Miquel cerró los ojos.
Comenzaba bien.
—¿Sigues siendo un chorizo, Lenin?
Su inesperado visitante volvió a bajar los suyos. Era un caradura, pero por una vez parecía verdaderamente triste además de abatido.
—¿Qué quiere que le haga, inspector?
—Trabaja.
—Como que es tan fácil. Cuando uno está marcado… Y eso que hace mucho que no me pillan.
—¡Tienes dos hijos, coño! ¡Uno hace lo que sea por los hijos!
—Pues es lo que hago yo: lo que sea por mis hijos. Antes de que se mueran de hambre… —Se enfrentó a su severa mirada y lo hizo con más aplomo del esperado, como si se hubiera hecho adulto de pronto, olvidando su continua cachaza y toque de eterno perdedor resignado—. ¿Me va a soltar un sermón?
—¡Lo que te voy a soltar son dos…! —No acabó la frase, por Patro, y buscó un atisbo de calma para no estar tan enfadado.
Porque estaba enfadado.
Mucho.
—Ya veo que no tenía que haber venido —reconoció Lenin.
—De acuerdo, robaste un maletín, sigue —lo invitó Miquel.
—Más bien era una cartera, de ésas de maestro, con dos correas y un cierre.
—¿Dónde la robaste y a quién?
—A eso voy. —Organizó sus pensamientos—. Verá, yo caminaba tan tranquilo, metido en mis cosas…
—Más bien buscando a un incauto.
—Caray, inspector.
—¿Quieres dejarle hablar? —intervino Patro—. Si le cortas a cada momento no acabará nunca.
Tenía razón.
Sobre todo en lo de que no iba a terminar nunca.
—Vi a ese hombre, extranjero, sin duda, y la cartera, de piel, tan bonita. Imaginé que sólo por ella ya me darían algo; pero encima, si dentro había dinero, documentos de los que se buscan en el mercado negro o algún papel significativo, el negocio podía ser redondo.
—Y te la llevaste.
—Casi ni me di cuenta, se lo juro. —Esta vez no apartó la vista, para dar una mayor sensación de sinceridad—. De pronto la cartera estaba en mi mano y yo corría. Llámelo instinto, sexto sentido, no sé.
—Lo llamo hábito.
—Pues eso será.
—¿Te vieron?
—No. Llegué a la esquina sin oír ni un grito detrás de mí. Claro que tampoco volví la cabeza. Seguí corriendo. Entonces…
—Un momento, ¿dónde cogiste esa cartera?
—Pues en la Gran Vía con Aribau. Un taxi se empotró contra un camión muy destartalado, que ya se caía a pedazos antes del choque. Bajaron los dos conductores, el taxista muy enfadado y el del camión, el pobre, llorando y gritando que si era su ruina, que si tal y que si cual. Empezaron a discutir y la gente se arremolinó a su alrededor. También se bajó el pasajero del taxi.
—El dueño de la cartera.
—Sí. Un hombre alto, pelirrojo, de unos treinta y pocos, no sé, porque a veces los extranjeros engañan, como en la guerra, cuando me fui con Durruti y…
—Lenin…
—Ya, ya. —Se centró de nuevo, renunciando a lo que iba a contar de su glorioso pasado bélico—. El pelirrojo se puso a defender al taxista, aunque hablaba muy mal el español y apenas si se le entendía. Como todo el mundo estaba pendiente de la trifulca… ¿Qué quiere que le diga? El maletín, bueno, la cartera, estaba en la parte de atrás del taxi. Era como si me llamara a gritos.
—Metiste la mano por la ventanilla y adiós.
—Nadie me vio, ya le digo.
—¿Qué había en esa cartera?
—Eso es lo cómico: nada.
—Algo habría.
—Pues no señor, ni documentos ni dinero. Eso debía de llevarlo encima. En la cartera sólo papeles, en americano, creo, y una especie de catálogo con fotos de cuadros y algunas anotaciones a mano.
—El gran negocio.
—Ya ve. —Se encogió de hombros—. En un bolsillito encontré la llave de su hotel, el Ritz.
—La gente deja la llave en recepción cuando sale.
—Pues él no lo hizo. Porque era la llave de su habitación, eso seguro. No me paso la vida en hoteles, y menos de lujo, pero he visto alguna.
