sábanas tenían que denunciar forzosamente mis habituales actividades nocturnas; recuerdo que los papás hicieron un discreto comentario al respecto, pero jamás me llamaron la atención.
Tras confesar por segunda vez que me había masturbado, y comprender que la confesión no valía de nada sin sincera voluntad de enmienda, decidí no volver a tocar el tema (quiero decir en confesión, ya que estaba firmemente decidido a volver a tocarme, aunque me arriesgase a quedar ciego, riesgo que hacía aún más tentadora la experiencia). A partir de entonces, por mucho que insistiese el confesor, aseguraba que el peor pecado que había cometido era portarme mal con mi hermana, y me quedaba tan pancho en pecado mortal.
¡Seguro que tratarme mal era el más grave de tus pecados! Siempre lo supuse. Parece que en un libro como este, donde ocupará mucho espacio la adolescencia y nos comprometemos a estar lo más cerca posible de la verdad, tengo que referirme necesariamente al sexo. No es fácil. Voy a empezar por los aspectos de los que estoy más segura, que considero obvios, lo cual no significa que los demás lo vean así.
Lo cierto es que nunca he podido desligar la sexualidad del amor. O sea que jamás, jamás he gozado del sexo sin estar «perdidamente» (es una palabra que aprendí de Maitena, que me encantó y que le dedico cada vez que la digo) enamorada. Lo que me ha condenado a largos periodos de abstinencia… Para mí el sexo va estrechamente ligado al amor. Es un hecho irrebatible, del que no me siento en absoluto orgullosa pero que no puede ser objeto de debate, porque escapa a mi voluntad tomarlo o rechazarlo: nací así. Me temo que sea, además, un rasgo muy femenino. No significa que no crea en el flechazo, en el amor a primera vista. Muchos de mis amores han comenzado así. Lo que no puedo es ver a un tipo atractivo, en un momento en que haya o no amor en mi vida, pensar tranquilamente que me apetece y permitirme un polvo sin trascendencia. Algo tan relajante, tan cómodo, tan placentero como la masturbación me está vedado, pues ¿cómo diablos voy a enamorarme de mí misma, si ni siquiera me gusto demasiado? Si no hay amor no hay sexo, y si me empeño en que lo haya, será —lo ha sido siempre— decepcionante. Me veo condenada a largas etapas de desamor.
He dicho que nací así. Pero no es del todo cierto. Esta modalidad romántica del amor viene respaldada por un montón ingente de literatura, de películas, de revistas del corazón. Mi actitud ante el sexo es bastante atípica —quizá sea preferible decir «poco frecuente»— y no obedece a ningún razonamiento ni a ninguna decisión.
Y hay en mí una característica todavía más rara: nunca he sido capaz, tampoco, de asociar el sexo con el sentimiento de culpa o de pecado. Siempre me sorprende que califiquen de «amorales» mis novelas, o que me tachen —muchas veces en tono de elogio— de amoral a mí. ¿Amoral yo?, ¿por qué? Soy en muchas cuestiones casi demasiado estricta, lo cual no supone que mi conducta sea perfecta, sino que me hace sentir culpable cuando no lo es. Y cuando comento o recuerdo lo horrible que fue para mí durante años la confesión, la vergüenza de arrodillarme ante un desconocido y acusarme de mis faltas, no pienso en absoluto en problemas sexuales. ¿Qué puede tener de malo que seres humanos adultos y libres utilicen para sus juegos (recuerda Oscar que lo que entiendo por «juego» es para mí tan importante como lo que tú calificas de divertido), como elemento importante, el sexo? ¿Qué importa que sea en parejas homosexuales o heterosexuales o bisexuales? ¿O que no sea en pareja? ¿Por qué provocaban y provocan todavía hoy los homosexuales sensaciones tan violentas, tan salvajes, tan viscerales en los heterosexuales?
