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Cállate, por favor, devoto cartofílax, ¿ves mi pulgar? Basta con que baje esta palanca para que el polvo vuelva al polvo. Dostali! Sólo te pido que escuches mi relato y después llamaremos a Lena juntos por medios de comunicación interpuestos. Volverá cuando vea su nombre al lado del mío en uno de los periódicos y telediarios…, y si no vuelve, moriremos juntos, ¿qué más da? Nada que perder. La nariz me gotea, sorbo lágrimas de droga. Me mataste en San Petersburgo… ¡Petersburgo, oh Petersburgo! No está mal repetir el nombre varias veces, hace poeta. Lo que me partía el corazón cuando Lena me contaba su infancia era que parecía que estaba contando la mía. Una infancia sin padre, la soledad interminable, la madre triste… La vida de Lena se confunde con la mía. De todas maneras, hoy todo el mundo tiene la misma vida que yo. Nuestras historias nos unen y cuánto me gustaría que nuestros destinos se confundieran. Los rusos dicen que hay que vivir en Moscú y morir en San Petersburgo: en el fondo, ¿no es lo que he hecho yo?

A Lena la amé a pesar de su belleza. Te lo aseguro, no sólo me atrajo su físico sino su congoja, su vergüenza de ser hermosa, su malestar radiante. Siempre he pensado que la cosa más erótica del mundo sería una rubia joven, más bien afectada, que dijera cosas supercabreantes como «Buenas noches, ¿cómo te llamas?». La inalcanzable chica en flor, con un top traslúcido en un prado, bajo las largas nubes blancas virginales sin fin, o con un picardía de baby-doll en un sofá hundido. Es lo más estético que hay, el pelo amarillo sobre un fondo gris pálido. Sin embargo, debo reconocer que quería jactarme de poseerla. Quería pavonearme a su lado, recibir destellos, la lluvia de desechos de su grandeza, recoger sus migajas de estrella. Esperaba que ella me contaminase. Como todos los acomplejados, ansiaba codearme con lo bello, adorarlo como un sacramento. Gozaba paseando por las calles de San Petersburgo con una criatura tan espléndida en el crepúsculo lechoso. ¡La cara que ponían los tíos con que nos cruzábamos! Adoraba que me detestasen. ¡Sobre todo los franceses! Al mirar a Lena caían mentalmente de rodillas, después sus ojos se volvían hacia mí, que la llevaba cogida de la mano, y me deseaban la muerte. La mirada de los demás me galvanizaba cuando intenté hacerle el amor en la habitación 403 del Hotel Europa, al final de la tarde, después del paseo hasta Peterhof. Por eso pienso que todos los hombres que aman a las mujeres bonitas son maricas. Piensan en la mirada de otros hombres cuando se las follan. Cuando sales con una mujer muy hermosa, siempre hacen el amor más de dos. Todos los demás chicos que están locos por ella están también en el cuarto cuando la ven desvestirse, y su presencia añade pimienta a todos los gestos. Yo les oía murmurar: «Vamos, Octave, tómala por nosotros. Házselo por todos los que no se lo haremos nunca. En nuestro nombre.» Sí, yo hacía el amor a las mujeres pensando en hombres. Baudelaire estaba equivocado: lo que es un placer de pederasta no es el trato con las mujeres inteligentes, sino amar a las mujeres más hermosas del mundo. Ésa es la explicación de mi fiasco absoluto de aquella noche: una presión excesiva. Me imaginaba a tres mil millones de hombres silbándome. Nunca he transpirado tanto de vergüenza, y no tenía ninguna viagra encima. Fue un desastre completo.

—Qué gilipollez: tenía ganas de hacerte el amor ocho horas seguidas.

—Ah, no, es demasiado tiempo.

—Tienes razón: ocho minutos son más que suficientes. Qué lástima.

—No insistas, no vale la pena.

—He bebido tanto vodka con benzodiazepinas que ya ni siquiera estoy borracho. Lena, ahora te voy a decir lo que pienso de verdad.

—¿Puedo encender un pitillo antes?

—Joroshó.

Encendió su cigarro y la llama de la cerilla hizo que sus ojos pareciesen un río donde olvidé totalmente lo que quería decirle. Algo como: el amor es la causa de las disfunciones técnicas.

—¿Lena?

—¿Mm?

—Llego al final de mi vida.

—Mm.

—Pronto llegará el fin.

—Mm.

—Voy a fallecer.

—Mm.

—Lena, soy una persona muy desgraciada que se rodea de belleza porque confunde la belleza y el bien.

—No eres tú, sino Platón el que los confunde. Tu tristeza te vuelve atractivo y no lo sabrás nunca. ¿Por qué anotas todo lo que digo?

—No tengo memoria. Mira lo que he apuntado en mi libreta: es mejor que no hagamos el amor porque, en vista de tu sensualidad fogosa, intuyo que habría sido sumamente agradable y por lo tanto nos habría encantado follar, lo habríamos hecho continuamente aullando y habríamos sentido tanto placer que habríamos corrido el riesgo de ser felices y entonces esto habría sido una auténtica mierda.

Su pelo: cascada rubia, un incendio en las sábanas. Era como si la almohada se hubiera incendiado.

—You set my bed in fire.

—Apágame.

—Me falta mi mono de amianto y mi máscara de gas. ¡Socorro!

—¡Perdón!

Mientras yo le hablaba, ella mandaba mensajes a su chorbo. Debería haberme cabreado, pero ¿podía elegir? Lo más humillante fue cuando se durmió mientras yo le recitaba el Cantar de los Cantares: «Sustentadme con pasas, reanimadme con manzanas, que estoy enferma de amor…» Cuando la despertaron mis besos en su cuello blanco, no se debatió ni se quejó, sino que se dejó besar dócilmente, ronroneando como un gato que espera educadamente a que le dejen en paz. Nunca me concedió la menor declaración romántica, ni siquiera la más mínima alusión indirecta ni litote a lo Corneille (algo como: «Vete, no te odio nada»). Solamente una vez, aquella noche famosa en que dormimos juntos, se le escapó un suspiro en mitad de la noche: «Me siento rara…» Lena pertenece a una generación que se prohíbe amar hasta el punto de que ignora incluso hasta el verbo. El amor está tan muerto que prefiere decir «me siento rara» antes que arriesgarse a un «te quiero», demasiado peligroso y trillado. Me acuerdo claramente, dijo: «I feel weird», a la manera de Louis Jouvet en casa de Marcel Carné. «¿Ha dicho raro? Qué raro…» Es cierto que en el siglo XXI el amor es un drama extraño.