CAPÍTULO XVI

UNA LUZ MISTERIOSA

EL tigre que había matado el veneciano con la flecha envenenada era uno de los de mayor tamaño, pues medía dos metros desde la nariz a la extremidad de la cola, y tenía un metro largo de estatura, a pesar de que los de las islas indomalasianas son comúnmente más bajos que los llamados «reales» en Bengala.

El terrible tóxico lo había reducido a un estado miserable. La boca contraída por los últimos espasmos, no tenía forma; los ojos se le salían de las órbitas y los rodeaba un cerco sanguíneo, y el pelo tan suave y liso, se le había encrespado. Una espuma sanguinolenta, mezclada con una serosidad amarillenta, le caía de los labios.

—¿Está muerto? —preguntó el mozo, que daba vueltas alrededor del tigre, pero siempre a cierta distancia.

—El veneno del «upas» es infalible —repuso Albani, dando con un pie en aquella masa inerte.

—Estoy vengado del terrible cuarto de hora que este animalazo me ha hecho pasar, señor Albani. ¡Ah! ¡Que miedo!

—Te creo, pobre muchacho. Un cazador de profesión no hubiera tenido menos miedo que tú; te digo que eres valiente.

—Gracias, señor.

—Ve a acostarte, que yo no te necesito, velaré hasta que venga el alba.

—Podéis creer que ya no tengo sueño y prefiero haceros compañía al lado del fuego.

—Entonces me ayudarás a desollar el tigre. Nos llevaremos una piel admirable.

Añadieron leña seca al fuego, medio extinguido, arrastraron al tigre hasta cerca de la hoguera, y quitando de la cerbatana el cuchillo, el señor Albani se puso al trabajo, ayudado por el muchacho.

—¡Qué animalazo! —exclamaba Piccolo Tonno, que no se cansaba de mirarle—. ¡Qué cuello y qué músculos! Estas fieras no deben de cansarse mucho al arrastrar las presas hasta sus cubiles.

—Algunas veces se ha visto a los tigres saltar una empalizada, llevando en la boca las mayores reses. Con este dato puedes formarte idea de la fuerza que tienen semejantes carnívoros.

—¿Es verdad, señor, que los tigres acometen indistintamente a todos los animales, incluso a los leones y a los elefantes?

—Esos son cuentos, muchacho, que cuentan los cazadores. Los tigres son más astutos de lo que se cree generalmente, y no se miden con aquellos animales que pueden vencerlos. Atacan a los antílopes, a los monos, tapires y babirusas, porque saben que estos no tienen medios de defenderse, o a los animales domésticos; pero huyen de los demás. Tampoco se atreven con los búfalos, porque han aprendido por experiencia que esos grandes rumiantes están armados de agudísimos cuernos, y que no retroceden nunca.

—Pero atacan a los hombres.

—Sí, cuando ya son viejos.

—¡Eso sí que es una cosa extraña! —exclamó el mozo.

—Ya te lo he dicho. Los tigres son muy astutos. Como no ignoran que los hombres poseen armas, mientras que son jóvenes y tienen la agilidad necesaria para caer sobre los demás animales de los bosques, dejan en paz a los hombres. Algunas veces acosados por el hambre, hacen víctimas humanas, pero prefieren los hombres de color, y, siendo posible, las mujeres y los niños, pues conocen el poder de las armas de fuego de los blancos. Cuando comienzan a envejecer, dejan los bosques y se esconden en los alrededores o cercanías de las aldeas, sobre todo de las fuentes, a donde saben que van por agua las mujeres, y allí hacen sus estragos. Sin embargo, la carne humana es un mal alimento para los tigres, porque crían sarna y pierden el pelo. Se diría que se vuelven leprosos, como los antropófagos de la Polinesia.

—¿Y no se pueden educar los tigres?

—Hay muchos rajás de la India que los tienen en libertad en sus palacios, pero son siempre peligrosos.

—¿Se podría acostumbrarlos a que no comiesen carne?

—También se ha probado ese medio; pero se vuelven muy feos y se pelan como los que comen carne humana.

—No seremos nosotros los que intentemos domesticar tigres…

—¡Calla!… —exclamó el señor Albani, interrumpiéndole bruscamente.

—¿Qué habéis oído? —preguntó el mozo, después de un instante de silencio.

—Una detonación muy lejana.

—¡Es imposible!… Si esta isla está desierta.

—Todavía no lo sabemos, y el humo que hemos descubierto ayer indica lo contrario. Ven muchacho.

Dejó en el suelo la ensangrentada piel del tigre que ya se había disecado, subió a la roca que formaba la cumbre de la montaña.

Ya en la cima miró hacia el Sur, y le pareció descubrir, en el mismo lugar donde vieron salir el humo, una débil claridad, que parecía proyectada por una hoguera encendida detrás de los bosques.

—¡Una luz! —exclamó—. No hay duda de que allá abajo acampan hombres.

—Pero ¿Quiénes serán? ¿Habitantes, o náufragos? —preguntó Piccolo Tonno.

El señor Albani no respondió, seguía mirando aquel resplandor, que unas veces se hacía mas vivo, distinguiéndose perfectamente entre las tinieblas, y otras parecía que iba a extinguirse.

Hacia las dos de la madrugada, aquella luz se extinguió bruscamente, para no volver a lucir. El señor Albani estuvo esperando en vano hasta el alba, por si oía otra detonación.

—Deben de ser piratas —murmuró—; sigo creyendo que esta isla no está habitada.

—¿Descendemos señor? —preguntó el muchacho.

—Sí, Piccolo Tonno.

Cargaron con la piel del tigre y con las patatas dulces recogidas en la floresta, y comenzaron a bajar bordeando las rocas y quiebras del monte, guiándose por las señales que hicieran en los árboles.