Las mujeres mentimos muchísimo en la cama, y el colmo es cuando nos pasa lo mismo que a ti o a mí con la música clásica, que nos aburrimos y al cabo de diez minutos nos ponemos a pensar en otras cosas. Desde luego, todo lo que aquí digo es absolutamente personal, lo he vivido o me lo han contado. Y dejo constancia de que a pesar del sufrimiento que ocasiona, a pesar de que nos pone la vida patas arriba, a pesar del dolor ajeno que casi nunca podemos evitar, a pesar de las muchas veces que nos hemos prometido «nunca más» (qué tontería, como si dependiera de nosotros, como si estuviéramos en condiciones de decidir cuándo te vas a enamorar o a desenamorar), el amor ha sido lo más importante, lo que me ha hecho más feliz. Oscar, tú dices lo mismo, ¿no?, y coincidimos en que si el amor es lo primero, lo segundo es el mar. Lástima, y eso lo digo solo por mí, que tenga fecha de caducidad… Y nunca agradeceré lo bastante a los dioses que me permitieran enamorarme una vez más, una última vez, muy cerca ya de los setenta años…
Encontré casualmente una aproximación sensible y respetuosa a la homosexualidad en un relato de Stefan Zweig. En la biblioteca de la casa de nuestros padres —que sería muchos años después el primer local de Lumen— los libros de mamá y los míos ocupaban distintos estantes y además llevaban pegados ex libris distintos, muy acordes con nuestro carácter. En el mío aparecía una mujer —o mejor, una dama— vestida con ropas medievales, junto a una ventana gótica y con un libro en las manos. El de mamá lo habías dibujado tú, ¿te acuerdas? Tengo todavía muchos libros que lo llevan. Contiene la imagen de un león luchando contra un humano. Mamá había colocado en los estantes más altos los libros, pocos, que no consideraba aptos para mí. Yo respeté esta norma hasta que un día descubrí en la zona prohibida varios títulos de uno de mis autores favoritos, Stefan Zweig. Uno de los relatos contiene la tragedia de un profesor homosexual, casado, que se enamora de uno de sus alumnos. Un lector de hoy seguramente lo encontraría retrógrado, una antigualla, pues si en algo ha progresado este medio siglo es en el campo de la sexualidad. Pero a mis doce o trece años me impresionó.
La primera vez —mucho, mucho después, ya te advertí que era lenta— que pasé la noche con alguien fue maravillosa —creo que para las dos—, y yo desperté radiante, caminando a saltos por las calles, riéndome como una idiota, chocando contra los kioscos y cruzando los semáforos en rojo. Y me decía a mí misma que debería sentirme fatal, que debería estar muy, pero que muy avergonzada, que debería arrepentirme. Pero ¿arrepentirme de qué, si había sido para las dos fantástico y no había sufrido ningún daño nadie?
Estallaba de felicidad y no me arrepentía de nada.
Y para terminar con el tema del sexo, te contaré algo que me pareció divertido. Entre nosotros se hablaba a menudo —y se había convertido en una broma— de las orgías y bacanales (supongo que estaba a punto de llegar el desmadre de los sesenta), y nunca las conseguíamos.
Unas veces se presentaban visitantes inesperados, otras era uno de los futuros «orgiastas» el que lo echaba todo a perder, o cualquier mínimo detalle rompía la magia, que no puede fallar en una ceremonia tan iniciática como imprescindible. Había pequeños asomos de desnudeces fuera de lugar, toqueteos ambiguos, pero terminaban enseguida entre risas. (Tu caso y el mío eran distintos de los demás, porque Dalí creaba diversos tipos de orgías, y los amigos estabais invitados a participar… Lástima que al ser yo tan izquierdosa no me pudiera agregar… Pero por fin, y cuando menos lo esperaba, llegó mi momento. Se celebraba un encuentro de mujeres, no voy a decir de qué partido u organización porque da lo mismo y porque no lo considero justo) en una pintoresca cabaña. ¿He dicho ya que todo se desarrollaba en un paisaje precioso, inmaculado, como si lo acabaran de crear para nosotras, como si estuviéramos viviendo el primer día de la creación? Yo esperaba ver aparecer tras cualquier risco las ovejitas del pastorcillo amigo de Heidi, pero hacía tanto frío —descubrí de repente— que no las debían haber sacado del establo. Nosotras, las cinco muchachas que habíamos viajado un día antes, para limpiar y poner un poco en orden la cabaña, tampoco habíamos sentido frío, porque desarrollamos una actividad frenética hasta que cayó el sol. Pero entonces me di cuenta de que reinaba un frío glacial y fui consciente de que llevaba mucho rato oyendo hablar de cómo pasaríamos la noche. Naturalmente, coincidimos todas en que la única solución era unir tres camas, acostarnos en ellas y compartir las mantas que encontrásemos. A mí, Oscar, me parece que es la orgía más orgía que he vivido. Lenta, muy lentamente, tanto que pensé por unos instantes que todo había sido un error, que no iba a ocurrir nada más. Pero enseguida llegaron los murmullos, los suspiros, las risas, y la chica que tenía a mi lado, de la que ni siquiera sabía el nombre, una chica flaca y de cabello oscuro, pasó una pierna por encima de mi cuerpo en un gesto posesivo y, como al otro lado yo tenía la pared, quedé aprisionada en un cerco que creí indestructible, hasta que sentí muy cerca la presencia de otro cuerpo, y otra lengua empezó a deslizarse entre mis muslos. Y todo parecía desarrollarse en cámara lenta. Y sin palabras. Hasta que, mucho más tarde, los cinco cuerpos —ahora desnudos y sudorosos, porque nuestro calor había vencido al frío de la noche— yacieron juntos, formando una rara especie de estrella de mar, cuyas formas iban concretándose a la luz del amanecer que crecía al otro lado de las ventanas.