—¿Eso es todo?
—Encontré unas tarjetas de visita. Se llamaba Alexander Peyton Cross.
—¿Por qué hablas de él en pasado? —se extrañó Miquel.
Lenin tragó saliva, y lo hizo con un cavernoso y gutural sonido.
—Porque está muerto, inspector.
Patro arrugó la cara. Miquel lo que hizo fue desencajar la mandíbula. La historia no había hecho más que empezar y ya había un cadáver de por medio.
Algo que no auguraba nada bueno.
—¿Cómo sabes que está muerto si echaste a correr y le dejaste en la calle metido en la refriega?
—¿Voy al final o le cuento la cosa paso a paso?
Lo tenía en su casa, en su comedor, de noche, como un inesperado y molesto grano en el cogote.
Y ya era tarde para echarlo.
—Sigue. —Soltó una bocanada muy débil.
—Pues nada, que allí estaba yo, con la cartera, y desde luego moverme mucho rato con ella en la mano, como si fuera mía… No encajábamos para nada. Había que librarse.
—¿La vendiste?
—No. Me fui a mi casa a pensar.
—Y, de paso, a examinar los papeles.
—Sí, pero no entendí nada.
—¿Y ese catálogo?
—Ya le he dicho que eran fotos de cuadros, pero pegadas, ¿me explico? Estaban recortadas, una a una, y pegadas en cada página, con las notas al pie.
—O sea, que no era un catálogo.
—¿Ah, no?
—Da igual. Ahí es cuando se te encendió la bombillita, ¿no es cierto?
Los ojos de Lenin brillaron.
—Hay que ver lo listo que es usted, inspector. —Miró a Patro—. Su marido ya era un lince en los treinta, señora, y eso que yo entonces era muy tonto, imagínese, con veintipocos…
—¿Quieres dejar de irte por los cerros de Úbeda?
Temió que le preguntara dónde estaba Úbeda, o por qué eran tan famosos sus cerros.
—Le di muchas vueltas a la cabeza, ¿sabe? Miraba esos papeles, el catálogo… o lo que sea, y una bombillita en la cabeza me decía que tal vez eso tuviera algún valor para ese hombre, y siendo así…
—Viste la oportunidad.
—Sí —admitió.
—¿Fuiste a verle?
—Primero le llamé al hotel, anoche. Puse voz de hombre interesante y pedí por la 413, directamente, como dando a entender que le conocía y sabía que estaba en ese cuarto.
—Ay, Dios. —Alzó las cejas Miquel.
—Se puso al teléfono y le dije que me había encontrado la cartera entre un montón de basura, con la llave de su habitación en el Ritz dentro, y que imaginaba que le habían robado y que, a lo mejor, me daría una propina por devolvérsela.
—¿Qué respondió?
—Primero pareció desconcertado. Luego me dio las gracias y dijo que sí, que para él era algo importante. Pensé que querría recuperarla al momento, aunque ya era muy tarde, pero me dijo que me esperaba hoy por la mañana, en el Zurich de la plaza de Cataluña.
—¿No te extrañó eso?
—Pues… no. Ya le digo que era tarde.
—¿Y esta mañana, qué?
—He metido la cartera en una bolsa de la compra, para no cantar con ella por la calle y porque soy gato viejo. Ese hombre no me conocía a mí, pero yo a él sí. Si en el fondo sospechaba que yo se la había robado y aparecía con la poli… Cuando he llegado al Zurich me he quedado fuera, en la esquina con Pelayo. Por precaución, ¿entiende? Luego ha empezado a pasar el tiempo y nada, que no aparecía.
—Porque ya estaba muerto.
—Espere, no corra. —Levantó una mano—. Él no ha ido, pero sí lo ha hecho el que me ha seguido después.
—¿Cómo te has dado cuenta de eso? —se envaró Miquel.
—Porque me huelo las cosas, como usted pero a la defensiva —fue sincero—. Me extrañaba que el hombre no viniera, así que he observado a los del bar y a los de la calle, con mi instinto diciéndome que algo no iba bien. Pronto he visto a un par de candidatos, uno de ellos con un bulto bajo la ropa, ahí, donde se llevan las sobaqueras, y con eso me ha bastado. Podía ser casual, o no, pero me he dado el piro. A los cinco minutos, en un escaparate, ya tenía su sombra pegada a mi culo. Supongo que él también me ha calado a mí.
