II

Después de haber revivido a Amelia de su desvanecimiento y haberme asegurado de que ni ella ni yo sufríamos ningún efecto negativo como consecuencia del lanzamiento, me dirigí, primero, a los controles para ver hacia dónde nos dirigíamos. ¡Fue tal la violencia de nuestro lanzamiento que estaba seguro de que chocaríamos contra la Tierra en cualquier momento! Giré la perilla que iluminaba el panel principal —como me habían explicado mis guías— pero, para desilusión mía, no pude ver nada salvo unos débiles puntos luminosos. Eran estrellas, como comprendí más tarde. Después de experimentar durante varios minutos y de conseguir sólo aumentar apenas el brillo de la imagen, dirigí la atención a uno de los paneles más pequeños. Éstos mostraban el panorama a popa de la nave. Aquí la imagen era más satisfactoria, ya que ofrecía una vista del mundo que acabábamos de dejar. Estábamos todavía tan cerca de Marte que su imagen llenaba todo el panel: un claroscuro de luz y sombra, salpicado de amarillos, rojos y castaños. Cuando mis ojos se adaptaron a la escala de lo que estaba viendo, descubrí que podía identificar ciertos accidentes del terreno, el más notable de los cuales era el inmenso volcán, que se destacaba de los desiertos como un carbúnculo malévolo. Su cima estaba envuelta por una gigantesca nube blanca; al principio pensé que era una descarga propia del volcán, pero luego pensé que debía ser la nube de vapor de agua que había impulsado nuestro vehículo.

La ciudad que acabábamos de dejar no se veía —presumiblemente oculta por la nube blanca que se expandía— y había pocos accidentes del terreno identificables con precisión. Los canales se veían con claridad, o por lo menos eran visibles debido a las masas de malezas que proliferaban junto a ellos. Fijé la vista en ese panorama durante algún tiempo, dándome cuenta de que, a pesar de toda la fuerza de nuestro lanzamiento, no habíamos recorrido una gran distancia ni nos movíamos ahora con mucha velocidad. A decir verdad, el único movimiento aparente era el de la imagen del terreno en sí, que giraba lentamente en el panel.

Mientras me encontraba observando esto, Amelia preguntó:

—Edward, ¿comemos algo?

Me aparté del panel y le dije:

—Sí, tengo ham…

No terminé mi frase, porque no se veía a Amelia por ninguna parte.

—Estoy aquí abajo, Edward.

Miré hacia el piso inclinado del compartimiento, pero no había señales de ella. Luego la oí reír, y miré hacia arriba, en la dirección de donde procedía el sonido. Allí estaba Amelia… ¡cabeza abajo en el techo!

—¿Qué estás haciendo? —exclamé horrorizado—. ¡Vas a caer y lastimarte!

—No seas tonto. No hay peligro alguno. Baja aquí y lo verás por ti mismo.

Para probármelo, dio un pequeño salto… y cayó, de pie, contra el techo.

—No puedo bajar si tú estás a un nivel más alto que el mío —dije con pedantería.

—Eres tú quien está por encima —dijo. Luego, para sorpresa mía, caminó por el techo, por las paredes curvas y pronto estuvo a mi lado—. Ven conmigo y te mostraré cómo se hace.

Me tomó de la mano y fui con ella. Al principio pisaba con cuidado, afirmándome para no caer, pero el declive no aumentaba, y después de unos instantes volví la mirada hacia mis controles y vi con sorpresa que ahora parecían estar contra la pared. Seguimos caminando y pronto llegamos al lugar donde estaba almacenada la comida y donde había estado Amelia. Ahora, cuando volví a mirar hacia los controles, éstos parecían estar en el techo, por encima de nuestras cabezas.

Durante el transcurso de nuestro viaje, nos acostumbramos a este efecto, creado por la rotación de la nave alrededor de su eje, pero ahora era una experiencia novedosa. Hasta este momento, lo habíamos dado por sentado, tan acostumbrados estábamos a la escasa gravedad de Marte, y la nave giraba para simular esa gravedad.

(Posteriormente, durante el viaje, encontré la forma de aumentar la velocidad de rotación, con la idea de acostumbrar a nuestros cuerpos al mayor peso que tendrían en la Tierra.) Durante los primeros días, este fenómeno fue una gran novedad. La forma del compartimiento en sí hacía que tuviera efectos peculiares. Cuando uno subía por el piso inclinado (o el techo) hacia la proa de la nave, se aproximaba al eje central de ésta y la gravedad aparente era menor. Con frecuencia, Amelia y yo pasábamos el tiempo haciendo ejercicios en este extraño ambiente: yendo hacia la cúspide del compartimiento e impulsándose luego con un envión con el pie para alejarse de donde estaba parado, uno podía flotar a través de gran parte del espacio antes de caer con suavidad al piso.

No obstante, esas primeras dos horas después del disparo del cañón fueron muy plácidas y comimos algo de la comida marciana, en feliz ignorancia de lo que nos deparaba el destino.