No todo fue exactamente así, Oscar, pero FUE, y me parece, con sus mentiras y sus verdades, una de las mejores orgías de mi escueto repertorio.
Entré en el San Alberto Magno, el año de su constitución, 1950, en primero de bachillerato, a los nueve años, como ya he explicado. Entonces estaba ubicado en un chalet de la calle que ahora se llama de Portolá, pero que me parece que entonces tenía otro nombre. Tomábamos el tranvía 23 que subía por Mayor de Gracia, llegaba a la plaza Lesseps y por República Argentina nos llevaba hasta el puente de Vallcarca. Allí iniciábamos la ascensión de unas escaleras interminables que nos conducían hasta la cota del parque del Putxet, junto al que se encontraba la escuela.
Años más tarde nos trasladamos a un chalet mayor y más señorial, de un estilo algo Secession Vienesa, en la calle Copérnico. Entonces, utilizábamos el tren de Sarriá, que tomábamos en la parada de Provenza, era subterráneo hasta la plaza Molina y circulaba en superficie a partir de allí (también recuerdo las locomotoras de vapor echando humo por el centro de la calle Aragón). Bajábamos en la parada de Muntaner y ascendíamos por la misma calle hasta Copérnico. Camino del cole dejábamos a mano izquierda una tienda de ultramarinos, llamada Menke, que vendía todo tipo de productos alemanes, ante los cuales —sobre todo ante los Käsekuchen— se nos hacía la boca agua.
De los edificios donde estudiamos el bachillerato me ha quedado una idea clara de cómo enfocaría el proyecto de una escuela, en el más que improbable supuesto de que una institución privada estuviese dispuesta a correr el riesgo, ya que lo que propongo está en abierta contradicción con las normas vigentes. No se me olvida lo que explicó el gran Louis Kahn —el último arquitecto con un discurso original y fascinante— en la mejor conferencia que he presenciado jamás. Dijo que una escuela no era un contenedor con tantos metros cuadrados por alumno, de aulas con ventilación cruzada y equis luxes, con tal esquema circulatorio y demás estándares…, sino que podía ser la sombra de un árbol donde un adulto enseñaba algo a un niño. También estoy convencido de que un gran edificio no es nunca el traslado literal de un programa de necesidades; estos programas varían inevitablemente a lo largo del tiempo y un buen edificio tiene que poseer un orden propio capaz de absorberlos. Los programas educativos no dejan de evolucionar siguiendo frívolas modas educativas, y los proyectos de escuela que los han seguido al pie de la letra quedan obsoletos en poco tiempo. Las villas donde estudiamos estaban proyectadas como viviendas señoriales, muy alejadas de lo que hoy se considera una escuela modélica. Sin embargo, como considero que la escuela —sobre todo en los primeros años de estudio— arranca a los niños de sus hogares de forma bastante traumática, cuanto más hogareños sean sus espacios, mejor. En nuestras escuelas cada aula era diferente (yo llegué a dar un curso en un anexo del jardín de Copérnico), y advertíamos de un modo especial el paso de un curso al siguiente. Un aula estaba situada en esquina y recibía la luz variable de dos orientaciones; otra tenía una bella bowindow; otra, el recuerdo de la chimenea que había calentado aquella habitación; otra, el techo inclinado de una mansarda… Los alumnos más pequeños ocupaban la planta baja, y a medida que íbamos creciendo íbamos ascendiendo a las plantas superiores… Ningún aula cumplía con los estándares de la normativa actual, pero todas eran memorables. Con esta pretensión proyectaría yo una escuela hoy, aunque me temo que ya es tarde para ello.
