Era ya la tercera semana de febrero cuando se llevó a cabo la primera ejecución en varios años en la Southern Ohio Correctional Facility, en Marcusville. Edward Finnigan esperaba en la alfombra de plástico verde a la que llamaban «zona de testigos» y que tenía una capacidad para cincuenta personas. Durante algunos minutos había permanecido completamente inmóvil y, junto con una veintena de otros testigos, se quedó mirando una jaula de hierro circular, pintada del mismo color verde que el suelo, con grandes ventanas en todos los lados que, como un ojo compuesto, miraban hacia todas las direcciones. Allí dentro yacía él. Un hombre de unos cuarenta años que había estado esperando en el corredor de la muerte durante exactamente diez. Un hombre negro y bastante flaco llamado Berry, declarado culpable de robo a mano armada y del asesinato de un hombre de cincuenta y tres años que atendía la caja registradora en el mostrador de una panadería: treinta y tres dólares y una bala en la sien.
Berry parecía dormir. Tenía la cabeza girada, los ojos cerrados, dos fuertes correas atadas a lo largo del cuerpo y seis de través: debía estar bien sujeto cuando le mataran, en la cama blanca que, dado su grueso acolchado, tenía un aspecto bastante mullido.
Un guardia con el uniforme de la prisión abrió la puerta de la sala y se acercó al hombre que acababa de morir. Con cuidado, levantó los brazos del fallecido y sacó una de las tres vías intravenosas.
Edward Finnigan no era capaz de moverse.
Contemplaba a alguien que acababa de expirar. Miró a la hermana de la víctima y a su cuñado, de pie frente al objeto de su odio, llorando de dolor y alivio. No les habían devuelto a su familiar, pero la persona que se había tomado la libertad de llevárselo para siempre estaba también muerta, desaparecida; había recibido su castigo, y la familia, su desagravio.
Ahora podían seguir adelante.
Ahora que todo había acabado.
Adelante. Adelante.
Finnigan temblaba mientras sentía cómo su cuerpo recuperaba el movimiento sin que pudiera controlarlo. Él mismo había esperado tanto tiempo… Diez años. Durante diez años el asesino de su hija había permanecido recluido no muy lejos, en otro módulo del gran edificio, y no había hecho más que seguir adelante, adelante, seguir viviendo. En dos ocasiones, los putos activistas y los abogados habían logrado un aplazamiento de su ejecución. Ya no más. Se acabó. Desde ese día, las ejecuciones se reanudaban en el estado de Ohio. Pronto sería su turno. Su turno y el de Alice. El turno de encontrar la paz. La hora del desagravio. Para poder pasar página, seguir adelante.
El chico —porque entonces era un muchacho— que se había llevado a su hija tenía que pagar por ello.
Pronto yacería allí, en esa sala, con tres vías intravenosas en el cuerpo que le paralizarían el corazón.
Finnigan esperó, como de costumbre. Cuando los demás hubieran visto lo suficiente, cuando hubieran acabado de llorar o de maldecir y se marcharan, él se quedaría allí, paseando despacio ante las tres ventanas. Quería ver a los que debían morir, «vida por vida», para después escupir en el cristal, hacia los que nunca podrían arrebatarle ya nada a nadie.
Había llegado a un acuerdo con el alcaide, de modo que advirtió a la unidad central de vigilancia del bloque Este que iría después por el corredor de la muerte. Había pasado mucho tiempo desde la última vez. Solo quería ver qué aspecto tenía, si había cambiado, si la muerte lo había empezado a devorar.
El aire venía cargado de humedad. Siempre era así. Entre una visita y otra se le olvidaba lo sofocante que era el ambiente en un pasillo con celdas a ambos lados.
Se detuvo a un par de metros. El hijo de puta no sabía nada. Dio unas cuantas zancadas y se detuvo ante el enrejado de metal de la celda número 8.
—Tú eres el siguiente. Después del verano.
John Meyer Frey estaba tendido con la cara vuelta hacia la pared del fondo. No había dormido, al menos no profundamente, había pasado la noche en duermevela.
—Váyase.
De nuevo aquella voz, a la que había aprendido a hacer oídos sordos.
—Cuánto tiempo, Frey.
—Que se vaya.
—Acabo de ver a uno de tus amiguitos. Ya no existe. Y en el otoño, Frey, tú también dejarás de existir. Esta vez no hay apelaciones que valgan.
—Yo no tengo amigos.
John Meyer Frey acababa de cumplir veintiocho años. Tenía diecisiete el día en que ingresó. No entendía gran cosa de lo que estaba pasando. De pronto ahí estaba, encerrado, a la espera.
