—¿Dónde se ha metido Mrs. Berman? —pregunté.
—Está arriba, vistiéndose para una cita importante —me contestó Celeste—. Está preciosa. Espera y verás.
—¿Una cita? —dije. Mrs. Berman nunca había salido con nadie desde que vivía aquí—. ¿Y con quién tiene una cita?
—Conoció a un psiquiatra en la playa —me contó la cocinera.
—Tiene un Ferrari —dijo su hija—. Él le aguantó la escalera mientras ella colgaba el papel. La va a llevar a una gran cena en honor de Jackie Kennedy, en Southampton, y luego se van a ir a bailar a Sag Harbor.
Justo entonces, Mrs. Berman apareció en el hall, serena y majestuosa como el barco más hermoso que se haya construido jamás, el transatlántico Normandie.
* * *
Cuando yo era artista mercenario y trabajaba para una agencia de publicidad, antes de la guerra, pinté un cuadro del Normandie para un cartel turístico. Y cuando estaba a punto de viajar como soldado al África del Norte, el 9 de febrero de 1942, y le estaba dando a Sam Wu las señas a las que podía escribirme, el cielo que cubría Nueva York estaba lleno de un espeso humo.
¿Por qué?
Los trabajadores encargados de convertir un transatlántico en un barco para transportar tropas habían iniciado un incendio incontrolable en la bodega del barco más hermoso que se haya construido jamás. Su nombre, otra vez, y que su alma descanse en paz: el Normandie.
* * *
—Esto es un ultraje —le dije a Mrs. Berman.
Ella sonrió.
—¿Qué tal estoy? —dijo. Estaba tremendamente erótica, su voluptuosa figura exagerada y resaltada así y asá a medida que ella se balanceaba sobre sus zapatos dorados de baile de tacón alto. Llevaba un vestido de cocktail muy ceñido, con un escote amplio que descubría desvergonzadamente sus apetitosos globos. ¡Qué sexy podía llegar a ser!
—¿A quién le importa cómo estés? —dije.
—Hay alguien a quien sí le importa —me contestó.
—¿Qué le has hecho a este vestíbulo? ¡De eso es de lo que me gustaría hablar contigo, y al diablo con tu aspecto!
—No te andes con rodeos —me dijo—. Mi amigo llegará en cualquier momento.
—Muy bien —dije—. ¡Lo que has hecho aquí no sólo es un insulto imperdonable a la historia del arte, sino que además has escupido sobre la tumba de mi esposa! Sabías perfectamente que fue ella quien decoró este vestíbulo, y no yo. Podría seguir hablando y comparar la cordura con la locura, la decencia con el vandalismo, la amistad con la rabia. Pero como usted, Mrs. Berman, me ha pedido que me exprese con rapidez y claridad, porque su loquero concupiscente llegará en su Ferrari de un momento a otro, ahí va eso: ¡lárgate de aquí y no vuelvas nunca!
—Tururú —dijo.
—¿Tururú? —repetí con desprecio—. Supongo que ése es el alto nivel de discurso intelectual que puede esperarse de la autora de los libros de Polly Madison.
—No te vendría mal leer alguno —me dijo—. Son libros que tratan de la vida actual. —Señaló a Slazinger—. Tú y tu ex amigote nunca superasteis la Gran Depresión ni la Segunda Guerra Mundial.
Llevaba un reloj de oro con diamantes y rubíes incrustados que yo nunca le había visto, y se le cayó al suelo.
La hija de la cocinera se rió, y yo le pregunté con arrogancia qué era lo que encontraba tan divertido.
—Hoy a todo el mundo se le caen cosas.
Y Circe, recogiendo el reloj, le preguntó a quién más se le había caído algo, y Celeste le contó lo de mi parche.
Slazinger aprovechó la oportunidad para mofarse de lo que había debajo del parche.
—Oh, tendrías que ver esa cicatriz —dijo—. ¡Es horrorosa! Nunca he visto una deformidad tan asquerosa.
No le habría permitido aquel comentario a nadie, pero tuve que permitírselo a él. Slazinger tenía una enorme cicatriz que parecía un mapa del valle del Mississippi y que corría desde su esternón hasta su entrepierna, recuerdo de la granada que le había destripado.
* * *
A él sólo le queda una tetilla, y una vez me puso este acertijo:
—¿Qué animal tiene tres ojos, tres tetillas y dos ojetes?
—Me rindo —dije yo.
—Paul Slazinger y Rabo Karabekian.