En la Deutsche Schule disfrutábamos de tres estimulantes mezclas muy insólitas en aquellos años. Una, la mezcla de nacionalidades, sobre todo alemana y española (aunque recuerdo algún austriaco y a un letón que todos compadecían por la desaparición de su país a manos de Stalin). La segunda era la mezcla de credos: llegada la hora de Religión (más apropiado habría sido decir de «Religiones») el curso se dividía en dos, los católicos y los evangélicos (allí nunca se decía «protestantes»). Éramos aproximadamente mitad y mitad, nos parecía de lo más natural y nunca hubo el mínimo roce por motivos de fe. La tercera, y quizá más importante, era la mezcla de sexos. Lo que hoy es obligatorio era entonces una excepción que rozaba lo escandaloso. Mis amigos del Tenis Barcelona, que en su mayoría estudiaban en los jesuitas de Bonanova y que tras la jornada lectiva acudían a colegios de chicas para verlas salir e intentar una dificultosa aproximación, no podían creer que nosotros pasásemos toda la mañana —excepto la hora de Gimnasia y el recreo— con ellas. Hoy esto parece a todos lo más natural, y a casi todos lo más pedagógico, pero entonces nos daba un envidiable touch of class. A partir de cuarto o quinto curso incluso se organizaban (no por parte del colegio pero con su total apoyo) las iniciáticas Tanzstunde. Las Tanzstunde eran clases de baile que se organizaban todos los sábados por la tarde en casa de uno de los alumnos. Allí acudíamos los chicos de un curso junto con las chicas del curso inferior (que ellas no fuesen las que veíamos y con las que competíamos cada día añadía un sugerente morbo). Se contrataba a una profesora que pretendía enseñarnos del vals —eins, zwei, drei; eins zwei drei…— al rock.
A nuestro curso le cayó en suerte una maciza argentina, guapa y «echá p’alante», que cuando nos enseñaba el tango insistía en que era imprescindible bailar agarrao, experiencia que ponía pedagógicamente en práctica con los chicos, con cohibida emoción por nuestra parte y ciertos celos por la de nuestras compañeras. Eran guateques típicos, con la mesa del comedor arrinconada, «coca-cola para todos y algo de comer», primeros escarceos, primeras «caritas», pero, llegada la hora de acabar, los alemanes se despedían de la madre anfitriona con extrema formalidad y educación, con un taconazo que a los pasotas lugareños no dejaba de sorprendernos.
Otra ocasión para bailar era la Sommerfest, la fiesta de final de curso, que en nuestro colegio era todo un acontecimiento. Comenzaba a media tarde con la exhibición gimnástica, que era bastante espectacular, lo que quiere decir que ni tú ni yo participábamos. A lo largo del curso, la clase de Gimnasia ya había sido lo suficiente dura y exigente tanto para las chicas como para los chicos. En lugar de los suaves ejercicios de gimnasia sueca que se practicaban en otras escuelas, nosotros hacíamos paralelas, saltábamos el plinto y el potro ajustados a alturas imposibles, y los chicos incluso hacíamos algo de boxeo. Los alemanes se lo tomaban muy en serio y se jugaban el físico; los españoles intentábamos escaquearnos y quedarnos al final de la fila. En los juegos de equipo se practicaba poco el básquet u otras mariconadas por el estilo en beneficio del Förkerball, que consistía en atizar un mamporro a un jugador del equipo contrario con una pesadísima pelota rellena de trapos. Si el jugador agredido conseguía blocar el balón, este quedaba en posesión de su equipo y la agresión cambiaba de bando; si no era así, quedaba eliminado. Los gallinas aprovechábamos una pelota que pasase cerca para alargar la mano y quedar prontamente fuera de la batalla, pero algunos alemanes luchaban, sudorosos y magullados, hasta el final. Incluso las chicas jugabais al Förkerball, a veces contra los chicos, y cuando veíamos que el pesado balón impactaba en vuestras tetitas hasta a nosotros nos dolía. En la Sommerfest solo los mejores mostraban a los orgullosos progenitores sus habilidades gimnásticas; nosotros aplaudíamos.
