Corpus

¿Dónde se han ido todos?

Dedicó sus días a recorrer, sin descanso, todas las partes de este palacio, intentando, en vano, escuchar de nuevo el persistente rumor, insensible por acostumbrado, de las picas y los fuelles, los martillos y los cinceles, las ruedas de las carretas. Pero después del suplicio de Nuño y Jerónimo de cara al lienzo del mediodía, un grande silencio cayó sobre la obra, como si la mano de Dios hubiese volteado una ancha copa de cristal, cubriendo con ella todo el espacio de la construcción e imponiendo una tregua divina.

Entró aquel día, después del tormento y muerte de los obreros, por una de las tres puertas del paño del norte, que por estar al cierzo carecía de ventanas, y miró por última vez los muros externos del palacio, la masa de granito, las altas torres en cada esquina. Templo de la Victoria. Ciudad de los Muertos. Octava Maravilla del Mundo. Evitó la puerta que sirve a las cocinas y también la que sirve a la casa de la Señora: ambas le traían malos recuerdos. Escogió la que conduce al patio del palacio, admiró un instante las jambas, dinteles, sobredinteles y estipes, y io bien labrado de todo el paramento, tan bien aparejada la piedra que sus coyunturas eran invisibles, y las columnas que se rematan, atan y hacen obra con el zócalo bajo, faja y cornisa alta. Entró, y juró que nunca más saldría.

—¿Dónde se han ido todos?

Quedaron las monjas; quedaron los monjes; quedó un flaco servicio de cocina y cámara. Éste, sin necesidad de recibir órdenes para ello, dedicóse con sigilo a preparar las comidas del Señor y atender a la limpieza y decoro de sus habitaciones: mas siendo los platillos más ricos devueltos casi siempre, intocados, a las cocinas, y negándose el Señor a que le cambiasen las sábanas negras de su lecho, ni pasase escobillón por su aposento, ni mudándose él mismo nunca el negro atuendo con que presidió las ceremonias finales de la muerte, poco encontraron los cocineros, pinches y ayudas de cámara qué hacer, salvo lo que se verá que hicieron; y a los monjes ordenóles cumplir un perpetuo servicio de muertos, y les dijo:

—Vuestra misión es sólo una; orar por los muertos y orar por mí. Primero mandó que continuamente hubiese dos frailes delante del Santísimo Sacramento del altar rogando a Dios por su ánima y por la de sus difuntos, de noche y de día, en perpetua oración. Luego, el día de Corpus Christi, ordenó que se dijeran de un golpe treinta mil misas por el reposo de su alma. Asombráronse los frailes y uno de ellos se atrevió a decirle:

—Aún vivís, Sire…

—¿Darías fe de ello?, le contestó el Señor con una sonrisa agria, y añadió que al terminar las treinta mil misas se iniciara nueva serie de igual número, y así infinitamente, viviese o muriese él.

—Hacéis violencia al cielo, dijo ese fraile respondón.

—La templaré con la piedad, contestó el Señor con un temblor, y añadió: —Otrosí, que dos mil misas sean dichas para las almas del purgatorio. Y que al final de cada misa, se diga un responso por mi alma y que con esta intención se distribuyan las limosnas convenientes.

Y a la Madre Milagros dijóle:

—Que tus monjas me vigilen. Que espanten a los espantos.

—La Inesilla se ha perdido, Señor. Eso es lo que nos espanta.

—Una monja no hace un convento. ¿No la has suplido?

—Sí, han llegado otras novicias. Sor Prudencia, Sor Esperanza, Sor Caridad, Sor Ausencia…

—No quiero intrusos. Que aúllen como perras cuando alguien se me acerque, como aullaron al oír los ladridos, cadenas y bocinas de mi fiel alano Boca negra.