* * *
Allí en el vestíbulo, me dijo:
—No me di cuenta de lo vanidoso que eres hasta que se te cayó el parche. Lo que tienes ahí debajo es perfectamente aceptable.
—Ahora que lo sabéis —dije—, espero que los dos, Polly Madison y tú, os larguéis cuanto antes y que no volváis nunca por aquí. ¡Cómo os habéis aprovechado de mi hospitalidad!
—Yo he pagado mis gastos —dijo Mrs. Berman. Era verdad. Desde el principio había insistido en pagar por los servicios de la cocinera, por la comida y por las bebidas—. Me debes tantísimas cosas además del dinero —continuó—, que no podrás pagarme ni en un millón de años. Cuando me vaya te darás cuenta del favor que te hice sólo con este vestíbulo.
—¿Favor? ¿Has dicho favor? —dije en tono burlón—. ¿Sabes lo que son estos cuadros para cualquiera que tenga un mínimo sentido artístico? ¡Son la negación del arte! No son ni siquiera neutros. Son agujeros negros de los que ninguna inteligencia o habilidad podría emanar. Peor aún, absorben la dignidad, el amor propio de cualquiera lo suficientemente desgraciado para tener que contemplarlos.
—Ya es mucho para sólo unos cuantos cuadritos —dijo, mientras intentaba sin éxito abrocharse el reloj en la muñeca.
—¿Todavía funciona? —le pregunté.
—Hace muchos años que no funciona —me dijo.
—¿Entonces por qué lo llevas?
—Para estar más elegante —dijo—. Pero ahora el broche se ha roto. —Me pasó el reloj e hizo una alusión a la historia de cómo mi madre había obtenido una fortuna en joyas durante la masacre—. ¡Toma! Quédatelo y cómprate un billete a alguna parte donde seas más feliz, la Gran Depresión o la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo.
Rechacé el regalo.
—¿Y por qué no un billete a lo que eras antes de que llegara yo? —me dijo—. Pero no necesitas billete. Estarás allí muy pronto, en cuanto yo me vaya.
—Estaba bastante contento en junio —dije—, y entonces apareciste tú.
—Sí —dijo ella—, y también pesabas seis kilos menos y estabas diez veces más pálido, y mil veces más decaído, y tu higiene personal estaba tan descuidada que casi no podía bajar a cenar contigo. Temía coger la lepra.
—Eres muy amable —le dije.
—Te devolví a la vida —me dijo—. Eres mi Lázaro. Lo único que Jesús hizo por Lázaro fue devolverlo a la vida. Yo no sólo te devolví a la vida, sino que además te ayudé a escribir tu autobiografía.
—Este otro chiste también es muy bueno, me imagino —dije.
—¿Cómo cuál?
—Como este vestíbulo.
—Estos cuadros son el doble de serios que los tuyos, si les das una pequeña oportunidad.
* * *
—¿Te los han enviado de Baltimore? —le pregunté.
—No. Fui a ver a otro coleccionista a una feria de antigüedades de Bridgehampton la semana pasada, y me los vendió. Al principio no sabía qué hacer con ellos, y los escondí en el sótano, detrás de todo el Sateen Dura-Luxe.
—Espero que este marrón caca-de-bebé no sea Sateen Dura-Luxe —le dije.
—No. Sólo un imbécil usaría Sateen Dura-Luxe. ¿Y quieres que te diga lo bueno que tienen estos cuadros?
—No —dije.
—Yo he hecho todo lo que he podido para respetar tus cuadros. ¿Por qué no haces tú lo mismo con los míos?
—¿Sabes lo que significa la palabra «kitsch»?
—Escribí un libro que se titulaba Kitsch.
—Lo he leído —dijo Celeste—. Es sobre una chica y su novio. Él intenta convencerla de que ella tiene mal gusto, y tiene razón, pero no importa mucho.
—¿No consideras que estos cuadros de niñitas columpiándose sean obras de arte? —dijo Mrs. Berman en tono burlón—. Intenta pensar lo que pensaron los Victorianos al contemplarlos: lo enfermas que estarían o lo infelices que serían muchas de estas alegres o inocentes niñitas en poco tiempo (difteria, neumonía, viruela, abortos, maridos violentos, pobreza, viudez, prostitución), la vida y la muerte más miserables.
Se oyó el crujido de unas ruedas sobre la gravilla del camino.
—Me voy —anunció Mrs. Berman—. A lo mejor es que no puedes soportar el auténtico arte. A lo mejor te convendría usar la puerta de atrás de ahora en adelante.
¡Y desapareció!