Avanzada la tarde, la cosa se dulcificaba, se mostraban otras habilidades, se cantaba a coro, se repartían premios a los mejores alumnos (ya he explicado al comienzo del libro que en una ocasión tú fuiste la star del acto).
No, Oscar, no, esto fue antes, en el Santa Isabel, no en la Deutsche Schule… ¡Ya me habría gustado!
Vaya, pero de todos modos pasaste cinco cursos en uno. Sigo con la fiesta. Se merendaba lo que habían preparado las mismas alumnas. Los Kuchen que traían de casa las niñas alemanas eran particularmente deliciosos, una exhibición de meritoria artesanía tradicional. Una alumna de nuestro curso, Kristin Leiz —la hermana menor de la bellísima Karin, que ya en el colegio hacía estragos, por lo que los envidiosos chicos de cursos inferiores la apodábamos «la chula»— acabó profesionalizando esta habilidad y vive de ella. Pero lo bueno, bueno, de la Sommerfest comenzaba a las nueve o diez de la noche, cuando por la megafonía se conminaba a abandonar la fiesta a todos los alumnos menores a la O Fünf, o sea, al quinto curso. Nos quedábamos los mayores, los profesores (y profesoras) y algunos padres marchosos; se ponía música, se bailaba, se bebía, se fumaba y se ligaba. Era excitante bailar con chicas de nuestro propio curso, que, como ya he explicado, no acudían a las mismas Tanzstunde, pero aún lo era mucho más bailar con alguna profesora, sobre todo la de Gimnasia, a la que habíamos visto todo el año daros clase en el patio en shorts y camiseta ajustada sin sostén y ahora aparecía con cancán almidonado, muy a lo Olivia Newton-John en Grease. Tengo la absoluta seguridad de que bailar con los profesores tenía que ser aún mucho más incitante para las alumnas, bueno, para las alumnas y para los profesores.
Como ya te he dicho, yo bailé en una Sommerfest el pasodoble más emocionante de toda mi vida, con Francisco Jiménez, aquel profe de Literatura que fue mi primer gran amor.
Supongo que estarás de acuerdo en que la Deutsche Schule era muchísimo más liberal que los colegios de la época. Quiero decir que, aunque la disciplina era muy estricta en cuanto a puntualidad, no hablar en la fila y cosas así, se nos trataba como a adultos, de tal forma que al acudir a la universidad apenas si notamos diferencia. Por ejemplo, la puerta de la calle no se cerraba con llave y en un par de ocasiones que tuve que ir a casa por encontrarme mal o haberme herido en la peligrosa clase de Gimnasia, salí tranquilamente sin que nadie me lo impidiese. Lo que nos diferenciaba de los colegios de Alemania era el frío que pasábamos. Ya se sabe que cuanto más benigno es el clima de un país, más frío se pasa en sus interiores durante el invierno. Nunca he pasado tanto frío como en Andalucía o en las Canarias. Cuando en un viaje escolar a Baviera del que luego hablaré visitamos una escuela, vimos los armarios donde los alumnos guardaban sus anoraks, botas de nieve e incluso esquís al llegar al colegio y se quedaban la mar de ligeros en las caldeadas aulas. Nuestro cole era más mediterráneo, y a primera hora hacía un frío que a los alemanes les sorprendía mucho; venían abrigadísimos, algunas chicas incluso con pantalones bajo las faldas, que no eran minis, sino largas faldas tirolesas de gruesa lana.
Recuerdo varios buenos profesores del colegio: el señor Muñoz, que nos daba Física y del que luego volveré a hablar, Herr Hartmann, el profesor de Mates, el señor Vidal, profesor de Filosofía, la asignatura donde obtuve mejores notas, las mejores de la clase hasta llegar a Kant, cuando comencé a liarme…
Las clases de Vidal eran inolvidables. No recuerdo a qué asignatura de las que impartía asistía yo, pero hubo un momento, trágico y vergonzoso, en que alguien nos denunció y hubo que suprimir en un par de días a los profesores protestantes. Uno fue el Hartmann que tú nombras, extraordinario en Matemáticas, y otro Fräulein Wurt (que tenía obsesionados desde la noche de los tiempos, o sea desde la Deutsche Schule, a los más carcas por entrar en la sala de profesores, tras una clase de Gimnasia, con una camiseta blanca de algodón y sin sujetador) y sustituirlos por quien fuera, y es posible que Vidal nos estuviera dando clase de Griego y no supiera griego, pero no importaba, porque el griego lo podíamos estudiar por nuestra cuenta en casa, pero lo que nos descubría Vidal no nos lo explicaba nadie.