—Tu semen. ¡Dentro de ella!
—Yo la quería.
—Tú la mataste.
—Ya sabe que no fui yo.
John se incorporó y miró al hombre de bigote y pelo engominado, lo miró a los ojos, nunca había visto una mirada como esa, ni siquiera allí, entre tantos locos.
—Ya han pasado algunos años desde la última vez que leí para ti.
El libro en las manos de Finnigan, la cubierta roja, los cantos dorados.
—Números, capítulo treinta y cinco, versículos del dieciséis al diecinueve. Lo único que quiero es que no lo olvides, Frey.
John no dijo nada. No tenía fuerzas.
—«… si alguien hiere a otro con un objeto de hierro y lo mata, es un homicida, y el homicida es reo de muerte…».
La voz de Finnigan, tensa, pujaba por hacer salir todo lo que este guardaba dentro de sí.
—«… toca al vengador de la sangre matar al homicida; allá donde lo encontrare, lo matará».
Cerró de golpe el tomo, un eco que creció en el desolado corredor.
—Después del verano, Frey. Corren tiempos nuevos en Ohio. Después del verano, los activistas pueden solicitar tantos putos aplazamientos como les plazca. Yo trabajo donde trabajo. Sé lo que sé. Tras el verano vendré a leer para ti por tercera vez, será lo último que escucharás.
—Mi muerte no le devolverá la vida a Elizabeth.
Finnigan dio un último paso adelante hasta tocar las barras de metal, y escupió en la celda.
—¡Pero yo podré seguir adelante! ¡Alice podrá seguir adelante! Y todos los demás lo leerán, lo escucharán, aprenderán que el que la hace la paga.
John no se movió.
—Mire a su alrededor, Finnigan. ¿Por qué cree que hay tanta gente aquí dentro? ¿Para que otros aprendan?
—¡Vas a morir! ¡Era nuestra única hija!
—Yo no fui.
Fuera soplaba un fuerte viento. En el corredor de la muerte el clima no existía, no se podía ver. Pero se podía oír. Al cabo de un tiempo, los que esperaban aprendían a percibir el viento y el repiquetear de la lluvia. A veces, a John le parecía incluso poder oír la nieve cayendo sobre el techo. Eso era lo que oía en ese momento. Cuando empezó a ser blanco del escarnio de Finnigan. Como si nevara.
—¡Me sé de memoria todas las sentencias dictadas contra tipos como tú, Frey!
Finnigan se puso a correr por el centro del pasillo, dando puñetazos al aire ante cada celda que pasaba, dirigidos a los presos en ellas encarcelados, que se volvían a mirar a aquel hombre que ya no podía dominarse.
—¡Este, Frey, este! ¡Savage, el de esta celda, condenado por el asesinato de un menor de edad! ¡Y mantuvo su inocencia durante todo el juicio, durante todo el puto juicio!
Edward Finnigan iba de un lado para otro, descontrolado, señalando a los que estaban entre rejas, de modo que no oyó ese remoto sonido, el sonido que se produjo cuando la unidad central de vigilancia abrió la puerta y tres hombres uniformados acudieron a toda velocidad por el pasillo de cemento.
—¡Y este, Frey! ¡Este! Este cabrón negro y alto, un tal Jackson. ¡Condenado por violación con ensañamiento y asesinato! Según el forense, sodomizó al cadáver. ¿Y sabes qué? ¿Sabes qué, Frey? ¡También sostuvo su inocencia durante todo el puto juicio!
Los tres guardias se movieron con rapidez para rodear a un Finnigan que no paraba de soltar su encarnizada arenga: los guantes blancos en su cuerpo, las largas cadenas de las llaves oscilando contra sus muslos mientras lo agarraban con firmeza y lo conducían a la salida. Ninguno de ellos se inmutó ante las manos que sobresalían de cada celda, dedos medios levantados en el aire.
John estaba cansado.
El odio del padre de Elizabeth siempre le afectaba más de lo que quería admitir. Y las últimas visitas, las amenazas de Finnigan de que había llegado el momento y de que la probabilidad de un nuevo aplazamiento era cada vez más remota, constituían seguramente algo más que diatribas arbitrarias destinadas a hacer daño.
Por supuesto, John sabía que así era. Que el tiempo se le escapaba de las manos. Que estaba a punto de perderlo todo.
Se tumbó de nuevo en la litera.
Escuchó. Y lo oyó.
A pesar de estar ya bien entrado febrero, el ruido persistía, y se hacía más intenso precisamente a esa hora en que se acercaba la noche. Entonces lo oía, oía lo que probablemente era el rumor de la nieve al caer.