Una explicación obligada

No sé bien cuándo conocí a Kurt. Apareció en mi vida de pronto, pero sin brusquedad; no fue nada semejante a una irrupción, a esa condición súbita que algunos atribuyen al demonio. De pronto me di cuenta de que estaba ahí, tal vez llevaba mucho tiempo al lado, observándome, aguardando el momento en que levantara los ojos y lo viera.

Apareció con su nombre, o, más bien, fue su nombre lo que apareció. ¿Por qué Kurt se llama Kurt? Tampoco lo sé, y nunca he sentido siquiera la necesidad de hacerme esa pregunta; la hago ahora por primera vez, cuando hay gente que puede interesarse. Era evidente para mí que Kurt era el único nombre posible, que Kurt era él, y, al principio, insisto, él no era más que una palabra. Pero tampoco menos.

¿Es Kurt un personaje o un autor? Terrible dilema, para quien sienta la necesidad de plantearlo. Yo no la tengo. Es como la diferencia entre cuerpo y alma, fondo y forma, o, si me apuran, cielo e infierno. Mínima cartografía para entendernos, o al menos para intercambiar mensajes, porque entender, lo que se dice entender, consiste precisamente en perder de vista esas referencias. Son medidas sanitarias: a un tiempo sociales, para preservar el orden, e individuales, para estar en orden, en cordura. Social e individual son, por cierto, agentes de la misma fuerza de orden público de que vengo hablando.

¿Es el autor al mismo tiempo un personaje? Todo autor lo es; cuando de alguien se puede decir que es «autor», ya es un personaje, algo más que una persona, un perfil que se despega de su cara y empieza a gozar de vida propia.

Por eso el destino final del personaje es disponer de un perfil para la eternidad, fuera de la corrupción del tiempo. Un personaje se hace retrato, busto, estatua y, en algún caso excepcional, billete, sello, moneda.

La vocación de todo autor es reproducirse. Es más, si es autor es, precisamente, porque se reproduce; antes de lograrlo no lo es. De ahí que el nacimiento del personaje–autor y de los personajes del autor tengan lugar al mismo tiempo. Cuanto más le crecen al autor sus personajes, en consistencia y en atención de la gente, más personaje se hace él, más se va despegando de su cara el perfil.

La historia disponible del mundo es así. Bien porque hayamos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza, o porque lo haya hecho él con nosotros, no hay otro juego que ese, y el arte en cualquiera de sus formas es ese mismo juego, jugado con virtuosismo, es decir, sin realidad.

Pero volvamos al asunto. Kurt apareció, o siempre estuvo ahí y se hizo presente, da igual. Empezó a moverse con autonomía, como Pedro por su casa, nunca mejor dicho, mirando debajo de los muebles, espiando a los vecinos por la ventana, hurgando en los cajones, incluso arrancando el papel de la pared y el tillado de madera de los suelos. Siempre lo vi como algo propio y a la vez ajeno. Esas cosas las entienden sólo las mujeres que han estado embarazadas y los que han llevado dentro un tiempo un ángel o un demonio.

¿Quién ha escrito Kurt?, ¿quién es Kurt K.? Sería muy fácil para mí decir que he sido yo, pues no hay nadie más que pueda levantar la mano y abrir la boca para hacerlo. Si conviene a la editorial, lo digo; queda dicho ya. Pero hay que desconfiar siempre de las cosas sencillas, tanto como de las complicadas. Las cosas son lo que son, y volverlas más simples o más complejas es cambiarlas de ser.

Para mí, Kurt es Kurt, y Kurt K. es su otro, el que ha escrito de él. ¿Quiénes o qué son uno y otro para mí? Me gustaría más bien saber quién soy yo para ellos. No es algo que tampoco tenga gran importancia, dejémoslo estar, no es distinto de lo que le pasa a cada uno en sus adentros y sus afueras. La piel es un asunto demasiado fino y convencional como para emplear la vida en ser su guardia de fronteras o, según los gustos, su contrabandista. Si escribo este prólogo es sólo porque no resulta usual que coincidan el nombre del personaje y el del autor, y que este, al propio tiempo, no figure en los registros públicos. Alguna explicación había de dar.

Pedro de Silva