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Durante la cena, el gobernador se condolió por la pérdida del joven oficial. Diego, visiblemente afectado, comió rápido y se disculpó para retirarse a su habitación a leer un rato y trabajar en las últimas anotaciones. «El trabajo aporta distracción a la mente», concluyó antes de dejar al matrimonio degustando el postre. Nadie más que él conocía que en su mente libraban batalla el duelo por el joven Manuel y una «distracción» en forma de ojos negros y pies descalzos que se le habían enredado en el corazón.

A los pocos minutos de haberse retirado sonaron dos golpes en su puerta. Al abrir se encontró con los ojos de su perdición. La sorpresa fue mayúscula. La bella sirvienta portaba en sus manos el astrolabio regalado por Diego al oficial muerto.

—A mi señor no le ha dado tiempo de entregarle esto —dijo acercándosele para que lo cogiera— y me envía para que se lo dé. Su ayudante lo trajo al poco de llegar usted.

—Vaya… hasta ahora pensaba que eras muda. ¿Cuál es tu nombre?

La muchacha agachó la mirada y mantuvo los brazos extendidos a la espera de que Alvear aceptara el astrolabio.

—Has vuelto a quedarte sin habla. ¿Es eso norma del lugar o un castigo que merezco?

Ella comenzaba a incomodarse. Él, en cambio, se cargó de aplomo.

—De acuerdo. Dime al menos cómo te llamas.

—Tómelo, por favor, señor —respondió la muchacha tendiéndole el instrumento.

—No lo haré hasta que me digas tu nombre.

Y por primera vez en el día, Diego mostró una amplia sonrisa con la que creía que podría convencerla para que confiara en él y fuera posible establecer una conversación sin recelos. Sin embargo, se equivocó.

—Por favor, se lo suplico, tome esto, es suyo, ¡tómelo! —le rogó con enojada inquietud.

—¿Cómo te llamas? —insistió Diego aproximándose a ella—. Vamos, no es tan difícil.

—Rosa, señor, Rosa…

—Rosa, ¿qué más…? —Su tono guardaba un cofre de sensualidad a punto de desbordarse.

—Rosa… Guarú.

El teniente se quedó mirándola a los ojos, maravillado de la profundidad de aquel negro abisal. Imaginó que la luna se había colado de rondón en los ojos de Rosa; una fugaz ensoñación que condujo su mano a posarse en uno de los desnudos brazos de la muchacha, quien, temblando, dejó caer el astrolabio al suelo, una pieza se desprendió, y ella huyó de lo que no comprendía.

Diego se contuvo, sabía que no debía ir tras ella por más que lo deseara. Recogió los restos y volvió a cerrar. Pero se arrepintió y salió furioso de la casa llevando consigo las dos partes del astrolabio, camino de la orilla más cercana del río. Nunca había estado enfadado con el mundo como esa noche. Con toda la fuerza de la que era capaz, lanzó al agua el trozo más grande. Después hizo lo mismo con la sujeción de la argolla, y se echó en la tierra a contemplar el cielo estrellado. Hasta que sin darse cuenta el sueño lo atrapó.

Horas más tarde despertó sintiendo el impertinente frío de la madrugada hurgándole en cada rincón del cuerpo. A esa hora, la humedad del río era más intensa que a ninguna otra del día. Se incorporó con cierta dificultad, entumecidos los huesos por el relente y la intemperie, y fue a buscar abrigo a la casa…, abrigo y algo más. Como todos dormían, se atrevió a entrar en la cocina a pedir un café que camuflara sus verdaderas intenciones.

En efecto, Rosa y otras dos criadas andaban ya con el trajín de la mañana. En el ambiente flotaba el olor del pan recién hecho y el rastro del adiós a la soledad nocturna. La muchacha se turbó al verle entrar pero no detuvo la faena.

—Seguro que ya hay un café caliente dispuesto, ¿verdad…?

A Rosa le costaba hacer frente a los retos de Diego. En cierto modo le temía. Los sirvientes tenían prohibido permitirse ningún trato cercano o familiar con los colonos, así que ni siquiera le respondió. Advertía el peligro, lo detectó desde el primer instante en que vio entrar a Diego de Alvear en la casa de los San Martín. Él lo traía consigo, como un traje hecho a medida.

Dado que Alvear le insistió por dos veces más, Rosa se decidió a contestar. Breve, ligera, como el aroma que desprendía su piel por la mañana.

—Señor, no debería estar aquí. —Y se alejó.

El teniente se sentó junto a la mesa con actitud de cierto desafío. Ya no sabía qué idear para que la muchacha le hiciera caso.

