8. El adiós a Juremi

Alix de Maillet había sido una niña muy fea hasta los catorce años. La criatura, educada en un convento cercano a Chinon desde que sus padres abandonaron Francia, se había acostumbrado a oír desde niña los crueles calificativos que hacían referencia a sus mejillas gordas y coloradas. La habían llamado tapón, retaco mofletudo y otras cosas que había preferido olvidar. Para su consuelo, estos ingratos epítetos contrastaban con un trato indulgente. Era completamente inofensiva y no despertaba celos, de modo que atesoraba cariño a costa de la aversión que despertaba su aspecto. Las primeras etapas de su adolescencia confirmaron aún más esta evidencia, y parecía que su cuerpo se transformaba sin atenuar en absoluto sus desmesuradas proporciones. A los seis años, cuando llegó al colegio era fea. A los catorce, cuando marchó a Egipto, seguía tan fea como siempre. Pero de repente, de forma inexplicable y bastante tarde, la belleza prendió en ella como la erupción que estalla en un rostro inflamado por la fiebre. Las grasas tan poco agraciadas que había acumulado se convirtieron en flujo vital y se estiró. Sus mejillas se volvieron más pálidas; y tanto blanco se mezcló con el tono sonrosado de su piel que su rostro adquirió una tez luminosa y un tacto de satén. Soltó su espeso cabello rubio al que la opacidad de los moños y las trenzas había infundido los reflejos sombreados de la madera de roble. Pero la desgracia quiso que la belleza surgiera cuando la muchacha estaba sola, sin nadie que pudiera apreciarla. Por otra parte, la mirada de sus padres tampoco servía; no tenía ninguna amiga en quien reflejar su imagen, y el espejo por sí solo no decía nada. Sentía que algo estaba cambiando, y poco a poco veía confirmarse su presentimiento. Con todo, dudaba de que aquello no fuera simplemente producto de la terrible soledad en la que estaba inmersa, pues en aquella hermosa casa de El Cairo no veía a nadie; es más, nadie la veía a ella.

Al principio había mantenido correspondencia con algunas amigas de la escuela, pero las cartas no llegaban, o se demoraban tanto que no las esperaba, y al final dejó de escribirlas. Recibió lecciones de piano, pero su vieja profesora se desplomó un día en la calle después de la clase; estuvo otros diez días sin conocimiento y finalmente murió. El padre Gaboriau intentó enseñarle latín, materia que ella conocía mejor que su progenitor pues había sido buena alumna en el convento de las monjas. También intentó enseñarle matemáticas, pero los números no le interesaban, y suplicó a su padre que la dispensara de aquello. A partir de entonces la lectura fue su único refugio. Y afortunadamente la biblioteca del consulado estaba bastante bien surtida. Le gustaban las ciencias naturales, además de las tragedias. Como era de esperar le dieron Telémaco, y las Fábulas de La Fontaine. No obstante descubrió por sí misma novelas que su padre reprobaba, pese a no haberlas leído, así como otras que no escondía demasiado. La princesa de Cléveris le abrió las puertas a un mundo que ya no abandonaría jamás. Aunque durante toda su infancia se había empeñado en poner en práctica la experiencia contraria, ahora sabía que no es preciso ser bella para soñar. El angustioso pensamiento que una vez la había llevado a barajar la posibilidad de merecer la felicidad en la vida real solo le había causado incertidumbre y sufrimiento, así que optó por aferrarse con todas sus fuerzas al mundo de su imaginación, donde siempre había sido la más bella y donde todo enaltecía su persona.

Después de almorzar en compañía de los jesuitas, Alix se asomó a la ventana de su habitación que daba al jardín del consulado para contemplar el verdor de los tilos. Pensaba en Abisinia, el país del que acababan de hablarle, en esos mundos tan cercanos e inaccesibles donde sin duda había jóvenes soñadoras como ella, y donde también ella habría podido nacer. Se imaginaba con la piel negra y, mientras observaba cómo destacaba el brazalete de oro sobre la tez lechosa de la muñeca, se preguntaba qué efecto haría el fulgor dorado sobre un fondo oscuro. Saltando de un pensamiento a otro, la muchacha se evadió por completo de las cosas que la rodeaban, y con los codos apoyados en la ventana entró en ese estado de ensimismamiento tan propio de ella y en el que las horas pasaban de forma imperceptible.

De pronto un ruido en la escalinata, justo debajo de ella, la devolvió a la realidad. Su padre despedía a un individuo, que bajó solo las escaleras. El hombre estaba de espaldas; era delgado, no llevaba sombrero, tenía una pelambrera rizada y calzaba unas botas flexibles. Observó cómo se paraba ante la alameda. Lo vio abandonar el camino, pisar la hierba y arrodillarse junto al extraño arbusto que ya había advertido antes porque no se parecía a ningún otro.

