6

Media hora antes de la cena, se reunieron en la habitación de Bäckström para organizarlo todo. Algo totalmente natural, ya que era el jefe, y reunirse a organizarlo todo en un lugar distinto de la habitación del jefe sería sedición. Bäckström lo sabía por experiencia y por partida doble, porque había sido tanto armador como miembro de la tripulación a lo largo de sus años de servicio como investigador de delitos violentos. Aunque por el momento la cosa estaba tranquila. Todos sus colaboradores se habían presentado en la habitación. Despabilados y contentos, y casi expectantes, como si se tratara de un viaje para unas jornadas de estudio en Finlandia en lugar de una investigación de asesinato.

El primero en llegar a la habitación de Bäckström fue su antiguo colega, el inspector Jan Rogersson, al que conoció cuando trabajaba en el grupo de delitos violentos de Estocolmo. Había ido a Växjö solo y había pasado por la policía de Nyköping para devolver documentación antigua de un caso felizmente aparcado. La viuda de la víctima había apelado por fin a su amor propio y dejó de escribir para quejarse ante el ombudsman de Justicia. Rogersson llegó al hotel de Växjö un par de horas después que Bäckström. Un tipo sin tacha según los cánones de Bäckström y, de hecho, el único de sus colegas con el que podría tolerar relacionarse en la vida privada.

Bäckström se sentía animado y de un humor excelente, recién dormido y recién duchado, y Rogersson y él aprovecharon para meterse entre pecho y espalda una cerveza y un par de lingotazos antes de que los demás irrumpieran perturbando la paz. Knutsson y Thorén llegaron al mismo tiempo, naturalmente. Knutsson había estado en la comisaría hablando con los colegas y traía un taco de papeles. Thorén había solventado lo de la ropa sucia de Bäckström y había echado un vistazo al lugar del crimen, pero a ninguno de los dos les ofrecieron ni cerveza ni nada más fuerte cuando aparecieron. Al contrario, en cuanto llamaron a la puerta, Bäckström se apresuró a esconder las botellas y los vasos antes de abrir. Que beban en su tiempo libre, pensó.

El último en llegar fue el comisario Jan Lewin, que hizo el viaje en compañía de Eva Svanström, la ayudante contratada. Un tanto extraño, a decir verdad, ya que ambos salieron de Estocolmo antes que los demás, y ¿cómo se explica que tardaran siete horas en recorrer cuatrocientos kilómetros? Dado que todos conocían la respuesta, nadie formuló abiertamente la pregunta.

—El viaje, bien, ¿no? —constató Bäckström mirando con expresión inocente a la única mujer del grupo. Descansada, con las mejillas sonrosadas y recién follada, pensó. Pero demasiado delgada para su gusto, así que mejor cerraba la boca y la dejaba en paz.

—Estupendamente —gorjeó Svanström—. Janne tenía un asunto que arreglar por el camino, por eso hemos tardado.

—Ah, ya —dijo Bäckström—. Pues si aprovechamos para hacer algo mientras estamos aquí solos, luego podremos calmar la panza sin tener que hablar de trabajo entre los buitres de la entrada. A ti te han entregado un montón de documentos, Erik. ¿Hay bastantes para todos?

Unos inútiles, pensó Bäckström.

A Knutsson le dieron en la comisaría prácticamente todo lo que tenían impreso y listo. Además, en seis copias, para que cada uno tuviera la suya. Cada montón incluía la denuncia inicial y un informe de la primera patrulla que atendió el aviso, varias fotos del escenario del crimen y sus inmediaciones, un plano del apartamento donde hallaron a la víctima, una breve descripción de esta y una lista de los horarios de los colegas y de las medidas que ya habían empezado a aplicar.

Bäckström se sintió ligeramente decepcionado al repasarlo todo. Parecía que no se habían saltado lo más obvio. Al menos por el momento y, puesto que él se haría cargo del asunto en breve, no habría problemas.

—¿Alguna pregunta? —dijo Bäckström, y recibió una negativa unánime por respuesta—. Todavía no es hora de comer —añadió con una amplia sonrisa.

Panda de haraganes, pensó. Tragar, pimplar y follar, eso es lo único que tienen en la cabeza.

—¿Sabemos ya cuándo tendremos la información del forense y de los técnicos? —preguntó Rogersson.

—Iban a hacerle la autopsia mañana —explicó Knutsson—. Ya la han llevado al anatómico de Lund. Los de la Científica estaban trabajando a tope, pero el colega con el que hablé creía que habían conseguido aislar esperma del asesino y, además, algún rastro de sangre que había en el marco exterior de la ventana del dormitorio. También encontraron algo de ropa que quizá fuera del asesino. Se la dejaría olvidada cuando se largó de allí. Al parecer, le entró la prisa y el colega estaba bastante seguro de que huyó por la ventana del dormitorio. Probablemente, ahí fue donde se arañó con el marco.

