A finales de año Diego regresó a Montilla coincidiendo con el inicio del viaje de Rebecca y su madre a España.
El primer destino para ambas mujeres, como ya le ocurrió a él, fue Lisboa, donde permanecieron demasiados días esperando la llegada del nuevo embajador español. Esa parada, tal vez por ser la primera, se les hizo eterna. Apenas si disfrutaban de la belleza que la ciudad les brindaba, ansiosas como estaban de llegar a España. Lo único que las retenía allí era el pasaporte necesario para cruzar la frontera y que tenía que entregarles el ministro de Estado, don Pedro de Ceballos, destinado entonces en Portugal.
Permisos y más permisos. Hasta para trasladar y pasar por las aduanas los numerosos baúles, bolsas y cajas que transportaban necesitaban una orden del rey. La consiguieron, lo que no restaba complicación. Les resultaba inimaginable la cantidad de obstáculos con los que se iban a encontrar por desplazarse con semejante séquito. Que dos mujeres solas emprendieran un viaje tan largo, llevando con ellas un voluminoso equipaje, no solo de ropa sino también de muebles, cuadros y un sinfín de objetos para iniciar una nueva etapa en un país distinto, no era algo que estuviera a la orden del día. Resultaba innegable la valentía de ambas, capaces de afrontar las mayores dificultades, que en realidad comenzaron una vez abandonaron la capital lusitana.
La mañana en la que se disponían a partir, muy temprano Rebecca pidió que la acompañaran al muelle para ver el mar por última vez. Inmenso y puro azul. Se estremeció al pensar que en las portuguesas aguas de ese océano habían muerto Josefa Balbastro y sus siete hijos. Los gritos del horror tantas veces relatados por Diego emergían de las olas en ese adiós que suponía, al mismo tiempo, un saludo de bienvenida a un período de su vida que recién se estaba iniciando. Para su marido, una segunda vida. Para ella, sencillamente la vida. Su vida. Lejos de la sal y la humedad de las playas; de los acantilados abismales; de la bruma londinense y de los verdes y frondosos parques. Lejos, en definitiva, de lo cierto y cerca de lo desconocido. Pero ¿qué es la vida sino un movimiento permanente, un desplazarse de un lugar a otro, de un sentimiento a otro, y hasta de unas personas a otras? A unas las perdemos para siempre, a veces con dolor, y a otras las incorporamos felizmente a nuestro devenir cotidiano. Intentamos que el tiempo no transcurra a nuestro lado mientras, inmóviles, permanecemos pensando en lo que podíamos haber hecho y no hicimos.
En lo que podíamos haber sido y no fuimos.
—Hija, ¿adónde fuiste esta mañana? No había ni despuntado el alba.
Rebecca prefirió abstenerse de explicarle sus pensamientos a su madre y retenerlos para sí misma, como tesoros que se adormecen bajo las aguas sin que nadie sepa dónde encontrarlos. No tenía dudas sobre lo que significaba el revoloteo que le estaba removiendo las entrañas al ritmo al que giraban las ruedas del carruaje y galopaban los caballos ya en camino. Alejarse del Atlántico suponía aproximarse a los campos andaluces, a la luz inigualable de los atardeceres, al olor de olivos y viñedos. Un exotismo al que la trasladaba el amor. Y no se le ocurría que ninguna mujer en el mundo pudiera ser más feliz de lo que lo era ella.
La primera estancia en España tuvo lugar en la ciudad de Badajoz. Una estancia, por cierto, también prolongada, aunque ya el ansia se les iba mitigando un poco al encontrarse en suelo español.
Después continuaron la ruta por Extremadura durante varias penosas jornadas en las que el polvo de veredas y caminos les inundaba la ropa y se les metía en la boca. Hasta que llegaron a un pueblo en el que consiguieron hacerse con coches más preparados para recorrer el trecho que les quedaba hasta Sevilla.
La hermosa y señorial Sevilla, donde encontraron más comodidades y pudieron pernoctar en un sitio decente, más apropiado para unas damas de su categoría. Pronto se corrió la voz de su presencia en la capital, que se volcó en hacerles gratos los días que pasaron en ella. Relevantes personalidades de la alta sociedad las agasajaron a todas horas, ofreciéndose para mostrarles los impresionantes monumentos repartidos por el corazón de la ciudad, lo cual les elevó su maltrecho espíritu tras lo que llevaban realizado de viaje hasta el momento. De ese modo les fue fácil evitar pensar en lo que les quedaba todavía. Decidieron descansar y aprovechar el remanso que estaba significando conocer la insólita Sevilla, en la que entablaron algunas amistades que estaban llamadas a perdurar en el tiempo. Ese era el caso de una amiga de la infancia de la princesa de Anglona, de la misma edad que Rebecca. Congenió con ella al primer instante de verse. Las dos jóvenes solían salir juntas a pasear por la mañana siguiendo la ribera del ancho cauce del río Guadalquivir, o tomaban café en casa de Adela, que así se llamaba la muchacha, a media tarde.
—Qué relajadas son las costumbres en España —comentaba admirada Rebecca—. Nuestros horarios son muy distintos en Inglaterra, y la gente no anda tanto por la calle.
—¡El sol es lo distinto! —respondió su amiga bromeando—. Aquí no tenemos muchas ganas de dejar de verlo, así que alargamos el día para aprovecharlo y lo disfrutamos fuera de nuestras casas.
—¡Yo también haría lo mismo!
Ambas rieron divertidas.
—Pues ahora vas a poder hacerlo viviendo entre nosotros —le recordó la joven sevillana.