Ahora contemplaba al visitante de perfil. Se trataba del joven que la había mirado de aquella forma tan rara en el puente del Kalish el día anterior. Sus gestos eran de una singular elegancia y sencillez. Alix reparó en su agilidad al arrodillarse, observó cómo había sacado una navaja del bolsillo, cómo cogía la rama… En el consulado, los pocos individuos que se cruzaban con ella pertenecían a mundos aparentemente incompatibles. Por un lado los aristócratas, instruidos, educados, pretenciosos, tiesos, afectados e incapaces de hacer un ademán espontáneo, sobre todo si era útil. Y por el otro la gente del pueblo llano, que hacía todo aunque no era nada: cocineros, cocheros, guardias, personas tan rudas que era preferible que estuvieran calladas y que vivieran como sombras. El joven que tenía ante sus ojos aunaba los rasgos de las dos castas de un modo casi turbador: tenía la silueta de un señor y la desenvoltura de un criado.

Mientras lo estuvo mirando, ni por un instante sintió el temor de ser vista. Alix creía estar aún en los confines de sus sueños, en un lugar inaccesible donde el durmiente se hallaba al abrigo de sus quimeras. Sin embargo, para su sorpresa, el joven volvió los ojos hacia ella. ¿Cuánto tiempo hacía que no había experimentado esa sensación tan natural entre la gente que vive en sociedad, de ser mirada a la cara por un desconocido? De hecho, ¿la había sentido alguna vez desde que abandonó la infancia? Quizá con algunos de esos viejos curas que su padre le permitía ver a la hora de la cena… Pero esta súbita irrupción de aquel hombre entregado con entusiasmo a la observación, que le mostraba su silueta y su rostro rendido a la extrañeza, no la había experimentado antes, sin duda alguna. Estaba aturdida y respondió sonriendo a su sonrisa. Enseguida, movida por un impulso de pavor que se reprochó inmediatamente, se alejó tres pasos de la ventana. Presa de una violenta conmoción y sin apenas aliento, se quedó un momento de pie con las manos cruzadas a la espalda, tocando la puerta de su habitación. Y desde ese preciso instante añoró la calidez de su mirada. Había reaccionado como una niña a la que el temor de un peligro hace huir en el momento en que está probando una golosina.

¿Por qué he entrado? —se dijo—. Ese joven no me da miedo. No, no. No tengo miedo. Además, parece muy educado y honesto, de lo contrario mi padre no lo recibiría. ¿Qué hay de malo en asomarme a la ventana? ¿Y por qué debo avergonzarme de ver salir a un visitante del consulado?

Estuvo pensando sobre la cuestión un buen rato hasta que al final de esta breve lucha consigo misma, uno de los platillos de la balanza hizo ceder laboriosamente al otro. Entonces corrió de nuevo hacia la ventana, pero el desconocido había desaparecido.

La muchacha esperó, pero al ver que no volvía, entró en su habitación. El calor se había condensado en el interior de la casa y se echaba en falta el alivio que deparaba desde fuera el estremecimiento de los árboles en el viento tibio. Miró su cama con la colcha de moaré verde, la almohada con sus iniciales bordadas, la mesita, el tapete, la silla, el cabriolé, los libros y varias muñecas de porcelana. Pero apenas había bastado una mirada para desenmascarar estos objetos de compañía que habían mitigado tantas jornadas y que, en el fondo, solo eran los carceleros de su soledad. Aun así, le habría gustado tanto abandonarse a ellos para que la consolaran que empezó a sollozar, con el rostro entre las manos.

—¡Verde! —dijo el cónsul con tono categórico—. Me ha oído bien. Y al cabo de dos días de dolores terribles, cayó al suelo como una fruta podrida…

—Deme tiempo para traducir, excelencia —dijo el señor Macé, agitando la mano.

Hadji Ali, echado hacia atrás, hizo una mueca horrible.

—Pregunta si murió el paciente —tradujo el secretario, mirando al cónsul.

—No —respondió doctamente el señor De Maillet—. Al menos, añada, no inmediatamente. Primero padeció y suplicó que alguien tuviera la bondad de rematarlo. Pero nosotros, los cristianos, no somos quienes para separar el alma del cuerpo.

—Yo lo habría hecho —exclamó Hadji Ali blandiendo un diminuto puñal que había sacado de su extraña túnica.

—Dígale que se calme —dijo el cónsul retrocediendo—, y sobre todo que guarde ese chisme.

Hadji Ali se enjugó la frente con la manga y prosiguió más sosegado, con los ojos clavados en el diplomático.

—¿Está usted seguro de lo que dice? —preguntó.