Me contó Karin, la misma de la que tú hablas, con la que siempre he mantenido contacto y a la que ahora veo con frecuencia en casa de Marta, que un día, ante la pregunta de un alumno, Vidal se dirigió a la pizarra y les dio una clase completa sobre el sexo y la reproducción, que había disipado fantasmas y les había ayudado a vivir mejor. Yo asistía también a clases de Griego de Vidal, y recuerdo que abrió el primer día el libro, lo hojeó unos momentos y dijo: «Lo siento, chicos, pero sé menos griego que vosotros, así que haremos lo que podamos». Se hablaba de todo. De política, de sexo, de cine, de lo que era la rive gauche, de Sartre, del existencialismo, de Piaf, Cocteau, Brassens, el Café Flore, de las piernas de las actrices norteamericanas, de los horrores de la Guerra Civil, de por qué era el catalán una lengua.
Cuando yo ya no estaba en el colegio, sino en la universidad, en primero de Letras, tuve todavía dos contactos con Vidal. En una Sommerfest me habló del libro de poemas que yo acababa de publicar, y tras las dos obligadas frasecillas de rigor me dijo algo poco halagador, pero muy acertado y muy útil: «Lo malo no es que copies, todo el mundo copia, lo malo es que copias a poetas inadecuados». Aquel mismo año había dirigido en el colegio una obra teatral, el Auto de la sibila Casandra, y me había pedido que interpretara el papel principal. Lo hice, claro. Y aprovecho la ocasión para decirte, hermano, y no me considero vanidosa, que yo sí reunía condiciones para el teatro. ¿En cuántas ocasiones me viste actuar? No recuerdo haberte visto nunca entre el público.
Perdona, hermana, pero te vi actuar al menos una vez. Creo que fue en Todos eran mis hijos, de Arthur Miller. Nunca he dicho que no reunieses condiciones para el teatro; lo que sucede es que el teatro no me interesa. Aún recuerdo el día que Maitena dijo: «Lo siento, pero con el teatro me pasa como con el campo: me deprime», yo me arrodillé ante ella, que estaba sentada en el sofá de casa, y la besé.
También tuvimos buenos profesores de música. La música era muy importante en nuestra escuela, pero, desgraciadamente, la facilidad que pronto demostré para el dibujo y para los trabajos manuales (a los que se dedicaba también mucha atención; teníamos un taller bien equipado donde trabajábamos la madera y llegué a construir un Hampelmann bastante bonito) no se extendió a esta disciplina. Ya en los cursos inferiores se cantaban afinadamente canciones: Die Gedanken sind frei (cuyo texto ya me encantaba mucho antes de saber que estuvo prohibido por los nazis), O Tannenbaum, Alle Vögel sind schon da… Muchos alumnos tocaban un instrumento, la mayoría la flauta, pero yo desentonaba gravemente del conjunto. Soy absolutamente negado para la música, sobre todo para la clásica; por mucho que me empeñe, a los diez minutos de un concierto me distraigo y comienzo a mirar los detalles arquitectónicos y decorativos del Palau.
Que no te gusta la música clásica está claro, porque en tu casa nunca la he escuchado. A mí la música de fondo de una reunión me disgusta tanto, aunque no sea consciente de ello, que lo primero que hago, si hay confianza, es apagarla o bajar el volumen. Hay dos cosas que quisiera me gustasen y que pese a mis esfuerzos no he conseguido. Una es la música y la otra el alcohol.
Tú haces una excepción con la música moderna. Yo con la música que utiliza la palabra, sobre todo con la ópera. Ha habido para mí en la ópera dos cambios importantísimos. Uno es el uso de subtítulos; me fastidiaba un montón no enterarme de lo que estaba sucediendo en el escenario. El otro cambio ha sido dar importancia a los directores de escena, cuidar el aspecto y la actuación de los cantantes. Aproximar la ópera al teatro.