—Tienes razón. Y te confieso que, aunque estoy contenta, no puedo evitar una inquietud interior muy poderosa al no saber qué me depara el destino.
—Y quién lo sabe… Querida Rebecca, fíjate en lo que le pasó a tu prometido. Nunca estamos libres de que en cualquier recodo del camino que Dios ha trazado para nosotros en este mundo, nos asalte una desgracia que haga que todo se vuelva del revés en cuestión de segundos.
—Tengo miedo… —Rebecca había creído que no podría confesar este sentimiento que albergaba desde que aceptó casarse con Diego, pero sintió liberación al hacerlo.
—¡Cómo puedes decir eso! —exclamó sorprendida su amiga—. Una mujer enamorada como tú…
—No dudo de mi amor, como tampoco de Diego. Pero a veces… —Le costaba soltarlo—. No sé…
—Vamos, cuéntame eso que, por lo que parece, mucho te preocupa. —Adela se mostraba comprensiva y le hablaba con ternura para propiciar el resto de la confesión.
—No sé si seré capaz de suplir todo lo que le falta en su vida, porque es tanto… Tanto, que no sé cómo ha podido mantenerse en pie desde aquella horrible tragedia. Ahora dudo de si he hecho bien aceptando casarme con él, porque jamás podrá volver a ser feliz después de algo tan atroz. —De pronto se echó a llorar encogida, cruzando los brazos a la altura del estómago como si quisiera impedir que algo escapara.
—Rebecca, mírame. —Adela intentó deshacer el nudo que había hecho la inglesa con los brazos—. Mírame a los ojos y presta atención a lo que voy a decirte. Casándote con el capitán Alvear no vas a ocupar el lugar de nadie, sino a llenar de vida y de amor la suya. No conozco a don Diego pero, sabiendo lo que se dice de su persona en cualquier lugar de España, siendo como es admirado en todas partes, no creo que quiera casarse contigo para combatir el efecto que haya tenido en él la desgracia de haber perdido a mujer e hijos. Ese hombre te ama, y tú lo amas a él. ¿Por qué no intentas verlo desde el punto de vista contrario? Piensa en cuánto debe de quererte para haber decidido rehacer su vida después de lo que ha sufrido. Recuerda que tú misma me has contado que cuando lo encarcelaron quiso dejar de existir, que prefería estar muerto. Tú, Louise Rebecca Ward, lo has resucitado. ¿Cuánto amor no habrá en vosotros para haberlo conseguido?
Las dos jóvenes se abrazaron emocionadas, y enormemente agradecida Rebecca. Prometieron no romper nunca el vínculo amistoso.
—La primera amiga que tengo en España ha de ser para siempre —afirmó la joven inglesa antes de invitarla a su boda en Montilla.
—¿A tu boda…? ¡Pues claro que quiero asistir! No me lo perdería por nada del mundo.
De ese mundo que a partir de entonces pertenecía por igual a Rebecca y a Diego. Un mundo en el que poco a poco las luces se iban imponiendo a las sombras.
En Sevilla, doña Catalina y su hija disfrutaron de la primera estancia agradable desde que salieron de Londres y, tal vez por esa razón, tuvo lugar la primera despedida triste. Adela prometió escribir con frecuencia a su nueva amiga y, por supuesto, asistir a su enlace matrimonial, como ya le había hecho saber.
—Mi querida Rebecca, piensa únicamente en tu boda y en las experiencias que te aguardan en España —dijo Adela emocionada al tener que separarse de su nueva amiga.
—Así lo haré. Doy gracias por encontrar a personas como tú.
Se abrazaron.
Rebecca le hizo caso. Meditó sobre la suerte que tenía por haber podido elegir al hombre al que deseaba unirse. Por su cabeza le rondaban, en la partida, las palabras de Adela. No iba a reemplazar nada ni a nadie, sino que iba a encontrar el sitio que merecía por derecho propio en el corazón de Diego.
A partir de Sevilla el viaje hacia tierras cordobesas se anticipaba menos complicado gracias a que el camino era mejor en apariencia, mayores las facilidades de desplazamiento, los pueblos más grandes, y también ayudaba el carácter servicial y afable de los habitantes. Pero pronto se demostró que las comodidades que tanto aplaudieron al salir no pasaban de ser meros espejismos de la realidad. La travesía se ralentizaba porque debían bajarse del coche a menudo. Rebecca y su madre estaban muy asustadas por el permanente riesgo de volcar al que se exponían debido a los baches y a las insufribles desigualdades de los senderos que atravesaban. Les desesperaba lo lento que se avanzaba. Nada podía hacerse para remediarlo, eso era lo peor. «¿Cuándo llegaremos?», no paraban de preguntarse. Las inclemencias de ese periplo las agotaba. A ellas, ¡y a cualquiera!
A ambas les extrañaba sobremanera las diferencias existentes con su país, al que consideraban, con lo que llevaban conocido de la geografía española y del carácter de sus gentes, al menos extremeños y andaluces, mucho más adelantado en multitud de aspectos. Las posadas que encontraban al paso no podían estar más destartaladas.
—¡Sin mueble alguno que facilite un mínimo de comodidad, ni apenas de aseo, es imposible descansar! —clamaba doña Catalina al cielo mientras que Rebecca se esforzaba por soportarlo de mejor manera delante de su madre, pero cuántas lágrimas de rabia e impotencia derramaba en las pocas ocasiones en las que se quedaba a solas. Esa expedición se estaba convirtiendo en lo más parecido al infierno y temió que acabara siendo ese su destino, ya que por momentos se le parecía tanto…