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Mi padre, pensativo y abatido:

—En el 68, cuando fui a verle para decirle que te habían detenido, cuando me hizo el favor de que te soltaran, me invitó a cenar a su casa. «Venid con Montse, que te presentaré a mi señora». Y luego repitió la oferta, un par, o tres, de veces más, cuando asistía a nuestras representaciones en el Rigat, o en otros sitios, siempre solo, nunca con su señora. Yo siempre me negué, porque no habría arrastrado a tu madre a casa de Miguel Jinete ni atada, pero… Pero ahora entiendo que quería presentarme a su esposa, que tenía un especial empeño en presentarme a su esposa. Eso era lo que quería.

Luego, repasando mis notas para este libro, y los caóticos escritos del mismo Miguel Jinete, pude sacar mis propias conclusiones. Había un momento clave en su biografía: aquél en que Víctor conoció a Carmen Brondo y, en lugar de dejarle elegir, como había hecho siempre, cuando Miguel dijo: «La morena para mí», él replicó un tajante: «No». Y, luego, fue Carmen quien rechazó a Miguel de la manera más explícita. Estaban en Madrid y fue cuando Miguel Jinete desapareció. Se fue. Dejó plantado a su amigo, y a Carmen, y a la Caraqueso, sin un duro en el bolsillo, y tardó casi dos años en regresar. Y, después de aquello, ya no recuerdo que pasara ningunas Navidades ni fiestas señaladas con sus amigos. Entendí que había tenido un ataque de rabia al verse superado por su amigo y rechazado por la hermosa y cautivadora Carmen y tomó una drástica determinación. Pienso que fue entonces cuando se casó. A su regreso, les comunicó que había estado en Francia, con Miquel Badía, pero no les dijo que se había casado ni con quién.

Como no pudo tener a la mujer de Víctor, corrió a apropiarse de la que había sido la mujer más querida por mi padre: Aurora Escolá, la cantante. La más hermosa de todas las cupletistas que cantaban tangos de Contursi.

Milonguita,

los hombres te han hecho mal

y hoy darías toda tu alma

por vestirte de percal.

Aurorita Escolá de ojos tristes, voz delicada, como de cristal, enternecedora y cursi, vestida de negro con brillos de azabache, moviendo las manos a un lado y a otro, con suaves vaivenes sentimentales. Víctor y Miguel jugándosela a cara o cruz. Aurorita Escolá, interrumpiendo la interpretación del tango, «¡maldito sea el tango aquel!», y tirándose de cabeza al suelo cuando vio la bomba en medio del público del Pompeya. Atada a una cama de latón reluciente y de sábanas revueltas, desnuda, en forma de aspa, exhibiendo el sexo de una manera que jamás se podría perdonar.

Miguel debió de mantener algún contacto con ella, desde el grave incidente de los años veinte, ella debió de conservarse soltera a causa del trauma que le provocó aquel suceso, y quince años después él supo seducirla y la consiguió.

Víctor cavilaba y cavilaba, e iba sacando conclusiones como si unos pensamientos se encadenaran con los otros.

—… Y luego se hizo con Carmen. Y la prostituyó y la corrompió hasta la muerte.

«La obligó a matar a mi abuelo», podría haber añadido yo. Y aún más: también estuvo acosando a mi madre, aunque mi padre nunca llegó a saberlo.

—Y, luego, Teresa. Y no se conformaba con poseerlas. Tenía que destruir lo mejor que tenían. No quiero ni imaginarme la vida que debió de darle a la pobre Aurorita Escolá.

Codiciaba lo que tenían sus dos amigos. No podía soportar que tuvieran algo de lo que él carecía.

Nuestro querido amigo Miguel Jinete.