—¿Unas prendas de ropa, has dicho? —murmuró Bäckström—. No habremos tenido la suerte de que se largara sin los calzoncillos, ¿verdad?

—Pues sí, ni más ni menos —respondió Knutsson—. Aunque no sé qué ropa llevaba cuando llegó, pero parece que salió pitando de allí sin gayumbos.

—Vaya, qué descuidado —dijo Bäckström—. Aunque claro, no sería ahí donde guardaba el permiso de conducir, no íbamos a tener tanta suerte —añadió. Nadie estaba tan chiflado, pensó, aunque aquel tipo tenía visos de ser lo bastante chiflado, y eso solía ser buena señal.

—Oye, Bäckström —intervino Rogersson, al que, de repente, se veía de humor excelente—, ¿te acuerdas del chalado que estranguló a aquella mujer en su casa, en Högalidsgatan? El caso Ritva. Que era el nombre de la mujer. Aquel que estuvo frotando y limpiando las huellas dactilares y que casi fregó el suelo de rodillas, las paredes y el techo antes de largarse. El tío se pasó horas fregando. Lástima que a la pobre Ritva ya no le sirviera de nada que le dejaran el piso niquelado.

—Sí, claro que me acuerdo —dijo Bäckström—. Estábamos los dos y, además, hace veinte años que no hablas de otro caso. —Debe de ser de tanto alcohol como bebe, pensó.

—Bueno, bueno, no nos pongamos así —replicó Rogersson, que seguía sonando tan animado como antes—. Me pregunto cómo se sintió cuando cerró la puerta y, de pronto, cayó en la cuenta de lo que se había olvidado.

—Pues supongo que no muy bien —dijo Bäckström—. Oye, Peter —continuó dirigiéndose a Thorén—, tú habías ido al lugar del crimen a echar un vistazo. ¿Qué te ha parecido?

—¿Y cuál es el quid? —preguntó Thorén—. Perdonad a este joven ignorante, pero ¿cuál es el quid?

—¿Cómo que el quid? —dijo Bäckström. De qué coño estará hablando, pensó. ¿Y qué tal si respondiera a una pregunta sencilla, en lugar de dar la lata?

—El quid del tío ese, el de Högalidsgatan —insistió Thorén.

—Ah, eso… —dijo Bäckström—. Pues sí, que se había olvidado la cartera en la mesilla de noche de la víctima, con el permiso de conducir y todo lo que suele llevarse dentro. Pero por lo demás, lo dejó todo limpio y ordenado. Los de la Científica no encontraron ni un pelo. Pero, volvamos al caso que nos ocupa…

—¡No me lo puedo creer! —exclamó Knutsson, tan jubiloso como Rogersson.

—Nuestro caso —le recordó Bäckström—. ¿Qué aspecto tenía el lugar del crimen?

Según Thorén, como de costumbre. Tan lamentable como puede estar el lugar donde han violado y estrangulado a una mujer. Quizá un poco más triste en esta ocasión, ya que el autor de los hechos estuvo a solas con la víctima en el domicilio de esta, tenía control absoluto sobre ella y, al parecer, se tomó su tiempo.

Por desgracia, no encontraron a ninguno de los candidatos clásicos en contextos como aquel. Ningún novio anterior o actual, ni ninguna otra persona a la que conociera y en quien ella confiase. Al parecer, llevaba mucho tiempo sin novio y ni en el vecindario ni en su entorno había sospechosos ni ningún pirado conocido. Solo quedaba la pesadilla de cualquier policía: un asesino desconocido para la víctima. Alguien con quien no se había cruzado antes y, en el peor de los casos, alguien de quien nadie sabía de su existencia.

—De modo que sí, parece que estamos ante ese tipo de asesinato —sintetizó Thorén.

—Bueno, vale —dijo Bäckström—. Ya nos arreglaremos. Ahora, por lo pronto, vamos a comer y luego podéis iros a leer todos esos papeles antes de dormir. Y procurad que no se os extravíe ninguno, que no tenga que verlos en los periódicos. El edificio está plagado de periodistas y otros profanadores de cadáveres. Pero, al menos yo, necesito comer ya. Me muero de hambre, no he probado bocado desde esta mañana.

—Si escribís vuestros nombres en la parte superior y me dais las copias, las guardo en mi armario mientras comemos —propuso Svanström.

—Una idea estupenda —convino Bäckström. Desastre de tía entrometida, pensó. Y desde luego, más delgada de la cuenta.

Después de la cena se retiraron todos a sus habitaciones para empezar a estudiar la documentación del caso. Al menos, eso fue lo que le dijeron a Bäckström que harían, y Knutsson y Thorén pensaban hacerlo juntos, naturalmente. También Rogersson, que por lo general era un colega perfectamente normal, pareció presa de aquella fiebre por la lectura. Sin embargo, antes se pasó por la habitación de Bäckström y se llevó dos cervezas, aunque rechazó la invitación de tomarse un trago juntos para rematar la noche.

