… Soy estudiante de segundo año [en un campus de la SUNY, en el interior del estado de Nueva York] y durante los períodos académicos voy a entrenarme a un gimnasio del centro, cinco días a la semana. El gimnasio está completamente libre del ambiente universitario, en el más amplio sentido de la palabra. A través del boxeo logro liberar agresividad… Aún no he librado mi primer combate de aficionado. Mi entrenador dice que cuando hago de pareja de entrenamiento no doy la impresión de querer hacerle daño a mi adversario. «Tienes que desear fervientemente hacerle daño, porque él sí que te lo hará». Me temo que mi escasa sed de sangre se debe al miedo a ir demasiado lejos, física y/o mentalmente. Por mucho que me esfuerce en el gimnasio, algo en mí me reprime…
No tengo nada claro qué es lo que en principio me atrajo hacia el boxeo. Nadie de mi entorno inmediato ha mostrado jamás el menor interés en ello. Lo que empezó como un tontear de aquí para allá en el gimnasio, pronto acabó convirtiéndose en casi una obsesión… En las vacaciones de Navidad tuve una mala experiencia que preferiría no repetir. El entrenador me dio un descanso y dijo que me iba a dejar entrenar con el equipo por un tiempo; la primera noche me encontré de pareja de entrenamiento con un tipo que me superaba ampliamente en experiencia. Aguanté una paliza de tres asaltos, sin dejar que me noqueara, pero recibiendo muchísimo castigo, sobre todo golpes cortos que aterrizaron en y alrededor de mi nariz, la cual sin duda debió de romperse hacia el final del segundo asalto. Después de la práctica el entrenador me dijo que había mostrado muchísimo coraje. No te suenes la nariz, dijo, o se te pondrán los ojos morados, y no dejes de presentarte aquí mañana. Mientras conducía de vuelta a casa supe que «coraje» quería decir locura o estupidez, o ambas cosas, pero la ola de exaltación que sentía contrarrestaba el miedo y la agitación que se apoderó de mí antes de subir al cuadrilátero… y después, anticipando el encuentro con mis padres. Luego pasé varios días sin salir de casa, me sentía deprimido y avergonzado, pensé que después de todo quizás el boxeo no valía la pena, que tal vez no era para mí, y mucho me temía haber perdido ya el aspecto que tenía, fuera el que fuese. La cara se me hinchó hasta alcanzar una fealdad indecible, y pasé meses con los ojos en compota.
… El semestre pasado me matriculé en un curso de introducción a la poesía y mientras lo hacía me fui convenciendo de que el mejor camino para comunicar mis motivos y sentimientos sobre el boxeo sería la poesía…
Extractos de cartas
de un joven boxeador a la autora