Observó la granja desde lo alto de la colina. Había dejado el coche al otro lado, lejos de la vista de los ocupantes de la casa.
Seguirlos hasta allí había sido una proeza. Habían hecho dos altos en el camino, uno para repostar gasolina y otro en un restaurante de carretera de mala muerte justo en la frontera de Virginia, donde habían estado cenando durante hora y media mientras Kate se alimentaba con un par de barritas energéticas rancias que llevaba en la guantera.
Esa parte del seguimiento no había sido demasiado difícil. El Mercedes viajaba despacio, diez millas por debajo del límite de velocidad. Seguro que yendo armados no querían arriesgarse a que la policía los parase para multarlos y les mandase abrir el maletero o bajar del coche.
Al pasar Gainesville había tenido que aumentar la precaución. Ya no estaba en una autopista, donde seguir a alguien era tan sencillo como no apartar la vista de sus faros traseros desde media milla de distancia. Ahora recorrían carreteras de doble dirección, mucho menos transitadas, que atravesaban pueblos. No podía seguirlos desde tan lejos, ni podía apagar los faros. Tenía que mantenerse fuera del alcance de su retrovisor, o se darían cuenta. Lo cual significaba que podía perderlos en cualquier momento.
Ya al amanecer, se internaron en Rappahannock County, y Kate empezó a sentir miedo. Porque allí las carreteras eran meras lenguas negras ribeteadas de naranja que atravesaban una extensión de verde.
No había apenas pueblos, sólo una profusión de granjas aisladas, cada una más lejos de la anterior. Allí no había posibilidad alguna de seguirlos a distancia prudencial. Tendría que recorrer el mismo camino de ellos por mera intuición, confiando en atisbar a lo lejos la luz de posición del Mercedes en alguna curva del camino mientras pasaba largos minutos sin verlos, con el corazón encogido.
Lo inevitable sucedió. Los perdió.
Tardó más de veinte minutos en darse cuenta de que ya no estaban delante de ella.
«Debo de haberme pasado un desvío no señalizado. Pero ¿dónde?».
Dio la vuelta al coche, loca de ansiedad, y pasando de nuevo junto a un par de granjas de aspecto normal. Y más allá, no lejos del lugar donde los había visto por última vez, un sendero de tierra.
No cometió la torpeza de entrar en él. Continuó la marcha hasta alcanzar una carretera secundaria que se dirigía al norte, rodear la colina a la que bordeaba el sendero que había visto, y subir a pie.
Se arrodilló junto a una planta de zumaque a la que el otoño había vestido de un hermoso rojo anaranjado. Al pie de la colina se formaba un suave valle. A lo lejos, las montañas de Shenandoah se insinuaban entre la bruma, saludadas por el cántico intermitente de los cardenales.
Kate conocía bien el paisaje, porque Rachel y ella habían crecido a una hora en coche de allí, en una granja no muy distinta de ésta. Aquel lugar bucólico era el corazón de Virginia, el último reducto de tierra intacta que se resistía a morir bajo las fauces de las excavadoras. El paraíso en la tierra.
Y a doscientos metros de donde ella observaba, lejos de la carretera principal, estaba la granja donde se escondían los secuestradores.
El Mercedes no estaba a la vista, pero supo enseguida que aquél era el lugar. Había tres edificios: una casa principal, de cuya chimenea brotaba una fina columna de humo. Un establo más al norte, con rodadas frescas que conducían hasta la puerta, con toda probabilidad el lugar donde guardaban los coches. A un costado del establo había un grupo electrógeno alimentado por gasolina. En el espacio entre éste y la casa había un montículo de tierra de varios metros de alto.
Y por último un granero al sur, que desde luego no usaban como granero. Ningún granero que ella hubiese visto en su infancia tenía instalada en el techo una antena de comunicaciones vía satélite de última generación.
Kate sacó el móvil y comprobó que apenas tenía cobertura. Sólo mostraba una barra de las cinco posibles. Y el logo de 3G aparecía tachado.
«Con esa antena se aseguran el ancho de banda para controlar el zulo donde está la niña. Es aquí. La tienen ahí dentro».
Miró el reloj. Faltaban tres minutos para que comenzase la operación del Presidente.
Ahora tenía que escoger. Podía llamar a McKenna, explicarle lo que sucedía y decirle que sacase a David del quirófano. Después avisar a los SWAT, que tardarían un par de horas en llegar hasta allí y asaltar aquella granja armados hasta los dientes. Sabiendo que para entonces White ya estaría sobre aviso y habría ejecutado a distancia cualquier venganza que tuviese prevista.
O podría entrar allí, aprovechar el factor sorpresa y confiar en que Dios, la suerte y el entrenamiento inclinasen la balanza a su favor en una acción imposible contra un número indeterminado de enemigos que la superaban en potencia de fuego.
Dudó un instante, debatiéndose, por enésima vez en las últimas cuarenta horas, entre su deber y su corazón.
Y finalmente, cogió el teléfono.