Los hombres, en muchas culturas, piensan que son espiritualmente superiores a las mujeres, mientras que estas son peligrosas y contaminadoras, débiles e indignas de confianza. Debe rechazarse la idea de que cualquier grupo subyugado acepta realmente la razón que dan los subyugadores para mantener, los oprimidos (véase Cap. 11. Grupos estratificados: clases, castas, minorías y etnias). Pero si los hombres gozan de la ventaja, en términos de poder, sobre las mujeres respecto al acceso a los recursos estratégicos (Josephides, 1985), entonces estos estereotipos, compartidos o no por las mujeres, estarán, sin lugar a dudas, asociados a desventajas y carencias.
Este punto ha sido acentuado por Shirley Lindenbaum con respecto a dos sociedades con fuerte sesgo masculino, en las que realizó trabajos de campo. En Bangladesh, Lindenbaum descubre la existencia de una ideología elaborada de la supremacía masculina expresada en símbolos y rituales (véase Cuadro 14.1).
Cuadro 14.1
El simbolismo sexual en Bangladesh
A los hombres se les asocia con la derecha, el lado preferido de las cosas, mientras que a las mujeres con la izquierda. Los curanderos de las aldeas afirman que es una diferencia fisiológica elemental entre los sexos lo que hace necesario tomar el pulso de un hombre en su muñeca derecha y el de una mujer en la izquierda; invariablemente exploran a sus pacientes de esta forma. La mayoría de los aldeanos llevan amuletos para protegerse de las enfermedades causadas por los malos espíritus; los hombres se atan el amuleto a la parte superior del brazo derecho, y las mujeres al izquierdo. De la misma forma, los quiromantes y los espiritualistas leen la mano derecha de los hombres y la izquierda de las mujeres. En las obras de teatro de las aldeas, donde tanto los papeles masculino como femenino están interpretados por actores masculinos, el público puede identificar a los hombres porque gesticulan con su brazo derecho y a las mujeres con el izquierdo. Durante los actos religiosos, en sitios públicos tales como las tumbas de santos musulmanes o imágenes hindúes existen entradas separadas: el camino de la derecha está reservado para los hombres y el de la izquierda para las mujeres. Según la creencia popular, las niñas comenzarían a caminar adelantando primero el pie izquierdo, y los hombres el derecho.
En algunos casos, esta asociación derecha-izquierda indica más que una aceptación social de una diferencia fisiológica: unas connotaciones adicionales de prestigio, honor y autoridad. Las mujeres que desean comportarse de una forma respetuosa hacia sus maridos dicen que, idealmente, deberían permanecer en el lado izquierdo mientras comen, están sentadas o cuando están en la cama. La misma señal de respeto debería mostrarse también hacia todos los superiores sociales: hacia los ricos y, en los tiempos actuales, hacia aquellos que poseen un alto nivel cultural.
Así, la dicotomía derecha-izquierda denota no solamente la diferencia hombre-mujer, sino también la diferencia entre autoridad-sumisión. También tiene connotaciones de bueno-malo y pureza-contaminación. Los musulmanes consideran el lado derecho como el lado del buen augurio, y creen que los ángeles vigilan sobre el hombro derecho para anotar las obras buenas, en preparación para el día del Juicio Final, mientras que sobre el lado izquierdo los demonios anotan las obras malas. También se asocia el lado izquierdo con el concepto de suciedad. El islam decreta que hay que reservar la mano izquierda para limpiarse el ano después de defecar. Por tanto, nunca debe usarse esta mano para llevar comida a la boca o para enjuagarse la boca con agua antes de las oraciones diarias obligatorias.
Fuente: Lindenbaum, 1977:142.
Lindenbaum encuentra análogas nociones de contaminación e inferioridad femeninas entre los foré de las tierras altas de Nueva Guinea. Aquí las mujeres están confinadas en unos cobertizos especiales durante el embarazo y el parto.
Su separación es un signo de la condición semisalvaje que conllevan las funciones naturales de su propio cuerpo. Otras mujeres les llevan la comida, porque si fuesen a sus campos durante este periodo de aislamiento echarían a perder todas las cosechas. No deben enviar comida a su marido, ya que si este comiese de lo que ella ha tocado se debilitaría, resfriaría y envejecería prematuramente (Lindenbaum, 1979:129).
Si una mujer foré aborta o da a luz a un niño deforme, ella es la única responsable. Su marido y los hombres del caserío la denuncian, acusándola de tratar de obstaculizar la autoridad masculina, y sacrifican uno de sus cerdos. Entre los foré, como entre otras muchas culturas de Nueva Guinea, los hombres reservan para ellos las mejores fuentes de proteínas animales. Los hombres argumentan que las fuentes de proteínas de las mujeres —ranas, caza menor e insectos— les harían caer enfermos. Estos prejuicios pueden tener efectos letales, pues en toda Nueva Guinea las tasas de mortalidad de las jóvenes son muy superiores a las de los muchachos (Buchbinder, s. f.). Los mismos efectos letales son visibles en Bangladesh:
El niño recibe una nutrición preferente. Es el primero en comer con su padre y, si hay que escoger, recibe antes que sus hermanas los alimentos más suntuosos o escasos. El resultado es una preponderancia de varones en la población bengalí y un cuadro demográfico en el que la tasa de mortalidad de mujeres menores de cinco años supera, en algunos años, en un 50 por ciento a la de los hombres (Lindenbaum, 1977:143).