—¿Cómo que si estoy seguro? Claro que sí, como que es mi apreciado colega de Jerusalén quien le ha contado esto por escrito a nuestro embajador de Constantinopla, el señor De Ferriol, el cual a su vez acaba de hacérmelo saber a través de un correo expreso. Ha llegado esta mañana; puede ver el caballo aún sudoroso en mis cuadras.

Macé tradujo.

—Un capuchino —prosiguió el señor De Maillet, balbuceando como si repitiera machaconamente una lección— se hizo pasar por médico y abandonó Jerusalén en un barco con destino a Alejandría y El Cairo. ¿No es prácticamente lo mismo?

—Sin duda —dijo Hadji Ali.

—Pues bien, después de su partida, trajeron al consulado a tres pacientes a los que supuestamente había tratado de una especie de lepra. Mi colega vio a uno de ellos vivo y a los otros muertos. Todos tenían los miembros verdes y uno de ellos casi los había perdido.

—¡Ya es suficiente! —gritó Hadji Ali, con una mano en la boca y sacudido por la náusea—. No siga.

—Sigo porque se empeña en no escucharme y porque sigue dudando.

—Puede ser que otros capuchinos hayan podido…

—No hablemos más —dijo el señor De Maillet, incorporándose—. Ya le he avisado. Si quiere correr el riesgo de llevar un charlatán a la corte del negus, allá se las apañe con las consecuencias. Después de todo, no es mi cabeza la que rodará…

—Pero si no me llevo a ese capuchino, ¿qué otra cosa puedo hacer?

El cónsul volvió a sentarse. El asunto progresaba lentamente.

—En la colonia tenemos un médico franco muy competente.

—Lo ignoraba —dijo Hadji Ali con mucho interés—. ¿Quién es?

—Un droguista. Atiende al bajá en persona.

—Ah, sí, algo de eso he oído —dijo el mercader—. Pero de todas maneras no deja de ser curioso que un franco tenga referencias de los turcos, ¿no le parece?

—¡Cómo que referencias de los turcos! ¡Y más, qué se cree usted! Yo le recomiendo formalmente a este hombre. Hasta mi mujer se ha curado gracias a sus cuidados.

Hadji Ali se mostraba dubitativo.

—Los capuchinos me han disuadido de ello —dijo.

—¿Y se puede saber por qué motivo se han permitido semejante calumnia?

—Porque es un impío.

—¿Conque un impío, eh? —exclamó el señor De Maillet a punto de perder la paciencia—. Para empezar, eso es inexacto. Va a la iglesia. Y además, dígame qué tiene que ver la piedad con todo esto. Si es un buen médico, ¿qué importa lo demás?

—No hay nada que pueda hacerse sin la ayuda de Dios, y menos aún en esta materia —dijo el comerciante, sacudiendo la cabeza.

—¡Qué ideas tan extrañas! Usted es mahometano, el médico es católico y el negus vive en la herejía. ¿Cómo pretende usted encontrar a un Dios que eche cuentas de todo eso?

—Dios es Dios —dijo Hadji Ali mientras se besaba los dedos y miraba hacia arriba.

—Bueno, pues llévese al patriarca copto de Alejandría y pídale que haga un milagro —gruñó el cónsul.

El señor De Maillet se daba cuenta perfectamente de que el camellero pretendía llevar la conversación hacia un terreno absurdo, y que si seguía así, al final se vería forzado a defender el ateísmo más repugnante con el único propósito de hacer valer a su candidato. De modo que guardó silencio, y el comerciante se sumió en sus reflexiones un buen rato.

Hadji Ali no sabía si dar crédito a la historia del correo de Jerusalén. Era un hombre del desierto, y según su cultura, las cosas extraordinarias no son menos verdad, de manera que se cuidaba mucho de provocar todo aquello que de cerca o de lejos pudiera parecerse a cualquier suceso sobrenatural.

En cambio, sí sabía a ciencia cierta que, por una misteriosa razón, el cónsul se empeñaba en convencerle de que dejara a los capuchinos y se llevara al médico franco. Sopesó sus intereses y vio claramente que no estaba del lado de los religiosos pues estos no le habían prometido nada, es más, hasta parecía que le estuvieran haciendo un favor a él. Por otra parte, su presencia era comprometedora y podía suscitar la desconfianza de los turcos y de los indígenas poderosos que encontraran en su camino. En cambio, con ese médico franco había menos riesgo de que los persiguieran, y si tanto interés tenía su gobierno en que fuera, pondría un precio.

Hadji Ali empezó a gimotear y a lamentarse.

—¿Se puede saber a qué viene todo eso? —preguntó irritado el cónsul al señor Macé.

