NUBARRÓN

Yo también necesitaba tiempo para pensar, de modo que, en vez de volver al campamento, me encaminé hacia la playa. Estaba muy liado y quería aclararme las ideas con respecto a los acontecimientos del día.

Desde mi punto de vista había un detalle en el que ni Sal ni Jed habían reparado: aparte de que los balseros llegaran o no a la playa, no debíamos olvidarnos de Karl.

Dicho de otro modo: para Sal y Jed la perspectiva era la peor posible. Sólo pensaban en lo que pasaría si los balseros llegaban hasta nosotros. Lo más probable era que Zeph y Sammy apareciesen en plena celebración del Tet. Nadie tendría entonces la menor duda acerca del riesgo que su presencia significaba si se pretendía mantener en secreto la playa, y cundiría el pánico. Zeph y Sammy se iban a ver metidos en un buen problema, y yo también, a menos que antes hablara con ellos. Los ánimos que la arenga de Sal había estimulado se vendrían abajo. Y, además, nos veríamos en el brete de explicar a unos extraños qué hacíamos allí con un sueco demente y otro moribundo entre nosotros. Sería una verdadera catástrofe.

Yo, por mi parte, creía que aún era posible que los balseros no nos encontrasen. Sin embargo, en el fondo casi tenía ganas de que Zeph y Sammy llegaran de una vez. Me apetecía el reto de pararles los pies, y estaba completamente seguro de que ese reto se plantearía de un modo u otro; el asunto era controlarlo. Su triunfo significaría un tremendo revés para nosotros. Ignoraba cómo íbamos a hacerlo, pero mi instinto me decía que con Sal de por medio no había forma de que fracasáramos.

Vistas así las cosas, el peor planteamiento posible se desplazaba a favor de un planteamiento de riesgo medio.

Los balseros no llegaban hasta nosotros. Nadie en la playa se enteraba siquiera de que lo habían intentado. La conmemoración del Tet nos daba menos bríos para afrontar el nuevo año, y resolvíamos la muerte de Christo como habíamos resuelto la de Sten. Sí, pero ¿y Karl? Karl no estaba a punto de morir. Karl iba a quedarse allí indefinidamente como recordatorio constante de nuestros problemas, igual que un albatros colgado de nuestro cuello.

Eso me molestaba mucho.

Me agaché para ver el rostro amarillento de Karl a través de las hojas de palmera de su tejadillo. Su delgadez daba pena. Estaba en los huesos, y eso que en los últimos días había consentido en tomar alimentos. Las clavículas le sobresalían tanto que parecían las asas de sendos maletines, y uno casi habría podido levantarlo por ellas.

Junto a la abertura del tejadillo —por la que gozaba de una amplia vista de las cuevas al otro lado de la laguna— había una corteza de coco medio llena de agua y una hoja de banano con una ración de arroz. Me fijé en que lo que quedaba de éste tenía un color tostado, por lo que supuse que se trataba de la ración que Françoise le había llevado el día anterior, seca después de estar tanto rato al sol y aún no repuesta. Atribuí este hecho a la posibilidad de que Françoise estuviera sometiéndolo a alguna nueva terapia, la de no hacer caso de él, y ver si así daba alguna señal de vida, aunque me pareció dudoso. Lo más probable era que, angustiada por la súbita e irritante oleada de locura que se había extendido por el campamento, Françoise sencillamente se hubiera olvidado de Karl. Recordé la conversación que habíamos mantenido la víspera. Entonces se había mostrado preocupada por él. Era interesante observar lo poco que había tardado el funeral de Sten en poner las cosas patas arriba.

—Karl.

Quizá fue el sonido de su nombre, o quizá la brisa al agitar las hojas de palmera e inquietar las sombras sobre su cara, pero el caso es que me pareció que se movía, y lo tomé como una reacción.

—Karl, eres un puto albatros.

No me molestó que fuese incapaz de entenderme. De algún modo, era algo que le beneficiaba.

—Karl, eres un nubarrón.

Esta vez se movió. Sin duda alguna. Fue un movimiento espasmódico, hacia delante, como si estuviera entumecido por llevar tanto tiempo tumbado. Después tendió la mano hacia la corteza de coco.

—Bebe —le indiqué—. Es bueno. —Me froté el vientre—. Mmm.

Tomó un pequeño sorbo —de hecho, apenas se mojó los labios—y dejó la corteza en su lugar. Eché un vistazo y vi que había dejado casi toda el agua.

—Aún queda. ¿No te la vas a beber toda? —Me froté de nuevo el estómago—. Mmm. Mmm. Está deliciosa. ¿Seguro que no quieres un poco más?

No se movió. Permanecí mirándolo un buen rato; finalmente sacudí la cabeza y dije:

—No, Karl. No quieres un poco más. Eso es justamente lo que me temía. Estás dispuesto a pasarte así todos los días. Te debilitarás tanto que cuando quieras beber ya no podrás hacerlo. Y entonces tendremos que alimentarte a la fuerza o algo por el estilo, y el incidente del tiburón se ceñirá sobre nuestras cabezas durante semanas… Quizá más.

Suspiré y, tras pensarlo mejor, derribé el tejadillo de un puntapié.

—Ponte bien, Karl. Ponte bien cuanto antes, porque Christo está a punto de morir.