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Atravesaron el palacio por uno de los soportales que parecía elevarse sobre el mar y se introdujeron en un patio rectangular, rodeado de columnas de mármol. Éste estaba en la parte trasera del palacio, completamente adentrado en la escollera, y ocupaba gran parte de la fortaleza. Una sencilla fuente redonda lo presidía en medio, y desde allí el arrullo de las olas golpeando las rocas era constante. En la parte frontal, se situaba el grueso de las dependencias: la sala de ceremonias, los departamentos más cómodos destinados a la familia del gobernador y sus allegados, la biblioteca y la cocina.

Desde allí, entraron en una de las tantas dependencias que lo rodeaban y se acomodaron momentáneamente.

—Tito te acompañará —le dijo Valerius—. Será lo más seguro. Ya he hablado con él. Quiero asegurarme de que llegues a Julias.

Ella agigantó los ojos, titubeó y luego le dijo:

—No es necesario. No quiero que te molestes. Yo puedo…

—Lo hará mañana mismo, a primera hora —la interrumpió—. Yo he de partir hacia Jerusalén, y no quiero hacerlo después del anochecer. Tengo que reunirme con el gobernador con urgencia.

—Pero, pero… —trastabilló—. Yo no puedo quedarme aquí…

—Tito se encargará de protegerte, descuida. Estarás a su cargo y mañana cabalgarás con él hacia el Genesaret. Poco antes de llegar a Julias te dejarán sola, para no crearte problemas. Pero si los necesitas estarán en la ciudad hasta el día siguiente.

Eitana estaba sentada sobre un camastro y Valerius permanecía de pie, frente a ella, ajustándose el cinturón y comprobando su gladius. Un pequeño ventanuco dejaba entrar la luz desde el pórtico exterior que rodeaba al patio.

—¿Por qué haces esto por mí?

—Es lo que hubiera hecho mi madre —le dijo sin mirarla.

Eitana observaba sus movimientos rápidos en silencio. No le gustaba la idea de quedarse sola en aquel lugar.

—Ahora tengo que irme —le dijo él finalmente—. Ven, acércate.

Entonces se puso en pie y se dirigió hacia Valerius.

—Siento que nos despidamos así, pero es lo más seguro. Debo regresar cuanto antes con mis hombres. Me preocupa la situación.

—Lo sé, lo entiendo perfectamente. Yo estoy aquí porque quiero. Has hecho demasiado. Deberías haberme dejado fuera y yo hubiese llegado sola hasta Julias.

—No volvamos a eso, muchacha. Le prometí a mi madre que cuidaría de ti.

Ella asintió obediente.

—Debes ser fuerte, como tu nombre. ¡Nunca lo olvides! —le dijo esta vez mirándola a los ojos.

—Lo seré.

—Querías saber qué fue de los tuyos, y mañana lo sabrás. Ojalá volvamos a vernos.

—Deseo que así sea —le dijo Eitana bajando los párpados.

Valerius se giró, rebuscó en una alforja de cuero un saquillo atiborrado. El prefecto le abrió la mano derecha, y los denarios tintinearon con su contacto.

—Toma.

—¿Qué es esto?

—Tu pasaporte hacia Galilea.

—Tu madre me ha pagado muy generosamente por un trabajo inacabado. No necesito más —le dijo extendiéndole las monedas en su mano.

—Acéptalo —la exhortó sujetándole la mano entre las suyas, hasta sobrecoger a Eitana—. Esto te proporcionará seguridad. No dudes en usarlo, y en ocultarlo.

La muchacha lo miró con confusión, pero él le cerró la mano con decisión.

—Gracias —dijo ella.

Luego se dio media vuelta, tomó su alforja y salió al patio. Sin embargo, antes de alejarse se volvió.

—Ten cuidado, Eitana. Vales mucho para echar a perder tu vida.

Y se fue.

Al día siguiente, con los primeros reflejos del amanecer, Eitana se puso en camino hacia Galilea, tal como había proyectado con Valerius. La muchacha cabalgó con el ordenanza y media docena de soldados. Lo hizo en su misma montura, como había hecho con el prefecto algunas semanas atrás, cuando la había conducido hacia una Roma derrumbada, quizá tanto como había quedado su vida. Y como entonces, lo hizo callada, abrazada a la cintura del soldado, intentando recordar las sombras de aquella noche en que la habían arrastrado por la misma vía de tierra y piedras.

El camino transcurrió a través de fértiles campos, a veces acompasados de pequeñas colinas; entre viñedos, olivares, frutales y extensiones de cebada, además de ricas villas y casas de jornaleros esparcidas a la sombra de espesas arboledas. Sin embargo, también atravesaron terrenos yermos y áridos, por sendas ladeadas por un paisaje desértico y hostil, demasiado castigado por el sol.