Durante esos años, aullaron las monjas cada vez que vino a visitarle la madre Celestina, cada vez más vieja, para asegurarle que ese temido usurpador, el príncipe bobo, continuaba encamado con Barbarica la enana en el monasterio de Verdín. Se maravillaba la vieja barbuda de la soledad y pobreza del Señor, meneaba la cabeza y decía esas cosas que el Señor decidió permitirle sólo a ella:

—El que de razón y seso carece, casi otra cosa no ama sino lo que perdió. Y tú, don Felipe, grande pena tienes por la edad que perdiste. ¿Querrías volver a la primera?

Él se diría a sí mismo que no, y la Celestina le contaba que, corrida la voz de las limosnas que aquí se entregaban después de cada misa, los mendigos del reino, en creciente número, se acercaban a las puertas del palacio, lo rodeaban, aposentábanse en las antiguas chozas de los obreros, en las tabernas y fraguas abandonadas, esperando la caridad de cada jornada.

Luego se iba la vieja y el Señor se sentaba largas horas en la silla curul, junto a ios fuegos apagados, a recordar a la joven novia, burlada el día de su boda con el herrero Jerónimo; la muchacha que le acompañó hasta la playa y allí dijo su sueño de un mundo libre para el amor y el cuerpo; la amante que con él y Ludovico compartió las noches del alcázar sangriento. ¿Querrían volver a la edad primera?

Cerciorábase de tarde en tarde de que la pareja atada por el sexo en prisión de espejos continuaba allí, gimiente, incapaz de zafarse, como perro y perra callejeros, agotados los jugos del placer, secados los lúbricos orificios, ayuntados verga enjuta y coño marchito, y heridos ambos, sin poder jamás cicatrizar, por los cristales molidos que en lo hondo del sexo de Inés introdujo la madre Celestina, y por los filosos dientes de pez que en los labios de la virginidad remendada hincó. Comían doña Inés y don Juan, la monja con la cara siempre cubierta por la cofia de su hábito, el caballero embozado siempre con su capa de brocados. El Señor no deseaba verles. Le bastaba saber que estaban allí, condenados a mirarse un día en lo único que podrían mirar al cansarse de vivir con los ojos cerrados: sus propias imágenes en un mundo de puro espejo.

Los criados, sin abrir la puerta de la celda, pasaban cada día un plato de secas cecinas por deba jo de ella. En esto se ocupaban, y en entregar las sobras de las comidas del Señor a los limosneros arrejuntados bajo los tejares, y que a la hora del Ángelus se llegaban hasta la puerta de la cocina en el lienzo del cierzo a pedir caridad. El Señor nunca miró a Inés y a Juan comer. Un criado se atrevió a decirle una noche, al servirle la cena en la alcoba donde el polvo crecía en los rincones:

—Como bestias se disputan las cecinas, Amo, y sin desembozarse nunca; peor que los más hambrientos mendigos que atendernos…

Pidióle el Señor que callara, y mandóle azotar por su atrevimiento. Sucedió que esa misma noche aullaron quedamente las monjas, y un fraile llegóse hasta el aposento del Señor acompañado por un anciano varón de docto aspecto, que dijo ser el doctor Pedro del Agua, y miró al Señor con cara de embalsamador, y aún se preguntó en voz alta:

—¿Será mi suerte embalsamar al padre y al hijo?

¿Hay médico en España que no sea judío? ¿Y hay doctor judío que no sea envenenador? Con ira ordenó el Señor al incauto fraile delatar al doctor del Agua ante el Santo Oficio, y seguirle proceso, y torturarle, y arrancarle confesión, y siendo su nombre marrano del Agua, por agua se le supliciaría, hasta que reventara. Ordenó que a partir de entonces nada se le comunicara de viva voz, sino por escrito, sólo por escrito, siempre.

—Unicamente lo escrito es real. Las palabras se las lleva, como las trajo, el viento. Sólo lo escrito permanece. Sólo creeré en mi vida si la leo. Sólo creeré en mi muerte si la leo.