—Dice que está pensando en todo el dispendio que le va a suponer cambiar de planes y llevar a otro médico.

—Pues sí que estamos bien —suspiró el cónsul.

La discusión duró aún media hora más y el señor De Maillet fue tres veces hacia el cajón del escritorio. Tuvo que pagar por los camellos que habría que cambiar, por los mensajeros que habría que enviar y por los rezos que habría que encomendar. Pero el asunto acabó por resolverse con honestidad y todo el mundo quedó satisfecho.

En cuanto el padre Versau estuvo al corriente del feliz desenlace, anunció que se iría al día siguiente pues debía proseguir su viaje hacia Damas, donde le esperaban otros asuntos. La cena fue rápida y silenciosa. El padre De Brèvedent volvió por la noche para recibir las últimas instrucciones de su superior, y los dos jesuitas se reunieron en conciliábulo en el primer piso.

El señor De Maillet se retiró temprano, completamente molido.

No lejos de allí, en uno de los callejones más apartados de la colonia, Jean-Baptiste y el maestro Juremi habían cenado alegremente y vaciado una botella de su mejor vino. A las diez salieron a la terraza. El viento arenoso eclipsaba las estrellas y mantenía un ambiente tibio. En la ciudad árabe resonaban por doquier los tamboriles y los yuyús, dado que era el final de la estación de las bodas, y los perros contestaban con aullidos.

—No, no —prosiguió el maestro Juremi—, ni hablar de mezclarme en semejante asunto…

—Pero el cónsul no tiene por qué saber nada de esto. No le digo nada, mi criado y yo abandonamos la ciudad y te unes a nosotros más tarde.

El protestante, que sostenía con una mano su vaso de estaño, levantó la otra con autoridad.

—¡No insistas! ¡Te digo que no!

—¿Eso quiere decir que vamos a separarnos?

Se habían conocido en Venecia, cinco años atrás. Jean-Baptiste buscaba un maestro de esgrima cuando se topó con aquel granuja gruñón de pelo negro que vivía con identidad falsa desde que había emigrado a Francia. Sus alumnos lo llamaban maestro Juremi.

—Probablemente —dijo el protestante con aire taciturno y volviendo la cabeza hacia otro lado, pues aunque se emocionaba con facilidad, no le gustaba demostrarlo.

Antes de convertirse en maestro de esgrima había desempeñado todos los oficios y recordaba con nostalgia el poco tiempo en que había trabajado como ayudante de un boticario. No obstante, cuando Jean-Baptiste le enseñó a usar el pesillo y el alambique, optó por renunciar a ganarse el pan con los embates del florete. Se hicieron socios, y juntos huyeron a Levante.

—¡Es una barbaridad! —exclamó de pronto el protestante, levantándose de su asiento—. ¡Cómo si todo esto fuera culpa mía!

Dio dos zancadas por la terraza y luego se volvió hacia su socio.

—No nos separamos porque me niegue a ir contigo —continuó—, sino porque has tomado la decisión tú solo, y creo que un poco precipitadamente.

—¿No eras tú quien ayer proponía marcharse de El Cairo y partir hacia el Nuevo Mundo? —se defendió Jean-Baptiste.

—Hacia el Nuevo Mundo tal vez, pero no a las órdenes del cónsul. Créeme, si un día fuera hacia las tierras vírgenes, no sería para llevar allí a unos jesuitas.

—Oh, los jesuitas… —exclamó Jean-Baptiste—, un pretexto como otro cualquiera. ¿Crees que me interesa esta misión? Me río de su embajada y de los servicios al rey. Pero si son tan necios como para proporcionar monturas, pertrechos y armas, ¿debería ser yo más necio aún y rechazar todo lo que me ofrecen?

—No importa, ya te han atrapado.

—¿Atrapado? Bromeas. No tengo por qué hacer lo que esperan que haga. Si me gusta un sitio, me quedo y basta; pero si me place ir a otro lugar, no me lo pensaré dos veces. Pueden irse al diablo con su embajada. Tengo curiosidad por ver Abisinia, y ese es mi único objetivo. Por lo demás, si me siento bien allí, hasta podría quedarme.

Tras un largo silencio, el maestro Juremi entró en la casa donde ardía una vela, descolgó dos floretes y tomó los petos de cuero sin pronunciar palabra. Desde que se dedicaban a la farmacia, la esgrima se había convertido en una distracción para pasar las noches de verano. Se pusieron en guardia.

—Bueno —dijo Jean-Baptiste antes de blandir el arma—, te conozco, vas a venir.

—No me harás cambiar de opinión —replicó el maestro Juremi—, pero te deseo buen viaje.

En cuanto empezaron a sonar los floretes la tristeza que los atenazaba desapareció como por ensalmo.