Tres horas después oyeron la voz del marinero, que salía del fondo de un valle lleno de árboles.

—¡Eh, marinero! —gritó el muchacho.

—¡Presente! —contestó Enrique con voz tonante.

—¿No hay nada de nuevo?

—Estoy educando a mis osos.

El señor Albani y Piccolo Tonno apretaron el paso, y poco después llegaban a una cabaña de ramaje, delante de la cual el marinero y «Sciancatello» tiraban de los osos que no querían moverse.

—Buenos días, señor Albani —dijo Enrique—. ¿Han pasado bien la noche en la montaña?

—Sí; matando un tigre que quería tragarse a Piccolo Tonno —dijo el veneciano.

—¡Cuerno de Belcebú!…

—No te inquietes; lo hemos matado, Enrique. Y tú, ¿has dormido bien?

—Como un tronco, señor. «Sciancatello» es un centinela valiente, que no ceja acercarse a nadie. También los monos son muy bravos. Conque, ¿sabéis en donde estamos?

—En una isla.

—¿Desierta?

—Eso es lo que ignoramos. ¿No has oído ni visto nada?

—Ver, no he visto; pero hace unas dos horas que me despertó un ruido muy semejante a u tiro lejano de fusil.

—También yo lo he oído.

—Entonces, no estamos solos en esta isla.

—¿Quién puede asegurarlo? Lo sabremos cuando podamos emprender un verdadero reconocimiento alrededor de la isla.

—¿Y cuando podremos intentar esa exploración?

—Dentro de algunas semanas; esto es cuando tengamos una canoa. Volvamos amigos míos; tengo prisa por llegar a la cabaña.

El marinero cogió las cuerdas de los osos; «Sciancatello» se hizo cargo de la marmita de la miel; Albani de la tienda y de la cera, y se pusieron en camino, precedidos de los dos monos y del mozo, que llevaba la piel del tigre.

Queriendo sin embargo, conocer otra parte de aquella floresta, con la esperanza de encontrar nuevos árboles que les fuesen útiles, siguieron una dirección distinta, desviándose un poco hacia el Este, seguros de llegar igualmente a la cabaña aérea.

Los árboles no variaban; veían siempre grupos de «sontar». De «duriones», de plantas gumíferas, casi pegadas unas a otras, «rotangs» desmesurados y raíces colosales, que se erguían por todas partes como serpientes.

Sin embargo, hicieron un descubrimiento curiosísimo, el descubrimiento consistía en un grupo de flores de gigantescas proporciones. Pertenecían a las «aroideas», plantas de una sola hoja, la cual comprendido el tallo, que parece una verdadera columna, alcanza una elevación de quince metros.

Del centro de aquél tallo, cuyo diámetro tenía un metro, salía una flor tan grande, que se vería muy embarazado el mayor gigante del mundo para colocarla en el ojal de su americana, pues tenía dos metros de alta con un diámetro de metro y medio. Y, cosa extraña, aquellas flores en lugar de in perfume agradable, exhalaban un olor apestoso, como de pescados putrefactos.

Algunas plantas útiles descubrieron; pero como iban muy cargados, renunciaron por el momento a saquearlas. Eran «mangostanos», árboles semejantes a nuestros cerezos, y llamados por los pueblos de Malasia «reyes de la fruta», porque efectivamente, dan la fruta mejor que se pueda imaginar.

Parecían granadas, pero tienen la pulpa blanca, y reúnen varios aromas, fundiéndose como si fuese un helado al meterla en la boca.

Hacia las cuatro de la tarde, los náufragos se encontraron en la costa oriental, que se alzaba mucho sobre el mar, y que defendían colosales rocas de diez y doce metros, cubiertas de plantas trepadoras.

Allí concluía la floresta; pero se veían pequeños campos llenos de abundante y crasa hierba, exentos de árboles añosos.

El señor Albani, que hacía ya algunos minutos que miraba con cierta atención, se detuvo para examinar el terreno de aquellos campos. Removía las plantas, las separaba con los pies, y parecía como si buscase obstinadamente algo importante.

—¿Creéis encontrar más patatas dulces? —le preguntó Enrique, que también se había detenido para descansar un poco.

—Busco otra cosa; por lo menos, un rastro —repuso el veneciano.

—¿El rastro de algún nuevo animal?

—No; de un cultivo antiguo.

—¡Cómo! ¿De un cultivo? —exclamaron el marinero y el mozo.

—Sí, amigos míos. Y estoy seguro de no equivocarme. Este terreno ha sido cultivado y limpiado de los árboles que en otro tiempo lo cubrían. Mirad: he aquí las señales de un surco; y aquí, debajo de esta hierba los restos de un árbol cortado y de otro medio arrancado.

—¡Rayos! —exclamó Enrique—. ¿Estará, efectivamente habitada esta isla?…

—Por lo menos, lo estuvo en algún tiempo —dijo Albani.

—¿Y por quién?

—Probablemente por alguna colonia de isleños de las Zulú.

—¿Hará mucho tiempo?

—Sí, muchos años.

—Pero, en ese caso se verían las trazas de algunas cabañas, o por lo menos, sus restos.

—Puede que los haya en estos alrededores.

—Busquémoslos, señor.

El veneciano no respondió. Miraba fijamente un grupo de plantas que crecían en medio de uno de aquellos descampados.

—¿Qué es lo que miráis, señor? —preguntó el marinero, asombrado al no recibir contestación.

—Dime, Enrique —dijo Albani, con cierta emoción—; ¿te agradaría tomar una taza de café?

—¡Terremoto de Génova! ¿Habéis encontrado…?

—¿Café?… Sí, Enrique, lo he encontrado, seguidme amigos míos. Dentro de pocos días degustaremos tan preciosa bebida.