Y así, a los pocos días, otro fraile le entregó un pliego y el Señor lo leyó. Se relataban allí los sufrimientos de los judíos expulsados del reino, y firmaba esta crónica un Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios, no pudieron vender posesiones a cambio de oro y plata, por estar prohibida la exportación de estos metales, así que han vendido casas, propiedades y todo lo que tenían por la miseria que los cristianos viejos quisieran pagarles, andaban rogando con ellas y no hallaban quién se las comprase; y daban una casa por un asno, y una viña por poco paño, y luego huyeron de España en buques atestados y mal gobernados, y muchos se ahogaron en las tormentas, y otros llegaron al norte de África sólo para ser víctimas del pillaje y los asesinatos, los turcos mataron a muchos para robarles el oro que se habían tragado para ocultarlo de este modo; otros perecieron por el hambre y las epidemias y hubo quienes fueron abandonados desnudos por los capitanes en las islas; algunos fueron vendidos en Génova y sus aldeas como sirvientes y sirvientas y no faltaron los que fueron arrojados al mar; los más afortunados han llegado, tambaleantes, a las ciudades del norte de Europa, Amsterdam y Lubeck y Londres, y allí han sido acogidos, y aceptados en sus oficios de cambistas, asentistas, joyeros y filósofos…

Primero leyó esta crónica el Señor con gran sabrosura, dando gracias de que su tierra se despoblara de quienes, negando la divinidad de Cristo, atentaban contra la salud y la soledad personales del Señor, pero luego le vino una diarrea como de liebre o de cabra, que le tuvo encamado una semana. Persistió, sin embargo, en su decisión de sólo atender lo que le comunicasen por escrito, y de hablar únicamente con la vieja Celestina, cuando pasase a visitarle, y con su propia madre, la llamada Dama Loca, cuando él mismo se acercaba al nicho amurallado en la capilla.

—¿Qué haces, madre?

Por la rendija abierta a la altura de los ojos amarillos de la reina mutilada, salió sofocada su vieja voz:

—Estaba recordando, hijo mío, cuando eras pequeñín y te sentabas a mis pies, o sobre mis rodillas, durante las largas noches de invierno, junto al fuego de la chimenea, en nuestro viejo alcázar, y yo te educaba para ser un verdadero príncipe, repitiéndote las reglas que a los legítimos herederos inculca todo buen preceptor. Decíate entonces, hijo, que a nadie le conviene tener más, ni mejores noticias, que a un príncipe, pero han de ser útiles, para heroicos y loables fines. La abeja no se sienta en todas las flores, ni de las que pica, toma más, que lo que ha menester, para fabricar sus panales. El príncipe erudito, ni ha de saber todo, ni ha de ignorar lo que conduce a los designios de su nacimiento. Que así se diga de ti, mi hijito: nada ignoró, de lo que debía saber; nada estudió, de lo que debía ignorar. Qué joven era yo entonces, y bella, y entera, y pequeño tú, rubio y atento, muy serio, con tu alto cuello de armiño y tus delicadas manos, pálidas, apoyado contra mis rodillas, oyéndome: no te baste, hijo mío, confesar y comulgar de mes a mes, sino que conociendo que, en el uso de los santos Sacramentos, consiste tu mayor defensa, acostúmbrate a confesar de quince a quince días primero, luego de semana a semana, y luego diariamente; y no te contentes de confesar los pecados que cometiste desde la última vez que comulgaste, sino que, diariamente, confiesa primero los diez últimos años de tu vida, luego los veinte, luego los treinta, hasta acostumbrarte a confesar, diariamente, tu vida entera. Y para hacer esto con más pureza, no sólo has de prohibirte a ti mismo firmísimamente todo lo ilícito, pero, te moderarás aun en lo honesto, ya guardando los ayunos, aunque el médico te aconseje otra cosa, ya sufriendo, con paciencia, tus trabajos, y mandando sobre tus pasiones, que el que no fuese mortificado, no puede ser príncipe cristiano. Resplandezca tu virtud, oh príncipe hijo mío, en los deleites de la pureza del cuerpo, y dígase de ti que fuiste como la perla, que jamás sale de su concha, sino para recibir el rocío del cielo: no faltes nunca a los límites de esta virtud, ni siquiera en la estrecha ley del casto matrimonio. ¡Raro prodigio será éste en un siglo depravado! ¡En un cuerpo perfecto! ¡En un joven soberano! Y en un palacio lleno de halagos, y delicias del mundo. Pues digan allá las fábulas lo que quisieren de sus castas deidades: mientan los poetas, que Hércules destrozó serpientes en la cuna, que acá diremos con toda verdad, y sencillez, que un rey joven ahogó dentro del palacio todas las sierpes de sus apetitos. ¡Oh qué gran victoria! Que anide el fénix en los altos montes de Arabia entre generosos aromas, está bien; pero que el Armiño no se manche entre los negros humos de Babilonia causa admiración. La admiración ajena, hijo mío: el poder es apariencia, el honor es apariencia, el caballero y el príncipe españoles son lo que aparentan ser, pues la apariencia es la realidad, y la realidad, fugaz espejismo. Que un rey ceñido a la estrechez de un aposento, penitente, austero, contemplativo, se mantenga limpio y puro, fácilmente lo entiendo; pero que un rey acariciado por todas las delicias, festejado con músicas, lisonjeado con saraos, y festines, y con mil incentivos del gusto, se mantenga siempre tan templado: verdaderamente, que tiene todas las señas del prodigio. Puso Dios a Adán en el Paraíso; y repara aquí San Agustín: ¿quién a quién había de guardar, el Paraíso a Adán, o Adán al Paraíso? Contesta hoy a esta pregunta, hijito mío, y si me preguntas, ¿qué haces, madre, dónde estás?, te diré que estoy contigo, yo joven, tú niño, cuarenta y más años ha, inculcándote la educación de un príncipe, pidiéndote ser lo que no era tu padre, mi hermoso marido, salvándote siempre, hijo, incitándote a la castidad, pidiéndote entonces que no sucumbieras, no tocaras a mujer alguna, ni a la tuya, ni supieras lo que te convenía ignorar, y a la mortificación te entregaras, que ya me encargaría yo de procurarte heredero que no nos condujese a la extinción en el fin, sino que nos remontase al origen, perpetuando así nuestra estirpe. Yo cumplí con mi parte, Felipillo, tienes heredero sin haber mancillado tu propio cuerpo, tú no serías como tu padre, que tanto me hizo sufrir, tú serías para mí lo que tu padre nunca fue, casto, mortificado y prudente; y cuanto tú no fueses, lo sería otro en tu nombre, ese heredero que yo rescaté de los chapinazos, pellizcos y palos de una turba de mendigos, para que él hiciera lo que tú no deberías hacer. ¿Has merecido, hijo mío, el nombre de príncipe? Ésa soy: una joven y bella reyna, salvada por el honor y el aprecio de su hijo: tú. Mi nombre es Juana.

Pensó mucho, en la soledad de su empolvada alcoba de negras sábanas, negros tapices, negro crucifijo y alta lucarna, en estas palabras de su madre. Y amó, sentado allí, un día de verano, el último día de verano que vivió. Supo que no volvería a ver otro día así. Todo sería invierno eterno en esta soledad. Miraba a veces hacia el coro de las monjas. Encarnación, Dolores, Esperanza, Caridad, Angustias, Clemencia, Milagros, Ausencia, Soledad: él, Felipe, un recluso entre mujeres sentadas en eterna penumbra.

Recorrió a caballo los vergeles de su infancia, aquel día último del estío de su vida. Salió de caza. Guzmán todo lo había preparado. Acompañábale el fiel Bocanegra. Llovió. Se guareció en su tienda y leyó un breviario. Bocanegra huyó. Cesó de llover. Todos se reunieron alrededor del venado cazado. Él debía dar la orden para la ceremonia final: que sonaran las bocinas, se descuartizara al venado, se encarnaran los sabuesos, se repartieran los galardones y castigos de esa jornada. Levantó la mano para dar la orden. Y antes de que pudiese hacerlo, todo sucedió como si la hubiese dado ya. El acto culminante de la montería se desarrolló como si hubiese mediado esa orden del Señor. Como si su más perfecta presencia fuese la ausencia misma.

