Cuarenta y ocho

Cuando terminó la reunión, el presidente del Gobierno se quedó a solas en su despacho con Paco Ruidera, que le servía de paño de lágrimas para la bilis. Estaba francamente contrariado. No veía ninguna posibilidad de hacer frente a las demandas de los asaltantes, y además se le estaba envenenando la «cuestión territorial», eufemismo utilizado por la clase política para «desdramatizar» la situación creada por las insaciables demandas de los nacionalistas periféricos, que pugnaban sin tapujos por jibarizar el Estado central ante el silencio gris de la gran mayoría ciudadana, a la que el tema parecía resbalarle con tal de que no le jodieran las vacaciones.

—Esto es la hostia. Les pido prudencia y mira con las que me salen. Así me lo agradecen. Este país es así, ya lo dijo Azaña. Tiendes la mano y te la comen —se quejó Verdejo—. Les hemos dado estatutos generosos a todos, lo que pedían, y ya ves cómo nos lo pagan.

—Habría que ir por orden. Lo primero es lo primero —apuntó con sensatez el asesor—. No puedes resolver todo a la vez. Ahora, lo más urgente que tienes es lo de la Alcazaba. Si eso se nos va de las manos, puede ser el copón. Acuérdate de lo que pasó el 11-M.

—Tienes razón. Pero ¿qué vamos a negociar? Los americanos y los israelíes ya han hecho público que ellos no van a ceder a ninguna pretensión terrorista.

—Eso ya lo sabíamos.

—Por lo menos me gustaría saber de una puñetera vez qué es eso de la bomba altamente explosiva.

—Tengo un informe del asunto. Me lo acaban de pasar los del CNI.

—Pues vamos a verlo, Paco, coño. Dentro de dos horas tengo la rueda de prensa y seguro que lo preguntan.

Paco salió y regresó a los pocos minutos con un informe del CNI. Se lo tendió al presidente, que fue leyendo en voz alta algunas partes subrayadas con rotulador rojo, mientras Ruidera escuchaba atentamente.

—«Un artefacto rudimentario, de pequeñas dimensiones, similar a la bomba atómica que Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima y mató a cien mil personas, podría fabricarse a base de materiales adquiridos por Internet, pero esto es una hipótesis poco real.

»En esencia, tal artefacto consistiría en un bloque cilíndrico de uranio altamente enriquecido contra el que se dispara una bala del mismo material, con una pieza de artillería ligera. Un cañón sin retroceso, por ejemplo. Este tipo de armas son muy fáciles de conseguir en el mercado internacional.

»Sería suficiente para construir una bomba de esa clase un equipo de unas veinte personas. Tres físicos para hacer el diseño y otros especialistas en ingeniería encargados de fundir el uranio, fabricar el disparador adecuado para la bala detonadora, concentrar la masa supercrítica de uranio, supervisar el sistema electrónico y provocar la detonación.

»La tarea más difícil sería fundir el uranio para darle la forma adecuada. Eso requiere una temperatura de fusión muy elevada y técnicas avanzadas de fundición. Un horno de vacío, por ejemplo, que redujera la contaminación por oxígeno y evitara que el uranio ardiese.

»Pero el corazón de la bomba, el núcleo central que contiene el uranio altamente enriquecido, podría fabricarse rápidamente. China lo hizo en 1964 cuando construyó su primera bomba atómica. Entonces, un solo técnico, un genio que se llamaba Yuan Congfú, fue capaz de remodelar en una noche el uranio altamente enriquecido con un torno. Una hazaña sin precedentes.

»Dos o tres personas bastarían para diseñar y construir la estructura del artefacto, con ayuda de un ordenador, y ensamblar el conjunto.

»Una vez montado, el artefacto nuclear tendría una longitud de unos tres metros, pero es importante destacar que los terroristas también deberían disponer de un área extensa y aislada donde llevar a cabo las pruebas, que incluirían disparos de cañón.

»Estamos hablando de unas 60 o 70 hectáreas en alguna zona deshabitada en la que pudieran camuflarse varias instalaciones nucleares clandestinas: un edificio de acero para probar los montajes, cobertizo para almacenar el uranio enriquecido con seguridad, un taller para fundir el metal de uranio, una gran nave industrial para las pruebas del mecanismo de disparo, y una vivienda con sótano para los técnicos encargados de la electrónica del sistema de circuitos, que carga y dispara el arma en el momento justo». Verdejo dejó de leer y se sentó en uno de los sillones del despacho. Parecía abrumado, casi paralizado por todo aquel condenado asunto de neutrones, circuitos electrónicos y fundiciones de uranio. Algo que no acababa de entender y que le era completamente ajeno. Paco Ruidera, que le conocía bien, captó que estaba a punto de hundirse. La semana pasada, entre viajes, intervenciones en el Congreso y sustos con la «cuestión territorial», tuvo un bajón de tensión preocupante. Intentando aparentar normalidad, le preguntó.

—¿Quieres un café?

—¡Para cafés estoy…!

—¿Sabes lo que pienso? —dijo Ruidera—. En el fondo, todo eso que has leído es tranquilizador. Construir el artefacto resulta más complicado de lo que parece. No es cosa de dos patadas. Se requieren demasiadas cosas, y además, está el transporte. ¿Dice el informe algo del transporte?