—Bueno, no eres la única que puede servir un café, así que no te preocupes, no es mi intención entorpecer tu trabajo. Se lo pediré a…

—¡No! —gritó Rosa, rectificando de inmediato su ímpetu—. Por favor, con su presencia nos compromete. Este no es lugar para usted.

Solo entonces él se tomó en serio la incomodidad que estaba ocasionando y se levantó de inmediato. Tal vez se hubiera excedido sin pretenderlo. Las otras dos muchachas habían salido silenciosamente para quitarse de en medio. Aprovechando que se encontraban a solas, se aproximó a Rosa bordeando el susurro de su nombre, pero justo en ese instante irrumpió en la cocina la señora de la casa. Para evitar una reprimenda, la muchacha agarró la bandeja con el desayuno y salió volando. Diego y doña Gregoria se dieron los buenos días como si fuera lo más normal del mundo que los señores comenzaran el día conversando en la cocina.

Durante el resto de la jornada, el militar español anduvo algo aturdido. Siguió barruntando en su cabeza la mezcla de la muerte de su ayudante y la presencia escurridiza de Rosa. Y cuanto más escapaba de él, más deseaba atraparla. El día transcurrió imaginando que lo conseguía.

Por la noche, después de la cena, pasó un buen rato observando el cielo desde el balcón de su dormitorio, que estaba casi a ras del suelo, tomando notas. Si algo había descubierto en América era que la soledad podía ser la mejor compañera de un hombre como él y con un cometido como el suyo. Jamás imaginó que un joven pudiera llegar a sentirse tan bien lejos del bullicio.

De pronto oyó agitarse las hojas bajo su balcón. Se asomó y vio que entre la vegetación aparecían los dos grandiosos ojos de Rosa cual dos faros de un vigía. Iba descalza, como siempre, y vestía de blanco. Se miraron de una manera que él entendió como un claro mensaje. La joven salió corriendo en dirección al río, y Diego dio un salto y la siguió, sorteando en el camino la maleza y el pecado.

Ya en la orilla, se tumbaron guardando la distancia que ellos mismos se imponían. Esa vez habló ella primero.

—Yo… siento haberle roto su cosa esa. Anoche no durmió, su cama no estaba deshecha.

—¿Qué razón se te ocurre?

—No lo sé, señor…

—He dormido junto al río.

—Pero por la noche hace mucho frío.

—Yo no lo sentía porque dormí entregado a un pensamiento que me proporcionaba calor… ¿De veras no tienes idea de en quién pensaba?

—¿Tengo yo la culpa de eso que cuenta…?

La inocencia de Rosa le resultaba conmovedora.

—¿Por qué has esperado tanto para disculparte? Podías haberlo hecho esta mañana, en lugar de mostrarte tan poco amable.

Diego no aguardó la respuesta. Sin poder contenerse por más tiempo, se deslizó hacia ella para besarla, pero Rosa se zafó.

—No haga eso, no lo haga, no está bien.

—¿Quién lo dice?

—No hace falta que nadie lo diga. Usted lo sabe.

—¿Y tú, Rosa, también sabes que está mal que te bese?

—¡Claro que sí!

—¿En serio crees que algo así puede estar mal si ambos lo deseamos?

—Yo no… —la respuesta se adelantó en la boca de Rosa para que la verdad quedara velada.

—¿Tú no qué…, Rosa?

La joven se levantó para escaparse, pero Diego, más rápido, se alzó antes y la sujetó por los brazos. Ella se revolvió con fuerza y ya entonces él entendió que no debía seguir reteniéndola y la dejó ir. En cierto modo, al liberarla se liberaba a sí mismo de la cárcel de sus íntimos deseos que seguramente le acarrearían problemas. Porque sí sabía, claro que lo sabía, que aquello no estaba bien. La Corona española castigaba con dureza las relaciones entre colonos e indígenas.

Rosa había desaparecido. Ni rastro de sus ojos ni de sus pies descalzos. Diego caminó parsimonioso hacia la casa con evidente frustración mientras reflexionaba buscando sentido a la atracción tan primaria que esa joven ejercía sobre él y que nunca antes había conocido.

Las notas del cuaderno se le resistían. Imposible concentrarse. Decidió que era mejor meterse en la cama e intentar conciliar el sueño de algún modo. Pero el sueño vagaba invisible por espacios imprecisos. Al cabo de una hora de dar vueltas entre las sábanas llamaron a su puerta. Se sobresaltó, ¿quién podía ser a esas horas? Algo grave debía de haber pasado.

Al abrir descubrió la inmensidad del estrellado cielo guaraní albergado en los ojos negros de Rosa pidiéndole que penetrara en el abismo de su negrura esa noche y se perdiera en ellos. Y él se entregó feliz al cumplimiento del ruego mudo de la joven indígena.