—No estarás cayendo enfermo, ¿verdad, Rogge? —preguntó Bäckström—. Me preocupas. —So pichafloja, pensó.

—Qué va. —Rogersson negó con la cabeza—. No me ocurre nada. Es que quiero aprovechar y dormir unas horas, si no mañana no aguantaré.

Y así se despidieron en la habitación de Bäckström. Tanto mejor, porque, de todos modos, él había pensado darse una vueltecita por la ciudad. Para reconocer el territorio al menos, y eso lo haría mucho mejor él solo.

Bäckström salió por la puerta de atrás del Stadshotell y fue paseando un poco al azar por el centro. Pasó por delante de la residencia del gobernador provincial y la catedral, por delante de todas aquellas casas antiguas tan bonitas, que habían renovado tanto como se merecían, y por delante de varias terrazas llenas de gente con ropa de verano que no parecía estar personalmente afectada por el suceso que había motivado su presencia en la ciudad. ¿Y cómo podía nadie matar a otra persona de aquel modo en una ciudad como aquella?, iba pensando Bäckström. Debía de ser sin duda la primera vez en su historial delictivo, y él nunca había estado en Växjö antes. Ni por trabajo ni por placer.

Algunos bares de lo más agradables por el camino, y cerca de veinte grados de temperatura pese a que eran más de las once de la noche, pero Bäckström se mantuvo firme y supo contenerse hasta que llegó al hotel.

Una vez allí, pidió una cerveza en la terraza y se sentó al fondo, en la penumbra, para estar tranquilo. Pues tampoco es que haya mucha gente, pensó. Los colegas brillaban por su ausencia y la explicación más sencilla era que de verdad habían hecho lo que dijeron que harían. Por más que tenía sus reservas con respecto a Lewin y Svanström, porque en su caso pudiera ser que la lectura no fuese una prioridad. Pero lo de Knutsson y Thorén era mucho más sencillo. Estarían en la habitación del uno o del otro, hablando de asesinatos, y seguramente se pasarían así media noche si nadie se lo impedía. Pero a quién se le ocurriría, y seguro que están sobrios como clavos, ese par de idiotas, pensó Bäckström dando un trago de cerveza. Y llegado a ese punto de sus pensamientos, vinieron a interrumpirlo.

—¿Está libre esta silla?

Quien preguntaba era una mujer. De una edad indefinible entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco, y claramente ya pasada la fecha de caducidad de las señoras, pensó Bäckström. Pero al menos no era flaca, sino más bien tirando a rolliza y mejor así, pensó.

—Depende de quién pregunte —respondió Bäckström. Periodista, pensó.

—Sí, claro, tal vez debería presentarme —dijo la mujer mientras dejaba la cerveza en la mesa y se acomodaba en la silla que estaba libre—. Soy Carin Ågren —dijo ofreciéndole una tarjeta de visita—. Soy periodista de la radio local.

—¡Qué maravillosa casualidad! —exclamó Bäckström con una sonrisa—. ¿Y qué puedo hacer por ti, Carin? —Aparte de llevarte a mi habitación y ensartarte el conejo, pensó.

—¿Verdad que sí? —respondió ella, y sonrió con unos dientes blanquísimos—. Es curioso, pero es que te he reconocido. Te recuerdo de cuando trabajaba en Estocolmo para TV4, hace un par de años. Estuve cubriendo un juicio y tú fuiste a testificar. Eran tres rusos acusados de robo con homicidio a una pareja de ancianos. ¿Puedo preguntarte qué hace en Växjö la comisión de homicidios de la judicial central?

—No tengo la menor idea —respondió Bäckström dando un buen trago de cerveza—. Yo he venido a visitar el hogar infantil Astrid Lindgren.

—Ya, quizá podamos quedar en algún momento —dijo ella sonriente. Con la misma sonrisa amplia de antes, y con los dientes igual de blancos.

—Claro —dijo Bäckström. Se guardó la tarjeta en el bolsillo. Asintió y apuró el resto de la cerveza. Luego se levantó y le dedicó la más eficaz de sus sonrisas. El curtido policía de la gran ciudad. Duro con los más duros, pero el tío más amable con los que eran delicados y le daban la palmadita allí donde convenía.

—Te tomo la palabra —dijo ella—. De lo contrario, tendré que empezar a perseguirte.

Carin Ågren levantó el vaso y le sonrió por tercera vez.

Perfectamente abordable, pensaba Bäckström un cuarto de hora después, mientras se cepillaba los dientes delante del espejo del baño de su habitación. Se trataba de tomárselo con toda la calma e ir por partes, y la pequeña Carin pronto tendría la oportunidad de probar el supersalami bäckströmiano, se dijo.