Eitana cerraba los ojos y apenas llegaba a creer lo que le estaba sucediendo. Entonces en su interior el tiempo latía de otra manera, hasta hacerla revivir su niñez, como si todo volviese a suceder, como si nunca ya hubiese sido extirpada como un árbol de la orilla del lago, como si sus raíces no se hubiesen deshilachado con los años y la distancia. ¿Cómo podía imaginar entonces los vericuetos de su existencia? ¿Cómo podía imaginar que un día retornaría abrazada a un legionario como el que había crucificado a su padre?

El ordenanza Tito Galus era un joven bueno, que servía al prefecto desde hacía dos años, y durante todo el trayecto en ningún momento le hizo ninguna pregunta impertinente, ni la incomodó mientras ella se amurallaba en sus silencios. Pero cuando la tierra reseca se convirtió en la campiña más septentrional del Genesaret y atravesaron la desembocadura del río Jordán, Eitana le confesó algo por primera vez desde que se conocieron en Capua:

—Éste es el lugar a donde pertenezco —le dijo cuando ya se comenzaba a identificar el perfil de la ciudad—. Me arrancaron de aquí con apenas trece años.

El trote de los caballos los fue acercando al lago, y cuando la orilla estuvo muy cerca, un sauce le llamó la atención. Y ella insistió en su desahogo.

—Allí solíamos ir a jugar con los niños del pueblo.

—¿Adónde? —preguntó esta vez el ordenanza.

—Bajo aquel árbol junto al lago.

El corazón de la joven repicaba nervioso, y ya todo su presente era pasado. Algo extraño resonaba dentro de ella. Era la hora octava, y el sol comenzaba a inclinarse.

—Detente un momento.

—¿Para qué?

—Quiero volver a verlo de cerca, por favor.

Tito Galus y los legionarios que lo acompañaban cabalgaron hacia la ribera, desde donde ya se divisaba el enmurallado de la ciudad. Jornaleros, mujeres y algunos artesanos transitaban un camino que conducía a Julias, en otro tiempo Betsaida, y en cuanto los vieron aparecer, los analizaron con cuidado sin dejar de apurar sus pasos.

Eitana cubría su cabeza con su palla, intentando pasar desapercibida. Pero sin darse cuenta entonces, había cometido una imprudencia dejándose ver con los soldados, aunque Valerius ya se lo hubiese advertido.

En la orilla, un sauce se doblaba sobre las aguas azuladamente negras, sobre un terreno exuberante de hierbas que, a pocos codos, se transformaban en pedruscos sobre los que lamía el Genesaret.

La muchacha desmontó del caballo y sintió el vahído de la emoción suspirando como la brisa helada que agitaba el agua contra la abrupta orilla. Recordaba perfectamente aquel sauce, porque fue allí donde durante los últimos años en Betsaida había acudido a descansar en las tardes calurosas del estío, y había sido allí donde desde muy niña se columpiaba de sus ramas con su hermano Joel y otros niños, abrazándose a sus cepas rozando el agua y dejándose caer entre las risas y las burlas de todos.

Avanzó hacia el árbol y se sentó sobre la hierba y las florecillas amarillas que crecían a su alrededor. Desde allí, oteó el paisaje de Julias, las formas del litoral y la inmensidad del Genesaret.

Eitana se dejó invadir por aquel instante indescriptible, con su paraíso perdido ante los ojos, y de pronto tuvo la sensación de que apenas había transcurrido nada desde aquel entonces. Era como si el tiempo se hubiese detenido. Entonces pensó que quizá su vida fuese como la de las cigüeñas, que alzaban su vuelo durante el frío, pero preñaban el lago a partir de la primavera. Sin que ella se diese cuenta, su vida había trazado el peregrinaje de las zancudas, aunque no por instinto, sino porque Yahvé se la había llevado por alguna razón.

—Creo que es mejor para ti que nos despidamos aquí —gritó el ordenanza desde el caballo—. No queremos traerte problemas. Es preferible que atravieses las puertas de la ciudad tú sola.

Ella se giró y asintió.

—Has sido muy amable conmigo, Tito. Recuérdale al prefecto todo mi agradecimiento.

—Así lo haré.

—Gracias.

—Recuerda que permaneceremos en la ciudad hasta mañana.

—Lo sé.

Luego los soldados cabalgaron hacia la puerta de la ciudad, mientras ella se entretenía con sus recuerdos, y sus miedos.