El presidente hojeó el escrito hasta dar con lo que buscaba.

—Aquí. Tres metros de artefacto —leyó— podrían transportarse en una furgoneta cerrada que, aparte del conductor, debería llevar a alguien que mantuviera en todo momento vigilada la bomba.

—¿Y el uranio?… No es tan fácil de conseguir.

—Por lo visto hay mucho en el mercado negro y también puede robarse. Después de la caída de la URSS, la venta de uranio es un coladero. Una vez le escuché comentar a Ferrán Domènec que cada año se dan unos veinte casos de robo de plutonio o uranio altamente enriquecido. Se lo habían dicho en Estados Unidos. Y eso es solo lo que se descubre.

Ruidera seguía en sus trece.

—No tiene mucha lógica. Si esa gente viene de fuera con la bomba montada, meterla no es tan fácil.

—Ya no hay frontera terrestre, Paco. Con una furgoneta, en un día de barullo, por ejemplo, está tirado.

—Sería difícil que no lo hubieran detectado los servicios franceses. Son buenos y controlan mucho.

Verdejo apuntó otra posibilidad.

—Podrían haber entrado por Portugal. Esos no se enteran.

—¿Desde Lisboa?

—No sé, pero no sería raro que el explosivo hubiese llegado por mar. Un barco cualquiera, hasta podría ser un pesquero. La desembarcan en una playa y desde ahí, en vehículo hasta Granada. No es difícil.

El presidente empezaba a verlo ya todo negro.

—La bomba podría venir en piezas desde el extranjero, da igual que sea por mar o tierra, y montarse en España.

—Muy complicado. Ya has visto lo que dicen los del CNI. Se necesitan instalaciones, taller de fundición, un cañón. Además, están los satélites, y a esos no se les escapa ni una. Seguro que ese uranio desprende algún tipo de emisión que puede ser captada. No olvides tampoco que tenemos a los aviones espías norteamericanos de la base de Rota. Sobrevuelan permanentemente el Mediterráneo y Oriente Medio recogiendo emisiones radiactivas y señales electrónicas. Hasta ahora no han detectado nada.

—Todo eso está muy bien, Paco, pero no podemos arriesgarnos. Soy optimista por naturaleza, ya lo sabes, pero un falso cálculo puede ser la catástrofe del siglo. Tenemos que ponernos en lo peor.

—Joder, qué cruz —dijo el asesor—. El 11-M y ahora esto. Qué fijación con España.

—Para ellos somos Al Ándalus. Quieren volver a reconquistarnos. Eso es lo que dice Ben Laden.

Paco Ruidera compuso un gesto escéptico, pero prefirió guardarse sus dudas. El islam aún tendría mucho que reconquistar antes de ocuparse de Al Ándalus, y para entonces es posible que el mundo fuera ya una mierda tan apestosa que no valiera la pena vivir en él. Ni siquiera en Al Ándalus.

—Me preocupan más los Rovira, Montilla y compañía. Se trata de una pesadilla real. Lo del islam es solo un sueño, una fantasía arabesca. Lo diga quien lo diga.

—Tendrás razón, pero por ahora somos el payaso de las bofetadas.

Ruidera no era lerdo y compuso un gesto ambiguo de circunstancias que podía significar cualquier cosa. Para sus adentros, pensó que en el plano internacional España seguía cubierta de roña. El único país europeo con parte de su territorio declarado oficialmente colonia. Londres seguía disponiendo de Gibraltar a su antojo, incluso para usos nucleares, y lo había convertido en un gran centro de espionaje electrónico para el sur de España y toda Europa. Espiados en nuestra propia casa. El orgullo y la dignidad parecían ser cosa de otros tiempos. Eso caviló, pero no dijo nada. Le tildarían de carca. Volvió a retomar la alusión de Verdejo a la fijación yihadista por España en los últimos tiempos.

—Lo hemos hablado más de una vez, presidente. No es solo Afganistán. Tenemos una posición geopolítica importante y el yihadismo lo sabe. Somos la avanzadilla europea en el Magreb, y, por añadidura, nos consideran un eslabón débil en la zona, no nos engañemos. ¿Te parece poco?

Sonó un teléfono para Verdejo. Lo cogió y escuchó. La cara se le descompuso hasta quedar reducida a una mueca rara.

—Sobre todo que no cunda el pánico y que empiece todo cuanto antes. Que lancen avisos continuos por la radio y cualquier medio, Saldaña. Solicita cualquier ayuda, ya sabes que tienes toda mi confianza.

Colgó. Paco Ruidera notó que el mandatario tenía la frente salpicada de puntos sudorosos y respiraba con agitación, como si se le hubiera atravesado una bola de algodón en la garganta.

—Era Saldaña. La gente ha empezado a abandonar Granada por su cuenta y hay algunos saqueos en centros comerciales. Pero me ha prometido que la situación quedará pronto bajo control y la evacuación se hará con normalidad.

—Dios te oiga —dijo el asesor, que siempre se había declarado agnóstico y presumía de sus encontronazos dialécticos con la Conferencia Episcopal.

—Por cierto —dijo el presidente—, los geos han decidido bautizar la operación de rescate. Operación Boabdil.

—Por mí, como si la llaman Caperucita Roja —dijo Ruidera—, con tal de que no la caguen.