—¿Cómo era?
—Un tipo alto, cuadrado, un armario, de esos que no se ríen ni pa’ Dios.
—¿Cómo le has dado esquinazo?
—Él estaba confiado, no creo que sospechara que yo le había descubierto. En las Ramblas, y con tanta gente, no se habrá atrevido a hacerme nada. He apretado el paso, he llegado a Robadors y ahí me he metido en una casa que conozco y que tiene salida a la otra calle. De paso, le he dejado la cartera a mi hermana.
—¿La Consue?
—Sí, sólo tengo ésa.
—¿Todavía trabaja?
—A ver. ¡Mientras le paguen! Sigue siendo muy buena, zalamera…
—De acuerdo —lo interrumpió—. ¿Por qué te has librado de la cartera?
—Por si volvía a tropezarme con el tipo. —Su rostro se contrajo en una mueca de ansiedad—. Mire, inspector, no nací ayer, ¿sabe? En esa cartera ha de haber algo, y ha de ser valioso si es que se ha montado ese pollo por haberla robado.
—¿Y por qué has venido a mí?
—Porque tengo miedo, porque ese hombre me ha visto, y si ya se han cargado al pelirrojo…
—Cuéntame esa parte. ¿Cómo sabes que Peyton ha muerto?
—He llamado por teléfono otra vez al Ritz, para decirle que no quería líos, que se la devolvería o la arrojaría a la basura y en paz. Entonces la telefonista, muy nerviosa, me ha hecho esperar y me ha pasado a un hombre, probablemente de la recepción. Él me ha contado que el señor Peyton ya no se hospedaba allí, y lo ha hecho casi tan nervioso como la telefonista. A mí no me la dan con queso, ¿sabe? He vuelto a olerme algo y he ido al Ritz, a echar una ojeada.
—No habrás entrado con esa pinta.
—No, pero tampoco ha hecho falta. Cuando llegaba he visto a la policía, y cómo sacaban un cuerpo envuelto en una manta y lo metían en una ambulancia. En la calle los rumores ya eran un clamor, porque alguien del mismo hotel había dejado ir la noticia: que si un inglés, que si la camarera lo había descubierto, que si se había suicidado en la bañera… Pero si era un suicidio, ¿qué hacía allí el mismísimo comisario?
Miquel sintió frío en los huesos.
—¿Amador?
—El mismo, oiga.
No quiso mirar a Patro. La amenaza de que el tercer encuentro desde su vuelta a Barcelona sería el último no dejaba de revolotear por encima de su cabeza.
—Me he acojona… Me he asustado mucho, inspector. —Él sí deslizó una mirada de respeto hacia Patro—. He echado a correr y entonces me he dado cuenta de algo que se me había pasado por alto.
—¿Qué es?
—Cuando lo del taxi, como le he dicho, el inglés hablaba bastante mal el español, y su acento era infame, como si llevara veinte chicles en la boca. Pero anoche, el hombre con el que hablé no tenía ningún acento. Ése era de aquí.
—O sea, que hablaste con el asesino, nada de un suicidio.
—Ya lo ha pillado —asintió Lenin muy pálido.
—Pero si la cartera hubiera sido tan importante, ¿no te habría querido ver anoche, por tarde que fuera?
—Eso ya no lo sé. Lo que sí sé es que soy un incordio para él, un posible testigo… Lo que sea. Y si está el comisario de por medio, peor. Llevo unas horas temblando, sin saber qué hacer, con miedo de ir a mi casa. ¿Y si ese asesino me encuentra? Yo siempre he dicho que moriría joven, en la calle, pero ahora con Pablito y Maribel…
—¿Tus hijos?
—Sí. Ellos y mi Mar, que es toda mi vida.
Miquel se apoyó en el respaldo de la silla.
Ya no pensaba en la cama.
Sostuvo la mirada de Patro, seria, preocupada, ni mucho menos disgustada por la inesperada presencia de Lenin en sus vidas.
Siempre solidaria con los débiles.
—Agustino —lo llamó por su nombre de pila.
—¿Sí, inspector?
—¿Qué quieres que haga yo, maldita sea? —rezongó Miquel, invadido por un súbito cansancio.