TRISTANISMO
Muchas veces Joe se ha preguntado: «¿Habré tenido yo la suerte de cazar ese pájaro maravilloso de la felicidad, que todo el mundo asegura saber dónde anida, y que nadie, en último término, encuentra? ¿Será verdad que ha llegado la Fortuna como una pintada ave del Paraíso, o no será esta dicha extraordinaria más que un pájaro corriente, aletargado, que al último se me escapará, dejándome en las manos unas cuantas plumas de la cola?».
«El pájaro es la felicidad», Croquis sentimentales
La alegría, la confianza de Pepita en la vida, se la fue comunicando a Larrañaga, que llegó a sentirse optimista, jovial, capaz de cualquier cosa.
En la intimidad en que vivían, Larrañaga se reveló como hombre más celoso de lo que en él podía sospecharse.
—¿Eres celoso? —le preguntaba ella.
—Seré, sí, sin duda; pero hasta ahora no lo había sido.
—A mí me gusta que lo seas —decía ella—. Eso demuestra que me quieres.
—A mí no me gusta serlo —replicaba él.
—Yo no comprendo que un hombre pueda querer a una mujer, o una mujer a un hombre, sin tener un poco de celos.
—Sí; pero, por si acaso, tú no los tienes. Eres maestra para tomar en la vida una posición cómoda.
—¿Crees tú? ¿No soy una buena chica?
—Sí; pero te diré como un viejo de mi pueblo. Le decían, señalándole unas muchachas: «¿Son buenas chicas estas?», y él contestaba con marrullería: «Sí, sí, son buenas chicas; pero les gusta mucho la miel».
Pepita se reía. Sus nuevos amores no le quitaban la curiosidad y la atención por cuanto pasara a su lado, por las mujeres elegantes y por los hombres guapos.
«¿Quién es esa? ¿Quién es aquel?», preguntaba a su primo.
«A mí no me preocupa ninguna mujer más que ella —pensaba Larrañaga—; en cambio, a ella le preocupan todos los hombres.»
No era seguramente con intenciones ulteriores, pero le preocupaban.
Pepita era una mujer de salud y vitalidad grandes. A Larrañaga le asombraba. Indudablemente, el tipo de mujer rubia, meridional, tiene a veces gran fuerza.
Se comprende que los griegos imaginaran a Venus rubia, dorada. La mujer morena tiene casi siempre algo excesivo, inarmónico, da impresión de sensualidad o de violencia; pero esta mujer rubia, dorada, es como la armonía de la vitalidad.
«Hay, indudablemente, varias clases de belleza —pensaba Larrañaga—; pero la belleza tranquila, armónica, no se da más que en las gentes que no trabajan y que no sufren. El hombre inteligente que piensa con energía, el sabio que busca algo, el artista que lucha con la expresión, la mujer encendida por la sensualidad o por el misticismo, tienen a veces una clase de belleza; pero es belleza atormentada, violenta y dolorosa. Sólo la juventud, la holganza y la buena suerte dan esa belleza tranquila, y al mismo tiempo entonada, que tiene algo del potro joven.»
Pasa lo mismo con ciertas condiciones morales, apacibles, tranquilas. Se dan únicamente en los hombres que no han tenido que luchar, que no han necesitado desarrollar sus instintos agresivos.
Es injusto, pero es la realidad: el bienestar tiende a hacer a la gente más buena que la miseria.
Pepita tenía esa belleza y esa tranquilidad de la vida feliz. Solía dejar dormida su inteligencia, que era despierta, para divertirse, para gozar.
Se cuidaba, se acicalaba; tenía unos jerséis de seda, blancos, amarillos, rojos, con algunos de los cuales estaba preciosa.
Pepita, para algunas cosas, era la serenidad misma; poseía una presencia de ánimo extraordinaria.
Hubiera visto a su marido con un revólver en la mano, apuntándola, y se hubiera echado a reír; en cambio, hubiera gritado viendo un ratón en su cuarto.
Era poco lógica. A pesar de creerse inteligente, no se consideraba con atribuciones en la vida para dirigir.
El hombre debía dirigir. ¡Y su primo José era tan negado para esto!
Larrañaga la temía. Pepita no era mujer para pasarse el tiempo entre dos puertas: o a la una o a la otra; decidirse con todas las consecuencias, buenas y malas.
«Me quiere dejar a mí la responsabilidad, que es la carga que más me asusta», pensaba él.
Una vez, Pepita dijo a José:
—He pensado que debíamos marcharnos juntos a América. ¿Qué te parece?
—Bien, muy bien; pero hay que pensarlo despacio, reunir dinero… No vamos tampoco a dejar sola a tu hermana.
—Pero ¿te parece bien?
—Me parece muy bien —contestó Larrañaga—; pero necesito prepararme, buscar, ver si encuentro una manera de vivir en algún país lejano adonde podamos marchar.
—Bueno; pues prepárate.
Pepita tenía la idea de huir; pero se notaba que al ir a poner en práctica esta idea la miraba con indiferencia.
Larrañaga quería lógica en todas las cosas, y Pepita se burlaba de la lógica.
—Estamos en pleno tristanismo —dijo un día Larrañaga.
—No sé lo que es eso.
—¿Tú no has visto esa ópera de Wagner, Tristán e Iseo?
—No sé si la he visto. He visto alguna ópera de Wagner en el Real; pero me ha parecido tan aburrida, que creo que estuve mirando a la gente de los palcos y no me enteré de nada, la verdad.
—Sí; lo comprendo. Son óperas pesadas, aparatosas, lo más kolossal de Alemania. Comprendo que no te gusten. Esa mitología con pretensiones de explicar lo que es la vida, el amor, Dios, etcétera, con cánticos, es completamente estúpida. Es evidente; pero, en fin, Tristán e Iseo, en su leyenda y en la ópera, es como la justificación del olvido de las trabas sociales por la pasión. Por eso, a todo esto nuestro lo llamo tristanismo.
—No sé quién era Tristán, ni qué hace.
—Tristán es un caballero de la Tabla Redonda, que va enviado por su tío, rey de Cornualles, a pedir la mano de la hija del rey de Islandia, Iseo o Isolda. El rey se casa con ella; pero Tristán e Iseo están enamorados y se entienden, y beben no sé qué brebaje de amor y rompen todos los lazos sociales y familiares.
—¿Y nosotros hacemos lo mismo, según tú?
—Sí.
—Pues me parece muy bien.
—Así que… ¡viva el tristanismo!
—¡Viva!
—Ya veremos lo que vive.