Jeremías
Detrás de la montaña Blanca se veía un resplandor anaranjado y amenazador. Ítram primero pensó que aquel viejo brujo que le habían explicado que vivía allí quizás estuviera preparando algo gordo y aquello que veía era el resultado de una nueva fórmula. Pero enseguida entendió que sólo eran los relámpagos, aún lejanos, que anunciaban la tormenta que se acercaba. También se oían truenos. Hacía un frío que helaba el aliento y la sangre. La humedad calaba los huesos y entumecía todos los músculos del cuerpo. A pesar de todo, Ítram y Simón se dirigieron a la salida del pueblo. La silueta del castillo, la muralla y las calles que la abrazaban estaban rodeadas por una luz azulada.
Las antorchas que había repartidas a lo largo del muro les ayudaban a saber por dónde pisaban y les evitaban así alguna torcedura de tobillo si había algún agujero por el camino, pero eso no quitaba que tuvieran que ir con cuidado y llevar los ojos bien abiertos por si les salía cualquier energúmeno de alguna esquina y les supusiera cualquier contratiempo. Decidieron pasar por los campos de alfalfa a la izquierda del camino que todos utilizaban para ir a Banyoles. No querían encontrar a ninguna patrulla haciendo guardia. Caminaban por unos terrenos que la gente de los alrededores llamaban el campo de los Ahorcados, porque allí solían ahorcar a los que desafiaban a la justicia.
No debían de haber hecho ni quinientos metros cuando les llamó la atención unos alaridos y unos cánticos. Salían de un bosque de robles y encinas conocido con el nombre de Campanario, que estaba al lado de los cultivos por donde pasaban. Se acercaron. Se escondieron detrás de unas zarzas que les arañaron las piernas. Además, sentían escozor en los brazos, pues al tirarse al suelo para no ser vistos por el séquito funerario se habían rozado con unas matas de ortigas sin darse cuenta. Después, mientras espiaban, Ítram pensó que difícilmente los verían, porque estaban muy concentrados en la celebración, absortos por la pena y el duelo. Vestidos desgarrados, caras largas y contritas por el dolor que gemían ruegos y oraciones que daban escalofríos. Incluso vio que Simón se tapaba los oídos con las manos poniendo cara de dolor para no oír aquellos chillidos. Más adelante supo que lo que hacían era proclamar el kadish, una plegaria en arameo que recitan los judíos cuando están de duelo para reafirmar su devoción y su fe en Dios. Se realiza en un momento tan triste como la muerte de un familiar o de un ser querido, como era el caso que habían visto.
Fueron testigos de unos rituales que, comparados con los que estaban acostumbrados a ver, encontraban mucho más ricos, más sentidos y mucho más tristes. Pero también fueron testigos de algo más.
De repente, alguien fue apartándose, como a escondidas, de aquella escena sepulcral. Se deslizó entre las sombras y los cánticos hacia los arbustos y el bosque. Se fundió con él, desapareció. Ítram y Simón se miraron. Por el brillo de sus ojos adivinaron que tanto el uno como el otro se morían de curiosidad por saber adónde había ido, pero sobre todo qué había ido a hacer aquella persona. Simón lo reconoció.
—Es Jeremías —le susurró.
Él era el encargado de vigilar las obras durante la noche. Fray Florencio había insistido mucho para que se contratara a aquel judío y no a otro. Una insistencia que nadie entendió, pero que tampoco les extrañó. Fray Florencio solía tener arranques como aquél.
El caso es que Jeremías, por los movimientos furtivos que hacía, debía de tener algún extraño propósito. Se olían que no debía de ser nada bueno. Sí, no está bien prejuzgar a las personas de esta manera, pero nadie huye de un entierro a medianoche si no es por algún motivo poco claro. Decidieron seguirle. Caminaba bastante rápido y se dirigía hacia el barrio judío.
Faltó bien poco para que los pillara. Se volvió un par de veces para asegurarse de que nadie del entierro le había seguido. Tuvieron que tirarse al suelo para no ser vistos y morderse los labios para que no les saliera ningún grito de dolor. Fueron a parar encima de un pedregal. Las piedras eran tan puntiagudas que les produjeron cardenales y heridas, unas marcas que tardarían un mes en desaparecer. Al cabo de unos instantes, el tiempo prudencial para que Jeremías retomara la marcha confiado en que nadie le había visto escabullirse, se levantaron y continuaron su acecho. No querían que se les escapara.
El agua removida de un charco que había a la entrada de la judería les sirvió para seguirle la pista. No tardaron mucho en verlo. A pesar de la oscuridad de la noche, se le distinguía. Se refugiaron detrás de un pozo para controlar sus movimientos. Se detuvo delante de la casa del difunto. Lanzó un par de miradas furtivas a derecha e izquierda. Una vez estuvo seguro de que no había peligro, procedió. Las sombras se lo comieron, pero los ojos de ellos dos, que ya se habían acostumbrado a la poca —casi nula— luz que había, entrevieron que hurgaba al lado de la puerta. Se oyó un clic. Algo se le cayó al suelo, por el ruido debía de ser algo pequeño. Lo recogió mientras mascullaba algunas maldiciones y de dentro sacó un objeto que parecía un papel. Lo cambió por otro que llevaba dentro de su casaca. Lo volvió a dejar en el agujero que había al lado de la puerta y salió a todo correr por el otro lado de la calle, en dirección al río. Jeremías no tenía la piel seca. Ya hacía rato que el sudor le empapaba el cuerpo. No el sudor que le resbalaba desde las axilas o desde la cara después de un esfuerzo físico. No. Era de otra clase. Era un sudor que ya había sentido alguna otra vez, ése que marca la frontera entre el miedo y el peligro, entre el bien y el mal. Un sudor, más bien como un escalofrío, que le recorría el cuerpo para hacerle tomar conciencia de que hacía algo malo.