—¿Dónde se han ido todos?

¿Quién daba las órdenes en su nombre? ¿Quién gobernaba en su lugar? ¿O todo ocurría, como aquella noche en el monte, por inercia, sin que el Señor hubiese de firmar papeles, ordenar, prohibir, premiar, castigar?

Caminó por los patíos, cruzó puertas, fatigó vestíbulos, recorrió los pequeños claustros del convento, la cuadra grande que sirve de parlatorio, las pilastras de piedra berroqueña, pasó bajo las lunetas de aciagas ventanas, a lo largo de asientos de nogal con sus espaldares, por la planta alta del convento, con sus largos paños y claustros, que se cruzan y atraviesan por multitud de arcos, bajo los artesonados techos de la lonja, hasta entrar a una vasta galería que nunca había visto, larga de doscientos pies y alta de treinta, toda pintada por sus lados, por los testeros y por la bóveda, y con columnas empotradas en las paredes, y el techo y la bóveda labrada y ordenada con grutescos de estuque, donde había mil diferencias de figuras y ficciones, encasamientos y templetes, nichos, pedestales, hombres, mujeres, niños, monstruos, aves, caballos, frutas y flores, paños y colgantes, con otras cien bizarrías, y al fondo de la gran sala un trono godo, de piedra labrada, y sentado en él un hombre, intentó reconocerle, la alta y tiesa gola, la ropilla damasquinada, los borceguíes apretados, una pierna más corta que la otra, el busto envarado, el rostro con una pálida tonalidad gredosa, los ojos adormilados y estúpidos, mirada de saurio inofensivo, la boca entreabierta, el labio inferior grueso y colgante, la pesada mandíbula prógnata, las cejas despobladas, la larga peluca de negros y grasosos rizos, y coronándole la cabeza un blanco pichón sangrante: la sangre le escurría por el rostro a este rey, sí, a este monarca secreto que levantaba, tiesamente, un brazo, y luego el otro, y gobernaba en su nombre, ahora lo sabía, ahora lo entendía, la momia real fabricada por la Señora, el espectro de todos sus antepasados, sentado en el trono, coronado por una paloma, gracias, gracias, Isabel, esto te debo, este fantasma gobierna por mí, yo puedo dedicarme a la mayor de las empresas: la salud de mi alma…

Otra corona, ésta de oro incrustado en zafiro, perla, ágata y cristal de roca, yacía por tierra, a los pies de la momia, de este muerto animado que no le miraba a él por más intensamente que él, temblando, le mirase.

Recogió impulsivamente la corona goda y huyó de esa galería, sin escuchar las risillas del hombrecito escondido detrás del trono, y caminó de prisa por pasajes enlutados, jardines inconclusos, escaleras hurtadas, losas de mármol pardo, evitando la capilla y las ceremonias de ese santo día del Cuerpo de Cristo, hasta la que fue recámara de su esposa, Isabel, allí había visto a esa momia, tendida en la cama, entró: nada había ahora, salvo las blancas arenas del piso, un aire de junio tibio que entraba por la ventana de donde la Señora mandó retirar, y empacar, los costosos cristales; arrancados los barnizados azulejos del baño arábigo; desplomada la cama. En su ausencia, la alcoba de Isabel comenzaba a parecerse a la del Señor; mustio abandono, gloria pasajera.

Algo brillaba, enterrado en las arenas del piso.

El Señor se acercó, se inclinó, arrancó una verde botella de la tumba de arena.

Rompió el yeso rojo que la sellaba.

La botella contenía un manuscrito.

El Señor lo extrajo con dificultad. Era un pergamino viejísimo; las hojas manchadas se pegaban unas a otras, y estaban escritas en latín.

Se sentó sobre la arena, y esto leyó.